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Cultura Música
Samantha Navarro (archivo, marzo de 2024). · Foto: Mara Quintero

Samantha Navarro (archivo, marzo de 2024).

Foto: Mara Quintero

Rapsodia para los traumados con amores locos, humor surrealista y “sanguchitos”: 30 años del disco debut de Samantha Navarro

La cantautora festeja el sábado en la sala Zitarrosa; antes, un repaso de aquel primer trabajo solista.

“Tengo que parecer algo muy correcto, / pero no lo soy. / ¡Qué problema!”, declara Samantha Navarro en “Cover girl”, el track inicial del primero de sus nueve discos como solista, es decir, sin contar los que hizo con La Dulce.

Con un retrato, en la tapa, de la artista uruguaya, responsable de todas las composiciones del disco y también del cowboy dibujado en una esquina de esa portada de colores en contraste, Ayuí Discos lanzó el álbum Samantha Navarro en noviembre de 1996. El homónimo debut fue grabado y mezclado por Roberto Furtado y Gustavo Goldman en el estudio Naíf, de Montevideo, entre julio de 1995 y junio de 1996, y contó con la producción artística de Uriel Ganz.

En una reseña para la desaparecida Revista Tres, el periodista Gustavo Encanlar escribió: “Es la mujer que le faltaba a la música uruguaya. La Delmira Agustini de fines del siglo XX”. Eduardo Darnauchans, en una fanática y esmerada nota para la también extinta Posdata, se refirió a la obra como “un Aleph femenino” de una “cadencia luminosa y rara”.

Este sábado, como parte del Ciclo Marea (mujeres y disidencias de la música y el audiovisual), 30 años después, la artista festeja aquel disco. Además de la celebración por la fecha redonda y la suma de elogios que sugiere el recuerdo de la serie televisiva Everybody Loves Raymond, conviene preguntarse: ¿quién más en la música uruguaya se volvió a animar a hacer canciones tan personales?

Carmen Sandiego, en el paraguas del dúo, podría acercarse a algo parecido. Con sus códigos nocturnos y dentro del universo de la música tropical, si hablamos de valentía artística, alguien podría arriesgar con Martín Quiroga y su repertorio de versiones y apropiaciones. Con un lenguaje poético y algo más esquivo, mediante la interpretación, Laura Canoura nunca fue tímida en ese sentido. Dani Umpi se aproximó a lo confesional desde el kitsch y la actuación performática, pero siempre hasta ahí. En los últimos años, Patricia Turnes sí que fue lejos, aunque su apuesta siempre fue menos musical y más plástica, en el sentido de las artes que se combinan.

En su presentación en sociedad, Samantha Navarro fue por todo a través de sus textos y compuso para sus cuentos una música igualmente arriesgada, pero virtuosa, ágil, bailable, emocionante y acertada. Con Samantha Navarro, a la vez que conocemos a una nueva artista de la escena local, decidida a meterse en todos los géneros como si no existiera una segunda oportunidad, descubrimos su creación literaria: una mujer conflictuada hasta con sus propios rulos, que suena graciosa y cercana, que puede maldecir hasta la brujería y la locura, que de golpe puede entonar una melodía como la mejor cantante del mundo, que provoca mayor curiosidad a medida que cuenta quién es, y que seguirá en aventuras parientes en los dos discos que le siguen, al menos. Luego emprenderá otro rumbo.

Tema por tema

En “No quiero hablar de esas cosas” se explaya sobre la conclusión de un vínculo en una especie de bolero íntimo, con toques de bossa nova y soul, que podría recordar las vibras de “Smooth Operator”, de Sade. Le sigue “La planta”: el game changer del disco, la canción que guarda todo el ADN de la placa, o, dicho de otra manera, la música que te mueve el piso antes de que el cerebro intente alguna jugada. Con un arreglo de cuerdas de Esteban Klisich, Samantha cuenta: “Tengo una planta / sobre la cabeza, / incrustada, / atrapada / entre cuatro rulos…”, y, antes de que termine la canción, ya se metió entre las mejores y más originales compositoras de la historia de la música uruguaya.

Su poesía surrealista dialoga de forma fluida con postales de pragmatismo urgente. “Desesperado en un bar, / con cara de yo no fui; / ella temblaba en la parada”, sigue en “Uñas rotas”, y deja claro que, además de su inmenso talento musical, aquí aventaja por su sinvergüenza y la voluntad de arrojarse al ridículo con toda la profundidad que sus dramas le demandan para lograr el más cristalino de los reflejos.

En ese sentido, el humor efectivo y siempre musical es uno de sus vehículos narrativos, pero, al contrario de lo más críptico de Leo Maslíah o lo esquizofrénico de Jorge Lazaroff –tal vez confundí los adjetivos–, la artista construye una arquitectura de imágenes clásicas y resoluciones formales siempre armoniosas. Incluso cuando prueba inflexiones inusuales de voz que lleva hasta el límite y devuelve a su hogar. El mejor ejemplo de esa destreza se escucha en “Amor gringo”, en la que combina jazz acelerado y rock al estilo de Mr. Bungle y termina a los gritos.

“Asíntota” es la canción que, solo musicalmente, menos dialoga con el resto del disco, casi como un ejercicio de otro tipo, fuera de su personaje. “Idolatro tu sonrisa” es una de esas astucias simples y bellas de la cantante: Samantha susurra un jazz y lounge de colores brasileños y entrega algunos de sus versos más temerarios: “Idolatro tu sonrisa, / sin tus dientes no hay más sol / para mí, que estoy sedienta / por un poco de tu amor…”.

Recurre a la música de India para la explícita “Voy a navegar”, con buenos bajos de Martín Buscaglia –presente en buena parte del disco–, y se encarga de la guitarra acústica en la retorcida y erudita “Me gustaría disecarte”. “(Quiero) descubrir tu yo / de una manera empírica” es la línea que más asusta.

“Josefina” tiene funk al servicio de un retrato rápido y despiadado, con Luciano Supervielle en teclados y batería eléctrica: “Josefina está cansada de quedarse siempre en casa / enojada y aburrida esperando / que la inviten a salir”, grita y canta como una soprano. Josefina no va a demorar en recurrir a las anfetaminas para adelgazar.

En “Pirata hembra”, con Gastón Contenti en la trompeta, la uruguaya hace lo que se le antoja como cantante de jazz virtuosa y parece improvisar sobre el texto de un capítulo que aumenta el drama y la locura del relato, al tiempo que su protagonista parece haber dejado todas sus dudas atrás.

La marca más local del álbum aparece en el clásico demente “Sanguchitos”. Una cuerda de tambores acompaña a la cantante en una resolución que suena a festejo maníaco y devela la conciencia de la tragedia: “Sueño recibir la señal, / venga por mí una nave espacial, / alienígenas me rescatarán / de esta adolescencia infernal, / pero sé que no es verdad: / soy igual a los demás”. El disco cierra con un tema en inglés, a guitarra y voz: “Help me to be happy”. Debería saber que en el siglo XXI everybody loves Samantha.

Samantha Navarro 30 años. Sábado a las 21.00 en la sala Zitarrosa. Entradas a $ 1.000 en Tickantel. 2x1 para la diaria.