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_El final de la calle Oak_.

El final de la calle Oak.

El final de la calle Oak: aventuras ochenteras en un “Jurassic barrio”

Muchas cosas recuerdan a Spielberg, pero filmadas por alguien más.

¿Nos vamos a cansar antes de los dinosaurios o del revival ochentero? Esta parece ser la primera pregunta que hace El final de la calle Oak (The End of Oak Street), que actualmente se encuentra en cartel. La respuesta es obvia: nunca vamos a cansarnos de los dinosaurios.

Todo comienza en el tradicional barrio suburbano al que nos tenían acostumbrados las producciones de Amblin, ese resumen visual de una década que luego JJ Abrams y su productora Bad Robot nos traerían más de una vez. La comparación no es casual: la figura de Steven Spielberg, fundador de la productora, está muy presente en esta historia, aunque a veces por el espacio negativo, ya que no trabajó en ella.

En ese barrio suburbano, en 1982, vive una familia tradicional, compuesta por los padres, un hijo y una hija. La mamá no se siente satisfecha y quiere dejar al papá (¡hola, Spielberg!), quien a su vez oculta su reciente despido. Hay varias escenas que nos van mostrando las relaciones entre ellos y con diferentes pobladores del barrio, aunque si conocemos algún mínimo detalle de la trama estaremos impacientes a la espera de los dinosaurios.

Una serie de irrupciones temporales que por suerte no se explican mucho nos prepararán para el gran momento de la película: el vecindario entero es transportado millones de años al pasado y un montón de bestias prehistóricas comienza a hacer de las suyas. Lo vamos viendo a través de sucesivas escenas en las que el suspenso debería ir acrecentándose, con la presencia de las criaturas apenas sugerida entre la vegetación.

Perdonen, pero voy a tener que hacerlo de nuevo. El suspenso que nos propone el director y guionista David Robert Mitchell sufre en comparación a lo que Spielberg hizo hace más de treinta años con la primera película de Parque Jurásico. Sí es interesante lo que comenzará a hacer en términos de la violencia infligida a los vecinos del barrio, que arriesga a condenar económicamente a la película con una calificación exclusiva para adultos.

Además, hay mucho bicho. Si bien John Hammond nos decía una y otra vez que en su parque de diversiones no habían reparado en gastos (más allá de los pocos ingenieros en computación), solamente habían clonado a unas pocas especies. Acá vemos toda clase de animales voladores y rastreros con sus reimaginados looks que incluyen plumas y alguna pelambre. Todavía no sé cómo me siento al respecto.

El objetivo es sencillo: sobrevivir. Primero la familia se encierra y luego toma las calles motivada por la desaparición de su mascota (ustedes harían lo mismo). El problema es que es muy difícil hinchar por ellos. Tampoco es que haya estado hinchando por los dinosaurios, aunque no tienen la culpa de buscar alimento.

Ewan McGregor no parece la mejor opción para el patriarca y más allá de que arrancan peleados, falta química con la madre que interpreta Anne Hathaway. Maisy Stella como la hija adolescente no logra despertar interés narrativo mientras que el hijo chico que le toca a Christian Convery solamente está para hacer preguntas, y la mayoría de ellas son bastante tontas. Cuando le ocurre algo grave al elenco la sorpresa no es empática sino narrativa; de todos modos, el final de la película (que tiene todo el sentido y trae cierto optimismo más necesario que nunca) atenta contra el shock.

De todas maneras, las escenas de acción abundan y funcionan, aunque en ocasiones el barrio se vea demasiado grande, demasiado ancho, y en esa espacialidad se pierda cierta tensión, por ejemplo en las persecuciones, como cuando Spider-Man terminaba en los suburbios y no había edificios de donde agarrar sus telarañas. No estoy acá para poner o sacar directores técnicos, ni directores a secas, pero Spielberg le hubiera sacado el jugo a esta historia. Lamentablemente estaba ocupado filmando uno de los guiones más decepcionantes con los que me he topado en los últimos tiempos.

Sí hay que reconocerle a David Robert Mitchell un enamoramiento casi tóxico con las dioptrías de lente dividido. Me refiero a ese recurso que vemos periódicamente en el cine donde las dos personas que están en las mitades de la pantalla aparecen en foco pese a encontrarse a distancias diferentes respecto de la cámara. La película tiene muchísimas escenas así, que suman a las pinceladas de personalidad.

El final de la calle Oak complementa la supervivencia con algunos toques de comedia, que funcionan porque creo que hasta ahora no habíamos visto en la gran pantalla algunas de las cositas que la película nos muestra. También hay humor negro en algunas muertes humanas, o seré yo que a esa altura me había puesto la camiseta de los dinos.

El resultado final es entretenido y se pasa volando, más allá de que el elenco conspire contra una conexión mayor con la historia. Quizás sea que sigo sin soltar El día de la revelación. Ya es hora de indignarme con otra cosa.

El final de la calle Oak. 99 minutos. En cines.