Arrancaré con una basa inamovible para después ponerme en una posición ascética. Aunque soy un convencido absoluto de esta idea grandiosa, y seguramente habré dejado algunos párrafos e ideas para sumar, acompaño y me sumo a preocupadísimos historiadores, investigadores, pensadores y escritores que han trabajado acerca de la importancia del fútbol y de las selecciones uruguayas en sus exposiciones continentales y mundiales, fundamentales en el siglo XX para la gestación de la uruguayez, la patria y la nación. Sin los de 1924, 1928 y 1930, y sin los Sudamericanos, el Uruguay que conocemos y vivimos no sería el que es. Sí, por el fútbol y por la celeste.
La celeste lo es casi todo para muchísimos y muchísimas de nosotres.
Dicho esto, voy con el segundo movimiento, la cuña que parece inmovilizar esta idea: la selección uruguaya de fútbol no es Uruguay, ni siquiera es la representación futbolística del país, sino que es la representación de una asociación civil, la AUF, de la que millones de nosotros, los tres millones, no formamos parte ni tenemos poder de decisión u opinión alguna, ni integramos consejos o asambleas vinculantes con sus desarrollos.
Aunque las dos ideas, presentadas a lo bestia, parecen contradictorias y colisionan, sabemos que no es así, que no son falaces ninguna de las expresiones y que conviven en tanto nos involucramos y nos sentimos parte absoluta de la selección, a sabiendas de que no somos parte de nada: ni de sus desarrollos ni de sus formas, sus elegidos, su conducción y sus decisiones. De nada. Es nuestra, somos nosotros, pero no tenemos nada que ver.
Quienes van y quienes juegan el Mundial siempre ha sido un tema absolutamente instalado en el imaginario popular uruguayo. Seguramente arranca antes, pero en los hechos fue terrible, y pudo haber cambiado la historia, la disputa en 1924 entre los de la asociación y los de la federación –el cisma empezó en 1923– para la inscripción en los Juegos Olímpicos de París de 1924, que nos dio la primera estrella mundial sin los jugadores de Peñarol, de Atlético Wanderers, los campeones, de Central, de Misiones. En 1928 se quedaba, y se quedó por unos días, la Maravilla Negra, José Leandro Andrade: no quería viajar, pero cuando vio partir el Eubée y se quedaba sin su segundo Mundial y Juegos Olímpicos, recapacitó y se embarcó hacia Río de Janeiro, donde lo esperaron y se acomodó entre los 22 para desplazar al de Misiones, Luis Martínez, después conocido como el olímpico 23. Ni hablemos del 30, cuando Alberto Supicci borró al Buzo Andrés Mazali por escaparse una noche de la concentración del Olympia Park, ahí en el Saroldi, para salir de garufa.
Bueno, sí hablemos del Mundial de 1950: pasaron mil técnicos y jugadores antes de viajar y muchos quedaron afuera, y Obdulio, a instancias del Mariscal Nasazzi, rescató a Matías González, con quien estaba absolutamente en desacuerdo por haber sido rompehuelga, y lo metió en la zaga: “Con Matías estuvimos en veredas opuestas, pero hoy tenemos que estar todos juntos. Ahora le voy a dar la mano, y luego lo harán todos”. Después resultaría ser el León de Maracaná. En 1970 la Comisión Nacional de Educación Física había sancionado a Cacho Caetano y Pocho Cortés, a quienes les habían hecho un antidoping y encontraron una sustancia sospechosa, pero Jorge Pacheco Areco, que había accedido a la presidencia de la República por la muerte del presidente electo en 1966, Óscar Gestido, decidió indultarlos y viajaron y jugaron con la selección en México.
En todos los mundiales, por las razones que sean –estrictamente de elección deportiva, por lesiones u otros imprevistos—, hay jugadores que sufren la frustración de no estar. Y no están. Y la gente, los y las que queríamos que ese fulano estuviera –yogui con el Luis, por ejemplo–, tenemos que seguir y darle para adelante, porque al final la llevo tatuada en el pecho.
Pasando lista
Quiénes van y quiénes no van no son la misma cosa de cara a la competencia. Los integrantes de las nóminas que representan a Uruguay lo son todo de cara a la competencia, lo mismo que el cuerpo técnico. Es ese momento de ya está, de ustedes somos nosotros y hay que empujar, pero no yendo al precipicio tipo Thelma y Louis para escapar de Marcelo Bielsa, sus declaraciones, sus ideas y sus ausencias.
Estas semanas previas a la competencia, con las decisiones y las trabas y filtros burocráticos, no debería existir la guerra de guerrillas que proponen algunos tirando granadas de fragmentación, buscando torcer la realidad y generando daños colaterales. No solo atacan a Marcelo Bielsa y, por elevación, al statu quo de la AUF con Nacho Alonso y compañía, sino que generan una idea de colectivo empobrecido y enquilombado. No está Nahitan Nández, sorpresa, pero no por ello se puede plantear una interpelación casi con moción de censura per se a Bielsa y a la selección.
¿Qué ganamos con –ya en medio de la acción plena– ir a buscar la palabra del que no está? Hay formas de reaccionar a la frustración que son naturales, pero no siempre suman para la ilusión de todos, que somos los futbolistas y los tres millones, aquellos que nada tenemos que ver con las decisiones.
Ir a buscar a los dolidos como eje central de la cobertura premundialista cuando ya no hay vuelta atrás y ponerlos en el eje noticioso principal no parece sumar, ni a nosotros, los receptores que tomamos ese recorte de realidad como insumo principal de nuestras ideas y reflexiones, ni mucho menos al ambiente interno de nuestra representación más querida y soñada: la celeste.
