España es otra vez la campeona del mundo. Ocho partidos, siete triunfos, un solo gol recibido. El gol de Ferrán Torres en el segundo chico del alargue, tras un largo empate 0-0, le dio al pueblo español su segunda estrella. Los españoles festejan, gozan y disfrutan de tamaño título. Los argentinos, frustrados, con bronca y con dolor, no asumen aún la importancia del camino que recorrieron.
Se terminó el estruendo, pero queda el eco. En ese silencio que deja el final de un Mundial, uno se pone a pensar qué fue lo que realmente nos pasó por el cuerpo durante este mes. Un Mundial es una maravilla por múltiples razones y muchas de ellas exceden lo que pasa en la cancha, lo que pasó en la final. El creador –y pensador– argentino Pedro Saborido decía en estos días, con muchísima razón, que lo que vivimos no fue otra cosa que una tercerización masiva de la felicidad. Es una idea potente: la alegría como una conquista que, en lugar de gestionar nosotros mismos, se la entregamos a un puñado de tipos que corren detrás de una pelota, con camisetas que son nuestras banderas, con sudores que parecen los nuestros.
104 entregas de alegrías y tristezas
El Mundial es, junto con el fin de año, el único momento en que millones de personas quedamos suspendidas en la misma frecuencia, pendientes de lo mismo a la vez. No pasa en ninguna otra instancia. Solo ocurre cuando se juega a la pelota en estas instancias de corte. Es una especie de purgatorio del patriotismo, una forma de sublimar ese deseo de someter o conquistar al otro a través del fútbol, funcionando como una tregua olímpica moderna para no terminar a los tiros.
Es cierto que esa delegación colectiva de la alegría no se juega únicamente en el partido 104, en la final, pero no menos cierto es que todos apuntamos ahí como el colofón de este evento que nos atrae y nos entrega felicidad en cuotas. Este domingo 19 de julio de 2026, en Nueva Jersey, había 100 millones de personas –repartidas entre argentinos y españoles– sublimando su patriotismo y su carga fraccionada. Pero ¿qué hacíamos los otros miles de millones frente a esta instancia? ¿Qué hacíamos los que no teníamos la camiseta puesta, pero no podíamos dejar de mirar y –fundamentalmente– de sentir?
¿Para dónde apuntaba esa felicidad o esa enorme tensión? ¿Dónde se envasaba una posible certeza y dónde se desechaba una frustración cuando la pelota estaba en juego? En el entretiempo, al llegar al exagerado show de media hora, elaborábamos teorías sobre la presunta superioridad de España con base en su posesión de pelota y sus llegadas sobre el arco de Martínez, o nos aferrábamos a la seguridad absoluta de Argentina neutralizando las intentonas españolas y mostrando que tenía con qué para el complemento.
¿Cómo se decodifican esas reacciones aprendidas en los futbolistas y en la afición comprometida de todos los fines de semana y no solo del Mundial? ¿Cómo responde el público que ha llegado a esta fiesta de manera virtual, a través de miles de millones de pantallas en los territorios más variados y sorprendentes? Parece una reacción natural, emocional y de conocimiento –o de búsqueda de conocimiento– que nos atrapa durante horas.
Imagino la respuesta acelerada y estimulada del pueblo español al comienzo de la segunda parte, cuando los de rojo combinaban casi con facilidad y se metían al área. Imagino la certeza y seguridad del pueblo argentino al ver a sus defensores resolver in extremis cada una de las situaciones de riesgo que generaba el rival. Y no imagino, porque lo sé, cómo lo veíamos algunos de los que estábamos por fuera de esos 100 millones de interesados directos, cuando el dominio español chocaba contra la sobriedad extrema en la forma de defender del equipo de Scaloni.
La felicidad a crédito, la frustración en un solo pago
¿Cómo se procesa esa transición hacia la felicidad o la frustración en un partido que es apenas un juego de ocho escalones como máximo, pero que encierra cuatro años de espera entre Mundial y Mundial? Cuatro años de trabajo, de búsquedas y de formas para intentar llegar, simplemente, a levantar la copa dorada. Cuatro años de ilusiones y fundamentaciones para, por ejemplo, terminar perdiendo en la final –como le pasó a Argentina– a su pareja de zagueros titular, consustanciada con la causa a lo largo de todo el torneo e incluso determinante en las acciones ofensivas que sostuvieron el camino al partido decisivo. Perder a ambos y quedar jugando con una línea de cuatro, donde tres de sus integrantes eran distintos a los que habían empezado el torneo.
Cómo habrán sentido los españoles cuando, jugando más y mejor, quedaron con uno más por la expulsión de Enzo Fernández. Cómo se sintió en todo el territorio de España la explosión del latigazo de Ferrán Torres.
Resulta fascinante y a la vez profundamente ilógico cómo terminamos delegando nuestra propia alegría en una camiseta ajena. Al final del día, la copa nos pone en nuestro lugar. Nos obliga a aceptar que, por un momento, fuimos simples extras en la vida de otros. Estábamos ahí para ver si el guion cerraba o para no permitir que la historia terminara con la amargura de un fallo. Porque si la felicidad es una conquista, esta vez sentimos que la ganamos por procuración, dejando nuestra paz mental en pies ajenos.
Esta columna no me pertenece solo a mí: la han escrito mil futbolistas mundialistas en 2026, cientos de integrantes de los 48 staffs y cientos de millones de nosotros y nosotras, las y los visualizadores de esta maravilla. Es sobre por qué necesitamos, cada cuatro años, dejar de ser dueños de nuestra propia alegría.
