¿Qué mostramos cuando nos mostramos y qué aparece cuando pretendemos ocultarnos? Aprovechamos el carnaval para explorar el universo de las máscaras, un tema tan antiguo como la tragedia —y la comedia— y que actualmente, en este mundo de espirales virtuales y avatares, no para de resignificarse. En algún momento, la palabra persona quiso decir «máscara» y con el tiempo esa máscara devino sinónimo de lo humano: un ser con personalidad, es decir, con la ilusión de una estructura unívoca, sin fisuras. Enfrentado a este sujeto unificado está lo fragmentario, lo poroso, lo múltiple, rasgos vinculados al dios Dionisos, patrón del vino, de la fiesta, de la locura y de las artes escénicas, al punto de que se habla de «máscaras dionisíacas». ¿Pero esa fragmentación y esa multiplicidad son eso que cubre o, por el contrario, eso que está detrás? Las máscaras funcionan, así, como un puente o una metáfora para hablar sobre el ser y el parecer, sobre la verdad y el simulacro, dualidades que han obsesionado a filósofos, escritores y artistas desde siempre. ¿Dónde está la verdad? ¿Detrás de la máscara o en la propia máscara?

A partir de estas preguntas armamos el presente número, que trae ensayos, reportajes y entrevistas que giran en torno a esta idea de algo que cubre —o descubre— nuestra multiplicidad inherente.

En «Calma y guerrera», Federico Medina perfila a Rosario Viñoly, una figura clave del espectáculo uruguayo y maquilladora camaleónica que se ha movido entre la televisión, la publicidad, el teatro y el carnaval. Siguiendo con el maquillaje, Lala Toutonian escribió un ensayo sobre los sentidos políticos del glitter o brillantina: desde las primeras marchas de la diversidad sexual hasta el glam rock. Desde Buenos Aires, el periodista Hernán Panessi escribe sobre Los Parraleños, un grupo musical de argentinos de ascendencia nipona que, con la cara pintada y vestidos con kimonos, hacen «cumbia samurái», una fisura fiestera en la identidad nacional. Y Agustina Ramos escribe en «Cara de Instagram» sobre cómo las redes sociales, con sus filtros y sus ficciones, son máscaras que terminan metiéndose dentro de nosotros al punto de redundar en cirugías plásticas.

Entre otras cosas, las redes sociales y sus operaciones con trols y bots han impactado en las democracias, debilitándolas. Sobre estos sistemas políticos cada vez más autoritarios —y sus disfraces— habla el historiador italiano Enzo Traverso en la entrevista «Caretas democráticas».

La actuación es una forma de máscara y posiblemente la figura más reconocida por hacer de su propia cara una careta sea Buster Keaton; sobre él escribe Geoffrey O'Brien en «No pierdan de vista al chico».

Otro universo en el que la máscara es una pieza fundamental es el mundo de los superhéroes; sobre esto escribe Diego Trerotola en «Detrás del antifaz», un ensayo iluminador sobre identidad, fragmentación y alter ego.

Sobre el derecho al anonimato y a la máscara literaria escribe Betina González en «Elogio del disfraz», una reivindicación encendida de los seudónimos. Por su parte, Carlos Rehermann reversiona un cuento clásico de Nathaniel Hawthorne desde la perspectiva de «La señora Wakefield», como tituló su relato.

Y para terminar donde empezamos, el carnaval, publicamos «La máscara», un cuento inquietante y emblemático del uruguayo Carlos Martínez Moreno que tiene al carnaval de fondo, y a continuación un breve análisis de Francisco Álvez Francese sobre ese relato. Por su parte, la historiadora Dorothée Chouitem escribe sobre el descontrol de los primeros carnavales montevideanos y el fotógrafo Alessandro Maradei retrató los preparativos de la vuelta al ruedo de la murga Falta y Resto.