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Opinión Posturas

Un eco de alegría: El mensaje de León XIV en Uruguay

La emoción latía con una intensidad inocultable en los rostros de los miles de uruguayos que colmaron la Plaza Independencia, el Cabildo de Montevideo y la Catedral Metropolitana, así como las entrañas de Paysandú y el barrio de Casavalle durante las jornadas del viernes y el sábado. No era el fervor efímero de las multitudes, sino la resonancia de un acontecimiento que trasciende lo estrictamente litúrgico para instalarse en el centro del debate sobre el destino de nuestra convivencia.

El mensaje del Santo Padre logró un hecho político y cultural de alta importancia: fue celebrado y aplaudido sin ambigüedades por dirigentes de todo el espectro político, integrantes del cuerpo diplomático, líderes de diversos credos y una congregación necesitada de la palabra de su guía espiritual. Esta transversalidad confirma que el discurso de León XIV no se agota en el dogma, sino que opera como un faro ético de referencia universal.

Uno de los ejes nodales de su alocución fue la reivindicación de la democracia y la soberanía. Al cumplirse cuarenta años ininterrumpidos de alternancia institucional (un activo cívico que sitúa a Uruguay en una posición de indiscutida vanguardia jurídica y de respeto a las libertades públicas), el Pontífice enmarcó este logro en la noción del “bien común”. En un país de sólidas costumbres laicas, la sintonía entre la tradición republicana y el llamado a cuidar nuestra “casa común” (una continuidad conceptual que va de Francisco a esta nueva encíclica, Magnífica Humanitas) demuestra que los principios de equidad y el compromiso cívico no compiten con laicidad alguna; por el contrario, la nutren y la elevan.

En paralelo, la mención prioritaria a la salud mental introdujo una nota de profunda sensibilidad contemporánea. En una América Latina atravesada por crisis de sentido y desasosiegos juveniles que golpean el tejido social, el eco de sus palabras en favor de la prevención del suicidio y de políticas públicas orientadas al desarrollo humano integral resonó con urgencia. En esa misma línea, su vigorosa defensa del trabajo digno como vector de emancipación (un imperativo categórico donde la economía debe estar al servicio de la persona y no la persona subordinada a los engranajes de la producción) adquiere una gravitación ineludible.

No menos densa simbólicamente fue su lectura de la gesta artiguista. Al evocar no solo al prócer, sino a la épica colectiva de La Redota (mujeres, niños, ancianos, paisanos y gauchos marchando por un horizonte común), el Papa conectó el mito fundador de la nación con el imperativo de la inclusión radical. Las referencias a los relieves del monumento no constituyeron un mero guiño histórico; operaron como una deconstrucción lúcida de nuestro contrato social. Representa plasmar ese legado transversal que nos exige no dejar a nadie atrás, integrando a los márgenes en el centro de la sociedad.

Al evocar no solo al prócer, sino a la épica colectiva de La Redota, el Papa conectó el mito fundador de la nación con el imperativo de la inclusión radical.

Los gestos cotidianos del Papa en su periplo interior y periférico terminaron por redondear el alcance de su visita. La reivindicación del mate en Paysandú, elevada a categoría cultural de alteridad, encuentro y familiaridad, honra uno de nuestros patrimonios más íntimos. Y su peregrinaje a Casavalle, con su abrazo a las periferias montevideanas, tradujo el pulso de la Doctrina Social de la Iglesia en un puente directo con las mejores tradiciones del progresismo y del humanismo social: la búsqueda incesante de una sociedad sin excluidos.

Los testimonios de Angelica y Catherine fueron expresiones vivas de servicio y compromiso con la comunidad, el legado del Padre Cacho y su vocación por los más postergados de la sociedad, la labor territorial coincidente con el accionar diario y la persistencia de la lucha tras el sufrimiento y el dolor de la violencia y los abusos nos llaman a entregar nuestras energías para construir una casa común donde todos estemos incluidos, basados en el legado de Mateo 25:35-40 de “Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí”.

La visita de León XIV ya se ha ganado un sitial de honor en las páginas de nuestra historia institucional. Nos recuerda que Uruguay es un país que ha sentido en la fe una relación íntima, pero que contemporáneamente trasciende sus fronteras confesionales para articularse en torno a la unidad nacional, la fraternidad y la justicia distributiva.

Francisco puede descansar con la certeza de que su legado camina sobre suelo firme. Su sucesor ha sabido custodiar y expandir ese humanismo militante que sigue interpelando, con idéntica hondura, a uruguayos y uruguayas de todas las geografías y creencias.

Gastón Castillo es diputado suplente por el Frente Amplio e integrante de Encuentro Sur - Espacio 609. Niro Vázquez es edil departamental suplente e integrante de Seregnistas 95.