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Opinión Posturas

Mayo: mucha memoria y algunas provocaciones

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Mayo en Uruguay significa memoria. La creatividad se multiplica en margaritas, huellas, fotografías, música. Cada año la Marcha del Silencio suma nuevas generaciones. Lejos de diluirse con el tiempo, ha devenido en el encuentro democrático más imponente de la sociedad uruguaya. Cada 20 de mayo, esa noche fría ocurre una comunidad espiritual que trasciende casi todo lo que circunstancialmente nos aleja el resto de los días.

Cada mayo se multiplican las expresiones culturales, los sitios de memoria, los conciertos, las publicaciones. Revisemos algunos ejemplos de esa construcción ladrillo a ladrillo este 2026: Se conoció el nuevo informe del Equipo de Investigación de la Institución Nacional de Derechos Humanos y Defensoría del Pueblo que actualizó la cifra a 205 personas víctimas de desaparición forzada, incorporando ocho nuevos casos.

También en mayo el Ministerio del Interior entregó a la Secretaría de Derechos Humanos para el Pasado Reciente de Presidencia de la República un conjunto de documentos originales del Archivo Histórico de la Dirección General de Información e Inteligencia Policial, correspondientes al período 1968-1985: 23 cajas con más de 100 encuadernaciones, que reúnen más de 73.000 páginas microfilmadas.

Este año, a su vez, confirmamos judicialmente lo que siempre supimos: la Fiscalía Especializada, a cargo de Ricardo Perciballe, terminó con la versión oficial (falsa) y probó que las víctimas asesinadas por las Fuerzas Conjuntas el 14 de abril de 1972 estaban desarmadas. Hubo verdad sobre los crímenes del matrimonio Martirena-Giménez, en la calle Amazonas, así como sobre la muerte de Gabriel Schroeder, en la calle Pérez Gomar.

Por su parte, en la mañana del 30 de mayo se colocó la placa Sitio de la Memoria en la casa de Punta Gorda donde funcionara el centro clandestino de secuestro, detención, tortura y desaparición forzada conocido como Infierno chico o 300R. Ese mismo día, en el teatro Politeama de Canelones, hubo una función gratuita de la obra Autopsia sobre lo impune, que lleva a escena los detalles del horror de las tres jóvenes brutalmente asesinadas por las Fuerzas Conjuntas en abril de 1974; una herida privada de dimensiones colectivas, que la cultura nos espeja, como solo el arte puede hacerlo.

Pero este mismo mayo ocurrieron otros hechos que no deberían pasar inadvertidos.

En la sesión extraordinaria de la Asamblea General en homenaje a los legisladores Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz, en presencia de sus familiares, el senador colorado Pedro Bordaberry —hijo del dictador condenado en 2011 a 30 años de prisión como coautor, precisamente, de los asesinatos de Michelini, Gutiérrez Ruiz, Rosario Barredo y William Whitelaw— se perdió una digna oportunidad de permanecer callado. En cambio, adornada por una cita a Juan Pablo Segundo, ensayó una versión del pasado reciente de exaltación del perdón y dedicó un reconocimiento histórico a Julio María Sanguinetti (que tampoco privó a la sesión de su presencia) y a Luis Lacalle Herrera. Huelgan todas las referencias al rol de ambos dirigentes, tanto en la ley de caducidad, el voto amarillo y las infinitas trabas a la verdad sobre el pasado reciente.

Dichos que realizaron los senadores blancos Graciela Bianchi y Sergio Botana son igual de infelices. En un evento en el Parlamento, Bianchi dijo que solo “quedan cuatro” desaparecidos y que los militares no tuvieron “voluntad de exterminio”, sino que hubo “desviaciones”. Botana contó en Canal 5 que "en [la cárcel] Domingo Arena hay muchos presos inocentes". "Las víctimas de la dictadura son 30 desaparecidos y otros tantos muertos, las víctimas del terrorismo de fuerzas que hoy están en el gobierno son más que eso", completó. Falso y demostrado profusamente por la investigación historiográfica.

Una cosa es la libertad de expresión y otra muy distinta es la negación histórica de los crímenes de lesa humanidad ocurridos en nuestro país. Hubiera alcanzado con el decoro de respetar la sensibilidad de tantos.

Finalmente, e igual o más difícil de digerir, la presencia de Julio María Sanguinetti en la Legislatura Porteña, en ocasión del homenaje a los cuatro asesinados el 20 de mayo de 1976 en Buenos Aires. Es insólito el nivel de audacia que manejan algunos individuos.

Una se pregunta: ¿cómo no se les cae la cara de memoria?

Importa quién y desde dónde se dicen algunas cosas. Hay presencias y palabras que, se lo propongan o no, violentan. Violentan el lado más luminoso de la recuperación democrática: las viejas incansables; los familiares que nunca se rinden; las almas que multiplican la Marcha del Silencio. Los jóvenes que germinan Talleres de Memoria en las aulas. Violentan a todos los que en estos años han hecho cine, teatro, literatura y otras mil expresiones performáticas y artísticas que construyen capital simbólico y actualizan la búsqueda de la verdad.

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Violentan a los periodistas que empuñan los micrófonos, a las familias y los docentes que habilitan preguntas. A los operadores de justicia que han puesto el Derecho del único lado que debe estar; a los legisladores que nos representan cuando no abandonan. Violentan al intento de Jorge Batlle, que abrió una rendija en aquella Comisión para la Paz; a los historiadores que se la pusieron al hombro y a Tabaré Vázquez, que a mediados de 2005 materializó por primera vez el ingreso a un predio militar con una estrategia de búsqueda concreta.

Es necesaria una pausa para la lectura crítica de todo lo que ha ocurrido este mes de mayo. La violencia simbólica se legitima si no hay criticidad.

Uruguay precisa de acuerdos nacionales que nos contengan a todos, en muchas áreas de la vida del país, también en el relato histórico verdadero. Es necesario el encuentro a pesar de las diferencias. Pero una cosa es la discrepancia y otra el negacionismo.

De la misma manera que el proceso que desembocó en la dictadura cívico-militar no comenzó en 1973, sino mucho antes, tampoco cerrará mientras se insista en la negación.

Es demasiado el tiempo y demasiado el daño para permitir, calladamente, declaraciones carentes de todo sentido de la oportunidad.

Permitámonos por lo menos preguntarnos si en la foto de la memoria, la búsqueda de la verdad y la justicia, cabemos todos. Soy de quienes creen que es posible ratificar el contrato colectivo en Uruguay. Creo también que en esa foto debe haber lugar para todas las opiniones, pero no para todas las actitudes.

“La poesía es un pájaro que tiembla”. Inmejorable la imagen del poeta Elder Silva. La dimensión más cabal de democracia recuperada tiene de frágil todo cuanto luce de libertad.

Laura Fernández es abogada.