Benjamin Netanyahu tiene 76 años, ha encabezado desde 1996 seis gobiernos de Israel, incluyendo al actual, y solo puede huir hacia adelante. Tiene cuentas pendientes con el sistema judicial de su país, afronta cuestionamientos muy graves por su desempeño en los últimos años, sus relaciones con Estados Unidos están en un momento crítico, las encuestas de opinión pública no lo favorecen y la fecha límite prevista para las próximas elecciones es el 27 de octubre, en menos de cuatro meses.
En este contexto, Bibi intensifica sus políticas fronterizas de expansión y expulsión, con una narrativa que ya no presenta la guerra contra países vecinos como una necesidad coyuntural, sino como una exigencia existencial que requiere su conducción.
Doctrina de la seguridad nacional
“¿Quieren vivir en Medio Oriente y en el mundo? Sean muy fuertes. Eliminamos las amenazas, las debilitamos enormemente, [pero] todavía tenemos trabajo por hacer”, y la búsqueda de la “victoria total nunca terminará”, dijo Netanyahu el martes, entrevistado por una cadena de televisión. Agregó que en su opinión “lo más importante” es “contar con zonas de amortiguamiento dentro del territorio enemigo, no dentro del nuestro”.
Esto implica un desplazamiento constante de las fronteras: la instalación de colonos israelíes en Gaza y Cisjordania crea “zonas de amortiguamiento” que, al consolidarse, se volverán fronterizas y, según la tesis del primer ministro, deberán a su vez ser “protegidas” por nuevos avances en el “territorio enemigo”. Y así sucesivamente, no solo en Palestina, sino también en el sur de Líbano y el sur de Libia, pero el proyecto de un “Gran Israel” va mucho más allá.
En el Tanaj, el conjunto de libros sagrados del judaísmo que las religiones cristianas llaman Antiguo Testamento, hay más de una referencia a los límites del territorio prometido por una divinidad a los descendientes de Abraham que le fueran fieles. La preferida por los sectores políticos que integran el gobierno de Netanyahu es la del Génesis: “desde el río de Egipto hasta el río grande, el río Éufrates”.
Hay controversias sobre cuál era ese “río de Egipto”: bien podría ser el Wadi el Arish, que corre hacia el Mediterráneo por la península del Sinaí y desemboca a unos 50 kilómetros de la frontera con Gaza e Israel, pero el sionismo más exaltado quiere creer que se trata del Nilo. Desde este hasta el Éufrates están no solo la parte histórica de El Cairo y buena parte del territorio egipcio, sino también la totalidad de Palestina y Jordania, la mayor parte de Siria, cerca de la mitad de Irak y el norte de Arabia Saudita. En comparación, la interpretación más extremista de lo que significa una Palestina “desde el río hasta el mar” parece un delirio moderado.
Más allá de las doctrinas
En términos de derecho internacional, por supuesto, reivindicar una presunta e imprecisa promesa divina, hace muchos siglos, resulta un argumento inaceptable para las pretensiones territoriales. El uso de la fuerza tampoco es una herramienta legítima en la definición de fronteras, pero ha sido aceptado infinidad de veces en la historia de la humanidad por la vía de los hechos, y en estos tiempos renueva su pujanza.
Para los ortodoxos belicistas, el reino milenario de Israel se constituyó mediante la conquista por la voluntad de un dios, que no tiene fecha de caducidad. Poco importan, desde este punto de vista, las promesas y los mandatos que otras religiones le atribuyen a distintos y “falsos” dioses, las doctrinas jurídicas elaboradas por seres humanos o las votaciones en la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas. Netanyahu no es una persona muy apegada a la religión, pero nunca ha desdeñado la alianza con sectores de ideología extravagante para alcanzar sus objetivos políticos.
En violación de los acuerdos alcanzados este año, las fuerzas israelíes controlan dos tercios de Gaza, mientras que Cisjordania está cada vez más atrapada en una red de asentamientos ilegales, desde los que se hostiga violentamente a la población palestina. En el discurso oficial del gobierno de Israel no existe Cisjordania, cuyo territorio se identifica con las regiones bíblicas de Judea y Samaria, a veces con el agregado condescendiente de que son “territorio reclamado por los palestinos para un futuro Estado”.
Es indudable que, además de los gobiernos y organizaciones políticas hostiles a las políticas del actual gobierno israelí, hay, en Oriente Medio y en el resto del mundo, fuerzas poderosas que desean la erradicación del Estado de Israel. Son datos de la realidad tan evidentes como el expansionismo desmelenado de Netanyahu, pero la construcción de la paz implica no considerarlos irreversibles.
En esa desdichada y milenaria parte del mundo hay pueblos, familias y seres humanos, con derecho a un futuro que no dependa de cuál programa de exterminio prevalece. Entre otras cosas, porque la imposición de cualquiera de ellos degradaría la humanidad de quienes queden con vida y presuntamente triunfantes.
