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Opinión Posturas

Infancias, feminismos y crianzas libres por vidas dignas

El mes de agosto está rodeado por el festejo comercial del Día del Niño y la Niña, en un contexto en el que las infancias se encuentran inmersas en un mundo cada vez más mercantilizado. El consumo que se promueve hacia ellas forma parte de relaciones sociales más generales y se constituye tanto en un agente de limitación y control como de creatividad y elección. Esto tiene que ver con el acceso a bienes como los alimentos, la vestimenta y los juguetes, pero también con el acceso a la educación y la cultura, ámbitos que muchas veces quedan relegados.

Desde los espacios colectivos y comunitarios nos sentimos comprometidas con la tarea de planificar actividades que promuevan el goce pleno de infancias y adolescencias. Resulta indispensable tomar sus voces para jugar y crear otros mundos posibles, habilitando espacios que promuevan la libertad de expresión, de juego y de acción, mediados por una perspectiva que reconozca diversas formas de ser y estar, desde el cuidado y el respeto.

Ensayamos promover actividades que las tengan en cuenta como personas, considerando la situación social que atravesamos desde hace un tiempo. Intentamos crear momentos de goce y disfrute, donde la convivencia con las bellezas del mundo no les sea ajena. Partimos de comprender que la niñez no es solo futuro, sino también presente. Necesitan crecer y ser parte de una comunidad que las proteja de las violencias, que ofrezca espacios públicos bellos y cuidados, en los que estén presentes la música, la literatura, el cine y el teatro para conocer, aprender e imaginar otros mundos posibles.

Por ello, es importante fortalecer la participación desde donde se está implica concebir al otro como un ser capaz de comunicar, a través de múltiples expresiones, sus intereses. Implica también reconocer que, mediante acciones sencillas, es posible aportar al tejido de un entramado de prácticas que intenten revertir la reproducción de acciones injustas o violentas. Los procesos de aprendizaje colectivos que perduran en el tiempo habilitan el ejercicio de nuevas formas de participar y vincularse, desarticulando violencias naturalizadas.

La potencia con la que se ha retomado la reivindicación del 8M desde hace unos años es un fenómeno que desborda fechas e improntas políticas. Se mantiene como una copla que hace eco y trasciende latitudes, al ritmo de un pulso que nos convoca a expresar sentires y deseos tan infinitos como la cantidad de personas que ese día nos organizamos con otras o nos autoconvocamos en las calles, creando una energía tan única, capaz de hacernos sentir que es posible cambiarlo todo.

Desde la memoria de las compañeras que vuelven en imágenes, aromas, palabras, canciones y cuerpos felices por el encuentro, vamos poniendo luz sobre experiencias que forman parte del entramado de vida que entretejemos por donde pasamos. Como puntadas de un hilo que plasma un bordado que se enreda en muchas manos, con colores de infancias, adolescencias y de quienes crían, maternan, cuidan o educan, acentuado por un remate violeta feminista —porque ese color existe así— que nos dice que criar y cuidar es político.

Las feministas solemos cuestionarnos todo, pero, sobre todo, insistimos en crear el mundo que soñamos desde abajo y colectivamente. Esta pulsión está muy presente en la búsqueda de condiciones que posibiliten la inclusión de todes en diversos espacios, sobre todo de aquellas personas que sienten que es imposible sostener una militancia activa. El encierro, ese aliado histórico del patriarcado, que ha otorgado a las maternidades la responsabilidad, la culpa y mucha soledad, sigue siendo una característica presente y limitante para que muchas podamos ser partícipes del goce de nuestras propias conquistas.

La transformación del mundo implica una transformación de nuestras prácticas cotidianas, de nuestras formas de ser y de habitar los espacios. Nuestros deseos, siempre puestos en cuestión, incluyendo el deseo de la maternidad y nuestra voluntad de derribar los mandatos que recaen sobre ella, junto con los cambios que ya hemos logrado, nos permiten comprender que no hay vuelta atrás. Por esto, nos proponemos transformar el presente y el futuro para que quienes nos siguen generacionalmente habiten un mundo sin violencia, limitaciones ni opresiones, en el que el goce y el disfrute sean el medio y el fin de nuestras vidas.

Esto se va tramando junto a las infancias que comparten su vida con nosotras y que, por tanto, también forman parte de la transformación que anhelamos. Los espacios o propuestas específicas para las infancias dentro de los espacios colectivos y comunitarios son necesarios para habilitar su participación como sujetos de transformación, capaces de construir sus propios vínculos sin imposiciones. Es por esto que intentamos crear prácticas que las integren al modo de vida por el que, justamente, militamos. Ponemos en práctica acciones que entendemos necesarias para integrar a la vida que crece dentro de los espacios que habitamos.

Soñamos, creamos y ensayamos espacios para las infancias en reuniones, plenarias, asambleas, encuentros y movilizaciones, que poco a poco fuimos enriqueciendo a la luz de la experiencia.

Nuestros encuentros intentan ser momentos de aprendizajes significativos en la vida de quienes nos acompañan en todos los espacios y en todo momento: esas pequeñas personas que merecen vivir desde ya un mundo nuevo. Esto es posible también por el aporte de compañeras que no maternan, pero dan la lucha junto a quienes sí lo hacen, sosteniendo los cuidados, argumentando en asambleas sobre la importancia de los espacios de cuidado en las organizaciones sociales para potenciar nuestra voz y desplegar creatividad en esta trama que se teje con hilos que surgen desde diversos puntos para sostenernos.

Debemos habilitar espacios que promuevan la libertad de expresión, de juego y de acción, mediados por una perspectiva que promueva diversas formas de ser y estar, desde el cuidado y el respeto, y que sean amigables con las infancias.

Es imperioso contemplar el aporte y el deseo de todas: nadie sobra, todas somos fundamentales. Por esto nos planteamos el desafío de crear las condiciones materiales que faciliten la participación, creando espacios desde nuestras realidades.

Al calor de la mirada colectiva se abren nuevas interrogantes y aparece con fuerza la idea de tomar también las voces de las infancias para jugar y soñar juntes, con su indómito pulso de libertad. Por ahí entendimos que solo pensar espacios para infancias en las asambleas no es suficiente, aunque sí absolutamente necesario. Esto no implica que corramos la mirada de nosotras mismas, sino que nos invitamos a corrernos del adultocentrismo, que no solo limita la participación en espacios que no reciben a las infancias, sino que también anula el hecho de que las infancias son ahora y siempre. Hay que mirarlas, atenderlas y aprender junto a ellas.

Debemos habilitar espacios que promuevan la libertad de expresión, de juego y de acción, mediados por una perspectiva que promueva diversas formas de ser y estar, desde el cuidado y el respeto, y que sean amigables con las infancias. La riqueza de esos espacios habilita formas de relacionarse que contemplan lo anterior y que se aprenden a través de procesos colectivos que perduran en el tiempo, donde se recrean nuevas formas de participar y vincularse que desarticulan prácticas naturalizadas, como el autoritarismo. Cuando esto se logra, percibimos que este mundo que soñamos y creamos para las infancias es uno en el que nosotras también nos sentimos muy a gusto, potenciando nuestra capacidad creativa y transformadora.

No deseamos pautar cuáles son las formas correctas. Deseamos liberarnos de los mandatos hegemónicos impuestos que limitan nuestro pulso de vida y generan dolor, como aquellos que nacen de la poca posibilidad que aún tienen muchas de participar en espacios comunitarios o colectivos que les permitan, junto a otras, transformar sus condiciones materiales y simbólicas de vida.

Para hacer todo esto posible, creemos que el primer lazo de este hilo debe darse con el fin de habilitar instancias donde esa multiplicidad de voces se exprese, manifestando desde las infancias cómo nos sentimos en los espacios colectivos y cómo soñamos que estos sean. Retomamos la premisa de hablar en primera persona, para que no sean otras las que hablen por nosotras.

El tejido debe crearse entre infancias y adultas dispuestas a escuchar y llevar a la acción sus deseos. El ejercicio de tomar la palabra desde la infancia para crear aquello que soñamos nos abre el camino a vidas plenas, mientras las transitamos desde la libertad.

Estas palabras nacen al calor del encuentro entre quienes maternamos, criamos y educamos en la interseccionalidad de luchas por vidas dignas. Quienes entendemos ineludible potenciar la militancia según nuestras posibilidades y activamos espacios mediante propuestas que intentan desarrollarse teniendo en cuenta lo anterior, pero, sobre todas las cosas, deseamos poner en palabras algo que merece tejerse entre los diversos puntos de esta trama feminista: la importancia de reflexionar sobre maternidades y crianzas libres de mandatos patriarcales y capitalistas desde escenarios simples y cotidianos, capaces de dar respuesta a problemas complejos.

Andrea Graña es militante y educadora popular especializada en políticas públicas de infancias y derechos con perspectiva de género.