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Opinión Posturas

La República de los libros: precio único, libreros y educación

En los comienzos de la Francia moderna, los lectores de Rousseau desarrollaron una forma de lectura casi patológica. Uno de ellos se vinculaba muy pasionalmente con lo que conoció de La nueva Eloísa y eso lo llevó a escribirle al autor y a poner en práctica las lecciones que allí se encontraban para enseñarle a su hija.

Ello permite ver La gran matanza de gatos y otros episodios de la cultura francesa, de Robert Darnton, como un libro en el que el autor se dispone a bucear en ese mundo en donde el proceso de las librerías e imprentas de París era el inverso al actual.

La discusión que ha desatado el proyecto para establecer un precio único del libro me parece un acontecimiento fantástico. No específicamente por el proyecto, sino porque algunos de los elementos en el debate tienen que ver con la cultura, el lugar de las librerías en la ciudad, así como el significado de la cultura escrita que es la que nos ha sostenido especialmente desde Gutemberg a esta parte. Lo que Régis Debray llama la grafósfera.

En conversaciones con mi librero de confianza se ha desplazado la discusión sobre el tema del precio hacia el valor de la cultura y la educación. Algo que inmediatamente me ha hecho pensar en el lugar de las bibliotecas escolares. Algunas por las que he pasado aún conservan un espíritu por el que se resisten a ser olvidadas, pero en varios liceos y escuelas técnicas son el salón donde está el televisor o el decorado lúgubre de un espacio poco explorado.

El descuido en los gobiernos de la educación por encontrar en la biblioteca un entorno de aprendizaje dinámico e invertir por tener actualizadas las estanterías y en la organización de ese espacio me lleva a señalar lo trágico del momento actual.

Transito directamente a la espacialidad porque quienes practicamos asiduamente la lectura tuvimos mucho contacto con espacios en los que había libros, revistas, folletos. No es de extrañar para quienes somos hijos e hijas de maestras haber encontrado enciclopedias pagadas a 25 cuotas que Océano o alguna otra editorial iba a cobrar cada mes. Allí estaban para proveernos de información, junto a otros libros sobre didáctica, las revistas Charoná y cosas que ni recuerdo como hijo de una. Pero pasábamos las páginas y ojeábamos ese objeto extraño, incluso sin entenderlo.

El descuido en los gobiernos de la educación por encontrar en la biblioteca un entorno de aprendizaje dinámico e invertir por tener actualizadas las estanterías y en la organización de ese espacio me lleva a señalar lo trágico del momento actual. Con las cientos de instituciones que existen, una política fuerte del Estado hacia allí claramente colaboraría con el mercado de los libros, lo que podría ayudar a bajar el precio, algo muy necesario tanto para las librerías como para quienes leemos.

Se podría decir que los libros ya no son necesarios o que la mayoría de la gente prefiere conectarse a las pantallas. Pero la encuesta de la consultora Nómade, citada por María José Santacreu en Brecha, señala algo que no se está diciendo mucho y es que la gente lectora se culturiza de muy diversas maneras: va al teatro, mira series, ve películas, entre otras. Entonces, el acceso a la cultura no se dirime en abandonar las librerías y las bibliotecas en favor de las nuevas tecnologías, sino en potenciar el ecosistema cultural y su acceso desde una decisión empecinada de una construcción republicana y, ya de paso, estimular un mercado que empieza en los futuros lectores y en nodos de cultura como las librerías.

Maximiliano Santos es profesor de Historia en la DGETP, maestrando en Ciencias Humanas. Actualmente cursa una diplomatura en Diseño y Producción Editorial (Fundación Gutenberg, Argentina).