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Opinión Posturas

80 años del Instituto de Formación Docente de Tacuarembó: una historia de compromiso colectivo

Las historias de compromiso colectivo merecen ser contadas. Especialmente en la actualidad, época de individualismo creciente. Los seres humanos nos construimos tomando como referentes a otros; si a nuestros jóvenes solo les brindamos ejemplos pautados por la competencia, ellos los imitarán. Por el contrario, si divulgamos historias de construcción conjunta en pro de mejoras ciudadanas, tendrán otras referencias para construirse.

Con ese espíritu fue creado el Instituto de Formación Docente (IFD) de Tacuarembó, que cumplió 80 años el 2 de mayo de este año. Surgió a partir de una iniciativa de la Asociación de Maestros de Tacuarembó en 1946, quienes dieron el puntapié inicial. Contó con la colaboración de muchos ciudadanos que, desinteresadamente, se sintieron llamados por la causa.

Un país, distintas realidades

Tacuarembó, a mediados del siglo pasado, tenía buena parte de su población rural viviendo en rancheríos. De acuerdo a datos extraídos del periódico local La voz del pueblo, era el departamento en el que más se daba ese fenómeno. La tabla que se adjunta ilustra la situación a nivel nacional.

Para tener una idea de cómo era la vida en los rancheríos, se recurre a las palabras del médico Felipe Cantera, quien trabajó arduamente en la ruralidad de Cerro Largo y que narrara sus experiencias como integrante de las misiones sociopedagógicas en su obra Hacia los otros.

“Un rancherío… medio y hombre influyéndose mutuamente con este resultado: tierras infecundas, erosionadas y empobrecidas, muchas veces de nadie; minifundios asfixiados por el latifundio, viviendas promiscuas e insalubres; caminos intransitables que impiden llegar hasta la ciudad o recibirla en sus expresiones de civilización y cultura; carencia de fuentes de trabajo y de mercados de colocación de sus posibles productos; subproducción e infraconsumo; ausencia de medios de recreación y de difusión cultural; tierras habitadas por mujeres y hombres en los dos extremos de la vida –niñez y senectud-, debido al éxodo de los adultos, por razones laborales… vida estática, monótona y rutinaria, sin perspectivas de cambio en su horizonte; mujeres cargadas de hijos, niños desnutridos y hombres tristes y vencidos ante la lucha desigual de todos los días, que merecen nuestro respeto y ayuda solidaria y que rinden lo que las circunstancias se lo permiten, en medio de la indiferencia de una sociedad egoísta y del desinterés de gobiernos incapaces”, escribió Cantera en 1968.

Este fragmento evidencia la miseria en la que vivían en los rancheríos. Los periódicos departamentales de la época clamaban por la creación de escuelas y de centros de salud en los poblados rurales. En Tacuarembó, se calcula que en 600 pueblos apenas 53 tenían algún tipo de atención sanitaria.

Los caminos para llegar a la capital departamental eran intransitables; por tanto, quien sufría la desventura de enfermarse no tenía mayores opciones. Con una total ausencia estatal, la población de la campaña, especialmente al norte del Río Negro, estaba privada de los derechos ciudadanos que tenían en el sur, la cual merecía ser distinguida con el calificativo de la Suiza de América.

Aprendices de todo, oficiales de la vida

Es en este marco que la figura del maestro rural resultaba imprescindible. Su labor primordial era combatir el analfabetismo, pero, además, su sola presencia en la ruralidad se constituyó en referencia en cuestiones de salud, alimentación y educación ciudadana. Tanto es así que los programas de educación magisterial incluían materias como Puericultura, en las que se enseñaba hasta cómo atender un parto; Agronomía, para hacer quintas, u oficios como Carpintería, para hacer refacciones en general. Se decía que “el maestro es aprendiz de todo y oficial de la vida”. El docente de campaña no solo educaba, sino que se constituyó en la representación del Estado y en el principal escudo protector para los más vulnerables.

La gran carencia de docentes de la época se explicaba porque la carrera magisterial solo se podía cursar en Montevideo. Si bien en 1913 seis institutos normales iniciaron funciones en el interior del país, no llegaron a prosperar. En Tacuarembó, la institución fue dirigida por Polonia Sellera y funcionó aproximadamente dos años y luego se cerró. Recién en febrero de 1929 comenzó a funcionar el Instituto Normal de Paysandú, constituyéndose como el único del interior del país. El resto de los departamentos no contaba con formación magisterial en sus territorios, por tanto, debían cursar la carrera en forma libre. Las juntas examinadoras viajaban a los distintos departamentos para tomar los exámenes; todas las materias se rendían en pocos días. El estudiantado estaba librado a su suerte; debía conseguir libros y orientación por su cuenta.

Dadas estas condiciones de carencias en la formación magisterial, la cantidad de maestros egresados era muy escasa en el interior de nuestro país. Esta realidad actuó como motivadora para que la ciudadanía de Tacuarembó, encabezada por la Asociación de Maestros, luchara para concretar la formación del Instituto Normal en el departamento.

De salones prestados al éxito académico

Los cursos se iniciaron el 2 de mayo de 1946; quienes dictaban las clases eran profesionales y maestros que lo hacían de forma totalmente honoraria. Comenzaron a funcionar en un salón de la Inspección de Escuelas, por la calle 25 de Mayo, frente a la plaza 19 de Junio. La demanda de estudiantes fue muy grande, por lo que ya en 1947 se debieron trasladar a una casa más amplia, cedida por la Intendencia. En 1953, se mudan a la planta alta de la Concentración Escolar, donde funcionaban las escuelas 1 y 2, además de la escuela para adultos en horario nocturno. La cantidad creciente de alumnos, así como las lógicas dificultades generadas por compartir el edificio, llevan a anhelar un local propio. Ese sueño será encabezado por el maestro Dardo Ramos, junto a una gran cantidad de ciudadanos que deciden luchar por ese objetivo.

A pesar de todas las dificultades y de la falta de recursos, la formación de los maestros en Tacuarembó alcanzó resultados ejemplares. El periódico La voz del pueblo reconoció en enero de 1948 la meritoria labor del Instituto Normal de Tacuarembó, que había logrado un 92% de aprobados. Se felicita a su director, el maestro Dardo Ramos, y a todos quienes hacen posible el funcionamiento de esta institución. Estos resultados tan gratificantes, alientan aún más a continuar la lucha para lograr la oficialización del Instituto Normal de Tacuarembó.

El estudiantado como protagonista

Un capítulo aparte merece la labor del estudiantado normalista. Desde el inicio de las funciones del Instituto Normal de Tacuarembó, desarrollaron gran cantidad de acciones para colaborar en su desarrollo. Fueron múltiples los beneficios que llevaron a cabo para obtener recursos. Incluso la biblioteca del instituto fue iniciada a partir de la recolección de textos realizada por este colectivo. Ya en 1946 hicieron el Baile del Libro, con la finalidad de que la población donara obras para conformar la biblioteca.

También impulsaron eventos culturales y se posicionaron ante propuestas de la época. La Asociación de Estudiantes Normalistas de Tacuarembó se pronunció ante la instrucción premilitar obligatoria, que se proponía en 1947 para la población escolar y de enseñanza media. En ese mismo año emprendieron la lucha por la rebaja del boleto estudiantil, entrevistándose con el diputado César Palomeque, que presentó el asunto en su cámara. Con frecuencia, el estudiantado realizaba actos de reconocimiento al cuerpo de profesores, como forma de agradecimiento por la labor de excelencia que en forma totalmente honoraria desarrollaban. Incluso, en 1957, enviaron una nota al inspector departamental solicitando nominar una de las salas con el nombre del maestro Dardo Ramos, como forma de agradecimiento ante la lucha infatigable que había desarrollado por el instituto.

El sueño del techo propio

Ese legado de compromiso estudiantil se fue transmitiendo a las nuevas generaciones, que continuaron con el accionar fervoroso por la institución. Este se incrementó con las diferentes etapas que tuvo la construcción del edificio propio. El sueño del local para el instituto comenzó a tomar cuerpo cuando, a mediados de 1950, el maestro Ramos logró que el entonces Consejo del Niño cediera un local ruinoso ubicado en las calles Dr Catalina y República Argentina (hoy Dr Ivo). Con el esfuerzo de todos se hicieron refacciones para permitir el funcionamiento de la enseñanza, hasta que en 1965 se inició la construcción del edificio actual, con el innovador proyecto dirigido por el arquitecto Omar López Shanon.

El IFD de Tacuarembó nació gracias a un grupo de educadores que no fueron indiferentes a la dura realidad social que les tocó vivir. Ellos soñaron con transformar su sociedad para dotarla de oportunidades, especialmente para los más vulnerables, y supieron convocar a la comunidad para sumar esfuerzos al desafío.

La investigación sobre la historia del Instituto, liderada por la profesora María Teresa Puentes y el maestro César Escayola, rescata el nivel de entrega del estudiantado en la gesta. Por ejemplo, en mayo de 1970 lograron aportar 18.700 pesos a través de la recolección de 2.200 botellas, a lo que sumaron otros recursos económicos obtenidos con la realización de rifas y bailables los fines de semana. También estuvieron presentes para transportar los materiales de la construcción, así como para trabajar directamente como peones de obra.

Codo a codo

Con el esfuerzo mancomunado de estudiantes, docentes y ciudadanía en general, se concretó el sueño del edificio propio. En la construcción participaron personas privadas de libertad, junto al estudiantado y obreros aportados por la municipalidad. El costo aproximado de la obra rondó los 40 millones de pesos, de los cuales solo seis millones fueron cedidos por el Estado, el resto fue aportado por el pueblo.

Para recaudar fondos, el rol de los medios de comunicación fue muy relevante. El Canal 7, medio televisivo local, realizó un programa denominado Terminemos el Instituto Normal. Un millón en 120 minutos. A través de esta emisión, empresas y ciudadanía lograron colectar lo necesario para finalizar la obra. (Magisterio, 1995)

La inauguración de una hazaña colectiva

En octubre de 1957 se inaugura el edificio propio del IFD de Tacuarembó. Una concreción de todo un pueblo, ideada por el maestro Dardo Ramos. Ese día representó la culminación de mucho esfuerzo, y así quedó plasmado en su discurso inaugural: “Tenemos la casa que queríamos, con tibieza de hogar. Aquí dentro de estas paredes nos sentiremos en el mejor de los mundos. Aquí vendremos a aprender que no hay obstáculos que resulten insalvables cuando se pone el alma en la tarea”.

La construcción del edificio propio para el Instituto fue un hecho colectivo que no solo generó una mejora para el estudiantado y cuerpo docente. Fue mucho más que eso, representó un acto formativo, un aprendizaje práctico que demostró que no existen los imposibles cuando se tiene la capacidad de soñar y comprometerse a trabajar con otros. Ese espíritu de lucha continuó hasta lograr la oficialización del Instituto, recién el 27 de junio de 1961.

El IFD de Tacuarembó nació gracias a un grupo de educadores que no fueron indiferentes a la dura realidad social que les tocó vivir. Ellos soñaron con transformar su sociedad para dotarla de oportunidades, especialmente para los más vulnerables, y supieron convocar a la comunidad para sumar esfuerzos al desafío. Luego de muchos años de trabajo arduo, lograron concretar el sueño. Todos ellos siguen entre nosotros, están vivos a través de sus obras. Porque, como decía Albert Einstein, la única forma de enseñar es a través del ejemplo. Sus hechos nos dicen que continuemos con su legado, que no escatimemos esfuerzos para seguir poniendo en acción el lema que adorna la entrada de nuestro Instituto: “Solo una vida dedicada a los demás merece ser vivida”.

Referencias

Magisterio, E. d. (1995). Reconstrucción del proceso histórico del IFD de Tacuarembó. Tacuarembó: Repositorio institucional del CFE ANEP.