“La política y las campañas electorales ya no se hacen solamente en la calle, también se hacen en las redes sociales”, indicó David Nemer, investigador brasileño de la Universidad de Virginia en conversación con la diaria Verifica. En un escenario en el que una parte creciente de la disputa política se desarrolla en internet, el acceso a los votantes depende no solo de los mensajes que producen los candidatos, sino también de los sistemas que determinan cuáles se distribuyen y consiguen mayor visibilidad. En Brasil, esa preocupación adquirió relevancia durante la última campaña electoral, cuando se denunciaron fallas técnicas en los servicios de Meta que habrían perjudicado al presidente Luiz Inácio Lula da Silva y favorecido a su adversario, Flávio Bolsonaro.
Pero los algoritmos son solo una parte del problema. La campaña también estuvo marcada por la producción de imágenes y videos mediante inteligencia artificial (IA), la circulación de contenidos engañosos sobre los candidatos y el uso de redes organizadas para distribuir mensajes políticos a través de aplicaciones de mensajería. Para comprender ese fenómeno, el investigador propuso observar la infraestructura humana que sostiene la difusión de la desinformación, como las personas que producen los contenidos, quienes los distribuyen de forma organizada y los usuarios que los reenvían a sus contactos, algo que ya fue especialmente relevante en las elecciones de 2018 y 2022.
En ese terreno, el investigador identificó una particularidad de la experiencia brasileña, que fue la organización de grupos de usuarios que cumplen una función semejante a la de un sistema de recomendación. “El trabajo era igual al de un algoritmo”, explicó sobre las redes humanas que distribuyen contenidos políticos mediante Whatsapp.
El caso más emblemático fue el denominado “Ejército de Lula”, impulsado por el diputado André Janones, que llegó a reunir a diez millones de personas en un canal de difusión de Whatsapp, por medio del que organizaba acciones y orientaba a sus participantes sobre cómo intervenir en las redes sociales. Esta iniciativa, que no formaba parte de la estrategia oficial impulsada por el comando de campaña del Partido de los Trabajadores, le valió a Janones que se le atribuyera el mérito de la remontada en la segunda vuelta electoral.
Nemer señaló esta experiencia como una de las más significativas de movilización política mediante aplicaciones de mensajería, ya que tomó elementos de las formas de distribución utilizadas por la extrema derecha, pero con un objetivo diferente. A diferencia de la creación de desinformación que promueven esos sectores, Janones “creaba información, órdenes sobre qué hacer en las redes sociales, que las personas obedecían”, señaló Nemer. Para el investigador, esa organización permitió que la izquierda brasileña desarrollara una capacidad de movilización digital en la que hasta entonces había estado en desventaja frente a las redes bolsonaristas.
Los algoritmos, una caja negra en la disputa electoral
Uno de los temas más debatidos durante la campaña electoral brasileña fue la falta de transparencia de los algoritmos de las grandes plataformas. Estos sistemas, que seleccionan y ordenan los contenidos que aparecen ante cada usuario, no tienen criterios de funcionamiento públicos. Por eso, resulta difícil establecer por qué una publicación alcanza a millones de personas, mientras otra, aparentemente similar, tiene una circulación mucho menor.
El investigador identificó al menos tres fallas técnicas atribuidas por Meta a problemas de sus sistemas que, según su análisis, perjudicaron a Lula y favorecieron a Bolsonaro. Una de ellas estuvo relacionada con el alcance de los videos del presidente en Instagram. Otra afectó la generación de imágenes mediante Meta AI, ya que mientras el sistema impedía crear memes con el nombre “Lula”, sí permitía hacerlo con el nombre “Flávio”. El tercer episodio, tal vez el más evidente, involucró la distribución de publicaciones políticas, en un contexto en el que contenidos de referentes conservadores alcanzaban una difusión que Nemer consideró desproporcionada.
Para ilustrar el último punto, el investigador mencionó al diputado bolsonarista Nikolas Ferreira, una de las figuras más populares de la derecha brasileña en las redes. Según Nemer, sus publicaciones conseguían un alcance muy superior al esperado si se tomara como referencia únicamente el número de seguidores. Como ejemplo, señaló que Ferreira tenía 14 veces menos seguidores que la artista estadounidense Beyoncé, pero algunas de sus publicaciones llegaban a más personas que las de la cantante.
Por este motivo, el 14 de octubre, la campaña de Lula acudió al Tribunal Superior Electoral (TSE) para denunciar restricciones en la distribución de publicaciones y en la generación de imágenes mediante la inteligencia artificial de Meta. La presentación sostuvo que existía una “selectividad algorítmica” que favorecía a Bolsonaro. “Nunca vamos a saber si esto fue intencional o no”, afirmó Nemer. La dificultad, explicó, es que los sistemas son opacos y no existe una forma independiente de examinar por completo sus mecanismos internos. “Es todo una caja negra, no se puede entrar”, resumió.
El investigador considera que el contexto político de los propietarios de las plataformas también merece atención. En el caso de Meta, mencionó los vínculos y coincidencias políticas de su director ejecutivo, Mark Zuckerberg, con Donald Trump y dirigentes de la derecha internacional, así como sus críticas a las instituciones brasileñas.
Si una plataforma puede modificar la visibilidad de los mensajes políticos sin explicar sus criterios, puede alterar las condiciones en las que se desarrolla una campaña. “Quienes ellos quieran que ganen tendrán más visibilidad, más acceso, más prioridad en el algoritmo”, advirtió Nemer. En contrapartida, otros contenidos pueden sufrir lo que se conoce como “shadowban”, la reducción arbitraria del alcance de las publicaciones de una determinada cuenta.
Un papel central fue ocupado por Elon Musk, quien incluso abonó, desde su cuenta personal de X, la teoría de un fraude electoral que habría permitido la victoria de Lula. Según Nemer, el sistema de inteligencia artificial Grok, integrado en X, recomendaba a Bolsonaro como presidente, pese a que las reglas electorales brasileñas prohíben que las herramientas de IA recomienden candidaturas.
¿La desinformación puede cambiar el voto?
Respecto del impacto de la desinformación en el comportamiento de los votantes, Nemer señaló que “no existen pruebas concluyentes” de que pueda, por sí sola, determinar el resultado de una elección nacional, aunque su efecto no es irrelevante. “Te motiva a salir de casa para votar, moviliza”, explicó el investigador, quien considera que uno de los efectos más importantes es emocional. La desinformación puede mantener a los votantes indignados, atentos y comprometidos con su candidato. En lugar de convencer necesariamente a alguien de cambiar su preferencia, puede reforzar una identidad política ya existente y aumentar la disposición a participar.
La polarización favorece ese mecanismo. Los contenidos que despiertan indignación, miedo o rechazo tienen más posibilidades de ser compartidos dentro de comunidades que ya mantienen una relación conflictiva con el adversario. La repetición de mensajes similares puede reforzar las convicciones de los usuarios y hacer que determinadas interpretaciones parezcan más extendidas de lo que realmente están.
Frente a estas prácticas, el Tribunal Superior Electoral brasileño estableció reglas para restringir el uso engañoso de inteligencia artificial y combatir la difusión de contenidos falsos. Sin embargo, para Nemer las herramientas disponibles presentan limitaciones importantes porque “están muy restringidas al ámbito de la campaña oficial”, pero “no impide que otras personas lo hagan”.
El problema se vuelve más complejo cuando los contenidos circulan por medio de cuentas anónimas, perfiles artificiales o redes de mensajería privada. Las autoridades pueden solicitar el retiro de publicaciones y las plataformas pueden aplicar sus propias reglas, pero la velocidad de circulación y la posibilidad de replicar un mensaje dificultan una respuesta eficaz. Nemer destacó que la cooperación entre el TSE y las big techs es importante para que los pedidos de retiro se procesen con rapidez. Al mismo tiempo, consideró que las autoridades deberían exigir una mayor transparencia y responsabilidad a las plataformas, especialmente para prevenir las fallas que afectan la distribución de contenidos políticos.
El desafío no consiste únicamente en retirar contenidos falsos una vez que se viralizaron. También implica identificar las condiciones que facilitan su circulación, establecer responsabilidades cuando se utilizan herramientas de IA para engañar y garantizar que los sistemas de recomendación no alteren de manera injustificada la visibilidad de los actores políticos.
Por otra parte, el investigador consideró que el caso brasileño es una muestra de lo que puede ocurrir en el futuro con otros procesos electorales alrededor del mundo. “Ese es el gran temor de las campañas hoy en día, porque la política y las campañas electorales ya no se hacen solo en la calle, sino también en las redes sociales. Pero la diferencia es que en el espacio público conocemos las reglas de la calle; en las redes sociales las desconocemos”, concluyó Nemer.
