Camila Gianotti es arqueóloga, docente del Centro Universitario Regional Este de la Universidad de la República y directora del Laboratorio de Arqueología del Paisaje y Patrimonio del Uruguay. A lo largo de su carrera ha llevado adelante investigaciones que nos han permitido conocer pedacitos de nuestra historia. De la mano de su equipo, abrió la puerta al cielo de las poblaciones indígenas, sentó evidencias sobre cómo los cerritos de indios están orientados para ver la “salida” y “puesta” de la Cruz del Sur en el solsticio de invierno, también acompañó en investigaciones sobre sus canoas, y mostró que más del 90% de los cerritos de indios de India Muerta están bajo vulnerabilidad alta o crítica debido al cultivo de arroz y la ganadería intensiva. Estos son tan solo algunos de sus trabajos.
El hecho de estar inmersa en el territorio la llevó a querer involucrarse y participar. De esta forma, se unió a la Asamblea Hue Mirī en Defensa de la Laguna Merín. la diaria conversó con la científica sobre la iniciativa privada que busca instalarse frente a la isla del Padre y está generando un conflicto socioambiental en la cuenca de la laguna Merín, por qué deberíamos cuidar los cerritos de indios y cómo las evaluaciones de impactos arqueológicos de emprendimientos suelen quedar relegadas en las tomas de decisiones.
¿Cómo nació tu interés por la arqueología?
Es una historia muy personal y larga. Tiene que ver con que soy hija de migrantes, soy hija del exilio. Nací en Chile, viví en Cuba y en el proceso de vuelta de mis padres a Uruguay, en 1985, tuvimos una parada en México para hacer trámites y toda la cuestión legal del retorno. Entre medio de ese drama de irme de aquel lugar en el que había nacido, crecido, estuvimos en México unos 15 días. Fue como una luz. Visitamos muchos lugares, recorrimos, tuve un primer acercamiento a una diversidad histórica, cultural, arqueológica que es imponente. Fue como un rescate en ese momento. Siempre me gustó la historia, siempre me gustaron las costumbres, las vidas, las lenguas de otras culturas distintas a la nuestra. Ese viaje a México y la visita al Museo de Antropología me marcaron a fuego, tenía 12 años. Me acuerdo de que le dije a mi mamá: “Yo quiero estudiar esto, yo quiero ser arqueóloga”. Desde ahí nunca se me cruzó otra idea.
Cuando terminé el liceo averigüé y vi que se podía estudiar en la Facultad de Humanidades. Siguió mi interés por la diversidad cultural, las raíces, sobre todo me interesaba mucho la historia indígena. Creo que tiene que ver con el proceso de búsqueda personal de quién soy, de dónde soy. En todas nuestras naciones latinoamericanas hay una historia profunda que tiene un montón de continuidades en el presente que todavía no conocemos. Recién, en algunos lugares, hay un interés que permite profundizar un poquito más. Uruguay, Argentina, son países que todavía se creen a sí mismos como países más europeos y siguen negando esta historia que tenemos, y eso es parte de lo que estudiamos los arqueólogos y las arqueólogas.
¿Cómo ves el vínculo entre lo ambiental y lo arqueológico? Generalmente, donde hay una gran riqueza ambiental también suele haber una riqueza arqueológica.
Esta pregunta tiene varias dimensiones. Cuando hablamos de ambiente no estamos hablando solo de cuestiones biológicas o ecosistémicas. Estamos muy acostumbrados a paradigmas que separan la cultura de la naturaleza, y la historia lo que muestra es que van de la mano. Cuando hablamos de ambiente estamos hablando de vida humana y no humana en todas sus expresiones. La investigación científica, tanto por el lado ambiental como por el lado cultural, ha mostrado que aquellos lugares con mayor biodiversidad del planeta son, precisamente, los lugares donde se han preservado, se mantienen todavía vivas, muchas prácticas, tradiciones, costumbres, diversidad cultural. Esa biodiversidad va de la mano de la diversidad cultural. Cuando hablamos de cuestiones ambientales, estamos hablando de bienes comunes. Parte de esos bienes comunes precisamente son esos testimonios, herencias, patrimonios que tenemos como país.
Sin ir más lejos, sabemos que durante 5.000 años hubo grupos que habitaron los humedales, que vivieron de los humedales, que transformaron los humedales y que construyeron miles de arquitecturas en tierra para vivir. Nos muestra que hubo otras formas de organización en esos ambientes que hicieron posible la vida humana –más que humana– y que persistieron durante más de 5.000 años hasta el presente, que es donde los estamos viendo mucho más amenazados. Estamos en un momento del mundo en que hay que reintegrar estos paradigmas.
Cuando hablamos de evaluaciones de impacto ambiental, por ejemplo, suele pasar que se segmentan los impactos. Por ejemplo, en las normativas se habla de impactos arqueológicos, impactos ambientales, está muy compartimentado por áreas. Por un lado, puede ser bueno, porque debería haber alguien especializado que pueda analizar las repercusiones específicas sobre los territorios. Sin embargo, también genera otras consecuencias que quizás son más complicadas.
Es positivo en tanto que, desde un punto de vista operativo y práctico, permite profundizar en los distintos aspectos, pero luego tiene que haber una integración y articulación, una mirada global de todos ellos y de sus relaciones. Eso es lo que falta. Pero no solo falta eso, sino que falta también una articulación interinstitucional entre las distintas normas que hacen a cuestiones territoriales, ambientales y a esos bienes comunes.
En la evaluación ambiental, por ejemplo, todo esto que estamos hablando entra en una categoría que se le da el nombre de “medio antrópico”. Integran las poblaciones actuales, sus formas de vida, cuestiones que tienen que ver con las economías locales y los bienes históricos, culturales, arqueológicos del lugar. “Medio antrópico” engloba todo esto, que en teoría es la cultura y sociedad de ese territorio. ¿Qué nos pasa? Ese apartado, en concreto lo arqueológico-antropológico, está vinculado a una norma que es la ley de patrimonio, que es la que crea la Comisión Nacional del Patrimonio. La evaluación ambiental pasa por el Ministerio de Ambiente, pero no pasa por el Ministerio de Educación y Cultura, donde está la Comisión de Patrimonio. Desde 2014, la Comisión de Patrimonio no evalúa los informes de evaluación de impacto ambiental, y, por tanto, el componente arqueológico histórico y cultural lo evalúa el Ministerio de Ambiente, que no tiene ninguna persona formada específicamente en estos temas. Hay una omisión en las capacidades institucionales del Ministerio de Ambiente que no permite atender con profundidad esto. A lo largo del tiempo, hemos venido viendo que este apartado en los informes de evaluación de impacto ambiental es anecdótico.
Muchas de las obras que ingresan una solicitud de autorización ambiental previa y desarrollan evaluaciones de impacto ambiental tienen que tener una evaluación de impacto arqueológico y no la están teniendo. Por ejemplo, proyectos de forestación de más de 100 hectáreas no están teniendo estudios de impacto arqueológico y nadie les dice nada. También canteras en distintos lugares del país, salvo la zona de Artigas, que con el tema de las amatistas hay un control un poco más directo. Las evaluaciones de impacto no son analizadas por profesionales de la arqueología. Esto también termina derivando en un montón de problemas que conducen a denuncias ambientales, como denuncias por destrucciones de los cerritos. Tenemos un panorama muy complejo que tiene que ver con la falta de capacidad institucional en estos temas del Ministerio de Ambiente, la desarticulación y que se están incumpliendo las normativas.
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También sos parte de la Asamblea Hue Mirī en Defensa de la Laguna Merín y fuiste una de las autoras del informe que advertía sobre los impactos del Nodo Logístico Cebollatí, una iniciativa privada que pretende instalarse frente a la isla del Padre.
En conjunto con un montón de vecinos y vecinas estuvimos analizando en profundidad la puesta de manifiesto, identificando los múltiples aspectos que creemos que no están bien considerados. Hay impactos de los que no se habla y que sabemos que un puerto de estas características va a traer. Uno en concreto es toda esta dimensión histórica y cultural, que suele ser la que siempre queda atrás, relegada. Trabajo en la región desde hace muchísimo tiempo, en el departamento de Rocha, pero trascendiendo las fronteras, porque los fenómenos que estudiamos están también del otro lado, en el sur de Brasil, pero también en el departamento de Treinta y Tres. Venimos trabajando en la reconstrucción de distintos paisajes arqueológicos, entre ellos, el paisaje arqueológico de los cerritos de indios. Nos centramos en su historia, el origen, el desarrollo de esta arquitectura en tierra indígena y sus continuidades incluso hasta el presente, porque hay muchos de ellos que continúan siendo habitados. En esta zona de implantación del puerto y alrededores es donde está el fenómeno de distribución de cerritos más complejo.
Tenemos cerritos muy antiguos, con distribuciones muy densas, pero también todo lo que es la historia afrorrural, que es una gran olvidada de la historia. En esa región, y en concreto en la zona del puerto, tenemos los testimonios más cercanos del proceso de trata de esclavizados entre Brasil y Uruguay. La Charqueada recibe su nombre de la industria de producción de carne salada y cueros, que era transportada para Brasil. La mano de obra que estaba vinculada a estas industrias era esclavizada. Venimos trabajando en esa reconstrucción de memorias afros e indígenas en zonas rurales, que tienen además su presencia viva en los distintos pueblos, localidades pequeñas, caseríos que hay en esa región. Son los que van a verse directamente afectados por este emprendimiento del puerto y por las consecuencias que va a traer. En realidad, casi son peores las consecuencias del puerto que el puerto en sí mismo.
¿Por qué nos tendría que interesar la protección de los cerritos?
Es uno de los testimonios más impactantes que tenemos de la vida de nuestros pueblos originarios, de la vida de los pueblos indígenas que habitaron y siguen habitando las ruralidades, porque hay muchos descendientes de estas poblaciones indígenas que todavía están vivos. Hay población rural de la zona de San Luis, de Paso Barranca, de Cebollatí que continúa viviendo arriba de los cerritos, teniendo su vida, toda su actividad económica. Hay un montón de lugares donde los cerritos todavía tienen casas, tienen huertas. Es parte de la vida cotidiana de estas poblaciones. Pero, por otro lado, son cementerios, son lugares sagrados, son lugares donde hay entierros de núcleos familiares. Hay genealogías completas enterradas dentro de los cerritos. Son cementerios, son lugares de vida, son sitios arqueológicos que nos muestran otra forma de vida en el bañado. En un bañado que hoy se ve como una zona que hay que transformar para hacerla productiva. Sin embargo, tenemos testimonios que muestran que durante 5.000 años hubo pueblos que vivieron, gestionaron el agua, gestionaron estos humedales, los transformaron y fueron capaces de vivir en ellos. Esto muestra que hay formas alternativas de vivir en estos lugares. No son lugares vacíos a los que uno puede llegar y despojar y suplantar toda una historia natural, de formación de estos humedales, con todo lo que significa hoy en día, en un contexto de cambio climático. Conocer la historia te permite soñar con otros futuros posibles en los mismos lugares que hoy están amenazados.
La conformación de nuestro país como urbano –muy centralizado y capitalino– le ha dado la espalda a esta ruralidad que tiene una riqueza y una diversidad cultural enorme, viva todavía. Familias rurales, comunidades locales, pequeños grupos que hacen agroecología, comunidades de pescadores. Tenemos que defenderlos porque son parte de la identidad de este país. Además, son precisamente los que suelen estar más excluidos de las tomas de decisiones. Nadie les consulta cuando viene un emprendimiento forestal a una región, nadie consulta a los productores rurales, a las familias que están peleando día a día para permanecer en estos territorios. Nadie les preguntó a los pescadores de la laguna Merín, que son decenas y decenas de familias, qué pensaban sobre el puerto. Son comunidades ecodependientes, dependientes de todos estos bienes comunes de los que estamos hablando. Conocer la historia, conocer la cultura te permite entender, apreciar y defender la diversidad cultural que tenemos en nuestros territorios, sobre todo en contextos rurales.
