Estás desesperada pero tenés que salir a buscar alimento. Cada día se hace más difícil. Los cultivos de soja fueron fumigados con imidacloprid, un pesticida neonicotinoide –similar a los derivados de la nicotina–, considerado “moderadamente peligroso”, con una toxicidad del tipo II (los más tóxicos son del tipo I). La soja domina el paisaje en el que te encontrás. El imidacloprid fue usado para tratar de evitar que la chinche verde, la isoca, las larvas de gusano alambre o algún bicho torito le arruine el día al productor sojero. Alimentarte allí sería riesgoso.

El asunto es que volás y volás y el panorama no cambia demasiado. Los campos con avena, trigo y cebada también tienen el mismo pesticida. A algunos de los animales mencionados antes, se les suma ahora el miedo al pulgón verde y al gorgojo listado. Buscás nuevos horizontes. Pero en los campos con girasol, sorgo y maíz la historia se repite. La lista de bichos a combatir ahora además incluye a las hormigas.

De a poco te vas convenciendo de que estás en el horno: el imidacloprid también fue usado en los cultivos de papa, cebolla, arroz, tomate, vid, peras, manzanos y cítricos. La lista de animalitos que perecerán paralizados por su acción neurotóxica incluye ahora también, según la Dirección General de Servicios Agrícolas, el área del Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca encargada del registro de pesticidas, a la lagarta, el gorgojo acuático, los tirps de cebolla, la polilla del tomate, la psila del peral y el piojo de San José. Seguro estás preguntándote dónde corno conseguir alimento sin pesticida. Bah, sin ese pesticida. Porque además se usa otra gran cantidad de agroquímicos, siendo tal vez el más famoso el herbicida glifosato.

Puede que te hayas dado cuenta de que es mejor no ingerir ese alimento contaminado. Pero aunque no lo sepas, hay poco que puedas hacer. El imidacloprid es tan utilizado, que es poco probable que ya no hayas estado expuesta a él, aunque en Uruguay desde 2019 se supone que se vende sólo bajo prescripción de un profesional. Una investigación publicada en la revista Science en 2017 analizó colmenas de todos los continentes del mundo –salvo la Antártida– y encontró imidacloprid en la miel de 51% de las muestras. Cada abeja que nace se alimenta de la miel que hay en la colmena. Y el imidacloprid es bastante persistente.

En varios países del mundo se ha relacionado la pérdida de colmenas con los pesticidas, entre ellos los neonicotinoides como el imidacloprid. Puede que no lo sepas, pero en Uruguay la pérdida de colmenas está estimada en entre 20% y 30%, por lo que tu drama es el de muchas otras. Es una tragedia ambiental que, además, tiene una consecuencia económica, tanto para las familias de apicultores, que viven de la miel que producís, como para la agricultura en general. Por más que para tantos cultivos se aplique ese pesticida que daña a las abejas que producen miel –de la especie Apis mellifera–, se ha evaluado que los polinizadores de América Latina aportan más de 22.500 millones de dólares al año por sus servicios, que permiten obtener más y mejores cosechas.

Pero estás demasiado preocupada por conseguir alimento sin imidacloprid como para distraerte en esas cosas. Por eso te dejamos en paz y pasamos a comentar un reciente artículo publicado por las investigadoras Sofía Balbuena, Loreley Castelli y Karina Antúnez, y su colega Pablo Zunino, todos del Laboratorio de Microbiología y Salud de las Abejas del Instituto de Investigaciones Biológicas Clemente Estable (IIBCE). Sin dudas te interesaría. Titulado Efecto de la exposición crónica a dosis subletales de imidacloprid y Nosema ceranae en la inmunidad, microbiota intestinal y supervivencia de abejas melíferas africanizadas, el trabajo no sólo aporta evidencia sobre qué tan malo es todo esto que te está pasando aquí, sino que además hace valiosos aportes para entender la pérdida de colmenas en todas partes del globo. Con este tipo de información puede que estemos un poquito más cerca de detener el daño que te estamos haciendo. Esperemos que no sea demasiado tarde.

El resto del artículo está dirigido a humanos.

Solo es malo y acompañado, peor

La investigación que sirve de base al artículo fue llevada adelante por Sofía Balbuena como parte de su maestría en el IIBCE tras graduarse de veterinaria. Allí, ella y sus colegas tomaron una serie de decisiones que hacen que el trabajo sea más que interesante. En primer lugar, trabajaron con abejas africanizadas. La abeja que se emplea para hacer miel es la Apis mellifera de origen europeo, pero hay otras subespecies de otras partes del globo. En Sudamérica, como veremos más adelante, las abejas que más se emplean para producir miel están hibridizadas con abejas africanas. Hablar de lo que sucede en las colmenas de Uruguay –o el resto del continente– sin estudiar a las abejas africanizadas sería perderse parte importante de la película.

Pero no sólo criaron en su laboratorio abejas africanizadas y las expusieron a dosis subletales de imidacloprid (de 0,1 microgramo por mililitro de jarabe de sacarosa en un grupo, de 0,3 en otro) durante todo el tiempo de vida de los animales, algo que permitiría ver los efectos del pesticida más allá de los cinco o siete días en los que se evalúan estos compuestos en otros trabajos, sino que vieron qué pasaba cuando el pesticida era consumido por abejas que, además, estaban infectadas con el hongo Nosema ceranae, un patógeno muy frecuente en abejas de todas partes. De esta forma, verían qué pasa cuando el insecticida afecta a abejas que ya están sometidas a condiciones más parecidas a las de la vida real, donde padecen múltiples estresores.

El trabajo, además, no sólo se limitó a ver la mortalidad de las abejas ante estas exposiciones. También analizaron lo que sucedía con parte de su sistema inmune, con la microbiota intestinal y con el consumo de alimento. Entre sus resultados más destacados, encontraron que el “imidacloprid afectó la expresión de algunos genes asociados con la inmunidad generando un estado fisiológico alterado” y que, cuando el pesticida se administró a abejas infectadas con el hongo, “generó cambios significativos” en la microbiota. En lo que respecta a la mortalidad, tanto el insecticida solo como el hongo solo causaban mortalidad, pero las dosis subletales de 0,3 microgramos de pesticida ocasionaba que las abejas vivieran menos de la mitad del tiempo que las abejas sin el hongo y sin insecticida, algo que también sucedió con las abejas expuestas al hongo y al insecticida. Por eso, señalan que sus resultados “ilustran el impacto negativo del imidacloprid solo o combinado con N ceranae en las abejas melíferas africanizadas y son útiles para comprender las pérdidas de colonias en América Latina”.

Vayamos entonces al encuentro de Sofía Balbuena, primera autora del trabajo, y Karina Antúnez, su orientadora, para hablar de abejas, pesticidas, hongos y la evidencia para tratar de revertir un problema grave.

Karina Antúnez y Sofía Balbuena.

Karina Antúnez y Sofía Balbuena.

Foto: Federico Gutiérrez

Nada surge por generación espontánea

“Nuestro grupo trabaja en el estudio del impacto de diferentes factores de estrés en las abejas melíferas. Principalmente, nos hemos centrado en plagas y patógenos, bacterias, virus, hongos y ácaros y, en los últimos años, también empezamos a ver cómo afectaba el estrés nutricional en la salud de las abejas y en la pérdida de colmenas”, dice Antúnez. Su trabajo de años en el tema, junto con otros investigadores como Ciro Invernizzi, Sheena Salvarrey y Estela Santos, han motivado varias notas sobre polinizadores en esta sección.

Desde 2013, Antúnez y otros investigadores están monitoreando la pérdida de colmenas de abejas melíferas en Uruguay, que varía entre 20% y 30% por año. Sobre las causas, sostiene: “Por un lado, plagas y patógenos, por otro, la desnutrición, pero hay un tema recurrente que traen los apicultores, ya sea a través de las encuestas o cada vez que vamos a algún encuentro, que es el de los pesticidas. Los pesticidas son una gran preocupación de los apicultores de Uruguay y del mundo”.

Hay quienes piensan que las científicas y científicos se pasan encerrados en sus laboratorios e ignoran lo que pasa fuera. Antúnez ayuda a derrumbar el mito (que, como casi todo mito, es injusto). “Nuestro grupo no había ahondado en ese tema porque no somos químicos, no tenemos esa formación. Pero ante la insistencia de los apicultores y su gran preocupación, pensamos que era importante empezar a trabajarlo”, reconoce Antúnez. Presentaron el proyecto Impacto de los agroquímicos en la salud de las abejas melíferas a la ANII en 2017 y, suerte mediante, lo ganaron. Luego ganó el premio Por las Mujeres en la Ciencia de L’Oréal-Unesco con el proyecto Avances en la investigación de la despoblación de colmenas de abejas melíferas en Uruguay: una mirada a los pesticidas. “Eso nos dio el apoyo para empezar con esta línea de investigación sobre el impacto de los pesticidas en las abejas”, dice Antúnez.

Tras crear con base en codazos y evidencia un ámbito para estudiar el tema, un día golpeó la puerta de su laboratorio Sofía Balbuena, que venía de recibirse en Facultad de Veterinaria con una tesis sobre abejas. “Descubrí un mundo que no conocía, no es algo muy frecuente en Veterinaria enfatizar en las abejas, hay unas pocas clases en toda la carrera y es muy poca la formación que te dan. Me sorprendió la importancia que tiene un insecto tan chiquito y la poca relevancia que se le da en el sistema productivo”, dice Balbuena. Para su tesis había leído algunos de los trabajos de Antúnez, por lo que a la hora de pensar en una investigación de maestría, se fue a su encuentro al Clemente Estable. Si bien cuando llegó pensaba enfocarse en aspectos de la nutrición, la posibilidad de estudiar el efecto de los pesticidas –¡era para lo que Antúnez tenía recursos!– la tentó. Años después, aquí estamos hablando acerca de su investigación.

Miel africanizada

“En el ámbito científico la mayoría de los trabajos están enfocados en las abejas europeas, porque se hacen en Europa o Estados Unidos, pero falta información sobre las melíferas que tenemos en Sudamérica, que están casi todas africanizadas”, dice Balbuena y a uno le dan ganas de mandar estampar remeras que digan “Ciencia local, ganancia mundial” de un lado y “Ciencia mundial, dependencia local” del otro. Dejemos de lado mis emprendimientos de indumentaria y volvamos a las abejas.

“En un estudio liderado por Belén Branchiccela se vio que alrededor de 80% de nuestra población de abejas son africanizadas. A nosotros nos pareció interesante entonces centrar el estudio en este tipo de abejas, que son las que más hay en Latinoamérica, y a la vez tratar de hacer algo más abarcativo”, agrega Balbuena. Es que, según dice, muchos trabajos ven el efecto de los pesticidas en la microbiota intestinal o en el sistema inmune, por ejemplo. “Nuestra intención era evaluarlo todo en su conjunto y en nuestra comunidad de abejas. No podemos trasladar sin más lo que se encuentra en abejas de Europa a lo que sucede en nuestra comunidad”, cuenta Balbuena, y pienso que ya tengo una remera colocada. Perdón, volvamos a las abejas.

“La historia de la africanización es fantástica”, dice Antúnez. En efecto, deberíamos repasarla cada vez que alguien pretende introducir una especie de otro lugar, ya que muestra, mucho mejor que cualquier entrega de Jurassic Park, que nuestra idea de que podremos controlar a los animales, por lo general, termina en una pesadilla. “Brasil, 1954. Las abejas africanas, en África, producían más miel y eran resistentes a patógenos, por lo que a un investigador se le ocurrió traer cuatro reinas a su laboratorio y probar si fuera de África se comportaban tan bien. Pero las abejas se escaparon. O al menos esa es la historia oficial”, dice Antúnez, mostrando sus habilidades para escribir sinopsis de series televisivas.

“Luego de escaparse, se hibridaron con abejas de la zona, porque todas son diferentes subespecies de la misma especie Apis mellifera y entonces se cruzan, y desde San Pablo se empezaron a irradiar a toda Latinoamérica. Hoy las abejas africanizadas están en todo el continente, salvo Chile, que está protegido por la cordillera”, dice spoileando el fin de esa serie. “Nos pareció entonces importante darle ese toque local, ya que las abejas africanizadas son las abejas de Latinoamérica. Por otro lado, como se dice que las abejas africanizadas son más resistentes a enfermedades, hay quienes pueden pensar que no tienen tantos problemas”, dice Antúnez. El trabajo de los cuatro investigadores del Clemente Estable mostraría que ese no es el caso.

Los pesticidas

Presentadas las abejas, ahora vayamos con los pesticidas. En su grupo están investigando con cuatro: glifosato, imidacloprid, sulfoxaflor y glufosinato de amonio.

“El glifosato lo elegimos por ser el pesticida más utilizado en el mundo y porque estudios previos de otros colegas, como Horacio Heinzen de Facultad de Química y del Centro Universitario Regional Norte, lo han encontrado en la miel y en las matrices. No hay duda de que los pesticidas están llegando a las colmenas, y el glifosato es uno de ellos”, dice Antúnez.

“Otros dos pesticidas que elegimos para estudiar no son tan conocidos, en parte porque hay muy poca información de cómo impactan en las abejas. Uno de ellos, el sulfoxaflor, que es un insecticida que se piensa que puede ser el sustituto de imidacloprid”, afirma Antúnez. “Pero hay muy pocos estudios sobre cómo impacta el sulfoxaflor”, puntualiza Balbuena.

Dicen que loco es quien hace siempre las mismas cosas y espera un resultado diferente. Pero desde hace más de un siglo lanzamos pesticidas al mercado y recién después de décadas, tras demostrar los efectos negativos que tienen, tomamos medidas. Lo que propone Antúnez suena al tipo de cambio que precisamos: estudiar los efectos del sulfoxaflor, que se aprobó para su uso en Uruguay en 2017, antes de que se proponga como el sustituto del imidacloprid. De hecho, en otras partes ya se han realizado trabajos que muestran sus efectos dañinos en polinizadores. Esperemos ahora por los resultados que obtengan en nuestro propio país. Algo similar pasa con el glufosinato de amonio. “Es un herbicida que se piensa que podría llegar a ser un sustituto del glifosato. Pero en Europa ya está prohibido”, dice Antúnez.

Centrándonos en el pesticida que protagoniza su artículo, el imidacloprid, Balbuena señala que “es uno de los pesticidas más usados para diversas plagas de distintos cultivos. Y lo aplican como si fuera agua. Desde 2019 es un plaguicida que se vende con receta de control, pero a mi entender, faltarían más controles. Han habido reportes de apicultores que encuentran toda la colmena muerta, pero luego eso queda en la nada. Faltan más acciones para tratar de proteger a las abejas”.

Ensayos de nutrición en colmenas, en el INIA Colonia. Foto: Karina Antúnez

Ensayos de nutrición en colmenas, en el INIA Colonia. Foto: Karina Antúnez

“El imidacloprid no afecta sólo a la plaga que pretende combatir, decir eso es mentira. Afecta a las abejas, de las que los apicultores reportan mortandad, y afecta a todo el ecosistema que está alrededor; lo encontrás en el agua, en la tierra. Hay otros insectos que también se mueren, porque actúa sobre el neurotransmisor acetilcolina”, profundiza Balbuena.

“Por eso nos interesaba ver el efecto subletal crónico de dosis muy pequeñas, porque es con lo que la abeja está en contacto diariamente, con una miel que está contaminada, con agua que está contaminada, o en el ambiente”, enmarca Antúnez.

El tiempo está después

Cuando se evaluá la toxicidad de un agroquímico como este plaguicida, se establecen las dosis letales. Pero eso se hace en función a la aplicación de ese único producto y por unos días concretos. “Normalmente, para evaluar la dosis letal 50, que es la dosis que provoca la mortandad de la mitad de las abejas, se toman las primeras 24, 48 o a lo sumo 72 horas de vida de la abeja y ahí se corta el ensayo”, dice Balbuena.

“Nosotros vimos que en realidad los efectos se empiezan a manifestar después”, suma Antúnez. “Entonces podría decirse que no es cierto cuando dicen que con estas dosis bajas no pasa nada o que es inocuo. Cuando se evalúa el efecto a diez días cambia completamente”, denuncia. “Incluso vimos a los 30 días, porque nosotros dejamos que las abejas cumplieran todo su ciclo de vida, que se murieran naturalmente”, señala Balbuena. “Aplicamos dos dosis de imidacloprid y la dosis más alta se descartó para muchos análisis, porque vimos que dejó de ser subletal, mató a las abejas en una cantidad que no era pensada para nosotros al considerarla subletal. Entonces, ahí se ve cómo no hay que considerar solamente la dosis que vos elegís, sino también el tiempo que la abeja está expuesta”, enfatiza.

El trabajo de Antúnez, Balbuena y sus colegas tiene como una de sus grandes virtudes que, justamente, no ven sólo lo que pasa con este plaguicida neonicotinoide de amplio uso en Uruguay, sino que evalúan su impacto cuando, además, se aplica en abejas que ya enfrentan otra enfermedad, el hongo Nosema ceranae, también muy extendido aquí y en otras partes. Tan común que Antúnez dice que “es muy probable que la mayoría de las abejas estén en contacto con ese hongo”. ¿Qué pasa cuando un pesticida se aplica en dosis subletales en abejas que ya tienen su sistema inmune desafiado por un hongo muy común? ¿Qué pasa cuando una sustancia tóxica nos agarra mal parados? ¿Produce más efectos no deseados, los mismos, otros? ¿Y si se exponen a dosis bajas pero por mucho tiempo?

El todo es más que la suma de las partes

El grupo hace años viene estudiando la microbiota intestinal de las abejas de Uruguay, por lo que tienen un conocimiento básico sobre cómo es y cómo cambia a lo largo de la vida. Al abordar este aspecto encontraron la gran primera sorpresa de la investigación: el imidacloprid solo no parecía afectar la microbiota. “Entre que nosotros presentamos nuestro proyecto, que no había nada sobre el tema, y el momento en que finalmente lo pudimos hacer, pasaron años. Y en ese lapso se publicaron trabajos con imidacloprid en abejas europeas. En uno de ellos a los cinco días la microbiota no se afectaba, pero en otro trabajo, en el que el pesticida se les dio a las abejas durante 30, vieron que sí afectaba la microbiota”, dice Antúnez. En su trabajo este análisis se realizo a los siete días.

Por su parte, el hongo Nosema ceranae, ya sabían, sí afecta la microbiota. Lo que vieron es que la afectación de las abejas expuestas tanto al pesticida como al hongo era distinta a las que solamente tenían el hongo. “Vimos que entonces se generaban alteraciones importantes a la microbiota significativamente diferentes a las que suceden sólo cuando las abejas están con el hongo”, comenta Antúnez. “La afectación de la microbiota intestinal de las abejas produce alteraciones en distintos aspectos, como sucede también en los seres humanos”, sostiene Balbuena, y no viene mal recordar cómo los microorganismos que tenemos en los intestinos repercuten en el sistema inmune, el sistema nervioso y con distintos aspectos tanto de la salud como de la enfermedad.

Al abordar la expresión de genes relacionados con la inmunidad, se centraron en cuatro proteínas. En dos vieron que había afectaciones: la expresión de lisozimas, enzimas que tienen que ver con la destrucción de las membranas de los patógenos, aumentó, mientras que en la expresión de himenoptecina, un compuesto antibacteriano, disminuyó notablemente en las abejas alimentadas a los siete días de exponerse al imidacloprid. “Esto muestra que generó un desbalance en la expresión de compuestos relacionados con la inmunidad. Eso produce una alteración en la fisiología, que va a alterar también la respuesta frente a un posible patógeno”, señala Antúnez. “Podemos decir que se afectaron genes vinculados a la inmunidad pero no la inmunidad en su totalidad, porque para eso tenemos que evaluar más cantidad de genes. Aún así hay un impacto”, resalta Balbuena.

El efecto sobre la mortandad de las abejas fue notorio: el imidacloprid acortaba rotundamente el tiempo medio de vida de las abejas. “Evaluamos el riesgo de muerte, el hazard ratio, y vimos que, a medida que tenés más factores estresantes, en este caso por el hongo patógeno, o al aumentar la dosis del pesticida, más riesgo de muerte tienen las abejas, casi cinco veces más respecto del grupo control. Eso te está indicando que las abejas que están expuestas a estas mismas condiciones, factiblemente les pase lo mismo, debido al impacto que tienen estos estresores sobre ellas”, comenta Balbuena.

Cuánto vive una abeja, explican, depende del momento del año. En verano y primavera, cuando recolectan polen incansablemente, viven cerca de 20 días. Las que nacen en otoño y tienen que sobrevivir todo el invierno hasta que la reina vuelva a poner en primavera pueden llegar a vivir hasta tres meses. En el experimento recolectaron abejas que nacieron al principio del verano. Si bien no debían volar intensamente para traer alimento, pues tenían todo el jarabe que quisieran a su disposición, en estas condiciones de laboratorio las abejas viven unos 30 días. Si en lugar de jarabe hubieran recibido polen –sí, la alimentación es importante también para ellas y vivir a jarabe es como vivir a base de fast food– podrían vivir hasta unos 60 días.

Bien, veamos qué pasó en su experimento. Las abejas del grupo control, que sólo recibieron jarabe de sacarosa sin pesticida ni hongo patógeno, tuvieron una probabilidad de supervivencia promedio de unos 20 días. Las que se infectaron con el hongo tuvieron una probabilidad de supervivencia promedio de unos 18 días. Cuando el imidacloprid entró en juego las cosas cambiaron para peor: las que recibieron la dosis más baja cayeron a unos 12 días, mientras que las que recibieron la dosis más alta bajaron a diez.

Abejas en tronco. (IIBCE)

Abejas en tronco. (IIBCE)

Foto: Marcelo Casacuberta

La suerte de las abejas afectadas por el hongo que, además, recibieron el pesticida, como cabría esperar, fue aún peor: si bien con la dosis baja la probabilidad de supervivencia promedio fue igual a las que recibieron sólo la dosis baja de pesticida (unos 12 días), al tener el hongo y la dosis alta de pesticida vieron su esperanza de vida reducida a unos ocho días. De los 20 días que vivían las abejas control en promedio, las que recibían las dosis de pesticida apenas sobrevivían un poco más que la mitad de ese tiempo, mientras que las que tenían el hongo y la dosis más alta de pesticida, vieron sus vidas acabadas de forma abruptamente temprana. “Por eso decimos que la dosis mayor no era subletal, sino que era letal directamente, porque mató en muy pocos días a la mayoría de las abejas, que no era lo que nosotros esperábamos. Incidió en eso el tema del tiempo, que no muchas veces era considerado en los otros trabajos”, comenta Balbuena.

También vieron la incidencia del plaguicida en la alimentación y observaron que las abejas de los grupos con imidacloprid consumieron menos jarabe. “Lo que vemos es que si bien se alimentaron menos, lo que consumieron igual es suficiente para que siguieran vivas”, puntualiza Antúnez. Y eso es muy relevante: queda demostrado entonces que las abejas expuestas al imidacloprid no mueren por inanición. “Asociamos la muerte al pesticida, ya sea por efecto directo o indirecto, como la afectación de la inmunidad, la asociación a otros patógenos, y no a que comieron menos”, redondea Antúnez. En ese sentido, es relevante que las abejas que sólo estaban infectadas con el hongo no comieron menos que las abejas sanas.

En el trabajo ven que el pesticida imidacloprid acorta la vida de las abejas, hace que se alimenten menos con comida contaminada y altera la expresión de genes relacionados con la inmunidad. Como si fuera poco, si las abejas expuestas a ese agrotóxico ya presentan una infección por el hongo Nosema ceranae, se producen efectos más significativos y se afecta la microbiota. Por ejemplo, señalan que “los resultados sugieren que la microbiota intestinal de la abeja melífera puede ser resiliente a la acción del imidacloprid solo, pero no a ambos factores de estrés combinados”.

En otra palabras: nuestras abejas no pueden con todo. Y eso que este todo de laboratorio es más benigno que el todo en el que viven en nuestros campos. Un sistema inmune desafiado por diferentes frentes, tarde o temprano hará agua. Y por agua entendemos la paridad de colmenas registradas tanto en Uruguay como en el resto de Sudamérica y el mundo. “Las abejas realmente están sometidas a una gran presión desde muchos flancos y así les resulta casi imposible salir adelante”, dice con tristeza Antúnez.

“Las abejas melíferas son bioindicadores que nos hablan de cómo está el ambiente”, desliza Balbuena. Si esto les pasa a ellas, seguramente les esté pasando también a todos los polinizadores nativos. Si las abejas melíferas son los polinizadores que tienen quién los defienda, ellas pueden ayudar a defender a los polinizadores nativos y al resto del ambiente.

“El primer paso es reconocer la importancia de los polinizadores y tratar de compatibilizar los diferentes rubros productivos, que ninguno esté por sobre otro, que se tiene que respetar también a las abejas melíferas, y a los insectos polinizadores en general, porque eso va a repercutir en una mayor producción. Esto me parece que todavía no tiene la suficiente visibilidad y en carreras como veterinaria o en agronomía ese aspecto no se toca tanto”, reflexiona Balbuena. “En Europa el imidacloprid ya está prohibido. Había un proyecto de ley de 2019 para prohibirlo también acá pero quedó trancado”, agrega, y con esperanza afirma que su trabajo “le da un respaldo local a ese tipo de medidas”.

“Aquí se acaba de aprobar el Plan Nacional de Agroecología que va en esta línea de tratar de compatibilizar las diferentes formas de producción, de producir siendo más amigables con el ambiente. Hay formas, se trata de tener voluntad y de que estén los apoyos para lograrlo”, sostiene Antúnez. “Creo que los apicultores van a sentir que nuestro trabajo demuestra que sus reclamos tienen fundamento y es evidencia para ayudarlos a luchar por mejores condiciones para las abejas”, agrega.

“También sirve para que se vea que no es sólo la palabra de ellos, que también hay trabajos científicos que demuestran en nuestro país que los pesticidas tienen impacto en las abejas, que no es que se les murieron por otras razones, sino que hay correlación entre pesticidas y mortandad. Después hay que ver qué se hace con esa información”, lanza Balbuena. “Con nuestro trabajo, los apicultores tienen evidencia científica para decir que en Uruguay tenemos que tener cuidado con los pesticidas”, dice luego, y por ello uno procede al comuníquese, publíquese y compártase.

Artículo: “Efect of Chronic Exposure to Sublethal Doses of Imidacloprid and Nosema ceranae on Immunity, Gut Microbiota, and Survival of Africanized Honey Bees”
Publicación: Microbial Ecology (abril 2022)
Autores: Sofía Balbuena, Loreley Castelli, Pablo Zunino y Karina Antúnez.