Cualquier lista que pretenda enumerar las grandes creaciones de la humanidad contendría en los primeros lugares, si no en el primero, la luz eléctrica. Aun antes de su invención los seres humanos usamos la llama abierta y luego elementos más o menos rudimentarios que permitían controlar esta llama y prolongar su duración.
En nuestra condición de animales diurnos, extremadamente dependientes de nuestro sistema visual, contar con una fuente de luz alternativa al sol nos permitió prolongar las horas de actividad y aumentar nuestra capacidad de estar activos durante ese período de la jornada en el que nuestros ojos se vuelven casi inútiles.
La posibilidad de utilizar fuentes de luz alternativas al sol habilitó una cascada de innovaciones tecnológicas cuyo avance exponencial desembocó en el uso masivo de la luz eléctrica. Hoy es posible ver imágenes satelitales donde los entornos urbanos y suburbanos se dibujan en el mapa nocturno en función de la contaminación lumínica que generamos. Esto dista de ser una novedad, aun para nuestro país. Por ejemplo, ya en 2017 la web de Uruguay Educa, de la Administración Nacional de Educación Pública, incorpora material sobre este fenómeno, mostrando su llegada al ámbito educativo. En el ámbito científico hay que remontarse a la última década del siglo pasado para encontrar las primeras publicaciones que se ocuparon del asunto, y las primeras evidencias de sus efectos secundarios.
Es indudable que la vida urbana y suburbana moderna necesita de la iluminación en entornos públicos. Las campañas departamentales y municipales frecuentemente prometen inversiones en este campo. Como ejemplo recordemos que en nuestro país se avanza hacia mejorar la iluminación de las canchas de fútbol infantil, con el objetivo de mejorar las condiciones en las que se practica este deporte tan extendido. Investigaciones realizadas en el grupo de Cronobiología de la Universidad de la República han mostrado que las infancias y adolescencias uruguayas duermen poco y mal y que, si bien en esto confluyen múltiples factores, la exposición a la luz y el ejercicio en horas de la noche no colaboran con la solución del problema. El ejemplo expone esta tensión entre adaptar el entorno a nuestras necesidades y hábitos adquiridos y preservar la ciclicidad que ampara nuestra salud circadiana. Parece ser que frente a la mejora en las condiciones de la práctica deportiva infantil la cuestión quedó zanjada: es necesario iluminar y luego ver de qué manera seguimos pensando en los desajustes del sueño y otros ritmos.
Continuando con esta tendencia a iluminarlo todo, la Junta Departamental de Montevideo anunció entre sus planes extrapresupuestales que destinará 1,5 millones de dólares para la iluminación de las playas del Cerro, Ramírez, Pocitos, Buceo, Malvín, Honda y Carrasco. Si bien no se ha adelantado nada más respecto a esto, parece razonable poner sobre la mesa la necesidad de considerar otros aspectos, más allá de nuestra constante idea de que iluminar, pavimentar y urbanizar siempre es la mejor opción.
La oscuridad es más que no poder ver
Vivimos en un mundo cíclico. Nuestra tierra rota sobre su eje y se traslada en torno al sol. Esto genera dos ciclos fundamentales. Por un lado, un ciclo diario, marcando la omnipresente alternancia entre el día y la noche. Por otro lado, un ciclo anual, que en nuestras latitudes implica una importante diferencia entre la duración de las noches invernales y las veraniegas. Estos ciclos ambientales, este tiempo geofísico, han dejado una marca en los seres vivos que habitamos la Tierra. Los ritmos circadianos exponen nuestro origen y evolución terrestre, mostrando que la vida en un entorno que cicla cada 24 horas se nos hace más ventajosa si nuestro organismo también cicla cada 24 horas y puede acompasarse al ambiente.
Es mucho lo que se ha escrito y divulgado recientemente sobre los ritmos circadianos humanos, la importancia de entender nuestras variaciones individuales y los riesgos de la desincronización. Dicho de manera rápida, no dormir en el momento ni en la cantidad que nuestro cuerpo necesita trae aparejado grandes riesgos. En ese sentido, uno de los principales factores que alteran nuestra salud circadiana es la luz eléctrica.
Sin embargo, mirar el tema de los ritmos circadianos solo en función de la luz no sería lo más adecuado, ya que eso esconde la relevancia del ambiente como sincronizador de los ritmos circadianos. Y en ese efecto modulador, la alternancia entre períodos de luz y oscuridad es de gran relevancia. Tan importante como el inicio del día es la llegada de la noche.
Tan importante es la noche para nuestros ritmos biológicos, que tiene hasta su propia hormona. Todos los vertebrados tenemos melatonina, una hormona que comenzamos a secretar cuando baja la intensidad de la luz y que sincroniza nuestra fisiología y conducta con el ambiente. En los animales nocturnos, la baja de la melatonina los prepara para entrar en actividad, mientras que en los diurnos –entre ellos, nosotros, los primates humanos– su liberación al torrente sanguíneo al caer la tarde nos va preparando para el reposo nocturno. La melatonina, mal llamada “hormona del sueño”, es en realidad la hormona de la oscuridad. Reforzando la idea de que los ciclos son importantes, para ejercer su efecto, en nosotros la melatonina requiere que sus niveles se eleven hacia el final de la tarde, pero también que disminuyan con la luz brillante de la mañana. El contraste entre noches oscuras y mañanas brillantes es el mejor reforzador natural de la sincronización de los ritmos circadianos. La oscuridad es tan importante como la luz.
Quizás imaginando nuestra vida a oscuras, viviendo en una noche eterna, podemos aproximarnos a cómo es la vida de los animales nocturnos en un entorno permanentemente iluminado. Más allá de nuestra capacidad de ponernos en el lugar de otros seres, la ciencia nos ofrece la posibilidad de observar, medir y reunir evidencia sobre los efectos que la iluminación artificial ya está provocando en animales silvestres cuyo hábitat ha quedado comprendido en zonas urbanas y suburbanas.
Cuando iluminamos artificialmente un entorno no solo prolongamos las horas de luz, también generamos una fragmentación del hábitat basada en zonas iluminadas y zonas oscuras, debido a las sombras que se proyectan. Estudios realizados con dos especies de ratones espinosos del desierto, una diurna y otra nocturna, mostraron en 2011 que los efectos de la iluminación artificial dependen de los hábitos de la especie. Mientras que los diurnos no extendieron sus horas de actividad por el hecho de disponer de más horas de luz, los nocturnos sí las redujeron disponiendo de menos horas para buscar y recolectar alimento1. Además, la actividad de los animales nocturnos se concentra en esos escasos parches de oscuridad, lo que conlleva a un aumento de la densidad y la competencia en áreas reducidas.
La investigación sobre las consecuencias de la exposición nocturna a la luz artificial (ALAN, por las siglas en inglés de Artificial Light at Night) se ha disparado desde principios de esta década. Los efectos de la luz artificial no perjudican solamente a individuos nocturnos. Los ratones espinosos tanto diurnos como nocturnos mostraron efectos de la sobreexposición a la luz sobre su sistema inmune, pasando a tener niveles constantes y bajos de linfocitos en lugar de mostrar el habitual ritmo diario, con picos y valles. Nuevamente, la fisiología nos recuerda la importancia clave de los ciclos.
La evidencia se acumula y muestra los efectos de la luz artificial nocturna en aves, peces, reptiles, mamíferos e invertebrados. Los cambios reportados se observan en comportamientos de alimentación, interacciones sociales y predatorias o en el uso del territorio. Y claro, los cambios en la conducta pueden trazarse a sus bases neurales, fisiológicas y genéticas. Así encontramos, en una interesante diversidad de especies, estudios que reportan el efecto disruptor de la luz artificial nocturna en la fisiología cardiovascular, en la expresión de receptores de melatonina en el cerebro, o en la expresión de genes circadianos y metabólicos.
Por otra parte, en latitudes alejadas del ecuador, la alternancia entre el día y la noche acarrea otra información fundamental: el transcurso del año. Así como la producción de melatonina en el cerebro señala el momento de la noche, por cuánto tiempo se extiende esta producción señala la duración de la noche. Generar noches iluminadas afecta también esta señal con potencial interferencia sobre ciclos anuales como la reproducción, la construcción de nidos o la migración, fundamentales en muchas especies.
Así, la luz nocturna artificial altera la relación entre el ambiente, el cerebro y la conducta actuando a diversos niveles de organización biológica en todo el reino animal.
No se trata de volver a las cavernas
La luz artificial ya es parte del ambiente natural de nuestra especie. Cuando el grupo de investigación en Cronobiología de la Universidad de la República analiza los ritmos biológicos humanos lo hace muchas veces desde una perspectiva en la que el ambiente natural incluye todas las influencias de la vida urbana. Cuando estudiamos otros animales, la perspectiva debe cambiar, claro.
Es posible que nos cueste identificar la fauna montevideana más allá de nosotros y las mascotas que nos acompañan. Aun así, los reportes para nuestra costa incluyen anfibios, reptiles, mamíferos, insectos, arácnidos, moluscos, peces y, por supuesto, las aves. Si bien las investigaciones hablan de la retracción de algunos de estos grupos, producto del avance de la urbanización, otros parecen proliferar en nuestra compañía, o al menos tolerarla. Por ejemplo, el “Monitoreo de aves de la costa de Montevideo” de 2023 lista casi un centenar de especies.
Sabiendo que compartimos nuestro hábitat con otros seres vivos y que la diversidad suele correlacionarse con la salud de los ecosistemas, ¿no deberíamos detenernos a pensar en las consecuencias de manipulaciones tan contundentes como la iluminación masiva de nuestras playas?
El punto no es deshacernos de las ventajas que conquistamos con los avances tecnológicos, sino de entender que en nuestro planeta conviven muchos mundos y que, como nos enseña la biología, todo radica en el balance. Si la investigación nos aporta conocimiento sobre los efectos nocivos de la luz nocturna artificial, quizás haya que tomar decisiones más informadas y ser una sociedad más selectiva a la hora de elegir dónde y cómo iluminar. Incluso en zonas donde la iluminación no está discutida aparece la posibilidad de pensar en el tipo de luz a utilizar, ya que no todos los tipos de lámparas ni las intensidades a las que trabajan son igualmente disruptivas. La buena noticia es que nuestra ciudad no está en cero respecto a la preocupación por los efectos de la iluminación nocturna.
El cambio de iluminación de luces de sodio a luces LED impulsó la formación de un grupo de trabajo e investigación que asoció a la Unidad Técnica de Alumbrado Público de la Intendencia de Montevideo con investigadores e investigadoras de la Universidad de la República y del exterior. El proyecto “Evaluación del impacto ambiental en la transición a iluminación LED en Montevideo” ya nos ofrece algunas conclusiones.
A fines de 2025 se reportó el efecto del cambio de luces de sodio a LED sobre poblaciones de aves de nuestra ciudad. Resulta que, en algunos contextos urbanos, la abundancia de animales es mayor cuando se ilumina con luces LED que con la iluminación tradicional, como informa el artículo, aun en versión previa a la publicación, Impactos dependientes del contexto de la iluminación LED y de sodio en la comunidad de aves de Montevideo, Uruguay: enfoque en especies insectívoras y migratorias. Además de este colectivo, que agrupa a tomadores/as de decisión con integrantes de la academia, nuestro país cuenta con grupos de investigación que activamente generan conocimiento acerca de los efectos que el ambiente tiene sobre los ritmos circadianos y, en particular, sobre los efectos de la contaminación lumínica, como el Núcleo Interdisciplinario de Estudios en Contaminación Lumínica, el Núcleo Interdisciplinario en Salud Circadiana y el grupo Cronobiología, los tres dentro de la Universidad de la República. ¿Será que nos animaremos a usar el conocimiento que nuestro país genera y financia para tomar decisiones de este tipo?
La vida urbana y suburbana está altamente iluminada y eso puede estar muy bien, incluso hay zonas donde puede mejorarse. Pero vale la pena detenerse en esa frontera entre la ciudad y los entornos naturales, ya que es ahí donde surge el conflicto: ¿avanzar en la urbanización o preservar el ambiente y las especies que lo habitan?
Nuevamente, la clave está en el balance. Por ejemplo, podemos concebir una ciudad con algunas playas iluminadas, por ejemplo, para incentivar la práctica de deportes de arena, y otras que preserven la alternancia natural entre el día y la noche para sus habitantes naturales. En ese segundo caso, nosotros, y nosotras, podremos seguir maravillándonos al ver una lluvia de estrellas fugaces o un amanecer. Porque los humanos también disfrutamos de la noche y tampoco es justo que un buen cielo estrellado nos quede cada vez más lejos y que su goce sea cada vez menos accesible.
La oscuridad es un bien ambiental que debe ser preservado y esta especie, que un día se paró en dos patas, que adquirió por la vía evolutiva un cerebro y un cuerpo con la potencia de modificar el mundo mucho más allá de su espacio inmediato y su tiempo, necesita realmente entender que no es ni la única que habita el planeta ni la dueña de sus ciclos.
Adriana Migliaro es doctora en Ciencias Biológicas/Neurociencias, asistente del Laboratorio de Neurociencias de la Facultad de Ciencias e integrante del grupo Cronobiología de la Universidad de la República.
Ciencia en primera persona es un espacio abierto para que científicos y científicas reflexionen sobre el mundo y sus particularidades. Los esperamos en [email protected].
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Effect of artificial night lighting on temporally partitioned spiny mice, Shay Rotics y otros, Journal of Mammalogy, 2011. ↩
