Aunque los videos de niños pequeños hablando a la cámara, ya sea haciendo algo tierno o incluso gracioso —el tan buscado blooper—, son algo que en la última década hemos sido entrenados a ver al ritmo del crecimiento de las redes sociales y los corrimientos entre privacidad e intimidad, las condiciones tanto técnicas como culturales actuales hacen que el sharenting (de share, compartir, y de parenting, crianza) como práctica naturalizada del ecosistema virtual despierte cada vez más preocupaciones. Hablamos de sharenting en relación con la práctica de documentar y compartir en redes el crecimiento de los niños, aunque hoy esas prácticas pueden adquirir una faceta comercial y dejar una huella digital temprana sobre la que ellos no tienen control.

¿Por qué nos obsesionan tanto las madres en internet? ¿Qué hace que muchas personas, incluso sin hijos o deseos de tenerlos, clickeen o sigan estos contenidos? ¿Qué dimensiones tiene la industria detrás de estos padres que hiperexponen a sus hijos a cambio de contratos con marcas y cómo esto los beneficia? Sobre todo, ¿qué impacto tiene la crianza pública en sus hijos y como mensaje para otros padres? Algunas preguntas que surgen escuchando a la periodista Fortesa Latifi, autora de un nuevo libro titulado Like, Follow, Subscribe: Influencer Kids and the Cost of a Childhood Online, que analiza las cuestiones éticas en relación a los padres que transmiten en vivo y directo a sus hijos en internet —especialmente cuando estos son demasiado pequeños para dar su consentimiento— y la industria multimillonaria de contenido detrás.

Una nueva era de madres

Si bien el sharenting no es una modalidad nueva, con los virajes sociales y tecnológicos de los últimos años, como el crecimiento de la cultura influencer, la presión algorítmica sobre los creadores y los cambios en las dinámicas de consumo —también los peligros online— o las modas como las tradwives y momfluencers, el asunto parece aún más complejo estos días, y las potenciales consecuencias sobre los niños, más severas.

En este contexto podemos encontrar toda una gama de creadores online que va desde tradwives, -quizás las más visibles en este momento-, a los blogueros familiares (que también incluyen varones) y las creadoras de contenido infantil. En este sentido, el auge de figuras como la reina de belleza Hannah Neeleman de @BallerinaFarm (nueve hijos, más de diez millones de seguidores en Instagram), Jessica Ballinger, de @BallingerFamily (seis hijos, más de tres millones de suscriptores en Youtube) o Kristine Pack, de @FamilyFunPack (ocho hijos, más de diez millones de suscriptores en Youtube), son solo algunas de las figuras que hacen que la presión sobre las mujeres para presentar una imagen de maternidad impecable e idealizada nunca haya sido mayor. También la estetización de un estilo de vida que responde a roles tradicionales estrictos, modelos hegemónicos de belleza y hasta ideologías políticas muy claras (usualmente asociadas con el movimiento MAGA).

Mucho se ha dicho ya sobre las tradwives, pero quizás poco o no tanto sobre una de las claves de su éxito: sus hijos. A su vez, esta vida familiar idealizada tiene todo un lado B que implica preparación y puesta en escena con segundas casas solo para filmar contenidos, ejércitos de niñeras, largas horas de producción, habilidades profesionales propias o tercerizadas, y también lidiar con el constante juicio externo sobre sus estilos de maternidad, así como con el riesgo de que sus hijos sean víctimas de depredadores en línea. Aun así, parece difícil la tarea de empatizar con estas mujeres que han decidido hacer de su vida familiar un negocio.

Y sin embargo, Latifi también propone una perspectiva empática sobre las razones por las que muchas madres influencers optan por esta trayectoria profesional: es una de las pocas opciones viables para las mujeres criadas con la idea de que su lugar está en el hogar. Asimismo, en una entrevista reciente en Wired, la autora explica que, si bien muchas mamás influencers son condenadas -y con razón- por sus prácticas explotativas o abusivas, también existe cierta demonización por el hecho de monetizar algo que se considera inmonetizable. “Queremos que el trabajo de la maternidad sea invisible y no remunerado. Creo que parte de la razón por la que la gente odia a las mamás influencers es porque han encontrado una manera de monetizar la maternidad, y la maternidad, por definición, es casi imposible de monetizar”.

Aunque muchos críticos también señalan el papel que cumplen estas figuras idealizando una maternidad que en verdad no existe y por tanto es inalcanzable -no por eso menos frustrante para las espectadoras-. Sobre la contradicción de considerarlas privilegiadas por “no trabajar” se ha escrito y bastante, ya que se sabe que estas influencers trabajan para construir sus imperios y mueven millones de dólares; también sobre lo irónico de promover una domesticidad sacada de la familia Ingalls con una total subyugación marital y económica, cuando en realidad detrás hay verdaderas ejecutivas lucrando con su imagen y la de sus hijos.

Si no hay cámara, ¿nunca pasó?

Al igual que el problema filosófico que se pregunta si cuando cae un árbol en el bosque hace ruido si no hay nadie mirando, la pregunta por lo verídico o falso de las vidas de los influencers y creadores de contenido familiares suele ser una cuestión que surge con frecuencia, pero es poco importante. Es ostensible que estas producciones de espontáneas tienen poco; hay guion, hay escenificación y el público, aun sabiéndolo, sigue mirando. ¿Acaso nos sorprende? En un momento en que todo pasa por el “contenido” y el 57% de la Generación Z afirma querer ser influencer profesional, no parece algo disonante.

Lo que quizás está menos claro es el impacto psicosocial y familiar de crecer en este tipo de entornos y cómo esto afecta tanto la relación entre hijos y padres como la seguridad e integridad física de los primeros. Muchos chicos cambian su comportamiento delante de las cámaras o no le dicen ciertas cosas a sus padres porque no quieren ser convertidos en “contenido”, cuenta Latifi. Y en vista de los memes que circulan por la web -inclusive transformados en stickers que luego se intercambian millones de veces por Whatsapp- con niños como protagonistas, cabe preguntarse si no tienen razón en ser precavidos o cómo se sentirán de adultos con esos contenidos.

Como la producción de estos videos se financia mediante colaboraciones con marcas y marketing de afiliación, la idea central es tomar momentos privados de las infancias y adolescencias, pero también la vida familiar —percances con el control de esfínteres, la menarquia, los vómitos y enfermedades, los berrinches, la primera depilación— y convertirlos en públicos y monetizables, llegando a extremos como el de la conocida vlogger Aubree Jones, cuya hija preadolescente tuvo su primera menstruación patrocinada por una marca de higiene femenina. Algunos pensarán en ejemplos vernáculos como el de la exvedette convertida en política e influencer (tiene un millón de seguidores), Amalia Granata, hablando de la depilación de su hija, auspiciada por una marca de depilación láser.

Sobre el malestar y el abuso infantil

Si esto parece excesivo, otras declaraciones de los protagonistas en el libro de Latifi son todavía más extremas en lo que admiten, ya que, como explica la autora, los videos más morbosos y los que la gente más ve son los de narices sangrantes, brazos rotos, visitas a urgencias, etcétera. “Una de las publicaciones fijadas en la página de Instagram de Jamie Otis Hehner (con un millón de seguidores) es un video de su hijo pequeño sufriendo una convulsión febril mientras uno de sus hermanos solloza de fondo”, relata.

La pregunta que viene inmediatamente a la cabeza es si esto no puede considerarse negligencia o abuso y qué dice la ley al respecto. Lo cierto es que en Estados Unidos es donde más puede observarse este fenómeno constituido como una industria que tracciona grandes sumas de dinero; aunque algunos estados cubren el tema desde la arista legal de lo que producen los kidfluencers o niños influencers en relación con la administración de las ganancias, no lo hacen respecto a la cantidad de horas que los chicos pueden trabajar. También hay dos aspectos que complican la posibilidad de legislar con más detalle: el trabajo es difícil de cuantificar y hasta hay una idea de que el influencing no lleva tiempo o no es una labor profesional, y el hecho de que suceda dentro del hogar. En relación a los derechos del niño como persona, poco y nada; solo dos estados (Utah y Minnesota) han emitido recientemente procesos formales que permiten a los menores solicitar la eliminación del contenido en el que aparecen.

No hay derecho a la remuneración, derecho al olvido o protección integral a la exposición digital, con todos los riesgos que eso acarrea, desde violencia digital al hate speech, bullying o hasta grooming. Algo que destacan muchos especialistas y activistas es que, mientras la ley regula trabajos tradicionales y prohíbe la explotación infantil (por ejemplo, la duración de las jornadas de los niños artistas), permanece casi impávida frente al fenómeno de los jóvenes influencers, lo cual tiene que ver con la invisibilización de la labor y la dificultad para mensurarla, como se mencionaba antes, pero también con lo relativamente nuevo de un fenómeno que tiene poco más de una década y que se ha catalizado sobre todo durante la pandemia.

En Argentina, la exdiputada Micaela Morán presentó un proyecto para darle un marco regulatorio al trabajo como influencers a las infancias y adolescencias, pero todavía no hay una ley específica que los proteja. Morán propone reconocer esta actividad como una excepción a la prohibición del trabajo infantil, asimilándola a la actividad artística, tal como prevé el Convenio 138 de la OIT, y también plantea formas en la administración de las ganancias (al igual que en Estados Unidos, los padres o tutores deberán abrir un fideicomiso o cuenta fiduciaria bloqueada en un banco público); y hasta hay una referencia al derecho de supresión del material: al cumplir los 18 años, los jóvenes podrán exigir que las plataformas eliminen los contenidos. Por su lado, si bien en Uruguay se avanza hacia una ley de protección de niñas, niños y adolescentes en entornos digitales, tampoco hay legislación puntual para este tema.

En ambos países se viene legislando para regular la actividad de los influencers en general, pero no hay nada referido a las infancias y adolescencias que trabajan de esto a través de la exposición —no siempre deseada o consensuada— que le dan sus padres. Así es que estamos viendo también los primeros juicios de niños influencers, tanto por maltrato físico como psicológico (dos populares son los de DaddyOFive y Fantastic Adventures).

Los peligros y la responsabilidad de las plataformas

Aunque muchos de los contenidos de estos canales son, en términos estrictamente técnicos o artísticos, objetivamente poco interesantes o mundanos, resulta escalofriante saber que el 92% de los suscriptores son adultos, muchos varones. Esto levanta todas las alarmas de quienes ya saben que los pedófilos constituyen una proporción de la audiencia de contenido en redes sociales dirigido a familias y niños.

De hecho, como destaca en varias entrevistas Latifi (quien dedicó todo un capítulo al riesgo de que los pedófilos vean este contenido), cuando le consultaba a los padres creadores sobre el conocimiento de este riesgo, las respuestas eran afirmativas, pero no modificaban en absoluto su contenido. “Estos padres me decían: “Sí, he recibido esos mensajes antes y me preocupa”, pero eso no parecía cambiar realmente la forma en que se manifestaban online. No entiendo cómo, como padre o madre, si recibieras esos mensajes, no cambiarías la forma en que los muestras en internet: con pañales, en traje de baño, lamiendo un helado o cualquier otra cosa por la que estos padres reciben mensajes extraños”.

La llegada de la inteligencia artificial generativa y la proliferación de deepfakes que afectan a mujeres pero también a infancias y adolescentes, no ha hecho más que empeorar la situación con la posibilidad de crear imágenes y videos para la explotación sexual infantil. En relación a la responsabilidad de las plataformas, la conclusión de la propia autora reproduce lo que otras activistas y académicos están planteando y lo que venimos viendo: ¿por qué habrían de intervenir cuando no lo han hecho hasta ahora, y además estos contenidos les generan millones de vistas y tiempo de retención de usuarios en sus sitios? Así y todo, un jurado en Nuevo México dictaminó que Meta, empresa matriz de Facebook e Instagram, no protegió a los usuarios jóvenes de la explotación sexual y le ordenó pagar 375 millones de dólares en concepto de daños y perjuicios.

Quién sabe, quizás así como en su momento se puso de moda el quiet quitting (renuncia silenciosa) o el quiet luxury (lujo silencioso), podamos esperar que algo como el quiet parenting también se “viralice” y la tendencia para los vloggers sea mantener a sus hijos alejados de la vista pública, aunque más no sea para pertenecer. “Quizás ocultar a los hijos de las redes sociales podría convertirse en un símbolo de estatus, y exponerlos públicamente podría adquirir un estigma útil”.