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Cotidiana Vida Saludable
Foto principal del artículo 'Una era de optimización constante que produce cambios en el paradigma de la salud' · Foto: Pablo Vignali

Foto: Pablo Vignali

Una era de optimización constante que produce cambios en el paradigma de la salud

Apuntalada por la cultura de las redes y el momento político, crece la industria millonaria del bienestar.

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Habitamos una época ambigua en la que los remanentes de aquellos discursos de aceptación, autenticidad y body positivity conviven con la pulsión de continua mejora y optimización del cuerpo y la salud, de la mano de la popularización de las drogas GLP-1, la moda de los suplementos y la cultura fitness llevadas al extremo, y nuevas técnicas que combinan inteligencia artificial, análisis de sangre y medicina personalizada. Al tiempo que los discursos de bienestar se multiplican en la web, sentirse mejor parece volverse mandato y el autocuidado, algo ideológico y performativo que roza lo peligroso e insano, con toda una industria de soluciones para hacer dinero detrás.

Podría pensarse como puntapié inicial lo que sucedió los últimos años con las drogas GLP-1, que transformaron no solo la manera en que las personas abordan la pérdida de peso y la mejora física, sino también el mercado, naturalizando la autoadministración y el uso indiscriminado de estos fármacos. Drogas como Ozempic y Wegovy acaparan la atención pública por su capacidad para transformar la composición corporal, pero debido a que estas inyecciones tan codiciadas suelen ser caras, requieren receta médica o no están disponibles por la escasez mundial, muchos consumidores han buscado soluciones alternativas. Hoy ya uno de cada tres argentinos (31%) de altos ingresos usa estas drogas, según un estudio longitudinal de Bain Consumer Pulse 2026 sobre consumidores latinos, cifra que, dicen, puede extrapolarse al resto de la región.

Cultura Ozempic y la fascinación con los inyectables

Así pasamos de la era del exceso, el fast food y el foodporn en Instagram, a una nueva frontera cultural: el “bienestar” restrictivo. Entre el regreso de la delgadez extrema y la medicalización del apetito, la comida ya no se disfruta por sí misma; ahora es una recompensa que solo se obtiene mediante el esfuerzo o la disciplina individual. En este sentido, el cuerpo es visto como un proyecto de corrección infinita, una búsqueda de control según estándares externos, que muchas veces son poco saludables y/o se realizan sin supervisión médica.

Si bien la discusión sobre el control de los cuerpos no es nueva, el auge de los fármacos GLP-1 sin dudas está marcando un cambio de paradigma similar al que provocó el Prozac en la salud mental. Así como los antidepresivos desestigmatizaron la depresión al vincularla con la neurofisiología, la “mentalidad Ozempic” comienza a desplazar la culpa individual hacia la biología, susurrándonos al oído una premisa inquietante: el hambre ya no es fiable, sino un ruido que debe ser silenciado. Al omitir la alarma de la comida, el medicamento muestra que el peso no es una cuestión de integridad moral o fuerza de voluntad, sino de la intensidad de los impulsos biológicos. Sin embargo, este avance científico se da en un entorno mediático que parece haber retrocedido décadas en términos de las exigencias físicas, la búsqueda de la delgadez para las mujeres o el cuerpo fit para los varones.

Por eso mientras aumenta el consumo de estas drogas aparecen tendencias cada vez más extremas de mejora corporal: desde el looksmaxxing (práctica de maximizar el atractivo físico a través de intervenciones peligrosas), a la mar-a-lago Face, inspirada en el estilo de Ivanka Trump, este característico rostro cuesta desde 90.000 dólares, hasta llegar a la “supremacía metabólica”, en las que se fusionan teorías de salud dudosas, eugenesia e ideas políticas que sintonizan con el movimiento MAHA (Make American Healthy Again).

“El éxito de las GLP-1 contribuyó a normalizar la idea de la autoinyección regular en casa, abriendo la puerta –tanto psicológica como comercial– a una oleada de otros compuestos que prometían beneficios milagrosos. Existen péptidos comercializados para prácticamente cualquier fin imaginable en materia de bienestar y cosmética. Hay docenas más que se venden para todo tipo de propósitos, desde un bronceado más rápido (melanotan-II) hasta el aumento de la libido (PT-141)”, explican en un informe de The New York Magazine. Aunque aprobadas por la FDA en diciembre, ya vienen en formato pastilla, naturalizando su prescripción y acelerando la curva de consumo en públicos que no tienen obesidad, u otros inconvenientes de salud por la que necesiten su toma, más que el deseo de “bajar unos kilitos”. Las prescripciones van de los 150 dólares para arriba.

Furor por los péptidos y nuevo mercado negro

Otra de las modas que vienen recogiendo especiales como el mencionado y haciendo ruido en las redes sociales, es el suministro y aplicación de péptidos y suplementos antiedad como el NAD+ (nicotinamida adenina dinucleótido). Los péptidos cuyos supuestos beneficios son estimular el colágeno, el crecimiento muscular después del ejercicio e influir en la actividad inmunitaria, se convirtieron, según la revista, en la tendencia actual más comentada del wellness. Pero también la más polémica.

Se estima que el mercado mundial de terapias con péptidos ya ha crecido hasta superar los 50.000 millones de dólares en ventas anuales y se prevé que se duplique de nuevo en la próxima década, con inyecciones que pueden llegar a costar hasta 250 dólares por suministros. Sin embargo, como la mayoría de estas sustancias no están aprobadas o han sido poco testeadas en humanos, son costosas y difíciles de conseguir en sitios de alto consumo como Estados Unidos. Esta demanda ha dado lugar al llamado “mercado gris de péptidos”, una red de proveedores internacionales que venden productos crudos y sin marca directamente a los compradores a una fracción del precio de farmacia –sin los controles pertinentes, lo que también dispara las falsificaciones o adulteraciones–. Dado que los bancos tradicionales y las tarjetas de crédito suelen prohibir la venta de compuestos de grado farmacéutico y sustancias no reguladas, gran parte de esta industria opera fuera del sistema financiero adoptando las criptomonedas.

Estamos hablando de una economía en las sombras en pleno auge, con un crecimiento anual reciente que ya pasa los 100 millones de dólares, según cuenta Bloomberg, y que incluye pedidos a través de canales como WeChat, Whatsapp o foros de Discord o Reddit en los que se comparten protocolos de aplicación y otra información, y en los que se paga con cripto.

A esto se le suma el miedo existencial por envejecer y un compuesto que viene a intentar contrarrestarlo atacando el problema antes: tratamientos con NAD+ y otros suplementos de longevidad. Por su lado, el NAD+ funciona como un transportador de energía, cuyos efectos positivos incluyen mayor claridad mental, energía, una sensación general de bienestar y resistencia y algunos beneficios antienvejecimiento a largo plazo. Aunque es relativamente más seguro y está más testeado que los péptidos, y hoy es posible encontrarlo tanto como inyectable o en productos comestibles desde smoothies a cremas de Goop (la firma de Gwyneth Paltrow), también levanta sus dudas en la comunidad científica, ya que los estudios son poco concluyentes y la molécula es difícil de asimilar por el organismo.

Cambio de enfoque y la tecnología al servicio

Dado el aumento de la expectativa de vida y una mayor longevidad incluso en regiones más jóvenes como América Latina (para 2050 la población mayor de 65 años se duplicará en la región), muchas de las nuevas terapias se enfocan hoy en este punto. No se trata de revertir el tiempo, sino de reescribir las reglas del envejecimiento: en lugar de reaccionar a los síntomas, se intenta prevenir el diagnóstico, llegar antes, reflejando un cambio más profundo en nuestra percepción sobre el envejecimiento. A su vez, nuevos estudios muestran que las señales biológicas asociadas al envejecimiento empiezan a aparecer entre los 30 y 40 años.

En este sentido algo que se está viendo cada vez más son los desarrollos para optimizar la salud mediante análisis y predicción de riesgos, como es el caso de la uruguaya Silvina Tocchetti con Mind, que plantea que muchos desórdenes crónicos y enfermedades neurodegenerativas pueden detectarse y abordarse años antes de su manifestación. El trabajo se hace sobre biomarcadores con un enfoque de estilo de vida y medicina funcional, un abordaje científico que aplica avances en biología molecular, genómica nutricional, microbiología, inmunología nutricional y neuroendocrinología. En criollo, esto vendría a ser la utilización de análisis clínicos funcionales de última generación que se envían a laboratorios en el exterior para entender y conectar síntomas y causas.

Otro caso es el del emprendedor Martín Larre, que luego de fundar diversos proyectos y pasar por el mundo biotech con Future Biome, ahora se enfoca en Vitaleo, una plataforma que combina inteligencia artificial, análisis de sangre y suplementación personalizada para enfocarse en longevidad y bienestar. A raíz del boom de los suplementos, propone “dejar atrás la lógica de consumir suplementos a ciegas” y construir protocolos personalizados y sobre bioindividualidad. ¿Cómo? A través del uso de inteligencia artificial que analice estudios clínicos y recomiende suplementos específicos para cada paciente. El objetivo es expandirse primero por Uruguay y Argentina, generando alianzas con médicos e instituciones de salud.

¿El bienestar también es político?

Pero estos desarrollos y tendencias no se dan en el vacío, por eso analizar el contexto cultural y político en el que suceden es indispensable. En particular si vemos el crecimiento de movimientos cuestionados en la comunidad científica, como el biohacking (el monitoreo de la salud a través del rastreo y análisis de hábitos individuales mediante tecnología) o la llegada de fenómenos como la suplementación al mainstream, en un escenario en donde crecen los discursos anticiencia y las posturas extremas de salud y se promueven roles tradicionales para mujeres y varones. En Estados Unidos estos discursos se ven representados sobre todo en el MAHA, un movimiento de salud conservador con foco en la obsesión dietaria, el fitness y la contaminación de productos de uso cotidiano, y que adhiere a políticas de desfinanciamiento de la salud pública.

Pero desde estos idearios con referentes como Robert F Kennedy (político conservador antivacunas), se busca exaltar la fuerza y la virilidad como modelo de éxito e ideal, por eso también se habla de “masculinidad MAHA” como tipología, y se impulsa la suplementación de testosterona en hombres sanos (TRT) y hasta del “sperm-maxxing” (algo así como la optimización del esperma a través de prácticas no comprobadas, como ponerse hielo en los testículos o comer ajo).

Está claro que los resultados no serán inocuos en las nuevas generaciones, y así como ya se pueden ver casos de dismorfia muscular o vigorexia en jóvenes de 13 y 14 años obsesionados con la dieta y el ejercicio, empezaremos a encontrarnos con una generación de ancianos fibrosos y enérgicos gracias a la TRT, que también lleva un negocio lucrativo detrás: las prescripciones han aumentado un 154% desde 2020.

Como contraste, vivimos un momento en el que crece la soledad, se atomizan los vínculos y escasean las respuestas políticas y comunitarias. “Es más redituable ofrecer un chatbot que te escuche que preguntarse por qué los sistemas de salud no tienen tiempo para la escucha. Más fácil vender un smartwatch que detecta tu ansiedad que garantizar trabajos que no te enfermen. La industria del bienestar encapsula el malestar social en un packaging individual y rentable. Y así, lo que es un problema de cómo organizamos la vida en común, se convierte en un gasto personal y en una nueva fuente de frustración cuando la ‘solución’ no funciona. Podemos comer bien, entrenar, dormir lo necesario, pero la salud, incluso la más orgánica, también es vincular. Y ahí está el desafío: integrar lo que la ciencia con la forma en que pensamos el cuidado cotidiano”, cierra la socióloga Victoria O’Donnell.