La acción de Diciembre transcurre principalmente en Buenos Aires y se extiende a otras provincias argentinas durante diciembre de 2001. En vez de una horda imaginaria que baja del Cerro de Montevideo, una torta de cumpleaños para el flaco ministro de Economía y un pintoresco salvataje estadounidense, en esta secuencia el ritmo es más acelerado: la gente toma las calles, el presidente huye en un helicóptero y la represión policial deja 39 muertos y cientos de heridos, como resultado de una crisis política y económica lateralmente ligada a la uruguaya de 2002.
El documental “no aspira a relatar aquel momento con la falsa claridad de la distancia. No busca explicar, sino atravesar”. “No reconstruyo el pasado: lo convoco”, aclara su director, Lucas Gallo, sobre su segundo largometraje; el primero, 1982, estaba dedicado a la guerra de Malvinas. También señala en sus notas: “La historia se repite con una ironía que roza lo absurdo: el gobierno actual reivindica abiertamente las mismas políticas económicas” y define su síntesis cinematográfica como “una crónica atmosférica de las crisis de 2001 en Argentina”.
Diciembre es una producción argentino-uruguaya galardonada con el premio a mejor montaje en el Festival Internacional de Cine Documental de Ámsterdam. A comienzos de año tuvo su pasaje por nuestro Festival de Cinemateca y ahora tendrá su estreno oficial en salas uruguayas este jueves.
En el primer frame de las casi dos horas de duración, se informa que la película “fue realizada íntegramente con material audiovisual grabado en Argentina entre el 1° de diciembre de 2001 y el 3 de enero de 2002. Todo lo que veremos pertenece a material fílmico de la señal de cable Crónica TV e incluye buena parte de la cobertura de crisis que salió al aire por ese canal y otras imágenes inéditas, extraídas de los brutos de esas cintas, que suman a la experiencia el efecto de cámara indiscreta.
Con esa materia primera, que excluye las participaciones editorialistas de conductores y periodistas, Gallo pretende hacer cine, en el entendido de que su mano editora “libera las imágenes y los sonidos de las estructuras que los confinaban”: “La televisión no es inmediatez, sino un discurso editado: una narrativa moldeada por el poder y los intereses. Una vez despojada de esa lógica, la imagen recupera su vitalidad, su plasticidad, su belleza. No me interesaba ilustrar la historia, sino devolver a estos fragmentos su potencia original: su capacidad de afectarnos, de vibrar en el presente”, afirma el realizador.
Con esa sugerencia, el espectador queda librado a su propia voluntad frente a algo que, en principio, se parece a lo que alguna vez vimos o vemos en la caja boba o en otra pestaña con Youtube. Con ojo más fino, los aciertos del director son suficientes para valorar la construcción de su relato personal sin medias tintas o con poesía directa. En los primeros minutos, dos imágenes de paisaje sereno grafican el desastre en proceso: un hombre atrincherado con una escopeta en la boca amenaza con quitarse la vida: “Intenté ser una persona normal, pero no funcionó”. Un camión desploma su caja en un pozo profundo del pavimento. Entre las dos escenas, aparece la larga fila de un cajero automático y el rostro del ministro de Economía, Domingo Cavallo. Habla de un canje de deuda, de ataques especulativos y de una medida transitoria “de limitación de extracción del dinero en efectivo”. Se viene el corralito.
Comencemos por lo más simpático. En la calma que antecede a la tormenta vemos a Charly García y Mariano Mores en un ensayo íntimo, a Susana Giménez y Sandro en una sesión fotográfica y al expresidente Carlos Menem almorzando junto a su esposa chilena Cecilia Bolocco. “¿Con qué derecho se quedan con el sacrificio de toda mi vida?”, declara al notero de Crónica un jubilado de lentes de cristales verdes que reclama por sus ahorros atrapados. Para muchos, las imágenes de la gente agolpada contra las puertas de los bancos son demasiado conocidas. Quienes no vivieron la época más o menos directamente quizás sí vieron La odisea de los giles (Sebastián Borensztein, 2019), que ficcionaba aquella tragedia con Ricardo Darín como el último de los héroes.
Diciembre es mucho mejor y mucho menos graciosa, más ágil y sangrienta, si lo que se busca es una realidad aumentada –y ninguna moraleja– de lo que sucedió en Buenos Aires durante ese fin de año. Para eso hay que estar dispuesto a sumergirse en la historia de la manera más distante, si fuera posible, e incluso conviene dejar a un lado las notas del director.
En ese caso, lo mejor de esta película, no solo por muy visto, no sucede en los primeros escarceos entre los ahorristas y los empleados bancarios. Existe un momento en el que todos los engranajes de la protesta social comienzan a conectarse y a rodar a la par. Ocurre paralelamente en zonas lejanas, aisladas de la capital porteña; si volvemos a las tibias o inexistentes protestas uruguayas ante circunstancias similares, las reacciones colectivas de la sociedad argentina, aunque repetidas cíclicamente, nunca dejan de sorprender.
Ante la urgencia del desabastecimiento y la pobreza creciente, los núcleos vecinales, por iniciativa propia, cortan rutas, queman llantas y saquean supermercados, y con la misma rapidez de las medidas de reclamo organizan, de forma improvisada pero efectiva, servicios de transporte, alimentación y entretenimiento. La ciudad se muestra viva y en llamas, y la gente no para de hablar.
En su elección de imágenes, la película pone en relieve ese movimiento sostenido de acciones dramáticas y de sobrevivencia. Por supuesto, vemos los rostros, las heridas y escuchamos la indignación causada por la injusticia mientras vuelan bolsas de comida desde las manos que salen de la caja de un camión, pero las imágenes devuelven otra cosa menos tangible: la mutación de la arquitectura de los edificios, los ánimos, los cuerpos, los usos y costumbres revela un salvajismo en ciernes, con tanta verdad como los Relatos salvajes de Damián Szifron. A diferencia de esas postales sobre la miseria humana y porteña del creador de Los simuladores, la historia real de Diciembre agrega capas y argumentos a esa supuesta regresión, con decenas de fragmentos discursivos que coinciden en un compromiso social y político de sólida fundamentación.
De los que hablan conviene escuchar a los representantes sociales con experiencia o recién erigidos por sus pares, gente de a pie, muerta de hambre, sin consuelo, descreída, dispuesta a todo, de las clases más bajas. En ese camino podría decirse que Gallo deja que la gente, como lo hace con las calles, tome la película para sí y la impregne de la incertidumbre y la angustia de esas vísperas de Navidad, de sus sueños y sus expectativas derrumbadas.
Promediando el documental, la cámara de Crónica TV corre a la par de los vecinos que fulminan las góndolas del supermercado y registra una veintena de personas que deciden en segundos qué hacer y hacia dónde arrancar. En medio del caos, un hombre sostiene una botella de detergente y una bebida sabor naranja rescatadas mientras responde con parsimonia las preguntas del periodista, en uno de los mejores ejemplos de ese insólito civismo porteño, subrayado por la extroversión y las constantes conversaciones entre desconocidos que se producen a cada rato en cualquier esquina. En la desesperante situación, el presidente Fernando de la Rúa y sus sucesores, entre ellos, el llamativo Alberto Rodríguez Saá, sonríen a la cámara y suman absurdo a una pesadilla que parece no tener fin.
En tiempos de multiplataformas y ansiedad galopante, la película dialoga con la miniserie de ficción Mis muertos tristes, de Pablo Larraín, a la manera de una precuela premonitoria. Además de entretenida, Diciembre tiene la virtud de una saludable brutalidad. En un punto, son solo un montón de películas de Crónica TV ordenadas cronológicamente. En otro, quizás no se necesitaba nada más y fue la mejor elección para ver cómo una sociedad se pone más o menos de acuerdo cuando no aguanta más, y hace explotar todo por los aires.
Diciembre, de Lucas Gallo. 105 minutos. En Cinemateca y Oeste Audiovisual.
