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Mercedes Morán. · Foto: Alessandro Maradei

Mercedes Morán.

Foto: Alessandro Maradei

Mercedes Morán: “Este libro me sirvió para perdonar y tener una mirada más piadosa”

La actriz argentina habla de su aventura editorial con Madre mía y de su experiencia en la miniserie Mis muertos tristes

Mercedes Morán está despierta desde temprano y no puede disimular su falta de sueño. Viene de otra nota matutina y volverá a un estudio de la televisión solo un rato más tarde. Amable y atenta, nos recibe en la habitación de un hotel en Punta Carretas para hablar del libro que acaba de lanzar, Madre mía, que al día siguiente presentaría en la Feria Internacional del Libro de Montevideo.

El momento coincide con el estreno en plataformas de Mis muertos tristes, la miniserie basada en cuentos de Mariana Enriquez que la tiene como protagonista. Ema, su personaje, es una médica jubilada que deambula por la ciudad mientras habla con los muertos, incluida su madre, e intenta entenderse con su hija fotógrafa.

En Madre mía, la célebre actriz argentina deviene escritora. Usa la autoficción y la crónica para contar con memoria emotiva y detallista las distintas etapas del vínculo con su progenitora, signado por la fe religiosa y la censura de lo sexual.

“El detonante fue la bikini”, dice en un pasaje, y prosigue: “Cuando nos encontró en la cocina, yo en bikini y Lalo encremándome la barriga, explotó: ‘Asquerosa, desvergonzada, me dan asco...’”, escribe sobre la vez que decidió alejarse por un tiempo de su madre para proteger su primer embarazo.

¿En qué momento y en qué condiciones escribiste este libro?

Hace más o menos un año y medio que comencé. La editorial venía ofreciéndome la posibilidad, y la verdad es que no encontraba el momento. Estaba con mucho trabajo. Además, no soy escritora, no tengo el hábito, y mucho menos con la intención de publicar. De alguna manera, partió de un monólogo que yo había hecho hace unos años [¡Ay, amor divino!, de 2016]. Sucedió que por temas personales detuve mi trabajo como actriz durante un año, y en ese tiempo empecé y concluí la escritura del libro.

¿En qué lugar? ¿En tu casa?

Sí, en mi casa. El impulso era el de aquel unipersonal, en el que hablaba de los distintos amores que me habían atravesado desde la infancia hasta aquel momento. Obviamente, ahí estaba el amor de mi madre, que luchaba por protagonizar ese espectáculo. Una de mis hijas, Manuela Martínez, que se dedica a escribir, me ayudó mucho con la edición y en la forma del texto. Yo había escrito aquellas historias para ser dichas, y con ella aprendí que cuando pensás un texto para que sea leído por otros es muy distinto. De alguna manera, Manuela fue mi maestra de escritura en este ejercicio.

¿Desde el principio de ese proceso de escritura tu madre ocupó el lugar central de la trama, o lo descubriste más tarde?

Antes de empezar a escribir el libro me di cuenta de que lo que quería era escribir sobre mi madre y, específicamente, sobre la educación sentimental y sexual que había recibido ella, que es un personaje con algunas dificultades y que en el transcurso de la escritura terminé de comprender.

Creo que alguna vez vos misma lo reconociste, y en el libro también se nota que sos una persona muy observadora. En este rol de escritora tenés que visitar ferias del libro y acercarte al público que concurre a esos eventos. ¿Tiene algo particular ese mundo?

Yo no me llamaría escritora, pero soy muy lectora. Me gusta mucho la experiencia de leer. Con la literatura, como con la música, tengo un vínculo afectivo importante. Me siento acompañada. Muchas veces un libro o una música determinada te llevan a un lugar. Entonces, quizás por ser tan admiradora de la escritura, de los escritores, de las escritoras, me da un poco de pudor considerarme una de ellos, solo por haber escrito un par de libros. Pero estoy muy fascinada con todo este mundo, con las ferias a las que siempre fui como visitante. Es un hábito que disfruto. Me gusta ir en busca de libros y toda esa cosa tan bonita que se genera alrededor de los libros. Esta vez me tocó a mí estar presentando un libro en la Feria de Buenos Aires, y me siento muy orgullosa por eso.

¿A qué autores volvés?

Para resumirte lo que más me gusta, te voy a nombrar a tres escritoras: Claudia Piñeiro, Selva Almada y Mariana Enriquez.

¿Los escritores son muy diferentes a los actores?

Lo más notable y obvio es que el momento de escribir es en soledad, en la intimidad, sin ningún testigo. Sos vos con tus recuerdos. Actuar es completamente diferente. Siempre estás observada, o por la gente directamente, o por una cámara. Creo que se parecen en lo que provocan: en esa especie de sanación que yo experimenté siempre en la actuación. Salirme de mí, ser otra, siempre me dio una perspectiva de las cosas que me salva y me ayuda a ser mejor persona. El hecho de no tener que juzgar a los personajes y no comprender los motivos por los que hacen lo que hacen es muy poderoso.

En ese sentido, la actuación siempre fue para mí una tabla donde podía sobrevivir. Y de pronto entendí que en la escritura también había un camino sanador. Todo esto que escribí me sirvió para reflexionar mucho sobre aspectos fundamentales de mi crianza. Y que ahora además tenga la forma de un libro es como una compañía. En la dedicatoria del libro me refiero a las personas que están tratando de perdonar a sus madres, y son muchas más de las que yo pensaba. A veces nos puede llevar toda una vida.

Los relatos comienzan en tu niñez y da la sensación de que, de alguna manera, aunque te dijera cosas muy crueles, siempre intentaste entender a tu madre.

Sí. Mi madre tuvo una vida muy larga, y yo tuve la oportunidad de tener que cuidarla cuando se puso mayor, cuando se enfermó. Sus años le trajeron esas cosas que traen los años, un poco de senilidad, un poco de Alzheimer, un poco de cabeza medio perdida; esa etapa la viví como una oportunidad para seguir comprendiendo. A veces no alcanza con pensar en que eran una generación y un tiempo muy distintos; hay que ver lo que le pudo haber pasado a ella en su vida, durante su infancia, con todo su tema con la sexualidad y su carácter.

A veces necesitás ahondar un poco más, porque creo que en la infancia es cuando, de alguna manera, se construye algo. Y ahí los protagonistas son los padres o la madre, en general. Todo eso que construimos en esa etapa a veces hay que reconstruirlo. Hay que sacar algunos ladrillos y poner otros, digamos. Es un trabajo difícil.

Te fuiste de la casa de tus padres a los 17 años. En situaciones similares a las que vos contás en el libro, hay quienes nunca más hablan con su madre, o lo dejan de hacer por cinco años o mucho más. ¿Vos pasaste por algo parecido?

No fue tanto tiempo, pero sí. Yo me fui muy prematuramente de la casa de mis padres. Con la perspectiva que tengo hoy, me doy cuenta de que había un deseo muy importante de salir de esa casa, donde yo no la pasaba bien. En ese momento no me daba cuenta. Estaba enamorada y me casé, en una época en la que la posibilidad de irme a vivir sola, de generar mi independencia sin casarme, era impensada. Cuando transcurrió mi primer embarazo, cerca de los 20, 19, tuve un encontronazo más con mi madre, que me llevó a dejar de verla por un tiempo. O sea que en mi primer parto, siendo yo muy jovencita, no estuve acompañada por mi madre, por decisión propia. Al poco tiempo de nacer mi hija, a los siete, ocho meses, tuvimos una reconciliación. Y después nunca estuvimos muy separadas. Si bien mis padres siguieron viviendo en la provincia y yo ya vivía en Buenos Aires, ese era el único impedimento.

Mi primer conflicto, así como el que vos decías, fue en ese momento. Evidentemente también había de parte mía una necesidad de que esa energía no interfiriera en ese momento tan sagrado de la llegada de un hijo. Tenía que pensar en la formación de ese nido. Y creo que hice bien en poder mantenerme un poco a distancia.

Foto del artículo 'Mercedes Morán: “Este libro me sirvió para perdonar y tener una mirada más piadosa”'

Todas las historias del libro están contadas de manera muy directa. Hay una en la que admitís que antes que a tu familia, preferías las de tus amigas, la de una en especial.

En mi casa se vivía en una tensión permanente. Mi madre, pobre, generaba una cosa de mucha tensión, de estar pendiente y no poder relajar. Y siempre se corría el riesgo de hacer algo que la incomodara, que la enojara, que la violentara. Así era. Creo que es bastante común. En general, las otras familias te parecen más divertidas que la propia, pero creo que en mi caso había una cosa real que impulsaba esa preferencia. En ese tipo de familias disfuncionales como la que yo tuve siempre hay un emergente. Y creo que, por mis características y mi naturaleza, yo fui ese emergente. Era la hija rebelde, la que confrontaba, la que se escapaba, la que se mandaba de las suyas. En mi adolescencia ya empecé a confrontar a mi madre, y ahí se puso más difícil la cosa.

Supongo que debe de haber sido todo un desafío poder contar fielmente lo que querías, preguntándote a la vez hasta dónde cuidar a tu madre. ¿Cómo hiciste?

Eran unas preguntas que me hacía todo el tiempo. Pero traté… Confié en el amor que siento por ella. Confié en esta necesidad de perdonar. Me tranquilizó el hecho de estar escribiendo esto desde ese lugar, después de haberla acompañado y cuidado durante años hasta su partida. Traté de que la culpa no me manejara, tanto a la hora de pensar en ella como en las otras personas a las que nombro en el relato familiar.

A la vez, teniendo en claro que cada vez que uno escribe, más allá de que sea autorreferencial, siempre hay algo de ficción. En el recuerdo de una historia o de una situación de la infancia siempre hay algo de tu imaginación, consciente o inconsciente, que agregás en cada relato.

Otra historia muy buena es cuando de niña robaste unos alfileres de una mercería. Aquel incidente, contás, te permitió reconocer las condiciones histriónicas de tu madre.

Sí, claro. Mi madre también era maestra. Y creo que había en la crianza, conmigo y con mi hermana, toda una cosa de educar, en la que ella se sentía muy autorizada por su trabajo, digamos.

Lidiaste con una madre que muchas veces podía insultarte y a la que le era difícil lidiar con la sexualidad propia y ajena. ¿Cómo hiciste para salir adelante de manera saludable afrontando esa dificultad?

Yo no me considero una víctima. Hay quienes atraviesan situaciones que pueden ser más mucho más complicadas. En mi caso creo que padecí un tipo de educación de una mujer que más que cruel, te diría yo, era muy reprimida; que pasó las suyas y que tenía un tema importante con la sexualidad. Yo padecí su cosa represora. Si algo me ayudó, fue esta parte rebelde que tengo y que, en algún momento, toma distancia. También valoro la carrera que elegí, la terapia y un deseo muy grande que siempre tuve de salir adelante y de conquistar otros universos. Ese deseo también me ayudó a no resignarme a ese mundo que me proponía la educación de mi madre, y también en mi trabajo como actriz. Y después, la cosa generacional: uno aspira a mejorar lo que ya vivió y a no repetir lo que no le hizo bien.

Otro componente fundamental de la historia del libro es la religiosidad. Contás que durante un buen tiempo fuiste creyente, luego descreíste y después volviste a creer en algo. ¿Y ahora mismo?

En este momento, con base en una síntesis de todas las experiencias místicas –o espirituales– que atravesé, puedo decir que soy una persona espiritual. Siento, percibo que hay algo más que lo que vemos. Creo que somos más que nuestro cuerpo. Hay una historia y una memoria que van más allá de lo mental. Después de haber pasado por el catolicismo en el que fui educada, por el ateísmo al que me consagré en mi adolescencia revolucionaria y por el budismo que siempre me dio curiosidad, ahora, siendo un poco más grande, tengo una idea muy personal de lo que puede llamarse Dios, que se centra en lo que te decía: siento que hay algo más que lo que vemos.

¿De qué modo tenés presente hoy a tu madre?

La tengo muy presente y siempre llega a mí con buen ánimo. No tengo un recuerdo doloroso. Creo que este libro me sirvió a mí, antes que a nadie, para terminar de perdonar, de curar y de poder tener una mirada más piadosa.

Te cambio de frente. Protagonizás Mis muertos tristes, una de las series del momento. ¿Qué te contaron del proyecto cuando te lo ofrecieron?

Como te decía, yo soy muy lectora. Tenía leído casi todo lo de Mariana Enriquez, y además ya había trabajado con [el director] Pablo Larraín. Así que cuando me llamó la gente de Netflix para decirme que querían hacer una historia sobre los cuentos de ella, me pareció que era una combinación espectacular: Pablo y Mariana.

Cuando a vos te acercan un guion, en la primera lectura quizás empezás a imaginar algo. En ese caso fue distinto. Ni bien me avisaron del proyecto, de inmediato recordé todo lo que había sentido cuando leí el cuento de Mariana “Mis muertos tristes”, y conecté enseguida con mi personaje. Esa fue una gran ventaja. Por eso, antes de tener el guion en mis manos, ya estaba segura de que quería meterme en esa aventura.

¿Y qué tal la experiencia?

Fue espectacular. Se dio en las mejores condiciones y pude encontrar un lenguaje en común con el director para contar esta historia, a través de un género que no abordamos mucho. Ese terror social que maneja tan bien Mariana había que llevarlo al fílmico, y en mi caso tenía que construir a esta mujer que, a pesar suyo, tiene ese don de ver muertos y está condenada a esa condición que atraviesa todos sus vínculos.

Ahora venimos de presentar la serie en San Sebastián, donde fue aclamada por la crítica y por Stephen King, que es como el rey del género y la consideró su serie favorita.

Ese terror social se ve muy cercano también aquí en Montevideo.

Sí, es una metáfora, pero muy anticipativa, de este futuro que ya llegó, lamentablemente.

Dijiste que te cuesta verte como una escritora. ¿Vivís esto de involucrarte en la literatura como un riesgo, o es un proyecto más, dentro de tu carrera artística de actriz consagrada?

Sí, soy muy amiga del riesgo. Me parece que, ya sea en la literatura o en la actuación o en cualquier otra disciplina, te lleva a algo más interesante. Yo intento que cada cosa que hago tenga algún tipo de riesgo y que me empuje a salir de lo que ya conozco. Porque a partir de ahí, lo que a vos te salga se puede convertir en algo más revelador.

Madre mía, de Mercedes Morán. 160 páginas. Planeta, 2026.