La selección uruguaya sub 15 terminó primera en su grupo en el Mundial de la categoría que se realiza por primera vez en la historia en Bakú, Azerbaiyán. El combinado celeste ocupó la cima del grupo X con 12 puntos tras disputar cinco partidos. De esta manera, pasa a definir la Estructura A –el nivel superior entre los 189 participantes– y jugará este miércoles frente a la selección de Estonia.
El encuentro frente a Estonia corresponderá a los dieciseisavos de final de la Estructura A, la única serie de la que saldrá el campeón del mundo de este primer Festival Mundial. Se jugará a las 7.30 de la mañana (hora uruguaya) y se podrá seguir en vivo a través de la plataforma DAZN de forma gratuita.
El debut de la celeste en suelo azerbaiyano no fue sencillo: el sábado arrancó con un traspié ante Moldavia que encendió las alarmas. A partir de la segunda jornada hilvanó una racha de victorias hasta el cierre de la serie: venció 3-1 a Zambia, luego 4-2 a Comoras, 1-0 a Tanzania y cerró el grupo con un categórico 12-0 ante Montserrat.
El escollo de este miércoles no es menor. Estonia se metió en la pelea grande tras ganar el Grupo A por encima de Francia, doblándole el brazo a una de las formadoras de juveniles más grandes del mundo.
El mapa hacia el título ya está trazado. Si la celeste sortea a Estonia en los deciseisavos de final, su horizonte en octavos lo marcará el vencedor del duelo entre Australia y Grecia. Más adelante, en caso de acceder a cuartos, podría cruzarse con España, Gales, Ecuador, Bulgaria, Colombia, Bosnia y Herzegovina, Polonia o Kenia.
La segunda fase tiene seis niveles de acuerdo con los resultados de los grupos. Los ganadores están en el Nivel A, los segundos en el Nivel B, y así sucesivamente hasta el Nivel F. Todos los equipos seguirán jugando hasta la jornada final, lo que garantizará que la totalidad de los participantes puedan disfrutar de una experiencia competitiva uniforme. Cada nivel tendrá un ganador, y el ganador del nivel A será el campeón de la Copa Mundial y Festival sub 15.
Detrás de la campaña en Bakú hay catorce historias individuales y catorce camisetas del medio local. La lista que armó Gustavo Bueno incluye a Thiago Carballo (Peñarol) y Francisco Inciarte (Nacional), Bautista González (Racing), Joaquín Míguez (Montevideo City Torque), Luan Sosa (Montevideo City Torque) e Ignacio Echevarría (Montevideo City Torque), Martín Sagasta (Defensor Sporting), Thiago Guimaraes (Nacional), Luca Di Matteo (Nacional), Tiziano García (Racing), Bautista Casco (Liverpool) y Santiago Mieres (Nacional), Kevin Miguelez (Defensor Sporting) y Santiago Larrosa (Montevideo City Torque).
El trasfondo estructural y global del torneo
El problema histórico del fútbol de juveniles en el mundo contemporáneo es que los torneos tradicionales excluyen masivamente a los países sin estructura, tradición o recursos económicos. Para este festival en Bakú se convocó a 189 federaciones, lo que permitió que 78 países hagan su debut absoluto en una Copa del Mundo de la FIFA (con casos como Palestina, Líbano y decenas de asociaciones de Oceanía, África y el Caribe). La idea de fondo es que un pibe de un país sin historia futbolística tenga exactamente la misma vidriera internacional que uno nacido en una potencia.
El fútbol siempre tuvo una trampa cruel: la cuna. Si un chiquilín nace con un talento descomunal a los 14 años en las juveniles de Defensor, en un club de barrio en el interior o en la cantera del Benfica, el sistema lo detecta, lo alimenta, le da roce internacional y lo pule. Si ese mismo chiquilín nace con la misma calidad en Palestina, Líbano, Santo Tomé y Príncipe o Vanuatu, el sistema lo invisibiliza. A los 18 años, la distancia entre ambos ya no es de talento, sino de estructura.
El proyecto es el hijo mimado de Arsene Wenger desde que asumió como director de Desarrollo del Fútbol Mundial de la FIFA. Tras dejar el Arsenal, Wenger lideró el informe global de talento (FIFA Talent Development Scheme), donde concluyó que el 70% de los países miembros no detectan ni desarrollan a sus jóvenes por falta de competencia internacional temprana. Por eso el sustento científico y académico del formato, las reglas modificadas no son una ocurrencia improvisada, sino que responden a estudios de neurociencia aplicada al deporte, ciencia del movimiento e ingeniería de la carga física.
Jugar ocho contra ocho en una cancha de 68 metros de largo y 47 de ancho es la consecuencia de investigaciones de centros de alto rendimiento que demuestran que reducir el espacio y la cantidad de futbolistas duplica el volumen de acciones individuales. Un muchacho de 14 años en fútbol 11 toca la pelota un promedio de 20 a 30 veces por partido; en este formato de ocho contra ocho, la toca entre 60 y 80 veces, multiplicando la estimulación de la toma de decisiones.
La línea de fuera de juego delimitada de 14 metros tiene su apoyo en la neurociencia cognitiva aplicada al deporte que sostiene que la anticipación espacial en adolescentes se desarrolla mejor cuando el campo no está congestionado por bloques bajos. Al obligar a las defensas a marcar individualmente a lo ancho del campo y liberar la zona central de la trampa del achique, se fuerza al jugador a perfeccionar la visión periférica y el pase filtrado directo.
Un efecto similar está en el reemplazo del saque de banda por saque de pie definido como kick-in. La explicación y soporte de la ciencia está en que estas acciones mantienen la frecuencia cardíaca y la carga de atención en niveles de simulación de alta intensidad, eliminando los tiempos muertos donde el cerebro entra en reposo táctico.
El trasfondo económico: ¿quién paga la fiesta y qué hay detrás?
La financiación 100% de la FIFA tiene una clara explicación y retroalimentación en el plan de negocios de la multinacional más grande del mundo. La FIFA financia pasajes aéreos, alojamiento en la Villa de Atletas de Bakú, logística y viáticos para las 189 delegaciones. Sale del presupuesto del Talent Development Scheme, al que se asignan cientos de millones provenientes de los ingresos del Mundial de mayores.
Es una expofútbol y convención de mercado global, básicamente. Bakú funciona como un escaparate masivo de scouting. Agentes, ojeadores de los principales clubes del mundo y departamentos de inteligencia deportiva están presentes registrando a los juveniles de federaciones a las que habitualmente no trascienden. Se trata del networking de escritorio. Mientras los chiquilines juegan casi mil partidos, en los hoteles y salas de prensa, los dirigentes de las 189 federaciones participan en capacitaciones sobre infraestructura, licencias de entrenadores y financiamiento. Para la FIFA es también un movimiento de diplomacia deportiva, porque asegura la fidelización política de las federaciones chicas ofreciéndoles vitrina internacional a costo cero.
