Luego de una derrota, siempre se suscita un gran interés por la búsqueda de culpables. Sin embargo, más que nombres y apellidos, lo que realmente sirve es entender las múltiples aristas de un proceso político tan complejo como el ecuatoriano. He aquí algunas variables para comprender por qué Andrés Arauz perdió contra Guillermo Lasso (47,5% a 52,5%).

En primer lugar, las movilizaciones de octubre de 2019 (en contra de las medidas FMI del gobierno de Lenín Moreno) siguen dejando una huella imborrable en el tablero político en Ecuador: lo ha reordenado con evidentes consecuencias electorales. El movimiento indígena se constituye como sujeto relevante en lo político y competitivo en lo electoral. Más allá de la heterogeneidad a su interior y de las grandes divergencias existentes en la dirigencia, hoy es la segunda fuerza en la Asamblea y su candidato presidencial, Yaku Pérez, se quedó a 30.000 votos de pasar a segunda vuelta. Esto también ha tenido su correlato en el balotaje: llamaron al voto blanco/nulo y lo lograron (casi dos millones de votos blancos/nulos). Todo lo que suceda en Ecuador a partir de ahora sí o sí tendrá que tener en cuenta lo que ocurra en el seno del movimiento indígena y, por supuesto, lo que pueda suceder en la próxima elección a inicios de mayo a la Presidencia de la Conaie (Confederación de Nacionalidades Indígenas). No será lo mismo si gana Yaku Pérez que si lo hace Leonidas Iza. Si gana el segundo, entonces Lasso tendrá una férrea oposición en el sector indígena.

En segundo lugar, la campaña importó. Y el debate presidencial también. El “Andrés, no mientas otra vez” que Lasso le espetara a Arauz en pleno debate fue efectivo en clave de “meme drop”, simpático y pegadizo, que detrás de su aparente frivolidad escondía una acertada estrategia: cercenar la credibilidad de Arauz. Además de ese eje, Lasso logró mostrarse como lo que no es. Apenas dedicó tiempo a sus propuestas. Evitó cualquier posibilidad de dispersión en sus mensajes (fue repetitivo hasta aburrir). Centró toda su atención en “pescar” a la mayoría del electorado de Hervas (quien había sacado 16 puntos en primera vuelta) y a parte de lo que habían alcanzado los otros candidatos (13 puntos). Y lo logró. A eso hay que añadir que le agregó una mayor dosis de épica a su campaña, en base a la “remontada”. Esto contrastó con la campaña de Arauz, más plana y confiada, y que tuvo dos defectos: por un lado, creyó que la línea de meta se alcanzaba después de superar todos los obstáculos para llegar a inscribir la candidatura (por todo lo sufrido hasta entonces) en vez de haberla considerado como punto de partida; y, por otro lado, el inesperado resultado de primera vuelta los tuvo más de un mes paralizados. Un tiempo perdido que nunca es fácil de recuperar en una campaña electoral tan competitiva.

En tercer lugar, se constata que un frente es únicamente un frente real cuando está compuesto por diferentes partes; no se puede formar pareja con uno mismo. El correísmo lo intentó, pero en ningún momento lo pudo materializar. Desde primera hora esta idea, la necesidad de ampliar, no fue del todo genuina y sincera. La resaca de la traición de Lenín supuso un freno para la consecución de este objetivo. La desconfianza es siempre adversa al deseo de sumar a nuevos actores. El correísmo acabó siendo el correísmo en su esencia, y eso alcanzó para ser primera fuerza en primera vuelta pero no para ganar en la segunda.

Las movilizaciones de octubre de 2019 siguen dejando una huella imborrable en el tablero político en Ecuador: lo ha reordenado con evidentes consecuencias electorales.

En cuarto lugar, el relevo es una partida no saldada. La sucesión no es una cuestión baladí, ni en la vida, ni en la política. Es un asunto que al interior del progresismo latinoamericano en este siglo XXI aún cuenta con poca muestra como para extraer conclusiones robustas. Cada proceso lo hizo a su manera: Cristina con Alberto, Evo con Arce, y en el caso ecuatoriano estábamos en el segundo round, Correa con Arauz. Este es un estadio lleno de complejidades porque no está exento de dialéctica; es pseudogramsciano porque convive un liderazgo consolidado con otro que está en fase de nacer. Si esto tiene lugar en época electoral, entonces, todo se torna aún más difícil. Y no siempre sale bien. Esta vez, a la luz de los votos, no fue lo virtuoso que podría haber sido.

En quinto lugar, el doble filo del lawfare. Lo hubo. El correísmo lo sufrió hasta el extremo. Correa no pudo presentarse como candidato y le han abierto muchas causas judiciales con y sin sentencia, pero todas ellas sin base alguna. Además, buena parte de sus líderes están exiliados, casi todos ellos perseguidos judicialmente. Todo eso ocurrió, aunque no todo puede ser explicado en base a ese proceso. Si un asunto (en este caso, el lawfare) funge como argumento monopólico, entonces se corre el riesgo de sobredimensionarlo, creyendo que todo, absolutamente todo, puede ser interpretado desde esa óptica. El lawfare existe, sí, es un asunto de gran trascendencia, pero considerado en modo monotema puede llegar a atrofiar la capacidad para advertir lo poliédrico de un fenómeno. (Y, por cierto, un detalle: la ciudadanía, en general, no desayuna lawfare).

En sexto lugar, el efecto Lenín. Por muy paradójico que parezca, un notable porcentaje de la ciudadanía aún le achaca a Correa la responsabilidad del nefasto gobierno de Lenín. Es paradójico porque el presidente Lenín cogobernó con Lasso y persiguió sin cesar al correísmo. Sin embargo, hubo una mayoría de electores que asumió que Lenín es, en parte, la “continuidad” del correísmo.

En séptimo lugar, ¿se conoce a la clase empobrecida? El término “clase media” puede ser útil en un enclave geográfico y momento histórico. Pero no siempre sirve. Si se usa en exceso, es muy probable que se cometa un gran error: no sintonizar con la lógica aspiracional de las mayorías, con sus sentidos comunes, con su lenguaje y sus códigos dominantes. Es probable que algo de esto haya sucedido en Ecuador: Arauz estaba preocupado por esa población pero, en cambio, no logró una conexión con ellos como para permitirle ganar la elección.

Son muchas más variables las que se necesitan para entender por qué la ciudadanía ecuatoriana optó por elegir como presidente a un banquero (medios de comunicación, asimetría en el gasto en pauta publicitaria, etcétera). Todas serán determinantes en lo que venga a partir de ahora. Lasso ganó la elección en esta segunda vuelta, pero su futuro estará en gran medida condicionado por si acaba padeciendo “la enfermedad de Macri”, esto es, creerse que su fuerza política es proporcional a los votos obtenidos en segunda vuelta. Confundir votos propios con votos prestados conlleva a una sobreestimación de sí mismo, que hace que se quiera gobernar como si tuviera mayoría. Y no. Lasso es la quinta fuerza en número de escaños en la Asamblea Legislativa, y casi nueve de cada diez no lo votó en primera vuelta (obtuvo sólo 15% de votos totales) seguramente porque no quieren un plan de gobierno neoliberal.

Alfredo Serrano Mancilla y Sergio Pascual integran el Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (celag.org).