En un momento en que América Latina busca nuevas formas de insertarse en la economía global, la visita de la Promotora del Comercio Exterior de Costa Rica (Procomer) a Uruguay, prevista para fines de abril, no debería leerse como una agenda más de reuniones empresariales. Es, en realidad, una señal de hacia dónde se están moviendo las economías que decidieron apostar por el talento, la innovación y las industrias creativas como motores de desarrollo.

Costa Rica lleva décadas construyendo ese camino. Lo ha hecho con una estrategia consistente: apertura comercial, atracción de inversión extranjera, fortalecimiento del capital humano y, más recientemente, una apuesta decidida por sectores intensivos en conocimiento. Los resultados son claros. Hoy, su sector exportador no solo crece en volumen –con cifras que alcanzaron los 34.700 millones de dólares en 2025–, sino, sobre todo, en calidad: más servicios, más innovación, más valor agregado.

Pero quizás el dato más interesante no está en los números macroeconómicos, sino en cómo el país ha sabido diversificar su matriz productiva incorporando la economía creativa como un eje estratégico. El sector audiovisual es un buen ejemplo. Entre 2024 y 2025, Costa Rica atendió 133 producciones internacionales provenientes de distintas regiones del mundo. No es casualidad. Es el resultado de una política pública que entiende que las historias, los contenidos y las capacidades técnicas también son exportaciones.

La Comisión Fílmica de Costa Rica –articulada con Procomer– no solo promueve al país como locación, sino que genera condiciones: talento local, servicios competitivos, incentivos, redes internacionales. A esto se suma el Costa Rica Media Market, que en su última edición reunió a cientos de proyectos, decenas de compradores internacionales y cientos de reuniones de negocio y que en su edición 2026, del 14 y 15 de julio en San José, volverá a reunir al ecosistema creativo para descubrir historias, sellar alianzas estratégicas y explorar el talento audiovisual de la región. Es, en los hechos, una plataforma regional de conexión entre creatividad e inversión.

La pregunta que surge naturalmente desde Uruguay es qué podemos aprender de este modelo. Y la respuesta no es replicar mecánicamente una experiencia ajena, sino comprender una lógica: las industrias creativas no son un complemento cultural de la economía, son una pieza central de su transformación.

Uruguay tiene activos relevantes en esta materia. Un ecosistema audiovisual reconocido, talento en tecnología, una creciente intersección entre educación, innovación y producción de contenidos, y una escala que permite articular actores con rapidez. Sin embargo, todavía cuesta consolidar una estrategia integrada que conecte estos sectores bajo una visión de desarrollo común.

En ese punto, el paralelismo entre ambos países es evidente. Tanto Uruguay como Costa Rica son economías pequeñas, abiertas, con estabilidad institucional, fuerte inversión en educación y una apuesta creciente por sectores intensivos en conocimiento. En un contexto internacional marcado por la incertidumbre, la fragmentación de los mercados y la aceleración tecnológica, la cooperación entre países con características similares deja de ser una opción y se vuelve una estrategia inteligente. Articular agendas, compartir experiencias, generar escalas regionales y construir cadenas de valor conjuntas puede ser la diferencia entre competir aisladamente o posicionarse de forma más sólida en el escenario global.

En ese sentido, el encuentro entre empresas uruguayas y la delegación costarricense puede abrir una conversación más profunda: cómo construir alianzas regionales que potencien capacidades complementarias. Costa Rica aporta experiencia en atracción de inversión, mercados internacionales y desarrollo de hubs creativos. Uruguay puede aportar talento, calidad de producción, estabilidad institucional y una fuerte base tecnológica.

La oportunidad está en la intersección. En el cruce entre audiovisual, tecnología y educación. En la posibilidad de producir contenidos regionales con proyección global. En el desarrollo de plataformas, formación especializada y modelos de negocio que integren creatividad e innovación.

Hay además un elemento estratégico que no debería pasar desapercibido: la descentralización. Costa Rica ha logrado que una parte creciente de su inversión se instale fuera de su área metropolitana, generando empleo y desarrollo territorial. Para Uruguay, donde la concentración sigue siendo un desafío estructural, esta experiencia resulta particularmente relevante.

En definitiva, lo que está en juego no es solo la llegada de nuevas inversiones o la concreción de acuerdos puntuales; es la posibilidad de repensar el lugar de las industrias creativas en nuestra estrategia de desarrollo. De entender que el talento, las ideas y la capacidad de contar historias también generan empleo, exportaciones y posicionamiento internacional.

Lo que está en juego no es sólo la llegada de nuevas inversiones o la concreción de acuerdos puntuales; es la posibilidad de repensar el lugar de las industrias creativas en nuestra estrategia de desarrollo.

La visita de Costa Rica es, en ese sentido, una invitación. A mirar más allá de los sectores tradicionales. A construir puentes regionales. Y, sobre todo, a asumir que, en el siglo XXI, la creatividad no es un lujo: es una ventaja competitiva.

Montserrat Vargas es ministra consejera y cónsul general de Costa Rica en Uruguay.