América Latina no puede eludir su condición subordinada. Los viejos condicionamientos geopolíticos, económicos y culturales siguen activos, y sin un esfuerzo genealógico y de construcción de memoria es muy difícil desentrañar cualquier presente. Hablamos de la democracia y soberanía de nuestros países como si fueran asuntos no problemáticos, solo desafiados por los impulsos populistas o por las ambiciones destructivas del crimen organizado. Pero la democracia latinoamericana sigue siendo un nudo atado a razones estructurales y sistémicas, y a lógicas de dominación y desigualdades persistentes.

Sin embargo, nuestro continente se ha transformado radicalmente. Los cambios sociales han configurado una nueva geografía que necesita conocerse con rigor. Seguimos pensando la región como un espacio homogéneo, que va a la izquierda o a la derecha según los vientos, pero, en rigor, nos une un capitalismo periférico que se encarna económica, social y políticamente de maneras muy distintas.

Gabriel Kessler y Gabriel Vommaro han realizado un esfuerzo de investigación para entender la polarización, la antipolítica y la emergencia de liderazgos disruptivos en América Latina. Incorporando un conjunto amplio de países (Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Perú, México y El Salvador), La era del hartazgo es un libro que sistematiza estudios de caso para comprender semejanzas y diferencias en clave más general.1

De un tiempo a esta parte, nos ha dominado el desencanto, y por aquí y por allá han explotado conflictos sociales y políticos. Una economía estancada, un Estado errático, una inseguridad que no retrocede y una corrupción que avanza han dado el tono de realidad a una época convulsa. Frente a los problemas estructurales de larga data, la reacción vino por derecha, y su ofensiva cultural ha tenido –y tiene– una gran eficacia simbólica.

Según Kessler y Vommaro, en América Latina todo eso se ha montado sobre tres grandes escenarios: la polarización ideológica con componentes afectivos (los rivales se degradan moralmente), el desencanto generalizado y la polarización en temas centrales como la economía, la inseguridad y las desigualdades de género. Los autores plantean el problema de la polarización (qué tan intensa es, si proviene de arriba o de abajo), y cómo las crisis de los llamados gobiernos “posneoliberales” ambientaron la emergencia de una derecha mucho más radical. Si bien el centro político no desaparece, se ha quedado sin representantes institucionales fuertes, ya que los polos lo traccionan y lo neutralizan en sus capacidades de poder. La polarización siempre ha estado presente en América Latina, solo que ahora se despliega en nuevos escenarios y responde a cambios profundos en la estructura social.

La crisis del neoliberalismo de principios de siglo habilitó un giro a la izquierda que coincidió con un notable período de expansión económica. Luego del freno, las experiencias progresistas terminaron mal (con la excepción relativa de Uruguay), y hubo un vuelco hacia la derecha que todavía sigue vigente y que está muy lejos de ser conjurado. Durante el último tiempo, todos esos procesos se han encuadrado, según los autores, en los siguientes escenarios: países con polarización ideológica con componentes afectivos (Argentina, Brasil, Uruguay); realidades de desencanto generalizado (Colombia, Chile, Perú); casos de polarización centrados en las figuras de líderes emergentes (México, El Salvador).

A su turno, cada uno de los países ofrece un rasgo singular. Argentina mantiene sus clivajes tradicionales de polarización, aunque se ha debilitado el polo peronista. Las cuestiones distributivas mantienen centralidad, y el liderazgo de Javier Milei radicaliza y extrema la vieja polarización, al tiempo que se verifica un giro hacia la derecha de los más jóvenes (en particular, los varones). En Brasil, también los temas económicos tienen primacía, y la radicalización que terminó con el ascenso de la figura de Bolsonaro comenzó a gestarse en dinámicas sociales que explotaron durante las gestiones del Partido de los Trabajadores (PT). En Colombia no es posible hallar consistencia en las posiciones ideológicas; la división de las élites convive con un desencanto generalizado de las masas, y la incidencia del histórico conflicto armado ha impedido la conformación de coaliciones de centroizquierda (al menos hasta la llegada de Gustavo Petro a la presidencia). En México también se reportan altos niveles de desencanto con la política, percepción arraigada de corrupción y autoritarismo, y la presidencia de Andrés Manuel López Obrador operó como un fuerte factor de polarización. En Chile, la crisis política que desembocó en el estallido de 2019 implicó un escenario de “politización sin identificación”. La crisis de los partidos tradicionales posibilitó una polarización con distanciamiento y una consolidación del eje izquierda-derecha, que decantó hace algunos meses hacia posiciones de extrema derecha. Perú muestra una profunda desafección del régimen democrático, un distanciamiento ideológico, una fascinación por los extremos, en el contexto de una democracia dañada desde adentro, tanto por la autodestrucción de las élites como por la configuración de identidades negativas que polarizan a la propia sociedad.

Una política en clave contrahegemónica tiene que hacerse dos preguntas esenciales: ¿a quiénes representar? ¿Qué proyecto normativo es posible desplegar para introducir cambios estructurales?

Pero el caso verdaderamente atípico es El Salvador. Amparo Marroquín y Carlos Orellana despliegan un revelador análisis del proceso salvadoreño reciente. El largo desencanto social con los partidos tradicionales permitió la emergencia de la figura de Nayib Bukele, quien de inmediato rompió con el pasado y generó una excluyente identificación con el futuro. Sus niveles de popularidad, construidos a partir de una política punitiva en el campo de la seguridad, fueron de la mano con una sociedad que ya se había volcado a la derecha. Las ocultas negociaciones con las pandillas (siempre negadas), que terminaron en una ruptura en 2022 (y que hicieron subir nuevamente los homicidios), permitieron luego la introducción del estado de excepción. En un tiempo corto, se construyó una autocracia de derecha, promercado y punitiva, basada en la propaganda, la improvisación programática y el personalismo populista. El liderazgo de Bukele tiene componentes histriónicos y se construye cuidadosamente bajo criterio de teatralización. Es un presidente influencer que proyecta una imagen de celebridad, y que en esa lógica obtiene sus adhesiones. En la base de ese modelo supuestamente exitoso, lo que hay es un desprecio por la democracia, una captura de las miradas colectivas, un monopolio de la denominación de las cosas, una negación del conflicto y una promesa de futuros prodigiosos. Mientras por aquí muchos son seducidos por la popularidad de Bukele, lo cierto es que El Salvador está atravesado por una polarización y un conflicto en torno a la figura del líder que son más bien intersticiales, que hay que leer entre líneas. Un microfascismo extendido y una tecnoutopía como “régimen de ceguera” son algunos rasgos singulares de una experiencia sin dudas única.

En El Salvador se ha hecho explícita la cultura punitiva y autoritaria. La definición de un enemigo a ser eliminado cosecha apoyos, tanto como la glorificación de las fuerzas del orden (en especial, el ejército). Los discursos del orden y la autoridad del soberano han revivido dentro de una sensibilidad moral que es foco de irradiación hacia fuera del país (“música para mis oídos”, ha dicho alguna vez Sergio Berni, exsecretario de seguridad de los gobiernos peronistas). La experiencia de El Salvador parece funcionar solo allí, aunque ha tenido una exportación ideológica que asume que el delito efectivamente puede ser controlado y reducido por la violencia de Estado y la negación de las más elementales garantías. La combinación de eficacia y popularidad se hace irresistible para una lógica política contorneada por el realismo y la debilidad programática. Pero la base de sustentación de todo eso constituye la negación misma de cualquier proyecto normativo aceptable.

Como investigación colectiva sobre América Latina, La era del hartazgo es un aporte revelador. Analizar en profundidad los casos y obtener comparaciones esclarecedoras es la contribución que la investigación social puede hacer para comprender los cambios políticos de los últimos años. Sobre ese trasfondo, el caso uruguayo exige una mirada específica, pues la política por aquí viene sufriendo embates significativos.

En definitiva, trabajos como este son los que ayudan a pensar las posibilidades y las limitaciones de la propia acción política. Sin embargo, también son una invitación a mirar más allá, a poner el ojo en los cambios a nivel de la estructura social, de la recomposición de clases y de las nuevas representaciones sociales que sostienen la trama moral de nuestras sociedades. Una política en clave contrahegemónica tiene que hacerse dos preguntas esenciales: ¿a quiénes representar? y ¿qué proyecto normativo es posible desplegar para introducir cambios estructurales? Desafiar el peso de las coacciones, del poder mudo y de la ausencia de esperanzas solo será viable a partir de un sólido programa de conocimiento de las claves más escondidas del presente.

Rafael Paternain es sociólogo e investigador del Departamento de Sociología de la Facultad de Ciencias Sociales.


  1. La era del hartazgo. Líderes disruptivos, polarización y antipolítica en América Latina. Gabriel Kessler y Gabriel Vommaro (compiladores). Buenos Aires. Siglo XXI. 2025.