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la diaria

Fuera de sección

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Rotos

Sí, ya lo dijo Mateo: “Esa tristeza que tienes / viene de un rostro cansado”. Esto no es uruguayez al palo, y sí lo es. Ya no se trata de una melancolía poética ni de decir que vivimos agónicos; tampoco de quedarnos con el podio de los primeros puestos en algunas estadísticas mundiales: whisky y suicidio, y creo yo que cocaína. No puedo ahora hacer una estadística de todos los consumos que llaman “problemáticos”, pero sí quiero detenerme en algo que hace tiempo me viene rondando. Y que no tiene que ver con detener el ojo en los pobres, los lúmpenes, los descarriados, los caídos del sistema (o nunca subidos), sino con un nosotros un tanto huidizo, pero bastante identificable.
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Pesadilla psicolaboral

En mi tierna infancia supe someterme al famoso test de Rorschach. Una psicóloga me mostró unas láminas con distintas manchas de tinta que tenía que describir según mi imaginación. Para mí no requirió demasiado esfuerzo, ya que tenía vasta experiencia viendo figuras en una mancha de humedad que adornaba mi cuarto de Santa Lucía del Este (aunque en esas instancias de veraneos largos no sentía la presión por contestar). Recuerdo que aquel test fue casi como un juego. Imaginaba que por ese lado podía venir una prueba psicolaboral para un puesto estatal: miro unos dibujitos, escribo el primer divague que se me ocurre, y afuera y bailando. Qué esperanza.
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La izquierda desaparece

Para sobrevivir como práctica, la izquierda debe amputarse la identidad; para sobrevivir como crítica, debe amputarse el discurso. Debe hacer como la derecha: renovar la estética sin perder la ética. O como dice que hace la derecha: no hablar, hacer; renunciar a decir “soy la izquierda”. ¿Por qué? Porque si un candidato a presidente puede decir “soy de izquierda” y “soy de derecha” en la misma oración sin que la opinión pública concluya que es un cínico o un delirante, hay que asumir que la marca “izquierda” ya no sirve, caducó, con el perdón de los buenos señores franceses que se sentaron de ese lado en la Asamblea Nacional Constituyente hace más de 200 años.
Ciudad de México, ayer. Foto: Pedro Pardo, AFP

Abjuraciones

Me declaro incapaz de entender las reglas del juego. Írrito en cualquier declaración que se aproxime a comprender el mundo. Roto o ni siquiera armado ante las explicaciones globales que me dejan atónito, al levantarme y mientras espero el chiflido de la caldera, escuchar cada día la nueva caída. Asumo la ineficacia de mi lengua y de casi todos los lenguajes, excepto los de la destrucción, la maldad y la guerra, ante la maquinaria feroz que, en distintos planos, nos devora por tierra, por aire y por mar.
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¿A qué juegan?

Cuando escuché la noticia de la muerte de Hernán Fioritto le mandé un whatsapp a un amigo de Santa Lucía que me respondió: “Estoy llorando”. Comencé a pensar en la ciudad, pero sobre todo en la comunidad que conozco desde hace siete años: el liceo. Me impactó la distancia entre la noche de mi viernes en Montevideo y la de tantas familias y amigos que en Santa Lucía debían de estar saliendo de casa en casa, a la puerta, a conversar, a encontrarse con los ojos del otro, que es la forma de encontrarse cara a cara con el dolor. Recordé una frase de la carta que hizo pública Agustín Lucas hace unos días a propósito de otro tema, pero que me había quedado resonando: “Pongo mis manos a disposición. También mis pies”.
Cementerio Dolores, ayer, en Ciudad de México. Foto: Alfredo Estrella, AFP

La finitud y sus relatos

Quizá una vez tomarse el Día de los Muertos en serio y, todo lo contrario, festejarlos por la existencia que tuvieron. Copiarles a los mexicanos la fantasmagoría que ofrenda el estatus de persistir en el recuerdo, bailando y bebiendo, o que anden por allí, en las cocinas, los patios y las calles, con la mejor herencia que un difunto nos puede dejar: la de un abrazo, tres carcajadas y la conciencia de la finitud. (Olvidemos a los malos o a los que nos hicieron daño).
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Tic, tac

Está de moda correr. No es nuevo, viene de hace años. Hasta hace poco, las principales agencias publicitarias de este país creían en que la mejor forma de vender cualquier cosa -desde championes deportivos hasta hamburguesas, pasando por el cambio de matriz energética y la conciencia sobre del flagelo del cáncer de mama- era organizar una carrera. Y no se equivocaban. Siguiendo una tendencia que bajaba goteando desde el primer mundo, los fines de semana de otoño y primavera miles de uruguayos ocupábamos las calles, cortábamos la rambla (ganándonos el insulto de los automovilistas) y formábamos las coloridas coreografías destinadas a ser la materia prima de los fotógrafos empleados por las marcas organizadoras para agregar valor a la masa y producir las bellísimas imágenes dignas de Leni Riefenstahl que luego ocupaban los espacios contratados por esas mismas marcas en las secciones deportivas de los principales medios de circulación nacional.
Georgina Orellano durante un escrache de la Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina, el 1º de agosto, frente a la organización La Alameda. Foto: ammar.org.ar, s/d de autor

A mucha honra

La vi en 2013 en un estrado minúsculo frente al Congreso argentino. Era una concentración pequeña en el lugar físico y simbólico de las concentraciones más populosas y populares de Argentina. Hacía tiempo que una proclama, un discurso y una voz cantante no me dejaban con la boca abierta en relación con la prostitución, el machismo y los feminismos. Era la voz de Georgina Orellano, que en su perfil de Facebook (abierto) se muestra con su nombre y la bajada: “Puta Feminista Peronista” (y también como “dama de compañía” y “trabajadora sexual”). Es la secretaria general del sindicato de meretrices de la Argentina (Ammar-CTA).
Foto: Iván Franco

El famoso apretón de manos

Con esfuerzo mayúsculo, dejemos de lado a los muertos de cada día, a las víctimas y victimarios, y en paz por un segundo a los deudos de la violencia social. Pensemos en esa máxima que dice que el lenguaje construye realidades. O crea percepciones, formas de estar, de hacer, sensibilidades. Y que toda expresión puede ser utilizada para sostener una idea o su contraria, según el contexto en el que es emitida o según quién la enuncie.
Plaza Independencia previo a la Marcha de la Diversidad, el viernes. Foto: Iván Franco

Resistencias universales

Realmente me resulta tedioso tener que escribir estas líneas. Hace años que las vengo escribiendo y, como decía Pedro Lemebel, “poniendo el culo, compañero”. Una cosa es abrevar en la crítica del peligro que comporta que cualquier movimiento social sea cooptado por el Estado y sus instituciones, y otra, muy distinta, el salirle al cruce a discursos de la intelligentsia vernácula que, ante reclamos también discursivos pero paridos por la ignominia, la injuria, el golpe o la discriminación -y que habitan los cuerpos, las mentes y el espíritu de los injuriados y los vuelven objeto, ya no sujetos de violencias, leves o extremas, pero definitivamente mayores que las del que no las padece-, intentan hacer visibles esos ataques cotidianos e históricos que han encorvado las almas y que dictan prácticas bajo la pancarta de la universalidad .