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la diaria

Fuera de sección

Foto: Iván Franco (archivo, marzo de 2016)

Declaraciones y después

No es ninguna novedad que nuestras prácticas y discursos pocas veces (escasas, diría) coinciden, se hacen carne en uno, copulan y, de forma gourmet, son el perfecto maridaje. Decimos, protestamos, interpelamos, disputamos los discursos y luego, bueno, la vida, que tritura en pedazos toda elocuencia, oratoria, deber ser, coherencia. Esa palabra, coherencia, también hace años me tiene a mal traer, y me resulta tan petulante como el dictamen de un juez que se ajusta a la ley y desconoce la fisura que los humanos inevitablemente tajeamos en los papeles muertos pero que siguen operando en nuestras vidas.
Foto: Miguel Schincariol, AFP

La marea

I. El disco mostraba la cabeza de Vinicius y Toquinho de perfil. Recuerdo el efecto tangible al pasar la yema de los dedos sobre el cuello del poeta del whisky eterno, en relieve sobre el cartón. El fondo de la tapa era blanco, celeste, con un mar de viento y un cielo azul. En mi casa se escuchaba “Um pouco de ilusão”, bagayeado por mi madre desde la Barra do Quaraí. Brasil daba vueltas en el tocadiscos y ellos me hacían bailar en brazos: “Ando escravo da alegria, hoje em dia, minha gente, isso não é normal”. La luz oscilaba sobre nuestras cabezas, en improvisada danza de piernas demasiado rioplatenses para esa cadencia.
Foto: Juan Manuel Ramos

Sexo, cámara y acción

Hace años, cuando era adolescente y con mis amigos hablábamos de sexo -siempre el de otras personas, nunca el propio, o, cuando menos, nunca el propio como algo personal, subjetivo, interpelante, o sea, como algo diferente al modelo de las películas porno- y alguno de ellos se reía de lo que hacían otros -por ejemplo, “viste que x le chupó la y a p y después estuvo con q”, je je je-, había uno que pedía atención, bajaba el volumen de la voz casi hasta el susurro y decía: “Muchachos, les voy a contar un secreto: algún día, ustedes también van a coger”.
Foto: Iván Franco

Insatisfechos

No me refiero a la queja social porque para mí basta salir a la calle (y le pongo acento al “para mí” porque últimamente parece que todo es cuestión de percepción íntima y que cierto encuentro con la realidad es sólo construcción de relatos) y recibir la bofetada: un niño mugriento, una baldosa suelta, el pastabasero de la esquina, todo el andamiaje casi cósmico (si no fuera ideado por la Gran Máquina y los hombres-máquina) de lo cotidiano.
Vigilia por Jihad Diyab, el viernes, en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Foto: Miguel Rojo, AFP

La Palabra o las palabras

Famosamente, el libro sagrado de los musulmanes fue dictado por el arcángel Gabriel a Mahoma. Al principio, las palabras del Corán estuvieron grabadas sobre hojas de palmera o en cueros animales, pero después de la muerte del Profeta, en el año 632 dC, sus seguidores juntaron y organizaron esos fragmentos y les dieron la forma que tienen hoy.
Foto: Iván Franco

Fotografías de la inclemencia

Vuelvo sobre el hogar, el que sea: el familiar, el compartido con amigos, el del solitario a su medida. Los hogares que nos resguardan de estas tormentas hermosas y feroces, y los que serán destruidos. Miro la ventana cerrada a cal y canto, y el palo que coloqué entre su pestillo y la pared para que resista el envión sin tregua de los vientos del río.

Ninguna derrota

Hay algo que una vez me dijo una amiga veterana y que más sabe por diabla. “Toda generación cree que es la generación perdida”. La frase me dejó pensando por años y todavía me acompaña. Hablábamos entonces de las generaciones que rondan la madurez (los 30 años), que tienen una formación cultivada, que están insertas en cierta cultura política que dobla a la izquierda.
Mulholland Drive.

Sos de película

¿Qué pasaría si cada semana, cada día, habláramos de lo que ciertamente nos pasó o nos conmueve, y ese diálogo, o ese sentir mudo, nos trajera de los pelos hacia una narrativa de la existencia que no estuviese marcada por ninguna agenda, ninguna imposición de temas? No pienso en olvidarnos esta semana de Dilma, de todas las estafas mundiales, del mal vivir de una sociedad, de lo que nos aqueja como colectivo. (Abro el paraguas, lo cierro y sigo).
Foto: Cyro Giambruno, Camaratres

Caballos, víctimas y espectadores

Cuando era niño sólo sabía una cosa de la dictadura: estaban prohibidos los cumpleaños. Me lo había dicho mi madre expresamente: “Mauri, en aquella época no podías festejar los cumpleaños porque la Policía no te dejaba hacer reuniones con más de cuatro personas. Así que imaginate, un cumpleaños con cuatro personas, tremendo aburrimiento”. Cuando pensé en escribir este texto, hace unos días, le pregunté por qué me lo dijo, pero no se acuerda.