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la diaria

Fuera de sección

Hubiérase dicho. Foto: Reinaldo Altamirano

Los intelectuales no lloran

No están llorando. Ya ni lagrimean. En todo caso, se quejan o hacen la mueca del cocodrilo. Los intelectuales (los críticos y los militantes, los cítricos, quizá muchos artistas) sólo están pensando en unas cosas y en ninguna otra. Ninguna otra: la vida y sus dignas lágrimas, el amor, la soledad, la ausencia.
Ciudad Vieja. Foto: Iván Franco

Narrativas contemporáneas

Hoy les voy a mentir a todos. Les voy a decir a los interpeladores del no que al final tienen razón, que soy yo quien ve las cosas tristes, que mi mirada está detenida en la crítica sin devenir histórico de este Uruguay que prospera y que se viene construyendo contra viento y marea; algo que yo no puedo ver ni percibir.

Lado B

Y llegó el día. No tengo de qué escribir. Miren que me pagan un sueldo pomposo, ¿eh? Carretillas de plata. Pero no se me ocurre nada. De todas formas, tengo una carta bajo la manga. Peñarol inteligencia. Busco en la computadora un documento que se llama “inicios”, en el que agrupo enunciados que me vienen a la cabeza todo el tiempo y que me resultan fonéticamente atractivos, aunque no significan nada. Son semillas en una bolsa. Sé que si tiro una en el papel y le pongo amor, algo va a crecer.
Foto: Pablo Nogueira

Cumplirán con el “muéramos”

Es de noche y hace días que unos asuntos me rondan, y me rondan de manera tan compleja que es la cuarta vez que empiezo este texto. Ya empecé por Macarena Gelman, por la reciente muerte del ex ideólogo tupamaro (ministro de Defensa Nacional hasta hace unos días) Eleuterio Fernández Huidobro, por los militares de la dictadura y los actuales, por los desaparecidos, por ex guerrilleros amigos que están vivos, por todo eso junto. Hace días o años que creo que vengo construyendo este texto, pero sólo puede construirse, pienso o siento ahora, a medida que se escribe.
Mercado del Puerto, el domingo. Foto: Iván Franco

Vocación y afecciones

Por estos días egresaron dos generaciones de médicos de la Facultad de Medicina (pública) y no hay quien no tenga uno que ande cerca. Vaya a saber por qué especialidades optarán; si serán obstetras, cirujanos, médico-psiquiatras o cualquiera de las ciencias que se dedican a auscultar nuestros cuerpos como piezas de relojería o de puzles gigantescos que, si bien parecen estar conectadas unas con otras, cada vez adquieren, a su vez, mayor autonomía. No es el lugar ni el momento de acusar a la hiperespecialización y todo lo bueno o malo que conlleva: cuerpos diseccionados hasta lo microscópico, peleas por chacras especialísimas, mayor prestigio de ciertas disciplinas en detrimento de otras, más o menos poder simbólico y económico.

Antes de la economía

Ya se ha hablado de la brutal expresión “sinceramiento de la economía”, atribuida al ministro de Hacienda y Finanzas argentino. Ese título introduce la intención de reacomodar en forma realista, sana y pragmática una orientación y un estilo populistas que habían creado la ficción o la ilusión torcida de que un docente podía comprarse un auto, o que un administrativo podía pagar vacaciones en Uruguay o en Brasil. Se trataba de una ilusión infame, pero no tanto por estar apoyada en la corrupción, en el tráfico mafioso de dinero, influencias y armas, en el maquillaje y el ocultamiento de cifras, en la irresponsabilidad y desprolijidad administrativa, sino, sobre todo, por carecer de principio de realidad.
Foto: Iván Franco

Sólo inicios

Abro los ojos y siento un titilar en las córneas que se conecta sutilmente, por un conducto directo, con la boca del estómago. Tapado hasta el cuello y después de dos días completos metido en la cama, una lámina transparente y acuosa me indica que debería dormir una semana más. Es demasiado patético esto de despertar con la tristeza pegada a los párpados, con la garganta acogotada. ¿No podría despertar y ya, sin ninguna sensación trágica, sólo pensando en preparar un desayuno, darme una ducha, elegir una camisa? A veces sólo es el café (el futuro aroma: un futuro de cinco minutos) lo que logra sacarme de la cama. Y siempre es la obligación para con otros, con el mundo. Si de mí dependiera, entraría en un estado indeterminado de sueño por decreto. En perfecto lenguaje leguleyo o bíblico, me daría la orden: “Dormirás”.
Foto: Pablo Nogueira

Tantos calibres

Qué difícil sacarle el cuerpo a la realidad, a los datos como dagas, a lo que ya por consabido no queremos decir más, ese asunto irresoluble: la muerte dada por voluntad propia. Nos seguimos matando. Matando a cara de perro, porque sentimos que la vida ya no vale ni un minuto, por desesperación, por angustias de tantos calibres. El asunto ahora no versa en la decisión absoluta sobre el destino de nuestros huesos y la conciencia cierta de que uno no quiere vivir más. Aunque también sobre eso podría decirse. El viejo tema del más radical y manifiesto acto de libertad (le pese a quien le pese y le duela a quien le duela) del que es capaz un individuo. Muerte por mano propia del propio cuerpo. Silencio, respeto.
Foto: Iván Franco

La vida de los otros

Vi "Relatos salvajes" hace dos años, un viernes de noche y luego de un día pesado. Había leído algo sobre la película y conocía al director. Por ende, suponía que iba a funcionar como el disparador de la risa catártica y alienada que estaba precisando. Además, los asientos del cine eran cómodos, había aire acondicionado y pantalla gigante. El hecho es que antes de que terminaran los avances mi cerebro ya se había entregado de pies y manos a la matriz, como una ovejita al matadero.
Foto: Iván Franco

Que los cuerdos digan yo

Siento en la madrugada el gemido temeroso de un gato. Ahora, en este momento. Ese gemido o ese grito de celo que salta de una azotea derruida a otra en la Ciudad Vieja. Se hace más intenso a medida que lo escribo, como si ese lamento o pedido de vida o muerte, no lo sé, me quisiera decir algo. Ese gemido que ya sabemos que se parece al de un niño recién nacido abandonado en una volqueta. Un temblor como pocos. No puedo pensar en las miles de fotos e imágenes de gatitos cariñosos o traviesos que aparecen en Facebook y que han devenido en la bondad del hombre que los fotografía y de los animales que son fotografiados. Ese maullar desesperado se parece al más penoso grito de auxilio o al sexo impudoroso de las bestias.