Fuera de sección - la diaria:

Fuera de sección

Foto: Iván Franco

La sal de la vida

Quiero llorar y no puedo. Estoy anestesiado. Mis brazos en alto se cayeron en la adolescencia y luego sólo tengo impulsos de furia y ataques de palabra. Quiero llorar por los cincuenta hombres tirados en la calle que conté hace una noche en un recorrido de cincuenta cuadras; por todos los cantes que ya no son nombrados; por la anciana que con una vergüenza inconmensurable le preguntaba a la cajera de un súper lleno de empleados explotados si podía hacer una compra por cien pesos con la tarjeta del Mides. Tengo miedo a vivir con miedo; me tengo miedo a mí mismo; tengo miedo por mí.
Foto: Santiago Mazzarovich

Guaranguito de extramuros

La reaparición de Héctor Amodio Pérez/Walter Correa (su identidad española), para los que no fuimos contemporáneos de la existencia previa que hasta ahora le conocíamos, parece más bien el desentierro de un personaje literario, o al menos el de una non fiction local un poco esperpéntica. No hubo que ir a sacarlo de ninguna vitrina: volvió solito a los pagos donde alguna vez fue cacique tupamaro.
Foto: Federico Gutiérrez

Cliché con ritos

No sé si es por ósmosis ritual y cultural o estupidez propia que voy a escribir la palabra que sigue: nostalgia. Lo cierto es que estoy escribiendo un 24 de agosto y esa fiesta que los uruguayos festejan se me cuela en el cerebro y me hace pensar todo el día en imágenes, interpelaciones, pavadas por decir. La nostalgia es el verdadero sentido innato de esta cultura. Es Maracaná, la educación pública, aquellos años en los que fuimos jóvenes y, si no bellos, al menos vigorosos.
Foto: Iván Franco

Yo maté a mi psicóloga

A los psiquiatras no les gusta nada que uno a veces quiera drogarse por su cuenta. En todos mis años de drogadicción forzosa me han hecho cócteles de todo tipo: si éste te hace demasiado zombi pará que te subo un poco más el otro; si el otro te da más ganas de matarte que nunca te lo cambio por aquél; ¿aquél te hizo subir diez kilos en dos meses?, no hay problema, te lo cambio por este otro.
Foto: Santiago Mazzarovich

El hombre mate

El ómnibus va repleto. Cada uno en un mundo: el que se ve por la ventanilla; el que está fuera del libro que se lleva entre las manos; el denunciado por la mirada perdida o fija en un punto de la existencia o de la cena; el pragmático, ese que se toma fuerte del pasamanos para no caer sobre otro cuerpo aunque mira de reojo, sabiendo que los otros existen y deseando que no existieran, vigilando tenazmente al que está a cinco centímetros del asiento que puede quedar vacío porque la mujer empieza a acomodar su cartera y se arregla el saco mientras ponemos en juego el impulso animal: ganar ese asiento.