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la diaria

Fuera de sección

Foto: Pablo Nogueira

Una vida, 8.967,50 pesos

Siempre me asombró cómo a partir de ciertas categorías o clasificaciones, las personas, de pronto, son convertidas en otra cosa. Un niño, un imberbe; un jubilado, un viejito. Para el primero, una laptop; para el segundo una tablet. Una ilusión de realidad o de democracia compensatoria y comprada con un convencimiento sordo acerca de su carácter de integración universal. Todos sabemos de jubilados que van y toman la tablet porque sí, porque de arriba, un rayo. Miles se las dan a los nietos para que jueguen o dejen de hacerles preguntas que ya no tienen ganas de contestar, porque descubrieron que miles no tienen respuestas y que vamos a andar por la vida como un trompo maníaco tras los grandes asuntos que, de tan grandes, se pierden en su destino.

Pasiones alegres

Hace poco, el editor de la revista mexicana "La Tempestad" me invitó a escribir sobre la alegría para un dossier sobre ese tema, pensado oblicua o directamente a través del filósofo Baruch Spinoza (1632-1677). Dudé mucho qué responderle, porque además de que no soy una especialista en el filósofo en cuestión, no tengo una relación del todo feliz ni estable con la alegría. Decidí escribir, no desde el lugar de experta sino de practicante insistente, casi de creyente, de esta palabra tan difícil de nombrar hoy y tan necesaria de hacer verbo.
Foto: Javier Calvelo

Cómo conversar con un fascista (II)

Tengo un pensamiento muy intelectualizado con respecto a la inseguridad. Creo que la revolución tecnológica en que vivimos desde hace 40 años ha vuelto obsoleta, desde el punto de vista económico, a una enorme porción de la población mundial, y creo que eso ha sucedido, además, debido a la paradoja de que la propiedad privada impulsó esa revolución tanto como evitó un reparto más racional y equitativo de sus frutos. Creo que esto ha provocado la guetización de la gente que le sobra a la economía, y que la lucha por la superviviencia en esos guetos ha naturalizado la violencia como forma de relación.
Foto: Victoria Rodríguez

Historias máximas

Durante meses una historia o una imagen anda en la cabeza de uno. Por algo te rondan, se presentan cada tanto, golpean la puerta de la conciencia, así parezcan inrrevelantes o más cotidianas que esos adolescentes que fundaron la secuencia: en una parada de ómnibus, alrededor de las diez de la noche, en la calle Justicia, cinco o seis varones con una cerveza que gira de boca en boca. Una cerveza comprada a fuerza de monedas, de vaquita. Nada raro. Los adolescentes en este país (seguro que en otros cientos también) beben en la calle una cerveza o un litro de vino compartido desde que yo tengo memoria.

Advertainment

No sólo a la publicidad le interesa pasar un mensaje que transforme la realidad y las conductas: de hecho, gran parte de los debates de política y de arte son sobre cómo hacerlo. Desde el teatro panfletario al teatro publicitario pasando por las campañas de caridad o de concientización sobre causas ecológicas, higiénicas, sociales o políticas, actores privados, mixtos y públicos exploran formas de comunicación social que funcionen. La teatralidad parece ser una herramienta versátil para más de un mensaje. Y para más de un contexto.
Foto: Iván Franco

Sensaciones

Nos estamos espabilando. O ya estamos enterados hace tiempo pero da dolor de cabeza (y de tripas, claro) que lo que parecía empiece a desaparecer. A los que más les cuesta asumirlo -es comprensible, porque de alguna forma sería abjurar- es a los que en su alfabeto vital utilizan palabras como “sueños” o “proyectos”: algunos militantes como bodoques, viejos repetidores del dial (y no precisamente por la edad que tengan), mercenarios discursivos y a sueldo, y, por supuesto, acomodados de la última década. Esos que, calladitos y con pisada de gacela o gritones y con parlantes rentados, le hacen el juego a la izquierda (y decir “izquierda” ya es toda una concesión o un regalo inmerecido). O no nos enteramos o somos comunicados pero no nos espabilamos, no tenemos reacción alguna. Somos eternos somnolientes de un puerto triste, esperamos la lotería, acomodamos el cuerpo a las circunstancias, emitimos tres gritos y ya, que venga la próxima. Para qué nombrar todas las manos como tenazas que cada día nos aprietan el cogote si cada uno de nosotros las vive en cuerpo y alma.
Foto: Santiago Mazzarovich

Forlán, Diego

Se fue de Peñarol tras una conferencia de prensa y, al escucharla, supe que había hecho bien, que tenía razón. Sin embargo, como hace dos años, cuando se retiró de la selección mediante una conferencia parecida, había algo que no me cerraba. Lo que me molestaba eran más las cosas “normales” que estaba diciendo que cualquier expresión políticamente incorrecta. Era, sobre todo, el cierre, ese “yo no jugué en Peñarol; salí campeón con Peñarol”.
Conmemoración por las víctimas del tiroteo en Orlando, Florida. Foto: Drew Angerer, Afp

A sangre fría

Hubo algo que en principio me desacomodó, me puso triste pero por su anverso: no sentí nada. Vi la masacre de Orlando posteada en los muros de Facebook y me dije: una matanza más, la de la semana, la del siglo para Estados Unidos, la que ya -de tantas- no me perturba. Como si la muerte de uno, de decenas o de miles en manos de otros fuera lo mismo que la foto del gato que viene en el siguiente posteo. (Eso logra Facebook, pensé también: todo adquiere el mismo estatus).
Mario Levrero. Foto: Eduardo Abel Gimenez

Desde este lado de la venta(na)

Mi posición acerca de la venta de los libros de Levrero estaba dividida, complicada: tenía que estar más cercana a la de los críticos y de los investigadores, que acusaban a la familia de vender al por menor una biblioteca que debería estar preservada en una institución pública para su futuro estudio; sentía que era así, al fin y al cabo estoy acá por eso. Sin embargo no lo hice, no investigué, alejándome cada vez más, muy levrerianamente, de una idea de tesis académica, convencional.
Foto:Iván Franco

“Ignorado perro de la dicha”

Tampoco he escrito tanto sobre el amor como para sentirme en falta con los asuntos sistémicos (la culpa del periodismo progre) si decido hacerlo otra vez. Hacerlo otra vez, en este asunto, se parece a hacer el amor, y hacer el amor es una expresión que roza la antigüedad o el ridículo y está bien lejos del estuvimos (también caído en desgracia) y más distante aún del cojemos o cojimos (estoy militando por cojer con j cuando de hacerlo o estar se trata, sea o no con amor).