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Fuera de sección

Quema de siluetas masculinas en una marcha contra los femicidios, en la plaza Libertad. Foto: Pablo Vignali (archivo, octubre de 2016)

¿Otra guerra de los sexos?

A la vez que se visibiliza, se denuncia, se marcha, se piden respuestas sociales y judiciales y se toma conciencia de la escalada de asesinatos de mujeres por parte de hombres a martillazo, cuchillo, arma o puño alzado, otro asunto también toma relevancia, y no deberíamos dejarlo de lado, en el afán de abordar la tragedia. En el Río de la Plata, sobre todo en Buenos Aires, a nivel masivo y en la voz de aquellas feministas que toman por los cuernos cada nuevo asesinato como reflejo de una sociedad misógina, machista y patriarcal, la cuestión se está convirtiendo discursivamente en un asunto de mujeres.
Foto principal del artículo 'Licencia deseada'

Licencia deseada

La licencia es el reencuentro con el deseo. ¡Y qué difícil es reencontrarse con el deseo! Sé que esto va a empezar sonándole extraño. Probablemente ya esté pensando que de ninguna manera las vacaciones pueden ser un momento difícil, si son las semanas más esperadas del año. De hecho, ahora mismo no ve la hora de que lleguen. ¡Ajá! Ese, justamente, es el primer síntoma de esto que quiero decirle. Sólo espere un poco y comenzará a comprobarlo. En sus primeros días de licencia, el agotamiento del año pasado y la ansiedad por volver a ser el dueño de su tiempo lo llevarán a un estado eufórico. Querrá levantarse temprano para ir a la playa, luego cocinar pescado a la parrilla (¿por qué? ¡usted no sabe nada de pesca ni es buen asador!), evitará dormir la siesta para poder avanzar en los tantos libros que tiene atrasados, a la tarde volverá a la playa con pelota, paletas, tejo y más libros, pero pronto regresará para llegar a tiempo a hacer las compras y cocinar pizza en el horno de pan. ¡Y esto es sólo el principio!
Taxco, México. Foto: Apegé

Personas de montañas y pueblos mágicos

Al rato de salir de Ciudad de México, el ómnibus se transforma en una víbora que serpentea elegante una ruta que son curvas. Así asciende durante más de dos horas hacia Taxco. Uno mira por la ventanilla y todo lo que podía ser miedo (altura, ómnibus al borde de un precipicio) se convierte en asombro y hallazgo geográfico. La vista se amplía hasta límites difusos, y entre montañas y pequeñísimos pueblos -allá abajo, allá a lo lejos, allá en lo alto- algo se ensancha también adentro. Parece que el hombre ha llegado y conquistado, hace cientos de años, el espectáculo de la naturaleza.
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“¿Qué piensa hacer, señor presidente?”

Montevideo también era verde en mi infancia. Podías asomarte a la ventana y ver el verde un largo rato. Arriba, todas aquellas ramas desmedidas. Y si bajabas la vista a la calle y era fecha patria, podías ver también el desfile militar. Iban ruidosos y ordenados. Iban serios y ensimismados. Las piernas subiendo y bajando, sincronizadas y obedientes. ¿Qué pensaban, si es que pensaban? Podías acercar la cara al vidrio y preguntarte eso. Mil veces podías preguntártelo. Las pesadas botas militares sacudiendo el piso. Primero, una hilera de jinetes a caballo; atrás, la masa verde, dura y familiar. Y antes de verlos, los oías. Ese sonido característico. Como si arrastraran a un muerto y lo golpearan al mismo tiempo. Tenías que mirar dos veces para entenderlo. Allí estaban, como cada fecha patria. Verdeando aun más la avenida. Oías y mirabas aquello y lo sabías. No tenía sentido. Nada de eso tenía sentido.
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Eastworld (II)*

-Lo que de verdad no entiendo es por qué le pusiste ese título. ¿Qué carajo tiene que ver? O sea, mucho gre gre para decir Gregorio, pero al final no pasa nada -dice Tea mientras juega con un vaso vacío; lo apoya en un punto de la base y lo hace girar con un rápido movimiento de muñeca. La gracia parece ser que el vaso se mantenga el mayor tiempo posible dando vueltas sobre la fina raya que separa a la fuerza centrífuga de la centrípeta y que, al final, de a poco, muy de a poquito, la segunda se imponga y el vaso vuelva a quedar parado sobre la mesa como al principio.
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Sideral

Cómo relatar o decir lo que no se entiende, lo que no se puede aprehender en unos días o en un mes. Una cultura realmente otra que desorbita los ojos aunque, en primera instancia o aproximación temerosa (no hay que ser temerario frente a lo desconocido), tengamos noticias de los mojones obvios, históricos, fundacionales o turísticos. Pero el inicio toma el riesgo de contar lo consabido o la visita obligada de los íconos de una ciudad, porque uno no puede andar por ahí como si lo supiera todo, como si decodificar una ciudad o un pueblo fuera cuestión de ensanchar la vista y aguzar el oído en unas semanas. Hay que andar con calma, aunque hablemos de lugares comunes, y así evitar pupilas incineradas y escuchas que, por apresuradas, pueden producir sordera.

La (contra)revolución será televisada

Es enero de un año que impresiona nombrar, y lo que todos creíamos un mal sueño que acabaría con una interrupción aún no visible se hace realidad. Donald Trump asume la presidencia de Estados Unidos. Nada pudo detenerlo, pero horas después tienen lugar manifestaciones que señalan que el fin del adormecimiento puede estar llegando.
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Eastworld*

Intuyo que a esta altura del relato la mayoría de ustedes habrá descubierto que lo que acabo de contar nunca ocurrió realmente. Nada. Ni lo primero, ni lo segundo. Es probable que varios estén evaluando abandonar la lectura en este preciso instante. Quédense un rato, nada más. Primero, porque les voy a dar la razón: si bien el nombre del medio en que estoy escribiendo sugiere que las cosas que se presentan en sus páginas pueden hacerlo bajo formas alternativas u opuestas a las tradicionales, en última instancia no deja de ser un diario y todos aspiramos a que las cosas que aparecen escritas en los diarios no sean creaciones de la imaginación pretendidamente reales, a no ser que el propio diario nos advierta explícitamente de ello. Ese es el pacto que firmamos los lectores.
Ramiro Alonso

Piriápolis

Perdí mi último celular hace siete años. Era uno de esos negritos y cabezones que ya por entonces los pibes chetos calificaban de “teléfono del Plan de Emergencia”. Me lo robaron en un subte de esa ciudad que debería ser declarada ilegal, encerrada en una jaula para leones -que, a su vez, debería ser depositada en un contenedor transatlántico y este contenedor asegurado sobre la cubierta de un buque- y trasladada hacia el medio del óceano para luego quedar flotando sobre las coordenadas de latitud-longitud más alejadas de cualquier superficie terrestre; me refiero a Buenos Aires.

El fantasma de la libertad

A fines de la década del 70 y principios de la del 80, casi nadie iba a colegio privado. Había pocos colegios y allí sólo iban algunos, los niños de clase media alta o alta. Niños que se pasaban el día entero en el colegio sufriendo la tortura del doble horario; niños que parecían salidos de una película inglesa, con sus uniformes calurosos y complicados. Tengo la sensación de que en esa época los padres de clase media no esperaban demasiado de la educación (y quizá tampoco esperaban demasiado de los niños, en general). No recuerdo a ningún adulto quejarse por nada, ni siquiera por que en la escuela nos obligaran a hacer 14 maceteros de hilo sisal por año, entre muchas otras cosas absurdas que se reiteraban hasta la demencia. Había que ir, cumplir el horario, no estar en la lista negra, y con eso bastaba.