Esos espacios de construcción de política contribuyeron nada más y nada menos que a la integración regional en su multiplicidad de dimensiones: social, cultural, lingüística.
Liberaron a las intendencias, a los centros educativos, a la misma población, para que decidieran y “manejaran” sus perillas según su saber y entender. Es una convicción que sostienen a capa y espada los gobernantes.
Los discursos religiosos y políticos de determinados líderes que advierten sobre la conspiración detrás de la vacunación contra la covid-19 se multiplican entre las comunidades religiosas.
Debería tomarse esta etapa de recolección de firmas como una meta próxima y palpable, pero comprendida en el marco de una estrategia más amplia, cuyo objetivo de mediano plazo sea la movilización y la organización de la gente.
Las redes sociales pueden pensarse como trampolín para involucrar políticamente a los sujetos, hacerlos sentir parte e invitarlos a dar el salto a los barrios, los comités y locales partidarios.
Por ahora se vislumbra un FA que todavía no ha sabido caer en la nueva realidad de volver a ser oposición, pero que sobre todo aún no logra encontrar la brújula para definir el rumbo hacia un buen puerto.
El FA tiene por delante una autocrítica ya demasiado postergada. ¿Por qué no pensar esta deuda como un hito histórico capaz de dotarlo de un nuevo salto hacia adelante?
La tendencia debe ser que los llamados commutes, es decir, los viajes rutinarios que hacemos para trabajar y estudiar, deben ir transformándose hacia el transporte público.