La ultraderecha global ha incorporado, entre otros muchos rasgos fascistas, un profundo desprecio por el conocimiento científico y, en particular, por las mujeres y hombres que se dedican a la ciencia.

El vicepresidente de Estados Unidos, JD Vance, declaró, hace un tiempo, que “los profesores son los enemigos”. Eso se suma al ataque (y las sanciones) que reciben universidades norteamericanas (¡insospechadas de socialistas!) cuando no se alinean de manera automática a la retórica trumpista o toleran manifestaciones pro Palestina en sus campus.

Convive con estas manifestaciones de desprecio una fascinación de las derechas por las soluciones tecnocráticas. Así, el neoliberalismo y sus variantes neofascistas mantienen una actitud contradictoria frente a la ciencia. Por un lado, festejan los aumentos de productividad asociados a los desarrollos tecnológicos o las oportunidades de negocio asociadas a innovaciones en biotecnología, robótica o inteligencia artificial. Por otro, desprecian el pensamiento crítico y la contrastación empírica como criterio de verdad. La ultraderecha se fascina con el tecnobelicismo mientras desprecia y combate el conocimiento, aun aquel que hace posibles sus delirios futuristas. Elon Musk, como efímero funcionario de la administración Trump, promovió la destrucción de sistema estatal de ciencia de Estados Unidos mientras sueña que sus empresas conquistan el espacio. Esto lo hace sin despeinarse por la contradicción que plantea.

La ciencia como cuba de fermentación

La cuestión detrás de esta contradicción es que para el capitalismo, el pilar en torno del cual se estructura la ideología de derecha, los aportes del sistema de ciencia y técnica (CyT) resultan claves. El capital se beneficia de los productos de la ciencia. Los procesos productivos o de control de flujos financieros necesitan del aporte de quienes están entrenados en disciplinas científicas para resolver problemas complejos y novedosos. Los cuadros técnicos altamente capacitados son esenciales no sólo desde una perspectiva económica, sino también como proveedores de servicios de salud o educación. El vínculo del capitalismo con el sistema de CyT se establece a través de la provisión, por parte de este último, de productos tecnológicos, innovaciones más o menos radicales e “intelectuales orgánicos”, al decir de Antonio Gramsci.

La ciencia es percibida en el capitalismo como un proceso de provisión de tecnologías y know-how, una suerte de “cuba de fermentación” de productos aplicados. El grado de “ilustración” de las fuerzas de derecha define la disposición a pagar por el mantenimiento y crecimiento de la “cuba de fermentación”.

Las versiones más oscurantistas de la derecha (por ejemplo, Javier Milei en Argentina y Jair Bolsonaro en Brasil) tienen un marcado rechazo a destinar recursos siquiera al mantenimiento más básico del sistema de CyT. El presupuesto recientemente aprobado en el Congreso argentino consolida una caída de la porción dedicada a CyT, respecto de 2023, del 48,8%. El presupuesto de CyT en la era Milei es, por lejos, el más bajo del siglo XXI.

Las universidades como museos de glorias pasadas

El ataque concreto de las derechas al conocimiento, vía el desfinanciamiento del sistema universitario y de CyT, viene acompañado de una prédica mediática que busca instalar en el sentido común la inutilidad de la educación pública y de las universidades como instituciones culturales esenciales para una sociedad democrática. Obviamente, los argumentos se inscriben en un lugar común de la matriz cultural neoliberal: la educación pública es cara e ineficiente y cualquier alternativa privada o arancelada será mejor. Recientemente, un artículo de opinión publicado en el portal de El Observador, titulado “La Universidad como fertilizante: por qué debemos dejar morir a la institución” va más allá, sofisticando un poco los argumentos.

El autor, Mookie Tenembaum, definido en la nota como “Analista internacional, experto en geopolítica. Abogado y filósofo”, llama directamente a la destrucción de la universidad y se apoya en algunos puntos que pueden resultar atractivos: que la “formación de los jóvenes para el mercado laboral” puede realizarse mejor y de forma más barata a través de la inteligencia artificial y que “la investigación de vanguardia” no ocurre en las universidades o instituciones públicas, sino en las grandes empresas tecnológicas (Google, Meta, OpenAI, etcétera). Afirma, muy suelto de cuerpo, que “la universidad pasó de ser el motor de la innovación a ser un museo de glorias pasadas”.

En estas afirmaciones hay “medias verdades” que, como vemos a diario, se transforman en parte del discurso hegemónico que circula en redes y en la prensa y que se termina naturalizando, incluso para del progresismo.

Iluminar las falacias en las que se basan estas afirmaciones y conectarlas con una perspectiva ideológica más general (la “neoliberal” en un sentido amplio) ayuda a generar los anticuerpos que impidan el avance de los Bolsonaro, Trump, Milei, Kast, etcétera.

Derribando falacias: la universidad y la preparación para el mercado laboral

Veamos, entonces. La primera afirmación del artículo citado establece que el objetivo de la educación universitaria es la “formación de jóvenes para el mercado laboral”. Claramente, la educación universitaria mejora las posibilidades de inserción laboral de quienes la cursan. Esta es, sin duda, una motivación de muchos y muchas jóvenes para encarar una formación terciaria. ¿Es la única? ¿Es la más importante?

Las universidades deben formar ciudadanos y ciudadanas de manera integral, no sólo entrenar en destrezas técnicas (desde hacer un balance contable a una cirugía a corazón abierto). La universidad, y especialmente las universidades públicas, autónomas y cogobernadas herederas de la reforma de 1918, son el ámbito en el que la juventud se vincula con las problemáticas sociales, ejercita el pensamiento crítico y desarrolla la capacidad de discutir y cuestionar. El desarrollo de una perspectiva humanista y de capacidades sociales y políticas impacta, obviamente, en la manera en que los y las jóvenes profesionales se insertan en el “mercado laboral”. En buena medida, la formación universitaria ayuda a que cada quien tome conciencia del tipo de “intelectual orgánico” en el que se quiere o puede transformar.

Derribando falacias: la formación mediante IA

La segunda afirmación (“la formación universitaria puede realizarse de manera mucho más barata y efectiva a través de la IA”) niega, por un lado, la naturaleza de la universidad como ámbito de enseñanza-aprendizaje entre el “maestro” y el “aprendiz”. Desnuda, por otro lado, la ideología oscurantista desde la que se formula esa afirmación.

La universidad nace como un ámbito en el que la relación dialéctica entre estudiantes y docentes es capaz de generar cosas nuevas en cada uno de los que participa. La universidad no es un “enseñadero” en donde el dueño o administrador del saber deposita técnicas y capacidades en los estudiantes, concebidos a su vez como recipientes vacíos a llenar de conocimiento. Los estudiantes portan, por su parte, saberes y experiencias que desafían al docente y a la currícula. La universidad construye el saber haciendo, discutiendo, reelaborando ideas de manera colectiva. Por eso la docencia universitaria está indisolublemente ligada a la investigación y a la extensión.

Más aún, el proceso de formación de un profesional va más allá de la acumulación de información. Estudios recientes publicados en la revista científica Proceeding of the National Academy of Science (y reseñados en la diaria muestran los riesgos del “sedentarismo cognitivo” que genera el uso de la IA. El resultado que arrojan estas investigaciones es que el uso de la IA genera estructuras de conocimiento menos profundas y, por lo tanto, con menor capacidad de responder a situaciones novedosas.

Que la IA pueda reemplazar la formación universitaria esconde, tras el velo de tecnologías sofisticadas, una perspectiva oscurantista. Esta propuesta hace depender la formación integral (no específica en un tema) en la respuesta que provee una arquitectura técnica (como los Transformers de ChatGPT o DeepSeek) a partir de una enorme cantidad de patrones acumulados en internet. ¿Cambiamos el dogma académico y religioso del Medioevo por lo acumulado en internet? ¿Cambiamos los intérpretes que median el acceso e interpretación de esos datos, de la Iglesia a OpenAI?

Las respuestas que nos proveen los sistemas de IA reflejan los sesgos de la información que usa el algoritmo. ¿Cómo sería la formación de economistas o sociólogos en la que no existieran las universidad públicas o científicos que trabajaran por fuera de las megacorporaciones tecnológicas? ¿Será capaz ChatGPT de cuestionar los sesgos que emergen de los patrones con los que fue entrenado? La transferencia de la responsabilidad de la formación de cuadros técnicos universitarios a la IA es en realidad una transferencia a las grandes corporaciones tecnológicas y a quienes las controlan. Y esto lleva a la última afirmación que se hace en el artículo publicado en El Observador.

Derribando falacias: la innovación y las universidades

En su artículo, Tenembaum sostiene que la investigación de vanguardia no tiene lugar en las universidades o en el sistema estatal de CyT. No es el lugar ni el momento para listar la abrumadora evidencia que niega de manera rotunda esa afirmación. Remitimos a los y las lectores y lectoras a dos fuentes.

Primero, y rescatando lo local, las columnas de Ciencia de la diaria en donde Leo Lagos y Martín Otheguy reseñan los descubrimientos (y sus aplicaciones e importancia cultural y social) de investigadores e investigadoras nacionales. Segundo, en un ámbito global, los trabajos de Mariana Mazzucato, una economista que muestra a través de una extensa serie de estudios de casos en diferentes sectores (desde biotecnología hasta farmacéuticas y energías limpias) cómo es el Estado el que está haciendo las inversiones de alto riesgo antes de que el sector privado se involucre y desarrolle productos. En su libro de 2013, El Estado emprendedor: mitos del sector público frente al privado, presenta el caso del iPhone y cómo 12 tecnologías que hacen “inteligente” el dispositivo (internet, GPS, su pantalla táctil, etcétera) fueron financiadas por el Estado y desarrolladas por instituciones públicas con participación decisiva de las universidades.

Pero, por otro lado, ¿qué es “investigación de vanguardia”? ¿Es la que genera más utilidades a quienes se apropian del conocimiento y el know-how o la que contribuye más a la “pública felicidad”, como soñaba don José Gervasio? Cada quien, desde sus intereses y perspectiva ideológica, tendrá distintas respuestas. Lo importante sería no clausurar la posibilidad de miradas diversas sobre lo que es “investigación de vanguardia” y, por lo tanto, qué investigación se promueve y financia.

Se cuela aquí la discusión acerca del control democrático sobre qué se investiga y del grado de autonomía que tienen investigadoras e investigadores para decidir en qué trabajan. Una investigación concentrada en corporaciones no sólo no deja lugar a proyectos de importancia social no mercantilizables, sino tampoco a la ciencia motivada por la curiosidad, fundamental para el avance del conocimiento. ¿Cómo la cronobiología impacta en la práctica médica? ¿Cómo el marketing de ultraprocesados en redes está provocando consumos poco saludables en adolescentes? ¿Cuáles son las consecuencias de la pérdida de pastizales naturales, de la expansión de la agricultura o la forestación en la oferta de servicios ecosistémicos o las comunidades de hongos y bacterias del suelo? Estas son algunas de las preguntas que solamente la universidad y/o el sistema público pueden responder.

Terraplanismo con ropajes tecnológicos

Negar las evidencias que aporta la ciencia es una actitud frecuente de las ultraderechas. En última instancia, como señalábamos, esas corrientes ideológicas niegan la Ilustración, o sea, la defensa de la razón y el conocimiento como motores de progreso. La idea de posverdad describe situaciones en las que los hechos objetivos tienen menos influencia en la formación de la opinión pública que las emociones, creencias personales o afirmaciones que apelan a sentimientos y prejuicios.

La posverdad se ha vuelto una herramienta frecuente y, lamentablemente, muy efectiva para la ultraderecha. Las actitudes de Trump y Bolsonaro durante la pandemia del covid-19 son ejemplos más que elocuentes de este comportamiento. En la pandemia quedó muy claro que esa actitud no es inocua; por el contrario, se muere gente.

Solemos referirnos a la posverdad o al negacionismo de las evidencias que aporta la ciencia como terraplanismo. La forma literal del terraplanismo (defendida, por ejemplo, por diputadas argentinas del sector de Milei) es un síntoma social grave, pero es relativamente inocua e intrascendente en cuanto a sus consecuencias prácticas. En verdad, nadie toma una decisión o promueve una política asumiendo que la Tierra es plana. Sin embargo, hay manifestaciones de la actitud terraplanista que son letales y que generan consecuencias irreversibles. Los movimientos antivacunas y el negacionismo climático son algunos ejemplos.

El artículo de El Observador promueve un terraplanismo con ropajes tecnológicos muy peligroso. Evitar que se instale como sentido común es una tarea ardua e imprescindible para quienes nos sentimos herederos de la Ilustración. Tenemos que estar atentos a estas avanzadas explícitas, pero también a las grietas que debilitan los sistemas de CyT y las universidades públicas, desde la sacralización del emprendedurismo y las start-ups hasta el desfinanciamiento del sistema. La avanzada terraplanista viene ocurriendo en América Latina y en el planeta. No tenemos evidencia para pensar que en Uruguay somos inmunes a estas tendencias.

José Paruelo es investigador del Instituto Nacional de Investigaciones Agropecuarias, profesor grado 5 del Instituto de Ecología y Ciencias Ambientales de la Facultad de Ciencias de la Universidad de la República y miembro del Sistema Nacional de Investigadores, nivel III, y profesor titular de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires y miembro del Conicet (Argentina).

Ciencia en primera persona es un espacio abierto para que científicos y científicas reflexionen sobre el mundo y sus particularidades. Los esperamos en [email protected].

José Paruelo. Foto: Ignacio Dotti ( archivo, julio de 2025)

José Paruelo. Foto: Ignacio Dotti ( archivo, julio de 2025)