Grandes contradicciones del mundo en que vivimos: mientras hace décadas uno de los grandes problemas de la humanidad era cómo hacer para acabar con el hambre, hoy se producen más alimentos que nunca, el hambre no ha desaparecido, y encima hay más personas ingiriendo más calorías de las que precisan y con contenidos tan altos de sal, azúcares y grasas que comprometen su salud (además de conservantes, aromatizantes, edulcorantes y otra miríada de químicos que forman parte intrínseca de la industria de los alimentos), que con hambre. Según datos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) de 2019, entonces había 820 millones de personas sin suficiente comida, mientras que 2.000 millones de hombres, mujeres, niños y niñas sufrían sobrepeso u obesidad.

En nuestra región, el informe de la ONU Panorama regional de la seguridad alimentaria y la nutrición 2023 sostenía que en América Latina y el Caribe 43,2 millones de personas padecían hambre. Mientras tanto, el sobrepeso en niños y en adultos superaba el promedio mundial, alcanzando en 2022 al 9,7% de los niños y niñas menores de cinco años de América del Sur.

En todo este drama los alimentos ultraprocesados juegan un papel importante: fabricados por industrias que privilegian las ganancias por sobre la nutrición, los ultraprocesados contienen excesos de nutrientes como sal, azúcar y/o grasas, mientras que carecen de otras cosas necesarias para una dieta saludable (fibras, proteínas, ácidos grasos de gran valor nutricional). Entran en esta categoría los refrescos, los snacks, los dulces, los panes industriales, los cereales endulzados, los quesos procesados, los alimentos sólidos para lactantes, la comida rápida o chatarra, tanto la que se vende en cadenas como la que se comercializa pronta para calentar en casa, las sopas instantáneas y las mal llamadas bebidas energizantes, entre otros.

Por otro lado, parte intrínseca de los ultraprocesados son sus campañas de marketing y publicidad agresiva en puntos de venta, redes sociales y eventos públicos, como ya vimos en una nota previa, por lo que a su característica de no ser saludables se suma el efecto pernicioso de desplazar del consumo de las personas alimentos más sanos y nutritivos que no cuentan con tal apoyo a la hora de buscar llegar a nuestras mesas, por ejemplo, frutas, verduras, comida no procesada o ingredientes no procesados para cocinar en el hogar.

La incidencia de los ultraprocesados en las enfermedades no transmisibles ya ha sido demostrada en múltiples estudios. De hecho, eso está detrás de campañas como la de los octógonos negros de exceso de grasa, azúcar o sal que gobiernos han adoptado a lo largo y ancho del planeta, entre ellos el nuestro. Más allá de esfuerzos puntuales, menos se ha hablado de la incidencia de la industria de los ultraprocesados en la salud de nuestro planeta, ya sea por sus elevadas emisiones de gases de efecto invernadero, por el uso intensivo de recursos naturales o por las gigantescas cantidades de basura que generan con sus envases. Pero poco a poco surge evidencia sobre todo esto.

Una reciente publicación, titulada “Consumo de alimentos ultraprocesados y estilos de vida sostenibles: un estudio multicentro”, da cuenta de una investigación realizada en 13 países de América Latina y España y arroja que “el consumo elevado de alimentos ultraprocesados se asocia inversamente con estilos de vida sostenibles”, por lo que el estudio posiciona a los ultraprocesados “no solo como un problema de salud, sino también como un indicador clave de estilos de vida insostenibles”, por lo que la reducción de su consumo debería ser una prioridad tanto en las agendas de sostenibilidad como en las de salud pública”. Así que vayamos a ver un poco de qué se trató esta investigación.

Uruguay presente en estudio en 14 países

El artículo publicado, liderado por Eliana Meza, de la Universidad Nacional de Asunción, Paraguay, Solange Parra, de la Universidad del Bío-Bío, Chile, y Samuel Durán, de la Universidad de San Sebastián, Chile, recabó información mediante encuestas a personas que viven en Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, España, Guatemala, México, Panamá, Paraguay, Perú y Uruguay.

De hecho, entre los 28 autores y autoras del artículo figura Alfonsina Ortiz, investigadora de la Licenciatura en Nutrición de la Facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad Católica del Uruguay.

¿En qué consistió el estudio? Se hizo una encuesta en línea que abarcó a 6.009 personas adultas de los 14 países participantes (cuidando la representatividad en las cantidades de las personas que participaron en cada uno) entre marzo de 2023 y enero de 2024. Dado que el objetivo era “evaluar la asociación entre el consumo de ultraprocesados y los hábitos de vida sostenibles en América Latina y España”, el cuestionario incluyó preguntas distribuidas en cuatro secciones: datos sociodemográficos, índice de masa corporal, consumo de ultraprocesados y “comportamientos de estilo de vida sostenibles” que comprendían “la alimentación, el transporte y el medioambiente”. La idea era ver cómo estas variables se relacionaban. Antes de ir a los resultados, hagamos un doble clic sobre qué preguntaron sobre los ultraprocesados y los estilos de vida sostenibles.

Consumiendo excesos

Según reportan en el trabajo, a quienes participaron se les aplicó un cuestionario ya validado sobre hábitos alimentarios. Señalan que “se utilizaron tres preguntas sobre alimentos poco saludables”, centrándose en “el consumo de bebidas azucaradas, snacks salados y dulces”.

En concreto, se preguntaban si consumían cada uno de esos productos, pudiendo las personas contestar que no lo hacían, que consumían menos de una vez al día, una porción al día, dos porciones al día o tres. Las respuestas luego fueron agrupadas en tres categorías: “no consume”, “consumo moderado”, donde se daba el consumo ocasional o semanal, es decir, de “menos de una porción al día”, y “consumo excesivo”, que incluía de una a tres porciones diarias.

Los estilos de vida sustentables

Por su parte, la encuesta que indagó sobre los estilos de vida, se dividió en tres temas: 15 preguntas iban dirigidas a la alimentación y las compras, 12 al uso del transporte, recreación y autocuidado y 11 referidas al ambiente. Las peguntas debían ser respondidas con frecuencias que iban de “siempre” a “nunca”, pasando por “casi siempre”, “a veces” y “casi nunca”. ¿Qué tipo de preguntas eran estas? Vayan algunos ejemplos.

En la sección “alimentación y compras” preguntaban, entre otras cosas, si las personas preferían “comprar alimentos que se producen cerca de su ciudad o cultivados localmente”, en “mercados o ferias, o en el supermercado”, si en el caso de frutas y verduras “privilegiaban comprar las de temporada”, si “priorizaban el consumo de proteínas vegetales”, si limitaban “el consumo de carnes rojas frescas” y el de “carnes procesadas”, si preferían “alimentos con menos embalaje” o si “solían utilizar la comida sobrante en otras preparaciones alimentarias u otro uso doméstico”.

En la sección “transporte, recreación y autocuidado” había enunciados para contestar con las frecuencias como “para distancias cortas (menos de diez cuadras) prefieres caminar que usar transporte público o usar automóvil/moto”, si “en caso de viajar grandes distancias, ya sea dentro del país o al extranjero, prefieres el transporte terrestre siempre que sea posible”, si les “preocupa que los neumáticos de tu vehículo o de algún cercano tengan la presión de aire adecuada para mejorar el desplazamiento del vehículo y ahorrar gasolina”, si se duchaban en menos de cinco minutos, o si cierran la canilla mientras se están cepillando los dientes.

Finalmente, en el apartado “medioambiente”, preguntaban, por ejemplo, si “cuando vas a comprar llevas tu bolsa reciclada”, si “evitas comprar productos que traen mucho plástico”, si “reciclas o reutilizas tu ropa/calzado para nuevas temporadas”, si “separas la basura en papeles, cartones y otros”, si “las pilas/baterías, las juntas y las llevas a un centro de reciclaje”, si “aprovechas al máximo la luz y ventilación natural”, si “privilegias que te den las boletas o facturas por internet o si “apagas la televisión cuando no la estás viendo”.

Con las respuestas a estas interrogantes se confeccionó una puntuación de estilo de vida sustentable que, por lo menos vista desde esta región, parece uno de los aspectos más débiles del trabajo. La idea subyacente es que cada persona, con base solo en sus decisiones, es capaz de promover un mundo más sustentable (o, la contracara, que quienes van y consumen la fruta más económica a la que pueden acceder sin fijarse si es producida localmente o de estación, son igual de culpables por el deterioro del planeta que aquellos que tienen intereses en que las lógicas del mercado sigan siendo las actuales). Si el supermercado está lleno de productos que atentan contra la sostenibilidad planetaria, la culpa es de quien elige entre lo que le ofrecen o, peor aún, de entre aquello a lo que puede acceder. Aun así, veamos los resultados.

El consumo de ultraprocesados en Hispanoamérica

Según reporta el artículo, de las 6.009 personas encuestadas en estos 14 países, 1.134 (19%) no consumen ultraprocesados, 4.563 (76%) consumen ultraprocesados moderadamente (recordemos, menos de una vez por día), y 312 (5%) lo hacen excesivamente.

Los datos para Uruguay van un poco en la misma línea: pese a que en nuestro país se encuestó solo a 131 personas (debieron haber sido al menos 271), se reporta que 27 (21%) no consumen ultraprocesados, 98 (75%) los consumen moderadamente y 6 (4%) lo hacen excesivamente.

Afortunadamente, Uruguay no estuvo entre los países que más problemas tuvieron con los cuatro ultraprocesados por los que se preguntó, es decir, comida rápida, snacks salados, bebidas endulzadas y dulces. “El Salvador, Perú y Bolivia presentan el mayor consumo de snacks salados, con porcentajes del 26,9%, 22,8% y 19%, respectivamente. Costa Rica, El Salvador y Guatemala presentaron el mayor consumo de snacks dulces (38,9%, 33,9% y 32,0%, respectivamente)”, informa la publicación. Por su parte, “los países con mayor consumo de comida rápida fueron Guatemala, Paraguay y Costa Rica (89,8%, 84,5% y 83,1%)” y los de bebidas endulzadas fueron El Salvador y Bolivia (42,9% y 33,2%).

Ultraprocesados y estilos de vida sustentables

Finalmente, el trabajo reporta que “en comparación con los no consumidores, el consumo moderado de comida rápida se asoció con un 75% más de probabilidades de tener un estilo de vida sostenible peor”, mientras que “el consumo diario (excesivo) casi duplicó las probabilidades”.

En el caso de las bebidas y jugos endulzados, el consumo moderado “se asoció con un 55% más de probabilidades de tener un estilo de vida menos sostenible”, probabilidad que trepó al 82% en el caso del consumo diario.

El consumo de snacks salados también se asoció negativamente a estilos de vida sostenibles: su consumo moderado aumentaba 51% la probabilidad de puntuar menos en esa escala.

Por todo eso, el trabajo enfatiza que “el resultado principal y más destacable” que se obtuvo “es que un mayor consumo de ultraprocesados, en todos sus grupos de alimentos (comida rápida, bebidas endulzadas, snacks dulces y salados), se asoció significativamente con puntuaciones más bajas en el índice de estilo de vida sostenible”. De hecho, “las personas con un consumo moderado a excesivo tienen más probabilidades de estar en el cuartil menos sostenible de estilos de vida (Q1) que en el más sostenible (Q4)”.

Por eso señalan que sus resultados “van en línea con estudios previos que destacan la doble carga de los ultraprocesados: empeoramiento de la salud de la población y exacerbación del daño climático y ambiental”. Finalizan diciendo que lo que encontraron “respalda el creciente volumen de literatura que sugiere que los patrones dietéticos ricos en ultraprocesados son perjudiciales no solo para la salud individual, sino también para la sostenibilidad ambiental”.

El tema es más complejo que las decisiones individuales y los estilos de vida sostenibles. Pensemos, por ejemplo, en los desiertos de alimentos o en las “junglas de injusticia alimentaria” que evidenciaron investigaciones realizadas en nuestro país de acceso a comida nutritiva en barrios carenciados, o la propia lógica de la industria alimentaria que se enfrenta a los objetivos de salud de los estados. Aun así es claro: menos ultraprocesados, más salud para la gente y, probablemente, para el planeta.

Artículo: Consumption of Ultra-Processed Foods and Sustainable Lifestyles: a multicenter study
Publicación: Nutrients (enero de 2026)
Autores: Eliana Meza, Solange Parra, Leslie Landaeta, Israel Ríos, Patricio Pérez, Tannia Carpio, Macarena Jara, Georgina Gómez, Brian Cavagnari, Jacqueline Araneda, Karla Cordón, Catalina Ramírez, Carla Villagrán, Ana Murillo, Gladys Morales, Melissa Miranda, Ana Aguilar, Alfonsina Ortiz, Edna Nava, Jhon Bejarano, Beatriz Núñez, João Lima, Jorge de Assis, Jairo Torres, Saby Mauricio, Saby Camacho, Gloria Morales y Samuel Durán.