Nicola (Joel Fazzi) conoce a Franca (Carolina Genoni Kirschenbaum) pocos días antes de que ella abandone la ciudad. La experiencia alimenta su primera obra de teatro, interpretada por Sofía (Constanza Llambí) y Mateo (Mateo Gómez). Ambos mundos se entremezclan en una Montevideo que los contiene.
Frágil como cristal es la ópera prima de Marco Valenti (1998). La película comenzó a gestarse hace un lustro y atravesó procesos alternativos a los de otros estrenos de la cinematografía nacional.
“Yo quería hacer una película. Había hecho cortometrajes y demás, pero no me hallaba en el lenguaje. Veía un montón de cortometrajes hermosos, pero no era lo mío”, explica Valenti. “Agarré muchas de mis vivencias, cosas que me habían pasado en ese momento, como estar haciendo una primera obra, que es lo mismo que le pasa a Nicola. Tenía esa cosa de recién haberme mudado a Montevideo nuevamente y me encantaba atravesar algo de lo vincular, con esa idea de haberme enamorado de alguien que se va del país”.
Para entonces ya existía Ouroboros Films, una “casa productora” en más de un sentido, ya que el lugar también oficiaba de vivienda. “Esto era literalmente una casa productora. En el pasillo del living estaban los trípodes de una cosa que se iba a filmar la semana siguiente; en la cocina había una reunión de producción. Todo eso desde un lugar súper disfrutable, un entorno de amigos y personas cercanas, sin quitarle profesionalismo”, señala el director.
“Todos nosotros venimos de trabajar en la industria. Arrancamos a trabajar en series de Amazon; yo trabajé en una casa de posproducción de color unos años. Estábamos saturados de eso. Ese mundo que descubríamos no nos gustaba, nos parecía extremadamente hostil y totalmente opuesto a lo que nosotros queríamos hacer. Armamos la productora en la facultad y Marcos se sumó después, con ganas de agarrar y decir: ‘Terminemos con la pavada. Tenemos todo dado’. Bebiendo de otras escuelas y otros colectivos que habían encontrado otras formas de hacer, vimos que eso no nos era ajeno y exploramos esa posibilidad”, agrega el productor Camilo Argimón (1997).
“Yo miraba a cineastas que me gustaban mucho, y los leí mucho hablando sobre sus procesos de filmar”, replica Valenti. “Y ellos no paraban de repetir, una y otra vez, que lo importante es la capacidad de adaptación, pero no de la película con ellos, sino de ellos con la película. Esa relación tiene que ver con que la ciudad es la ciudad y vos no la podés controlar”.
Antes de eso hubo un año de ensayos, que se explican por el contexto del director: “Mi madre es actriz, actuó mucho en obras de teatro independiente, y yo veía sus procesos de una manera tan envidiable, de pasarse mucho tiempo trabajando el texto. Porque el teatro tiene algo muy lindo que es que son textos, las didascalias son breves y no tienen líneas de acción, no hay una descripción de imagen tan larga. Hay una predisposición desde la dirección a encontrarlo en el proceso del ensayo”.
“Estaba estudiando actuación, el elenco era todo de mi grupo de actuación, y estaba bloqueado con probar cosas, en esa ansiedad de querer laburar ya la película y verla materializada. Al principio nos juntamos a charlar, a conversar cosas del texto que nos interpelaban en el día a día, y ahí nos dimos cuenta de un montón de correlaciones entre ellos y los personajes, y sobre el encare de laburo de cada uno. Joel tenía una cosa de creación de personaje, Caro llevaba cosas que le habían pasado en la semana y las ponía en diálogo con cosas que creía que le podían pasar a Franca. Yo los observaba mucho: encontraba muchas cosas de los personajes, las que no las soltaba y las agarraba de ellos. Fue súper bello porque ellos pudieron encontrar cómo hablar, y yo usé muchas de esas palabras para escribir”, agrega Valenti.
El rodaje consistió en cinco jornadas distribuidas en fines de semana de agosto de 2022, con un segundo bloque que se cerró en mayo del año siguiente, aprovechando los tiempos libres del equipo. Tuvieron una estructura profesional y a la vez buscaban la mayor reducción posible de los gastos.
“Un gran porcentaje del presupuesto de una película es equipamiento y luces”, explica Argimón. “Todo eso lo gestionamos a través de buenos vínculos con rentadoras y amigos. No filmamos con una cámara que requiere tener cinco personas atrás y sale 150.000 dólares. Que tampoco es tan necesario, cuando uno lo ve en retrospectiva. Es una discusión que hoy se está dando por encima de nosotros, con productores muy establecidos, en relación a cómo están trabajando las series y los servicios de producción”.
Los involucrados fueron gente cercana que relegó el aspecto económico, indica Valenti. “La única forma de que una persona acepte este acuerdo es porque siente que la película es suya. Para que la película sea suya realmente tiene que sentirse partícipe de eso, además de que quiera trabajar contigo porque te tiene aprecio. La relación vincular es clave y tuvimos que cuidarla a rajatabla. Filmamos los fines de semana, en las horas libres de esta gente, tanto como las nuestras. Seis horas por día de rodaje neto, dos horas de desarme: ocho horas como máximo. A lo sumo, una jornada de diez horas, pero que la gente pudiera salir lo más cercano a la luz del día, para poder ir a descansar a su casa”.
Buscaron que el equipo estuviera bien alimentado, se alojara si llegaba desde fuera de Montevideo, y trabajara a un ritmo sostenible. “Nos pasó de que se integraran personas que venía con otras lógicas de trabajo, muy fogueadas en servicios de producción, y tener que pararlas porque estaban aceleradas”, recuerda Argimón. “Éramos todos amigos trabajando. No era necesario poner un montón de barreras en la vinculación o a la hora de trabajar en determinados esquemas”.
Esos esquemas se adaptaban a la realidad, recuerda Valenti: “El teatro tenía más escenas, pero solamente teníamos cuatro jornadas de rodaje. Así que fuimos a la escuela de La Escena e hicimos como si fuera un espacio de ensayo. Y creo que hasta le hizo mejor a la película porque generó dos espacialidades. La hizo respirar”.
“En el proceso de filmar, en la primera jornada estaban todos mirando qué estaban haciendo con eso del paneo”, recuerda el director sobre los movimientos de cámara que acompañan la historia. Yo estaba seguro y la gente me miraba con cara de ‘¿qué estás haciendo?’. Yo les decía que se quedaran tranquilos, que funcionaba, pero en mi cabeza pensaba ‘¿quién me garantiza esto? Nadie’. Llegué a casa totalmente cagado y empecé a montar las escenas que habíamos filmado. Vi que funcionaba y me dio una felicidad muy grande”, apunta el director.
Eso lo llevó a realizar dos hallazgos. “El primero es que estaba bueno montar para ir descubriendo en puzle la película. Y lo otro fue generar una instancia semanal de proyección con la gente que hacía la película. Pasó que las sugerencias del equipo empezaron a ser sobre una propuesta que ya existía, entonces fueron mucho más atinadas. ‘Lo que está buscando Marco es esto, entonces le voy a proponer esto’, y se notaba a la legua. Le hicieron muy bien a la película”, dice.
El profesionalismo tuvo consecuencias burocráticas, aunque nada que resultara incapacitante para la producción. “Cuando terminamos el primer bloque de rodajes nos dimos cuenta de que teníamos que institucionalizar la película y hacer una especie de ingeniería inversa para que existiera. Sabíamos que había muchas películas que fracasaban porque no pasaban por determinados espacios de validación, y nosotros queríamos, eventualmente, lograr algún tipo de financiación pública”, revela el productor.
“Los mínimos términos y condiciones para poder hacerlo viable”, acota Valenti. “No necesariamente por los fondos, porque nosotros la película la íbamos a hacer igual, sino por un tema de festivales y mercados. Queríamos que le fuera bien, y que fuera nuestra carta de presentación al mundo de los festivales. Para eso, sabíamos que había que hacer un circuito de validación institucional”. Frágil como cristal necesitaba un certificado de obra nacional. “Como sacarle la cédula”, dicen.
Estos trámites son importantes a nivel internacional, y aunque los requisitos no sean tantos, en palabras de Argimón, “es una de las cosas que alejan a los nuevos realizadores, sobre todo a los más jóvenes, porque les falta toda esa parte”. Ambos destacan el apoyo de colegas, así como la presencia de espacios de formación: “Te conectan con gente que está en la misma que vos”.
El problema de la representación
Los creadores no quisieron poner en pantalla al “uruguayo del día a día”, y Valenti lo enfatiza. “Tampoco tenemos esa responsabilidad, nadie que hace una película la tiene. Nosotros queríamos hacer las películas que nos gustan a nosotros. Que no fuera una cosa ajena a nosotros”.
“Hay una especie de necesidad de vernos representados los uruguayos. Es una exigencia que se le pide al género ‘cine uruguayo’, no sé por qué. Nosotros laburamos mucho en la cadencia de cómo se habla, no ignoramos nuestro origen. No decimos ‘no somos uruguayos’, es una estupidez hacer eso. Sí tenemos fe en que, aunque laburemos en algo que no sea de tono hiperrealista, va a salir nuestra cuota cultural”, agrega el director.
“En Uruguay hay un problema identitario que trasciende al cine; es cultural. Tenemos muchos problemas para identificar qué somos y quiénes somos, y el debate siempre está corrido a las obras de arte, tanto de teatro como de cine, todo. Y si yo me veo reflejado o no en ese otro, es más o menos uruguayo, porque no es como yo”, opina Valenti.
Egresado de UTU
Frágil como cristal es el primer largometraje de ficción dirigido por un estudiante de UTU de audiovisual, con participación de otros egresados, además de gente llegada de otras instituciones. Actualmente hay otro puñado de películas realizándose con esquemas similares, a fuego lento. “Son películas que aspiran a la autogestión entonces, aunque demoren mucho en filmarse, demoran menos porque no están buscando financiamiento”, dice Valenti.
Argimón agrega: “Tal vez no son las películas que la gente espera ver. Probablemente no lo sean. Y me parece que eso es lo que las hace más interesantes”.
Un lugar de verano, la próxima película de Valenti, es una coproducción de tres países con un esquema mayor. “Es una cosa que se fue generando, pero también la cuestionamos. Qué viaje que tengamos que hacer toda esta pantomima de presentar una y otra vez la idea de una película y atraer a alguien con todas las cosas que no nos interesan pero que a otro le tienen que interesar”. De todas maneras, pensaron alternativas para filmarla en caso de no conseguir esos apoyos.
Ante la pregunta jocosa de si “se vendieron”, el director responde con sencillez. “Nosotros lo que buscamos es que todos cobremos por nuestro trabajo y no generar una marginalización. La película, en términos industriales, es igual. La presupuestamos y no tiene un presupuesto muy distinto a Frágil como cristal. Simplemente queremos que todos cobremos nuestros sueldos”.
La acción transcurre en Playa Hermosa y está inspirada en la experiencia de la Licenciatura en Lenguajes y Medios que se llevaba a cabo en el Parador Nevada hasta 2023. Actualmente el espacio está cerrado por problemas edilicios y los vecinos buscan recuperarlo. “La película habla de unos estudiantes que van a despedir la facultad que tiene peligro de demolición, y lo hacen en vacaciones. Camilo estudió ahí, mucha gente estudió ahí y hay una relación afectiva muy grande; hay un diálogo entre la película y la gente que la está haciendo”, explica Valenti.
“Hay mucho cariño por ese espacio”, acota Argimón. “Para nosotros fue germinal. Lo que vivimos ahí no lo vivió más nadie, eso de estar un año viviendo en la playa, en la escuela de cine, el invierno de Playa Hermosa y un pueblo que vivió de lo que nosotros le dábamos”.
