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Deporte Fútbol
Diego Forlán, el 10 de agosto en el estadio Centenario. · Foto: Gianni Schiaffarino

Diego Forlán, el 10 de agosto en el estadio Centenario.

Foto: Gianni Schiaffarino

Análisis de la selección de Forlán

Uruguay sale a la cancha en la fecha FIFA; el carácter provisorio de esta celeste aparece como un obstáculo para el desarrollo y la formación de un plantel competitivo.

La excepcionalidad de lo que (después se comprobaría) fue el ciclo virtuoso del maestro Óscar Washington Tabárez, quien dirigió durante 16 años consecutivos la organización de las selecciones nacionales y, en particular, técnica y tácticamente a la selección absoluta, nos lleva a revisar cuáles han sido, en este siglo, los casos en que aquello que era habitual a fines del siglo pasado se convirtió en la excepción. En los últimos tiempos se ha vuelto corriente que directores técnicos tomen la conducción de la selección absoluta por un par de partidos, sean oficiales o amistosos, sabiendo que luego no seguirán adelante.

El antecedente inmediato a la firma del contrato de Tabárez, en marzo de 2006, fue el amistoso que Gustavo Ferrín dirigió ese mismo mes ante Inglaterra en Liverpool, recordado por el golazo de Omar Pouso y el triunfo inglés sobre la hora con gol de Peter Crouch. Ferrín era el DT de la sub 20 y debió poner el pecho porque el partido se había pactado antes de que se nombrara a un seleccionador, con la herida fresca de la eliminación por penales ante Australia en la repesca para Alemania 2006.

Ferrín ya lo había hecho antes, entre la eliminación para el Mundial de Japón-Corea 2002, el cese de Víctor Púa y la asunción de Juan Ramón Carrasco para su interrumpido ciclo mundialista hacia 2006, donde había dirigido de manera interina un partido ante los nipones el 28 de marzo de 2003, partido que terminó 2-2.

¿Un proyecto sin futuro inmediato?

A diferencia de las experiencias de interinato de Ferrín y de Marcelo Broli –incluso podríamos mencionar la experiencia, en otro contexto, de Fabián Coito tras el Mundial de Rusia 2018–, Diego Forlán no será interino por uno o dos partidos, sino que podrá tener una serie de hasta ocho encuentros amistosos. Esta serie se inicia esta semana con los tres enfrentamientos programados: el jueves 24 de setiembre a las 7.05 frente a Japón; cuatro días después, el lunes 28 a las 8.00 en Seúl ante Corea del Sur; por último, el 6 de octubre en Calcuta frente a la selección de India.

La tensión radica en cómo un entrenador nominado para la sub 20 termina administrando la selección mayor durante un período prolongado, simplemente porque la dirigencia pospuso la definición de un proyecto de fondo.

Diego Forlán –presentado en agosto como DT de la sub 20 y parche interino de la mayor hasta las elecciones de la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF) en abril de 2027– aseguró que no dudó un segundo cuando sonó el teléfono. En su presentación trazó un manual de intenciones: pretende futbolistas capaces de proponer, dominar los ritmos del partido y adaptarse a las variables que imponga el trámite.

Además, y aquí hay otra singularidad, de alguna manera su nombre seguirá corriendo y tal vez creciendo o desgastándose para, en abril del año que viene, poder ser nominado como el director técnico mundialista para el Mundial del Centenario en 2030.

Hay un riesgo severo en dinamitar la continuidad de las fechas FIFA como escuela y proyección. Lo que durante casi dos décadas funcionó como una política institucional para competir al más alto nivel –y que garantizó la clasificación a cinco mundiales consecutivos– hoy se deshilacha. Incluso Marcelo Bielsa, desde una matriz diferente, entendió esas ventanas internacionales no como compromisos de caja, sino como la oportunidad indispensable para ensanchar la base del plantel.

El aprovechamiento pleno de los calendarios FIFA como acumulación de experiencias en cada uno de los amistosos desde 2006 –coincidente con la idea y el proyecto de Tabárez, pero mantenida por Diego Alonso y Marcelo Bielsa– ha permitido la conformación de núcleos garantidos en la competencia, pero ahora eso se sostiene solo por inercia. Promover jugadores que vienen en proceso desde las selecciones juveniles en amistosos de alta competición, como lo pueden haber sido estos, sigue siendo un insumo muy valioso, pero ya tienen una capitalización distinta en tanto se sabe que quienes los han elegido, colocado y evaluado no seguirán (o sí, pero no se sabe). Entonces, no dejará de ser un acto administrativo elevar el informe al cuerpo técnico que venga. No suma ni optimiza como colectivo y organización, aunque, claro está, dado el profesionalismo de Forlán y su cuerpo técnico, hará crecer a los futbolistas que, en este caso, además, y por imposición de los contratos, tienen en su mayoría antecedentes por lo menos del último Mundial.

Aviones, aterrizajes y despegues

Antes de subir al avión con destino a Asia, las declaraciones de Forlán en la atención a la prensa en Carrasco terminaron de explicitar las tensiones que atraviesan este escenario de excepción.

Con la sensatez y el protocolo de quien conoce de cerca los códigos de la alta competencia, el entrenador dejó en claro las limitaciones de origen con las que debe convivir: “Vamos a tener el grupo entero recién el miércoles, y ahí es donde vamos a poder tener un entrenamiento todos juntos, pero es el día prepartido”, reconoció. La frase desnuda la otra cara del discurso: se le encomienda a un cuerpo técnico de emergencia que promueva futbolistas, que controle el balón y que imponga un estilo, en un contexto donde el tiempo de trabajo real se reduce a 90 minutos estirados entre el jet lag de los vuelos y la charla previa al choque con Japón.

En esa misma rueda de prensa, Forlán abordó la ausencia de Luis Suárez tras una conversación directa entre ambos. El director técnico explicó que, al proyectar los plazos hacia la Copa América de 2028 –que hoy asoma en un horizonte lejano–, el propio delantero prefirió enfocar sus fuerzas prioritariamente en el rendimiento con su club. El episodio expone con crudeza el cortocircuito del momento, donde mientras el cuerpo técnico interino intenta gestionar a los referentes y dibujar esquemas flexibles en la pizarra (ya sea un 4-4-2 o un 4-2-3-1), la realidad operativa le marca la cancha. Proponer un funcionamiento o ensayar un planteo táctico en una gira de apuro se convierte en un ejercicio estéril si no está articulado con una idea de futuro a largo plazo.

A esa precariedad de tiempo se le suma la encrucijada del armado del plantel. La verificación de las listas oficiales desmantela cualquier relato de recambio o laboratorio juvenil: 18 de los 26 futbolistas convocados para la gira asiática –Santiago Mele, Guillermo Varela, Ronald Araújo, José María Giménez, Sebastián Cáceres, Mathías Olivera, Joaquín Piquerez, Juan Manuel Sanabria, Rodrigo Bentancur, Federico Valverde, Giorgian de Arrascaeta, Facundo Pellistri, Rodrigo Zalazar, Maximiliano Araújo, Brian Rodríguez, Rodrigo Aguirre, Federico Viñas y Darwin Núñez– vienen directamente de integrar la lista oficial en la Copa del Mundo de Estados Unidos, México y Canadá.

La cifra no es un detalle menor porque representa el 69% del plantel mundialista. La AUF, por medio del interinato, no recurrió a una selección alternativa para salir del paso ni aprovechó la coyuntura para sembrar a mediano plazo; puso en la planilla a casi siete de cada diez jugadores de la última cita máxima para sostener sin sobresaltos el cachet y las exigencias contractuales de las promotoras en Tokio, Seúl y Calcuta.

En esta nómina, el margen para lo nuevo queda acotado a ocho nombres que no estuvieron en la cita mundialista: Christopher Fiermarín, Nahitan Nández, Santiago Mouriño, Juan Rodríguez, Facundo Bernal, Lucas Torreira, Martín Satriano y el estreno absoluto de Thiago Cardozo en la convocatoria mayor. Ahí conviven la reafirmación de futbolistas casi recién afirmados en la estructura, como el floridense Sanabria, de gran Mundial, y la oportunidad para este puñado de apellidos, en un grupo de altísima jerarquía internacional que deberá salir a la cancha tras cruzar el planeta con un único entrenamiento encima, bajo la conducción de un entrenador interino cuya función responde a una urgencia administrativa y a un calendario político.

Al repasar quiénes faltan de aquel proceso de Bielsa que terminó en el Mundial, la lista de ausencias marca distintas realidades. Faltan nombres que estuvieron en la nómina, como Santiago Bueno, Nicolás de la Cruz, Emiliano Martínez, Agustín Canobbio y Facundo Torres. A ellos se suman las bajas obligadas por razones médicas: la de Manuel Ugarte, quien sufrió la rotura de ligamentos cruzados en el partido de cierre del grupo ante España durante la Copa del Mundo, y la de Sergio Rochet, fuera de la convocatoria por lesión. El caso de Matías Viña es diferente: su margen responde al desgaste de haber quedado marginado durante dos meses en River Plate –entrenando apartado junto con los futbolistas prescindibles antes de que se concretara su pase a préstamo a Cruzeiro–, lo que le hizo perder el ritmo competitivo indispensable para la alta exigencia. Mención aparte merece Fernando Muslera, quien ya cerró su ciclo y se retiró definitivamente de la selección, a pesar de su vigente y brillante presente bajo los tres palos de Estudiantes de La Plata.

Más allá de la novedad de Cardozo en el arco –el lacazino fue campeón argentino con Belgrano, pero además fue promovido al arco principal aurinegro cuando Forlán dirigió a Peñarol–, la aparición de Mouriño, con destaque en Villarreal; el ramonense Juan Rodríguez, con presencias continuas en Cagliari; la confirmación de Bernal, que de Fluminense pasó a Betis, en donde es puntal en el inicio de temporada española; la vuelta de Satriano, que ya desde el año pasado está destacando en la delantera de Getafe, son las novedades de renovación de la celeste para estos amistosos.

Promover futbolistas en amistosos de élite sigue siendo un capital enorme, pero pierde su sentido de fondo cuando quien evalúa tiene fecha de salida. Sin un proyecto que lo herede, el diagnóstico de Forlán corre el riesgo de convertirse en un simple expediente de oficina a la espera de un cuerpo técnico definitivo que nadie sabe quién ni cuándo asumirá. Crece el jugador por la jerarquía individual de los rivales, pero la organización se empobrece en la improvisación.