Con 65 libros propios, otros 29 como coordinador y más de 1.000 artículos académicos, Miguel Ángel Santos Guerra es uno de los principales referentes de habla hispana en materia educativa. La semana pasada estuvo en Uruguay y dio una conferencia en el Instituto Crandon, titulada “Educar en tiempos revueltos”. Sobre los desafíos a la hora de ejercer la docencia en la actualidad conversó con la diaria.

¿Cómo caracteriza estos “tiempos revueltos” que estamos viviendo?

El contexto hoy es muy peligroso, porque contradice casi todos los presupuestos de la educación. La cultura neoliberal tiene una filosofía que es la contradicción de lo que debería perseguir la escuela, de lo que debería ser la sociedad. El individualismo exacerbado frente a la solidaridad que la escuela trata de llevar a las personas, la competitividad extrema, la obsesión por la eficacia, el relativismo moral. Se olvida de los desfavorecidos, se privatizan bienes y servicios, se hipertrofia la imagen, se reifica el conocimiento como si fuera indiscutible.

Se añade que la cultura digital, que trae enormes beneficios de distribución del conocimiento, de facilidad en el acceso al saber, ofrece un conocimiento del que nunca tenemos la certeza de que es riguroso, porque muchas veces está adulterado por intereses políticos, religiosos, comerciales. Las relaciones, que se hacen mucho más fáciles y a distancia, muchas veces se producen bajo máscaras. No sabemos quién es el otro.

Eso obliga a la escuela a ser una institución contrahegemónica. Es evidente que es mucho más fácil dejarse arrastrar por la corriente que ir en contra. Pero solo a los peces muertos los arrastra la corriente. Theodor Adorno decía que el fin principal de la escuela es evitar que se repita Auschwitz. No solamente se ha repetido: se ha repetido agravado, porque el genocidio en Gaza se televisa a las casas a cada minuto.

Por otra parte, hay una crisis de la docencia a nivel mundial. Se calcula que hay necesidad aproximada de 50 millones de docentes en el mundo. Hay países en los que se ha producido una deserción de docentes y de estudiantes para la docencia. Por eso la revista portuguesa A Página está trabajando en la Unesco la propuesta de que la relación profesor-alumno sea declarada patrimonio de la humanidad. Es una iniciativa que refuerza la dignidad de los docentes y que fortalece la tarea.

El contexto es muy preocupante y exige a los profesores, por una parte, el conocimiento y, por otra parte, la posición ante este. Se están produciendo unos fenómenos alarmantes en el mundo: la sociedad se está convirtiendo en una selva y la ley de la selva es la del más fuerte. Pero se agrava, porque cuando el más fuerte dominaba al más débil físicamente, algunos podrían sobrevivir por la inteligencia, el ingenio, la astucia; sin embargo, cuando, además, el conocimiento que se imparte en instituciones educativas se utiliza para explotar, dominar y engañar al prójimo, tenemos un nivel de selva más complejo y más difícil de superar.

Tenemos mandatarios en el mundo que declaran guerras sin justificación alguna, sin que se tenga en cuenta el derecho internacional, para qué decir los derechos humanos. En ese discurso hice mención a un artículo que había escrito hacía ya algunos años, que se titulaba “El problema no es Donald Trump, el problema es que tenga 70 millones de votantes”. Pero hablaba de otro problema: ¿qué hace la escuela en 10, 12, 14 años de escolaridad que han tenido estos votantes? ¿Aprendieron a pensar, a discernir, a razonar? ¿Aprendieron valores?

Por eso me gustó mucho un eslogan que vi en una universidad de Guadalajara, en México, que decía: “En esta institución tenemos que formar no a los mejores del mundo, sino a los mejores para el mundo”. Cuando se habla de la capacitación, ya no digo solo de los docentes, casi siempre el currículum aborda saberes técnicos, conocimientos, pero no qué se va a hacer con el conocimiento y al servicio de qué valores estará.

Ha planteado la necesidad de que el docente desarrolle su tarea con optimismo. ¿A qué aferrarse para encontrar ese optimismo en este contexto?

Una cuestión previa es la naturaleza de la institución educativa. Un artículo de Philippe Perronoud decía: “La escuela no sirve para nada”. Empieza así: Bin Laden y los terroristas son personas muy instruidas; los presidentes de las multinacionales también, igual que los que dirigen el sindicato del crimen en el mundo; de los 12 dignatarios nazis que decidieron que se abrieran las cámaras de exterminio, más de la mitad tenían un doctorado. Y añade que un alto nivel de instrucción tiene muy poco que ver con el orden de la ética. ¿Por qué pasa esto? Perrenoud decía que es porque la escuela no está centrada en sus dos fines fundamentales: enseñar a pensar —no digo enseñar qué pensar— y enseñar a convivir de manera solidaria, armoniosa, compasiva. Es decir, valores. Sin valores no hay escuela.

Herbert Wells dice que la historia de la humanidad es una larga carrera entre la educación y la catástrofe. Es verdad, o gana la barbarie o gana la educación. Pero para estar educado, alguien tiene que discernir qué pasa en la cultura, qué hay bueno y qué hay malo. Y, como está educado, se compromete con el bien.

Entonces, ¿quién tiene que hacer esa tarea? Ahí vamos al proceso de selección de los profesores. En muchos países, en Uruguay y en España también, ese proceso de selección está adulterado. A mi juicio, y hay indicadores muy claros, no van los mejores ciudadanos de un país, sino los que no valen para otra cosa. En España se puntúa sobre 14; una chica tenía 13,98 de promedio y le preguntaron qué carrera quería elegir. Dijo que quería ser maestra y le respondieron que cómo iba a desperdiciar esa nota, con la que podía hacer lo que quisiera; pero lo que quisiera no podría ser magisterio.

A esta tarea tienen que ir los mejores, no solamente en capacidad intelectual, las mejores personas. Tienen que ser elegidos y después formados de una manera muy exigente, porque los materiales que manejamos los profesores son de una mayor complejidad que los de otras profesiones. Nosotros trabajamos concepciones, valores, expectativas, ideas, emociones.

Si es una tarea desprestigiada, mal pagada, mal considerada, poco respetada, no produce mucho optimismo para realizarla. Es tan consustancial el optimismo a la educación como mojarse para el que va a nadar, porque la educación parte de que el ser humano puede aprender y puede mejorar. Si esto se niega, no puede haber educación. Sin optimismo podemos ser buenos domadores, pero nunca seremos buenos educadores.

Hay un componente social. Tiene que ser una profesión dignificada, con atractivo, socialmente considerada, bien remunerada, bien valorada por la política, por la familia, por la sociedad en general. Y después hay un componente personal del optimismo, lo cual no quiere decir con ingenuidad o con estupidez, sino con realismo. Unos autores portugueses escribieron La pedagogía del optimismo. Ese libro dice: “Es cierto que algunas veces los optimistas ven alguna luz donde no existe, pero ¿por qué los pesimistas quieren apagarla inmediatamente?”.

En 2019 marcaba la necesidad de colocar el foco del acto educativo en el estudiante. ¿Eso no ha implicado que el docente quedara un poco descuidado?

Yo creo que hay que empoderar a los alumnos en el proceso de enseñanza y aprendizaje, es decir, hay que enseñar desde el cerebro del que aprende. Y eso no significa que se devalúe la actividad, la presencia y la intervención del docente. Es que cambia. Cuando el único modo de hacer que el conocimiento llegara a los estudiantes era la enseñanza de la escuela, era determinante que el currículum que impartía el profesor fuera bien seleccionado, bien explicado, bien evaluado. Pero cuando los conocimientos le llegan al estudiante a raudales, acaso sea más importante darle criterios para que sepa discernir cuándo el conocimiento es riguroso y cuándo está adulterado. No es que en la tarea del profesor ahora ya no sea necesaria. Es que ha cambiado.

Aparece la inteligencia artificial (IA). Algunos profesores entienden que lo más importante de la IA respecto a la evaluación es desarrollar estrategias para controlar el plagio. Pero hay otra forma de entenderlo: cómo transformar y mejorar el proceso de evaluación incorporando la IA. Yo sigo sosteniendo, y creo que es difícilmente discutible, que el aprendizaje se produce no cuando alguien pretende enseñar, sino cuando alguien quiere aprender.

Por eso es necesario que ese docente conozca al alumno, que sepa cuáles son sus intereses, sus actitudes, sus nuevas necesidades. Emilio Tenti Fanfani ha escrito un libro sobre las mitomanías de la educación en Argentina y una de ellas, que yo había trabajado antes, es que la enseñanza causa el aprendizaje. Si yo intento transmitir algo en japonés y tú no tienes ni idea, la enseñanza está bien planteada, pero es imposible que el aprendiz la haga suya. Muchas veces los profesores pensamos que es automático. Es como aquel comerciante que decía: “Yo vendo, lo que pasa es que no compran”. Bueno, algo pasa.

Hay vaivenes, algunas veces se hipertrofia una tendencia, se da la ley del péndulo, pero el protagonista del proceso de aprendizaje es el aprendiz. Lo que puede ir variando es el papel [docente], porque en cada época cambian muchas cosas: los intereses, las condiciones, los competidores del docente. El educador les propone unos modelos de persona a los alumnos por la vía de la argumentación, pero la sociedad, a través de los medios y a través de las redes, les propone otros modelos por la vía de la seducción. Cuando preguntan, quieren ser un futbolista famoso, un cantante, porque solo ven la cara del éxito. No ven sus esfuerzos, no ven que muchos que han tenido los mismos méritos no han podido llegar, no ven que muchos han fracasado.

Más allá de las oscilaciones, sigo diciendo que mientras más participación y protagonismo tenga el alumno en el proceso de decisión en la institución, estará más motivado, porque lo considerará más suyo. También hay que empoderar a los alumnos en los procesos de evaluación. Con procesos de autoevaluación, haciéndolos partícipes de la fijación de criterios, de la discusión sobre la aplicación de los criterios. Convierte la evaluación en un camino de aprendizaje y en un proceso más cargado de ética y no solo obsesionado por la técnica.

Para muchos docentes es una tensión la creciente diversidad en las aulas. ¿Cómo incide ese aspecto en el contexto actual?

Yo digo que hay dos tipos de alumnos en el sistema educativo: los inclasificables y los de difícil clasificación. Hay dos realidades muy fuertes. Primero, que la diversidad es infinita y, segundo, que la escuela es una institución muy homogeneizadora: todos a la vez, en los mismos tiempos, todos de la misma manera, con la misma evaluación.

La diversidad es indiscutible. Ahora bien, ¿qué hace la escuela? En lugar de acomodar el currículum a las posibilidades del estudiante, acomoda al estudiante a las exigencias del currículo. Un ejemplo que ayuda a visualizarlo: un médico que tiene que atender a 40 pacientes en una mañana llega tarde a la consulta. Entonces, les dice a sus 40 pacientes: “Como ya no hay tiempo, quédense quietos, que les voy a diagnosticar a todos y después les voy a dar algo para que todos tomen lo mismo”. ¿Qué sucedería? A alguno lo mata porque es alérgico, a otro lo cura por azar y a otro no le vale para nada.

¿Y cómo se atiende la diversidad? Lo primero es ver cuántos alumnos tiene el docente. Cuando se realiza una reforma, se plantea que los profesores atenderán la diversidad de los alumnos, pero la escuela no cambia por decreto. Primero, ese profesor tiene que saber hacer y saber lo que pasa. Para eso tiene que tener una formación que atienda también estas cuestiones, no solamente tiene que saber matemáticas, química o física.

Llevo unos años trabajando mucho la cuestión de la dimensión emocional del aprendizaje, en la que el profesor también debe estar formado.

Después vas a la selección de los profesores y se vuelve a preguntar cuánto sabes de esto y cómo sabes enseñarlo. Pero, ¿cómo es esa persona desde el punto de vista de la detección de las emociones del otro?

Hay que ver cómo el docente está motivado, cómo está tratado, tiene que querer y tiene que poder hacerlo. Hay países con un ratio de 50 y tantos alumnos en un aula y hay que explicarle al político que, en lugar de decir que los profesores atenderán la diversidad del alumnado, tiene que ponerle la mitad de estudiantes y pagarles el doble. Es como si un cirujano tuviese que operar en una mañana a 50 personas. Es imposible, y si lo obligan a hacerlo, los despacha a todos para el otro mundo. Entonces, debe tener un número de alumnos a los que pueda conocer, con los que pueda trabajar.

Cada uno reacciona de una manera diferente a los estímulos intelectuales y emocionales, afectivos. Mi próximo libro se va a titular El efecto Gólem, las profecías de autocumplimiento. El efecto Gólem es la otra cara del efecto Pigmalión, un experimento que se hizo en Estados Unidos en 1968. A un profesor se le decía infundadamente que determinados alumnos eran excepcionales intelectualmente. Y esa profecía hizo que al final del curso esos alumnos tuvieran mejores resultados. El profesor los trataba de otra manera.

El efecto Gólem es cuando el profesor hace la profecía en sentido contrario: tú no vales, tú no puedes, tú nunca llegarás, tú nunca sabrás. Esas dimensiones de carácter emocional no se han trabajado en la formación inicial. Algunos hasta dicen: “Yo soy de matemáticas, soy de química o de geografía; a mí qué me están hablando de la educación emocional”. Y se equivocan por dos motivos. Uno, porque para aprender química tiene que haber una disposición emocional hacia el aprendizaje. El constructivismo dice que para que haya aprendizajes significativos y relevantes, tiene que haber una coherencia, una lógica interna del conocimiento que se enseña o se aprende. Tiene que haber una lógica externa que calce con lo que sabía el aprendiz, pero tiene que haber una disposición emocional al aprendizaje.

Yo pertenezco a la Fundación Liderazgo Chile, que está tratando de conseguir que haya en todos los países de Hispanoamérica una ley sobre educación emocional, y estamos impartiendo diplomados o másteres en educación emocional y neurociencias aplicadas.

Las instituciones de formación de profesores y muchas escuelas están descubriendo que no solamente es importante para el aprendizaje, sino también para la felicidad y el bienestar emocional de las personas y la forma de comportarse con los otros y consigo mismos. Por eso en el próximo libro planteo un primer capítulo sobre la importancia de cultivar la autoestima y un tercer capítulo con ejercicios para su desarrollo.