Uruguay avanzó en la transformación de su matriz energética y se encuentra ante una nueva etapa marcada por la electrificación de la economía, la incorporación de nuevas tecnologías y una demanda creciente de energía. Pero el desafío de la segunda transición energética no pasa solamente por aumentar la generación renovable y reducir las emisiones. Autoridades y expertas plantearon que también debe traducirse en mayor equidad, desarrollo y beneficios concretos para la población.
La discusión atravesó el panel “Energía: los desafíos de un Uruguay en movimiento”, integrado por la presidenta de UTE, Andrea Cabrera; la presidenta de Ancap, Cecilia San Román; la socia fundadora de Latin Oil y directora de Megal, Rossana Bucheli, y la doctora en Química e investigadora de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de la República Erika Téliz.
Desde distintos ámbitos, las cuatro coincidieron en que la próxima etapa de la transición energética plantea desafíos que van más allá del cambio de la matriz: garantizar el acceso, reducir las brechas territoriales, acompañar la creciente demanda, generar capacidades tecnológicas y convertir la energía en una herramienta de desarrollo. “Tenemos que seguir por el camino de ser facilitadores y posibilitadores de las transformaciones. Nuestro trabajo es lograr la equidad territorial, es algo que no podemos descuidar. La energía eléctrica se percibe como una necesidad básica y está atada a que es un derecho humano”, afirmó Cabrera.
En la misma línea, San Román señaló que su principal preocupación es “la mirada social”. Sostuvo que las empresas públicas deben considerar que la energía constituye un derecho y que los avances tecnológicos tienen que estar acompañados por una mirada que contemple el acceso y las distintas realidades sociales. “Como empresas públicas tenemos que tener esa mirada mucho más delicada. Todos estos avances tecnológicos los tenemos que estar haciendo atendiendo el derecho de energía y teniendo una visión multifacética”, reflexionó.
Bucheli planteó, por su parte, que en Uruguay a veces se dejan de lado las necesidades de los hogares cuando se debate sobre energía, porque la discusión suele concentrarse en términos macro. A su juicio, existen medidas de menor escala que pueden tener un impacto significativo en la vida cotidiana y permitir que el consumidor final perciba los beneficios de la transición. “Se pueden hacer cosas chicas pero muy importantes para que el consumidor final sienta realmente que pensamos en él”, resumió.
Téliz sostuvo que la transición debe “permear en todos” y que la sociedad tiene que sentirse beneficiada por ella. Para avanzar en esa dirección, propuso articular tres procesos que actualmente avanzan en paralelo: la estrategia nacional de desarrollo, la política industrial y la estrategia nacional de ciencia, tecnología e innovación. “Si queremos una política industrial fuerte en el sector energético, vamos a tener que estar de la mano transversalmente de la ciencia, la tecnología y la innovación”, planteó.
Planificar la energía que viene
Para Cabrera, la energía eléctrica se encuentra en el centro de prácticamente todas las actividades y, por eso, las decisiones de infraestructura deben proyectarse con una mirada que trascienda los períodos de gobierno. En ese sentido, explicó que UTE elaboró un plan que integra la generación y la transmisión y contempla distintos horizontes temporales, con una planificación que llega a la próxima década y busca instalar 500 megavatios.
La planificación, sostuvo, debe anticiparse a las necesidades que traerán los nuevos proyectos productivos, la movilidad eléctrica y otros usos de la energía. “Las inversiones en infraestructura eléctrica son muy costosas y tenemos que darles una mirada que trascienda nuestro período. Si miramos hacia atrás, el cambio de la matriz tuvo esa mirada estratégica a partir de un acuerdo multipartidario en 2010: el Uruguay del futuro iba a ir por ese camino y se acordó avanzar en esa dirección. Pasaron muchos años hasta que se consolidó. Ahora estamos en una etapa similar en ese sentido”, afirmó.
El desafío, en este nuevo escenario, no es solamente disponer de más energía, sino anticipar cómo evolucionará la demanda y qué infraestructura será necesaria para acompañarla.
Más demanda y nuevas tecnologías
La presidenta de Ancap coincidió en que la transición energética debe analizarse desde varias dimensiones. La incorporación de nuevas tecnologías tiene que contemplar no solo sus posibilidades técnicas, sino también su impacto económico y social y el acceso a los recursos energéticos, afirmó.
Andrea Cabrera y Cecilia San Román.
Foto: Inés Guimaraens
El horizonte que describió estará marcado por un crecimiento importante del consumo, asociado, entre otros factores, a la inteligencia artificial, los centros de datos y la climatización frente a temperaturas extremas.
En ese contexto, la electrificación aparece como una tendencia creciente, pero también aumenta la necesidad de utilizar la energía de manera eficiente. “Estamos viendo que se nos viene un horizonte de mucho consumo, por ejemplo, la inteligencia artificial, que nos va a desafiar a ser mucho más responsables, tanto por el impacto que tiene a nivel ambiental como en las economías de los países”, afirmó.
La expansión de la demanda plantea así un doble desafío: responder a nuevas necesidades de consumo y, al mismo tiempo, hacerlo atendiendo los impactos ambientales, económicos y sociales asociados.
Una transición que también se juega en los hogares
La composición del consumo energético residencial muestra que la transición no se desarrolla de la misma manera en todos los hogares ni en todo el territorio, señaló Bucheli. La directora de Megal indicó que el uso de leña tiene un peso especialmente importante en el interior del país y está asociado principalmente a la calefacción.
Al comparar la situación uruguaya con la de otros países de la región, señaló que cada caso parte de una realidad diferente, aunque existe una tendencia general hacia la electrificación de los usos residenciales. Mencionó los casos de Argentina, Brasil, Paraguay y Chile, donde las fuentes utilizadas y las políticas adoptadas responden a las características de cada país.
Según explicó Bucheli, la leña presenta una eficiencia mucho menor que la electricidad utilizada mediante equipos de climatización. A partir de esta comparación, planteó que la discusión sobre la transición energética no debería limitarse al origen de la energía, sino incorporar también la eficiencia con la que esa energía llega a los hogares y el nivel de confort que permite alcanzar.
La especialista explicó que quienes utilizan leña son, en buena medida, hogares de menores recursos que no cuentan con equipos de climatización eléctrica o no tienen capacidad económica para adquirirlos. “El desafío fundamental, principalmente en el sector residencial, es trabajar para la equidad. Hay una gran diferencia entre la capital y el interior. Los hogares del interior gastan mucho más en energía menos eficiente para tener un menor confort. Yo creo que a nivel residencial trabajaría para la descarbonización, mirando Chile como ejemplo”.
El sistema chileno controla el origen y la calidad de la leña y establece condiciones sobre su comercialización. “No hay control” sobre estos aspectos en Uruguay, señaló, y planteó que también debería contemplarse la dimensión fiscal y ambiental asociada a este tipo de energía.
La discusión sobre la transición residencial queda así vinculada no solo con la descarbonización, sino también con las condiciones en que los hogares acceden a la energía, el costo que deben afrontar y el confort que pueden alcanzar.
El desafío de generar capacidades propias
Mientras tanto, Téliz planteó que la discusión sobre la transición no debería limitarse a decidir qué tecnologías utilizar, sino que también debe preguntarse qué valor y qué conocimiento puede generar el país. Uruguay cuenta con una matriz basada mayoritariamente en fuentes renovables, pero continúa dependiendo del exterior para ciertas tecnologías, indicó.
Frente a esta situación, sostuvo que no necesariamente se trata de intentar fabricar en Uruguay todas las tecnologías, sino de identificar aquellos segmentos de las cadenas de valor en los que el país puede desarrollar capacidades.
La investigadora puso como ejemplo la reutilización de baterías de vehículos eléctricos. Para Téliz, la primera transición energética permitió generar empresas y capacidades, pero todavía existe un espacio industrial y tecnológico que no fue aprovechado completamente.
