Identificar y prevenir el daño evitable es el paradigma de toda actividad humana y es la primera obligación ética de quien tiene la responsabilidad de gobernar.
Esta debilidad parlamentaria puede terminar convirtiendo las facultades constitucionales de control democrático que tiene el Congreso en instrumento de revancha e inestabilidad política.
Resulta necesario desarmar discursos, analizar sus falsas transgresiones y evidenciar que aquello que se presenta como “incorrecto” puede no ser más que una posición reaccionaria.
La misión histórica, si se quiere conservar a la FEUU, es construir confianza política, sin la cual no podremos ser el contingente que organiza la demanda.
La pandemia ha afectado valores, ha promocionado afanes protagónicos, ha silenciado o encerrado a parte de nuestra gente, al tiempo que se celebran o se dejan pasar las trampas que algunos se hacen para sobrevivir.
Desviar nuestra atención hacia internas partidarias y mezquindades políticas sería lo más fácil. Pero la grave coyuntura de esta hora y nuestro compromiso ético nos obligan a ir directo a lo difícil.