“Fue la primera vez que fumé marihuana”, confiesa Ruben Rada, cuando reproduzco en el celular la canción “Muy lejos te vas”, de El Kinto. Le pregunto qué es lo primero que se le viene a la cabeza al escucharla. El tema tiene medio siglo, y le parece que está adelantado a su época, por la armonía y la forma de cantar. Y también, por supuesto, por Eduardo Mateo. El Negro recuerda que más adelante lo grabaron con Opa, cantado por Hugo Fattoruso, y luego se le viene “Heloisa”, la que abre Descarga (1972), el segundo disco de Tótem, porque cuando la compuso también había fumado marihuana. “Hace tiempo se fue Heloísa, / ya debiera de estar acá. / Tal vez siga en su largo viaje / o quizás no regrese más”, cantaba Rada, y ahora dice: “Preguntaba dónde está Heloisa, pero el que me había ido era yo”.

Al músico siempre le gustó andar cuerdo, por eso guarda en la memoria las pocas veces que besó un porro. “Me empezaba a reír y no entendía nada; entonces, me di cuenta que no podía. Recién a los 50 años, cuando fui a vivir a México, empecé a fumar de vuelta, pero en reuniones sociales. Si voy a un lugar, y así como presentan un vinito, aparece una pitadita, pito”, cuenta Rada.

Por el comunismo

Corría el año 1969. Con el que luego sería el segundo baterista de Tótem, Santiago Ameijenda, y el pianista Alberto Dogliotti, Rada se fue a trabajar ‒es decir, a cantar‒, durante tres meses al hotel Crillón, en Lima, Perú. A la vuelta fue al teatro El Galpón, donde Horacio Buscaglia y Mateo estaban ensayando el espectáculo Musicasión 2, para esa misma noche. “Bo, Radita, ¿por qué no cantás un temita hoy?”, le dijo Buscaglia. Aunque podría haber interpretado “Muy lejos te vas”, le dijo que no tenía ninguno para cantar. “Y... hacete un temita”, le retrucó. Entonces, como si nada, Rada agarró por Roxlo para abajo hasta llegar a la rambla, con la única y fiel compañía de un lápiz y un cuaderno, porque en aquella lejana época, no tenía un mango, y mucho menos algo parecido a un grabador. Se vino desde la rambla cantando una melodía, llegó al teatro, se metió en un sucucho y escribió la letra. “Si vitaminas quieres tener, / ricas manzanas debes comer”. Había nacido “Las manzanas”, su primer éxito. En el espectáculo de esa noche, a pedido del público, Rada la tuvo que cantar tres veces. Y aunque todo el mundo debe pensar que su letra es banal, el Negro dice que en el verso “roja o muy verde tiene que ser”, eso de “roja” era por el comunismo.

“Yo soy un tipo totalmente intuitivo”, se define, para contar su forma de componer, y ejemplifica por la contraria, con la canción “Another Brick in the Wall”, que no la nombra, pero la tararea, como hará con varias canciones a lo largo de la entrevista, porque la música le llega antes que las palabras y le brota como una pulsión vital. Comenta que dicen que a Pink Floyd le llevó seis meses componer ese himno. “A mí eso no me gusta. Estar seis meses haciendo una letra es un trabajo, una obra de construcción. Yo propongo una música, y si a la hora de que estoy haciendo la letra, no me sale, la olvido”, cuenta Rada, y, de paso, nos enseña lo relativo del tiempo. En el proceso de creación de la famosa y pegadiza introducción de “Candombe para Gardel”, el músico la tuvo difícil, porque quería componer una melodía tanguera o milonguera sin pasar por al lado de alguna de las 50.000 que andan por la vuelta. Dice que le costó “muchísimo”: un día.

Clavo Polonio

En el celular reproduzco “Negro”, de Tótem, y le pregunto qué piensa cuando la escucha. “En la voz que tenía, que se va perdiendo”, contesta, y confiesa que es un “desastre” para cuidársela como debería. Sufre de reflujo, que le corta la voz, y tiene que dormir con las almohadas inclinadas, tomar medicamentos y hacer un régimen alimenticio duro, porque todo le hace mal. “Y no sé si soy celíaco, tendría que averiguar eso”, acota. “No puedo hacer régimen, porque pasé mucha hambre. Ya hice régimen de chiquito”, lanza, con su clásico humor. Dice que por eso cuando cocina ‒su especialidad es el chimichurri‒, su esposa a veces se ríe porque lo hace para todo el mundo. “Comemos cuatro personas y todavía queda el doble, porque antes era el vaso con leche en la escuela y después, al mediodía y a la noche, lentejas, y el que no quería comer eso, no comía. A mis hijos, cuando eran chicos, les preguntábamos si querían carne, pollo... Antes, lo que había era lo que había”, dice Rada, y recuerda que cuando iba a la escuela y algún compañero no quería un vaso ‒de aluminio, como los de la guerra‒ con leche, él tomaba dos ‒acompañado de un “pancito chico” ‒. La doble ración lo mataba de sueño.

“Negro, ¿vamos a Cabo Polonio?”, le preguntaron infinitas veces a Rada, y más veces dijo que no, porque ese lugar también lo lleva al pasado, ya no a la infancia, sino a su adolescencia. “Yo ya pasé por eso: sin televisor, sin bañarme, comiendo pescado todo el día, al sol, cagándome de calor y vendiendo pareos en la playa”. Por eso le parece que los ricos van a Cabo Polonio para jugar al “pobring”. Y, otra vez, se le dispara el humor: “La única manera de ir a Cabo Polonio es para clavar. Por eso yo contestaba 'Clavo Polonio'”.

Plan B

Si Rada se hace los estudios de rutina para el carné de salud, es probable que le salga que tiene sangre en la música; sin embargo, confiesa que su plan A era jugar al fútbol. A los 15 años se presentó en varios cuadros y quedó para jugar en alguno, pero lo rebotaban cuando en la placa para la ficha médica veían una manchita en su pulmón. “No saben nada, vos ya estás curado”, le decía un doctor del hospital Saint Bois, pero en aquella época ‒fines de los 50‒, no se sabía muy bien cuándo se estaba curado de tuberculosis, la enfermedad que Rada padeció desde los dos a los cuatro años. “Tosía, y no quedaba nadie al lado mío; no tenía amigos, sufrí mucho”, cuenta. A ese problema se le sumaban los “complejos” de su madre y su tía, dos negras que vinieron desde Santana do Livramento.

“Como me iba mal en el colegio, mi madre decía que era porque la maestra era racista, hasta que me di cuenta que el atorrante era yo. Perdí mucho tiempo de mi vida con el racismo, hasta que me liberé y empecé a divertirme, loco. Algunos negros, que ahora les dicen ‘afrodescendientes’, pueden llegar a enojarse conmigo. Pero yo entendí que no tengo color, que tengo que hacer mi vida, que soy un ser humano que debo ayudar a los seres humanos desde la parte humana y no desde el color, pero soy grone. Y, además, África no es solamente negra, están Túnez, Argelia....”

Diez gramos

“Nunca me fui exiliado. Me fui a crecer, porque yo creía que era el mejor cantante del mundo. Salí y me di cuenta de que era un cantante, no más, y que tenía mucho que aprender. Entonces, afuera crecí como artista. Porque acá, un país chiquitito, el Negro Rada andaba por la calle y era un dios, pero había que salir para darse cuenta que no era así”, dice sobre su ida del país hacia Argentina, a mediados de los 70, para buscar mejores rumbos artísticos. Y sí, ya en aquella época era famoso, iba por la calle, lo reconocían y “ganaba con las minas como loco”. También andaba como loco con la ropa, siempre con “buenas pilchas” ‒recuerda‒. “Tenía mis berretines. Iba al estadio con sacos como los de la Gestapo, largos hasta el piso. En esa época estaba bien pillado”, asume.

Hablando de mujeres: “Cuando tengas todo el mundo ya en tus manos / y tu cuerpo salte de felicidad, / yo te arruinaré el final, / porque a mí no me tendrás; / eso, yo sé, te va a matar”, cantaba Rada en “Malísimo”, que apareció por primera vez como apertura del disco Radeces (1975). El músico dice que la canción habla de la “omnipotencia del hombre”, que piensa que cuando una mujer lo deja, no podrá hacer nada sin él; sin embargo, al otro día, la mujer es feliz, sin problemas. Con la perspectiva actual, Rada sigue viendo esa letra como resentida. “En aquella época ya era un error en de mi parte pensar eso de las mujeres, y ahora peor, pero la canción para mí tiene la mejor letra y la mejor música que hice en mi vida”, subraya, y comenta que es una de esas canciones en las que la letra y la música encastran a la perfección, como lo hacen en “Michelle” y “Yesterday”, de los Beatles ‒sí, las menciona tarareándolas‒.

“Yo no tengo muchas buenas letras. Más que nada, soy músico, y a veces me repito. Las letras largas no me gustan”, dice el Negro. Pese a su visión de las letras, para algunos fueron más que buenas, y tuvieron un fuerte significado. Por ejemplo, la de “Ayer te vi”, también de Radeces: “No te vas a morir, / porque a vos te dé la gana, / y vení a candombear / a las tres de la mañana”. Rada recuerda que varios soldados que regresaron de la guerra de las Malvinas le contaron que ese era uno de los temas que escuchaban cuando estaban combatiendo en las islas, y le regalaron rosarios como recuerdo. “Iban a verme a los conciertos en Buenos Aires. Fue muy emocionante, pero yo no pensaba en eso. A veces tiro unas frases, y la gente las interpreta de otra manera, las siente para el lado que quiere”, señala Rada.

Quizás el mejor ejemplo en eso de interpretar a placer esté en la canción “Mandanga dance”, de Adar Nebur (1986). Rada no tenía ni la más remota idea de lo que era la mandanga, hasta que un colombiano lo avivó: cocaína. El músico recuerda una anécdota que sigue la misma línea: “Un día estábamos tocando en Buenos Aires, en un parque en donde antes estaba Italpark, y mientras cantaba ‘La mandanga’, me tiraban sobrecitos, y yo los pateaba para abajo... Era merca. Los músicos de la banda me decían: ‘Usted, toque, y deje eso ahí tranquilo’. Como diez gramos me tiraron”.

Los bolsillos

El éxito más grande que Rada tuvo en Argentina fue “Blumana”, la que abre Rada en familia (1982). Surgió cuando iba a tocar al legendario estadio Obras Sanitarias, en Buenos Aires, todavía en dictadura. “Subían las pibas a los colectivos, las manoseaban y las trataban mal”. Entonces, “la mana” en realidad era la cana, pero Rada dice que, obviamente, no se lo dejaron poner de forma explícita. “Siempre en los conciertos / pasan cosas raras. / tengo mucho miedo / que venga la mana. / Tocá, che, Negro Rada, / tocá, grita la hinchada, / tocá y cantá tranquilo, / que acá no pasa nada”. “La gente se reía. Que acá no pasa anda, pasaba... era un juego de palabras”, aclara Rada.

Así como gracias a la pulsión musical emana melodías por los poros, el Negro es una metralleta de anécdotas que se dispara apenas activando algunas palabras. Por ejemplo, repasando los grandes músicos populares de este país, se le viene una anécdota con José Carbajal, El Sabalero: “Una vez me paró el carro. Yo vivía en Talcahuano y Chacabuco. Él tenía una novia divina, y yo me metía con ella, de vivo. Un día, El Sabalero vino a tomar unas copas al boliche de la esquina, y me dijo ‘usted está de vivo con mi novia’. Le pedí disculpas y le dije que tenía razón. Me quedé quietito. Yo nunca tomé. Canté en todos los boliches, pero nunca tomé. Nunca me gustó tomar”.

El cortado que Rada pidió en la cafetería del Auditorio del SODRE ya se lo tomó todo. Para terminar la entrevista, la pregunto si hay alguna idea de grabar el concierto para luego editarlo en CD, DVD o lo que sea. Me dice que sí, pero que él es “muy raro” para las grabaciones, porque cuando canta para el público no le da “mucha bola” a la afinación, ya que después se arregla en el estudio. “Trato de que la gente se emocione. Igual que en los discos: si la notita está mal pero tiene emoción, la dejo, no soy de la afinación perfecta. Entonces, si después puedo mejorar los sonidos y la voz en el estudio, lo haría, porque cuando te ponés a cantar y a afinar correctamente, perdés naturalidad”, dice.

La ronda de entrevistas para este concierto fue grande, como suele pasar con Rada, una figura inconmensurable de nuestra música. Lo noto un poco cansado, entonces, le pregunto si, entre la música y las anécdotas, alguna vez se le cruza por la cabeza parar de cantar. “Te diría que tengo ganas de parar a fin de año. Pero cuando me toco los bolsillos, no puedo parar”.