El domingo 10 de enero, Waldemar Cachila Silva, director responsable de Cuareim 1080, embajador y referente ineludible del candombe, la cultura afro y el sonido del Barrio Sur, falleció a los 73 años de covid-19. El desenlace de la enfermedad y su muerte se dieron en poco menos de una semana, y el golpe todavía se siente cercano en cada vereda del barrio.

Comencemos por el final, en el patio-escenario del centro cultural de Cuareim 1080. Wellington, que llegó para los últimos minutos de la entrevista, ahora nos cuenta de Susana, una vecina “de acá a la vuelta” con la que siempre se puede contar. Mientras charlamos, sin grabadora y con un rayo de sol, los vecinos pasan y saludan a los hermanos con un brazo arriba. Javier Silva, un primo que trabaja con ellos, se aparece con una bandeja de galletitas y nos convida. “Acá siempre es así”, dice. “Susana me dijo que iba a hacer una torta, yo le dije que tenía membrillo y ta. Siempre compartimos todo”.

Entre los tres, y junto al resto de los presentes, se ríen e intercambian bromas sobre la tardanza del hermano menor. Wellington Silva es el más pasional y Mathías Silva, el más diplomático. Guillermo Díaz Silva –un ahijado que Cachila crio como a un hijo– sabe con exactitud todas las fechas de cada foto de la historia de su familia, de sus logros, primero con la comparsa Morenada (de su abuelo Juan Ángel) y luego con Cuareim 1080, de sus viajes por el mundo y también de sus momentos más dramáticos.

Si bien ya recorrieron buena parte del planeta, Wellington sueña con llegar con los tambores a Japón, Mathías piensa en África y Guillermo quiere “empatar al tata” con un Mundial de fútbol (Morenada fue parte del acto de la ceremonia inaugural del Mundial de 1974). “Quizás también”, agrega Mathías, “que el candombe esté más presente en la educación de Uruguay. La cultura del candombe, no sólo la música y la danza, porque es parte de la historia de nuestro país”.

Mathías Silva

Mathías Silva

Foto: Ernesto Ryan

Juntos forman un equipo sólido que funciona de forma aceitada y natural desde hace más de 20 años. Ya en 2008, en el brillante documental Cachila (de Sebastián Bednarik) se los podía ver a los cuatro (Cachila, Mathías, Wellington y Guillermo) subiendo las escaleras del reformado conventillo Medio Mundo, como un grupo de superhéroes, protectores de la historia y el legado del candombe, o discutiendo acaloradamente en círculo cerrado sobre el ritmo de la comparsa, minutos antes de salir a desfilar por Isla de Flores.

En una de las mejores escenas del documental, en la noche de una madrugada de Navidad, Cachila ve solo y cabizbajo a su hijo Wellington y decide ir a ver qué le pasa. En pocas palabras, concluye con “mañana es otro día, y andamos bien”. En la misma secuencia Mathías, con el rostro frente al de una mujer que le pide que vaya a consolar a su hermano, le explica: “Mi madre dio la vida por esta comparsa, ¿y sabés cuál es el problema? Es que nosotros somos duros”.

En aquella fecha lejana, padre e hijos ya hacía rato que habían hecho alianza para hacer más llevadero el dolor por la pérdida de Margarita Barrios, la madre de Mathías y Wellington, la pareja de Cachila y un pilar fundamental de la comparsa y el proyecto social que habían comenzado a construir juntos en la calle Carlos Gardel.

Al ingreso del centro cultural hay fotos gigantes de festejos en el conventillo Medio Mundo. Sobre una ventana iluminada, brilla el dorado de las copas y los reconocimientos a nivel nacional e internacional a la música y el ritmo de Cuareim 1080. Justo al lado, una montaña de bolsas de red con frutas y verduras llega casi al techo, para cumplir con todos los vecinos que se arrimen a su olla popular. En el recorrido en escalera hacia el segundo piso hay un hermoso retrato de Margarita, y cuando llegamos, un gran salón multiuso (allí se realizan talleres de danza y de tambor, entre muchas otras disciplinas) nos espera para saber más sobre los Silva, la relación con su padre y el futuro de sus proyectos.

Vi en su Instagram que están preparando algo nuevo con Eli Almic.

Mathías: Tenemos una banda de candombe y electrónica que se llama F5, junto al DJ Pablo de Vargas [Lechuga Zafiro], mi hermano Wellington, Guillermo y yo. Hace varios años que venimos trabajando, sobre todo en festivales en el exterior. Con el tambor como mochila hemos recorrido muchísimas partes del mundo: China, Polonia y muchos lugares de Latinoamérica. Por carnaval nosotros no podíamos dedicarle 100% del tiempo a la banda, y ahora, con este parate por la pandemia, nos pusimos a trabajar un montón en esto, que va a contar con colaboraciones de diferentes artistas para lanzar un disco con el sello mexicano Naafi. Y entre los invitados va a haber muchos cantantes, porque nuestra música era instrumental, candombe y electrónica, de club, de baile, y ahora estamos incursionando en el formato canción. A Eli la conocimos en el festival Primavera Sound en Barcelona, hicimos una amistad tremenda y cuando la invitamos no dudó en venirse. La idea es que en mayo vayan saliendo videos y los temas de a dos, durante todo el año.

¿Cómo resulta adaptar la clave del candombe a la música electrónica?

Mathías: Es un género que nos gusta. Juan Campodónico nos vio con F5 y ahí nos invitó a colaborar con Bajo Fondo. Él con Gustavo Santaolalla tenían una idea, a raíz de una profecía que había hecho un profeta argentino.

Guillermo: Benjamín Solari Parravicini.

Mathías: Él decía que en un momento la música eléctrica será en conjunción con la negra. “Ambas asolarán el mundo y con ella marchará esclavo hacia el caos final”. Con esa consigna a Gustavo y a Juan se les ocurrió hacer un candombe y estuvimos grabando tres días.

Fue una experiencia increíble. Ellos nos pidieron que dejáramos todo en función de la canción, y quedó tremendo material [“Solari Yacumenza” feat, del disco Aura]. Luego vino la sorpresa de la nominación al Latin Grammy. No lo podíamos creer, veíamos a Daddy Yankee, Bad Bunny, Alejandro Sanz, y Cuareim 1080 ahí en el costado. Y ahora –con el disco de Bajofondo– también somos partícipes de la nominación al Grammy de Estados Unidos como mejor disco de rock en español. Está buenísimo llegar a esos lugares tocando el tambor. Es lo que buscamos, que no quede todo tan atado al carnaval, sino buscar otras aristas.

Guillermo: Desde 2012, cuando conocimos al Lechuga, primero grabamos un cover de “Bien de bien”, funcionó y nos empezamos a juntar seguido. Le pusimos cabeza al proyecto F5, hasta que, con la música electrónica y el candombe, llegamos al Unsound Festival en Polonia. Eso fue increíble.

Guillermo Díaz Silva

Guillermo Díaz Silva

Foto: Ernesto Ryan

¿Y qué onda Polonia?

Mathías: Vos llegás con el tambor y te miran como diciendo “¿y esto qué es?”. Y en el momento en que te ponés a tocar la gente se mete en un lugar y durante seis horas está en esa fiesta, en un trance, digamos. El tambor tiene algo parecido. En un desfile de llamadas te colgaste el tambor y durante una hora y media estás en eso, disfrutándolo, tocando, bailando, estás sintiendo. Entonces esos mundos se juntan y van de la mano. Ni bien empezamos a tocar y se da la fusión, la gente se pone a bailar. Después te preguntan qué era lo que tocamos, pero la primera reacción es bailar, y vos también te conectás con lo que te transmiten.

Como en cualquier género o expresión del arte, siempre existe un grupo de artistas que queda en el lugar de conservadores o recelosos de cierto estilo o identidad y otro que surge como innovador o rupturista. En su caso parece no haber dudas que forman parte del segundo.

Guille: Es que el candombe siempre evolucionó. Primero se empezó tocando barricas, después los tambores clavados tenían un poco más de forma, y siguieron cambiando con el paso de los años. Antes se los colgaban con cuerda, ahora todo el mundo tiene talines [correas]. Eso también es parte de la evolución de los tambores. Lo que hacemos nosotros ahora viene de nuestro abuelo [Juan Ángel Silva, fundador de Morenada], que, como todo el mundo dice, era muy tradicionalista. En su último año de vida, yo hablé pila de cosas de los tambores con él y siempre quería que el candombe fuera “para adelante”, decía que tenía que transformarse en el folclore de Uruguay. Esa lucha que tuvo toda la vida se puede ver ahora, que hay más de 200 comparsas y cada uruguayo que está en el exterior tiene un tambor, y para sentirse más cerquita se cuelga uno. Eso es lo que nosotros tenemos que aprovechar.

Mathías: No digo que no haya gente con más historia que nosotros, pero tenemos historias del conventillo Medio Mundo, de nuestro abuelo Juan Ángel, y de ahí para adelante. Crecimos dentro de Morenada, lo primero que vimos fue una comparsa. Esa es nuestra vida. Fuimos aprendiendo y ahora tomamos nuestras propias decisiones. Mi vieja [Margarita Barrios] era una persona muy creativa y muy innovadora también, y eso es parte de la esencia que nosotros tomamos.

Ella creaba los trajes, escribía los textos de la comparsa, y siempre buscaba algo diferente. En el año 99 hizo un traje con las lucecitas de navidad. Lo que hoy se hace con luces led, lo hizo con las luces del arbolito. Ella nos pasó eso y las ganas de proponer, de no quedarse encasillado en una sola forma de hacer las cosas. Con la expansión que ha tenido el candombe, en Montevideo y en el interior, yo estoy contento. No lo quiero encerrado en un gueto. Quiero que el que participe lo respete, que sepa lo que está haciendo y representando, que conozca su historia y lo haga con respeto. Si es así, no hay nada más inclusivo que una comparsa. Podés salir vos, tus hijos, tu pareja, tu suegra, tu madre. No hay ningún requisito para salir en una comparsa, sólo que tengas ganas. Hay que estar abiertos, pero sabemos lo que significa la responsabilidad de transmitir qué es lo que representa esto y cuál es el sentimiento de la cultura del candombe.

¿Hubo algún momento de transición, de querer otra cosa que no fuera el candombe, a lo largo de sus vidas?

Guillermo: Nosotros de chicos, en el patio de mi abuelo, jugábamos a que éramos los dueños de Morenada, y él se mataba de la risa. Con dos palillos y una toalla hacíamos el estandarte y las banderas, y mientras nuestra abuela cocinaba, tocábamos el tambor arriba de la mesa, cantábamos las canciones de la comparsa, le hacíamos el desfile por el patio. También, dentro de lo que nos transmitieron nuestros abuelos y tíos, es que nunca nos obligaron a hacerlo así. Todo eso se fue dando de manera natural. Llegó un momento en que hubo que hacer una elección y decir “bueno, ahora nos toca a nosotros ir para ese lado”, y nos metimos de cabeza. Después de que entrás en este mundo de la comparsa, y de compartir todo esto, no podés salir. Empezamos jugando a que éramos los dueños y ahora por determinadas circunstancias somos los que tenemos que tomar las decisiones.

Y es un trabajo.

Mathías: Yo siempre digo que es nuestra empresa, es lo que tenemos que defender y es lo que les vamos a dejar a nuestros hijos. Antes las comparsas podían salir con mascotas, y salían adelante de la cuerda. Desde los cinco años estamos desfilando. O sea que tenemos más de 30 llamadas cada uno. No hubo mucha transición. Y a su vez, cuando falleció mi vieja, el 2 de marzo de 2001, en una actuación del Teatro de Verano, yo tenía 15 años y mi hermano 12. Y en ese momento tuvimos que hacer el clic para apoyar a nuestro viejo, que quedaba solo con la comparsa. Empezamos a coordinar temas, a tomar más responsabilidades, y fuimos creciendo así.

Es muy notable cómo funcionaban con Cachila, y ahora ustedes, como un equipo muy sólido. ¿Cuál es el secreto?

Mathías: Están todas las personalidades. Mi hermano Wellington vendría a ser el talentoso, el más rebelde, el Guille es el más tranquilo y el que busca el equilibrio cuando se pica la cosa, y yo vendría a ser el que más planifica y organiza lo que tenemos que hacer. Mi viejo era el que tomaba las últimas decisiones. Era “sí” o “no”. Entre esas cuatro maneras era que nos íbamos armando. Desde 2002, cuando fuimos a Francia, hemos viajado los cuatro juntos a un montón de lugares. Y en cualquier parte donde estuviéramos, era una mesita y los cuatro hablando de la comparsa. Si perdíamos, cómo volvíamos a estar más arriba; si ganábamos, cómo hacíamos para mantenernos. Las discusiones estaban siempre, pero en pro del equipo.

Guille: Las discusiones eran espectaculares.

Mathías: Podíamos empezar hablando de fútbol, pero terminaba en la comparsa. La última charla que tuvimos con el viejo fue sobre cómo sacar la comparsa el año que viene, y ese equipo se fue formando en los viajes, en los toques; vivimos todos cerca, entonces siempre había un cónclave en el que nos juntábamos a hablar sobre todos los proyectos que teníamos. Este centro cultural está abocado a lo social, fue parte de lo que nos inculcó el viejo, y siempre hablábamos de cómo desarrollar nuestros proyectos un poco más. Hoy por hoy tenemos un merendero, se trabaja con talleres sobre todo en situación de vulnerabilidad, ahora en un rato vienen a trabajar el tema huertas con personas de la tercera edad, por ejemplo. También hacemos talleres en cárceles, escuelas, liceos, en el Museo del Carnaval y en la Escuela de Daecpu [Directores Asociados de Espectáculos Carnavalescos Populares del Uruguay].

Wellington: Nosotros, además de grupo, somos familia y somos hermanos. Cuando empezamos a tocar juntos, Mathías tenía nueve o diez años, el Guille como 13 o 14, y yo seis. Yo llegué al final y aprendí todo con ellos. En la vida, no sólo en carnaval. Cuando yo fui papá, le pregunté primero a mi padre cómo era la cosa, y después a Mathías, que antes había sido papá, y también a Guillermo, que pronto lo va a ser. Como que todos estamos en etapas diferentes, y eso nos ha llevado a que cada uno sepa ocupar su lugar y tomar decisiones. También nos peleamos, y después nos ponemos de acuerdo. Creo que lo mejor que tenemos es que cuando finalmente tomamos una decisión en conjunto, la defendemos los tres a muerte. Eso es lo que nos ha permitido estar tanto tiempo trabajando juntos y tener otros proyectos, como F5 o el quinteto con Hugo Fattoruso, y siempre mantenernos como un bloque.

Wellington Silva

Wellington Silva

Foto: Ernesto Ryan

¿Había cosas en las que Cachila no cedía o siempre se podía llegar a algún tipo de acuerdo?

Guillermo: Creo que al tío, si hay que agradecerle algo, y también lo digo por mi señora [Saura Peyrot], que es la coreógrafa de la comparsa, es la libertad. Siempre nos dio libertad para que dijéramos lo que pensábamos sobre cualquier tema. Te escuchaba y después te daba su punto de vista, hasta que llegábamos a un punto de acuerdo. Creo que el primer gran acuerdo que tuvimos fue sobre la velocidad de la llamada.

Cuando él nos dejó la responsabilidad de la cuerda de tambores, nos pusimos a mirar videos de las llamadas, con la pregunta “¿por qué desde 1987 [hasta 2003] una comparsa de Barrio Sur no gana las llamadas?”. Y entre las investigaciones que hicimos llegamos a la conclusión de que la cuestión era acelerar un poco el ritmo. Veías los videos, y lo que comentaban en ese tiempo en la televisión era “ahí viene Morenada, con el caballito cansado…”. Y veías pasar a los otros con un ritmo más fuerte y avasallante, entonces dijimos “vamos a tratar de equiparar primero ahí”. Y en 2003, con Cuareim 1080 tuvimos la suerte de ganar el desfile y las llamadas. Esa fue la primera discusión que tuvimos con él. Nos decía “no, vamos a perder, no podemos tocar así…”, y ahí le dijimos “pará, confiá en nosotros, que el punto está ahí”. Y era que no, que sí, hasta que en un momento nos dijo “bueno, ta, háganlo”. Cuando ganamos el desfile, después nos decía “ojo que tocaron muy rápido, un poco menos”, y cuando ganamos las llamadas le dijimos “¿viste que teníamos razón?”, y seguía con que habíamos tenido suerte. Pero más allá de eso, nos había dado la confianza de decidir qué era lo mejor para la comparsa. Él lo que no quería era perder el ritmo característico de Barrio Sur, que lo hacemos siempre, lo tenemos más que innato, pero sabíamos que entrando en esa calle que está ahí, acelerando un poco más el ritmo, íbamos a transmitir otra cosa a la gente y a acercarnos un poco más a lo que creíamos que nos faltaba para volver a ganar las llamadas.

El tiempo para el candombe es clave, ¿no? Como un relojito que vas regulando.

Mathías: Claro, lo que tiene el toque nuestro es versatilidad. El toque, mientras mantenga ciertos criterios rítmicos, es el mismo. Después con la velocidad lo puedo acelerar o lo tiro para atrás. A diferencia de otros toques que mantienen una velocidad constante, el nuestro puede ir oscilando y también tiene más tiempos. El piano, al ser liso, tiene más espacios para poder variar. Sigue siendo el sonido de Barrio Sur, sólo que nosotros vamos jugando con los tiempos, y según lo que queremos decir o representar, vamos regulando. Acá aceleramos, acá lo hacemos más base. Estamos enamorados de este toque y lo vamos a defender a muerte. A veces la gente no entiende que el toque tiene que ver con los criterios rítmicos: qué hace el piano, el repique, el chico, y cómo se comunican.

No tuve la suerte de conocer a Cachila. No hablaba mucho, ni poco, pero era muy preciso, ¿no?

Mathías: Si no lo conocías primero te marcaba esa distancia del director, del que manejaba la cosa. Pero después que rompías esa barrera te matabas de la risa con él. Tenía mucho sentido del humor.

Guillermo: Después de que rompías la barrera ya te venía un sobrenombre, y acostumbrate a que ese iba a ser tu nombre de ahí para adelante. Eso lo hacía con todos.

Mathías: Era muy observador. Cuando veía que alguno andaba por el mal camino te decía “mirá, fijate aquel, vamos a llamarlo a ver cómo lo podemos ayudar”.

Y desde hace tiempo venía diciendo que la comparsa era de ustedes.

Mathías: Desde que pasó lo de mi vieja él nos fue preparando para que en algún momento tomáramos la posta. Siendo menores de edad ya dirigíamos 70 tambores, y después de a poco nos fue dando más responsabilidades en el armado de los espectáculos.

De todas formas, todavía tenía muchísimo más para enseñar y para compartir.

¿En qué cosas, desde lo cotidiano, se lo va a extrañar a Cachila?

Mathías: Es muy difícil. Siempre fue como un maestro. A su manera, te marcaba las cosas y te iba educando. Te llamaba aparte y te decía “mirá esto” o “mirá a aquel”, y casi siempre tenía razón. En el barrio a Cachila lo ves en cada rincón. En cualquier lado te cuentan una anécdota con él, los vecinos lo quieren todos. Fue un embajador de esto. Desde el año 65 que sale con el candombe fuera de fronteras.

Y nos enseñó cosas básicas, como ponernos una camisa y un par de zapatos cuando vas a cualquier reunión, porque lo que estás representando no es sólo tuyo. Desde eso a cómo tenés que hablar, cómo dirigirte a la gente que trabaja contigo, que es lo que más tenés que cuidar. Siempre te iba dejando una semillita. “Vení, escuchá la cuerda de más atrás”, “parate en tal lado”. Últimamente lo hacía mucho, y cada comentario era para potenciar la comparsa. Y así era con todo el mundo, con cualquiera del grupo que se le sentara al lado. A raíz de esto, vi muchos comentarios en Facebook de un montón de gente a la que le dio consejos, y los que nos dio a nosotros para la vida tratamos de aplicarlos.

Guillermo: Todo eso que dijo Mathías, y en el día a día. Pasar un ratito a tomar un café con él. Que te llame por teléfono cada tres minutos para ver qué estás haciendo. “Vení, ¿dónde estás?”. Eso sí falta y va a faltar. Después, en lo demás lo llevamos en todo. Estoy seguro de que en cada paso que vamos a dar ahora lo vamos a tener con nosotros.

Wellington: Te cuento una que me pasa con los vecinos. Vivimos en un barrio muy alegre, donde hay música siempre y niños jugando, bicicletas, todo. Cuando llegaba mi viejo, si estaba la música muy alta o había mucho quilombo, se hacía como un silencio de respeto y había que parar. Mi viejo tenía la costumbre de decirles “bueno con la pelota y el griterío, que mañana me tengo que levantar temprano”, y seguía caminando. Ahora yo les dije a los vecinos: “Miren que yo les voy a gritar igual, eh, para que no lo extrañen a mi papá”. Mi hija menor, que tiene un año y medio, todas las mañanas se levantaba e iba corriendo al cuarto de papá, le pateaba la puerta, y su abuelo le daba una galleta de desayuno. Y hace poco, una mañana, mi hija salió corriendo, hizo la de todos los días, fue, pateó la puerta, se dio vuelta, me miró y me dijo: “No ta”. Entró de vuelta, levantó la sábana de la cama y miró abajo: “No ta”. No me salió cómo explicárselo, imagino que cuando crezca encontraré la forma de contarle. Y yo voy a extrañar a mi papá, no a Cachila el personaje. Voy a extrañar discutir con él porque no apagué la luz. “Apagá la luz que sube la UTE”, “cerrá la puerta que no vivís en una carpa”, esas discusiones de padre e hijo de todos los días y de la convivencia. Y la necesidad de mis hijas de verlo y de saber quién era mi papá. Eso es lo que más voy a extrañar. Lo mismo me pasó con mi vieja. Ellas no tuvieron la oportunidad de ver y disfrutar a mi mamá. Creo que ahora me va a pasar con la más chica, a ella le voy a tener que contar todas las historias de mi papá: “Vos venías acá y el abuelo todas las mañanas te daba una galleta”.