Un póster de los Galactic Cowboys sobre una pared de ladrillos falsos y el neumático de un camión como soporte de tres latas de cerveza son el telón de fondo de un encuentro casual que, más de 30 años después, adquirirá un significado trascendente. Transcurre una noche de diciembre de 1993. El periodista Tabaré Couto, al frente del ciclo musical Ruta 66, promete a su teleaudiencia una actuación de lujo como regalo de fin de año.
Cuando se abre el plano, Eduardo Darnauchans empuña su guitarra y propone “una que sepamos todos”. Otra guitarra, la del productor musical Alfonso Carbone, se suma a una versión de “Girl from the North Country”, que al final se mezcla con “Blackbird”, de The Beatles. La notable interpretación traspasa las ondas del pequeño estudio de Canal 5 y sacude el corazón del propio poeta tacuaremboense, que no logra ocultar su emoción al aire y apenas si puede seguir con el improvisado concierto.
Ya en ese entonces, el sueño de un disco local con canciones de Bob Dylan llevaba un buen tiempo en la mente de Carbone. “La idea original era hacer el disco solo con él. El Darno cantando a Dylan”, cuenta el histórico ejecutivo discográfico a la diaria. “Habíamos avanzado en algunas cosas y después pasó lo que pasó. Primero yo me fui, seguimos en contacto, pero ya no con la misma fluidez con la que veníamos, y se cortó por ahí. Pero la idea nunca la abandoné”.
Radicado en Chile desde hace más de 30 años, Carbone vuelve cada verano al balneario uruguayo La Floresta, al que aprecia como su lugar preferido de descanso. Durante este carnaval, sus vueltas por Montevideo no tienen otro motivo que el inminente lanzamiento del disco Uruguay canta Dylan. La primera entrega del ambicioso proyecto incluye 14 canciones del trovador estadounidense versionadas en español por Eduardo Darnauchans, Gastón Dino Ciarlo, Laura Canoura, Tabaré Rivero, Liese Lange, Martín Buscaglia, Carlos Casacuberta y Franny Glass, entre otros artistas uruguayos.
El álbum –editado por el sello Bohemio Records y con una portada del dibujante Nicolás Peruzzo– se podrá escuchar en plataformas digitales a partir del viernes 20 y contará con una versión física editada en vinilo.
Darnauchans era tan fanático de Dylan como vos.
Exacto. Y mi amistad con el Darno comenzó un poco a partir de ahí. El Darno era Dylan, Donovan, Antoine, Leonard Cohen. Toda la misma camada de artistas que yo escuchaba. Aparte del pop inglés, que también le encantaba. Siempre nos reíamos porque creíamos que éramos los únicos fans de Los Hollies, por ejemplo.
A la vez, el gusto por Dylan era generacional y estaba la inquietud de: “¿Qué quiso decir Dylan en esta letra? ¿Está pidiendo ayuda?”. O sea, el Darno era de los que lo habían estudiado en profundidad. Nosotros, como en tantas partes del mundo, realmente creíamos que el mundo se podía cambiar a través de la música y la literatura. Y eso duró hasta 1968. Estábamos muy metidos en una movida que tenía un montón de artistas de acá, de Argentina y de Brasil. Nos parecía que se podía hacer algo mejor. Claro, el despertar fue duro, pero por un tiempo lo creímos.
¿Vos cómo llegaste a Dylan?
Lo primero que escuché fue “Blowin’ in the Wind”. Tenía 14 años. Pero yo creo que el detalle más importante de mi aproximación a su obra es que mis padres me obligaron a estudiar inglés desde chico. Porque si no entendés lo que dice Dylan, estás liquidado. “Blowin’ in the Wind” es una letra relativamente simple, pero después vinieron otras canciones más complejas. A mí me voló la cabeza con “Like a Rolling Stone” y el disco Highway 61 Revisited [1965].
En una época de Beatles y Rolling Stones, supongo que no era tan común escuchar a Dylan en Uruguay.
Definitivamente. Me acuerdo de que Dino, con quien llegamos a hablar para que estuviera en este disco, era uno de los que lo escuchaban. En ese sentido, Uruguay siempre estuvo, con respecto a Argentina, un poquito más adelantado en muchas cosas.
Acá llegaban un montón de revistas que no llegaban a casi ningún lado. O se publicaban discos que no se publicaban en otros lados. Eso se nota en los grupos que se formaron a finales de los 60, principios de los 70. Pensá que tenés tremendas bandas: Opus Alfa, Días de Blues, Psiglo, y ni que hablar de El Kinto y Tótem.
¿Cuál dirías que fue el efecto que te causó la música de Dylan?
Por ejemplo, me hizo leer mucho más. Del mismo modo que cuando empecé a escuchar a los Stones me puse a buscar a Chuck Berry y Muddy Waters, con Dylan, si no leíste la Biblia, hay cosas que no vas a aprender. Si no leíste a Dante Alighieri, te va a pasar lo mismo. Y con esto no me la estoy dando de intelectual. Lo que intento decir es que si querés entrar de verdad en la obra del tipo, hay lecturas que son ineludibles. Por más que algunas canciones parezcan muy simples, ninguna lo es.
Foto: Guillermo Legaria
O sea, el Premio Nobel no se lo regalaron y se lo tendrían que haber dado antes. El tipo cambió la cabeza de toda la generación. Le cambió la cabeza a The Beatles: “Ustedes ya vendieron millones de discos. Está bárbaro. ¿Cuándo van a decir algo?”.
Durante las décadas de 1980 y 1990 fuiste responsable de muchos de los discos más importantes de la música uruguaya. Me consta que hace por lo menos tres años que venís con la idea de editar este disco. En perspectiva, ¿hoy te resulta más difícil generar proyectos musicales en Uruguay?
Es difícil, como siempre, pero este proyecto en particular es gratificante por la forma en la que lo estoy encarando desde el punto de vista comercial. Porque la idea fue: el que no quiere estar, que no esté. Y el que está es porque quiso participar.
Además –y está mal que lo diga yo–, mi idea es hacer un proyecto de nivel, que si llega a la mano de Bobby diga: “Ah, mirá vos, de Uruguay. No está nada mal”. Eso es lo único que quiero. Después, tengo otros dos o tres proyectos dando vueltas.
En esta nueva etapa del proyecto, ¿qué músico fue el primero en el que pensaste?
Mi idea era armar una suerte de homenaje latinoamericano. Y recibí muy buenas respuestas. Pero, en un momento, dije: “¿Por qué no empezamos por Uruguay?”. Y nuevamente, los músicos de acá fueron muy receptivos. Incluso algunos me llamaron, onda: “Quiero estar”. Creo que solo dos dijeron que no y están en su derecho. No les gustará Dylan o no les gustaré yo.
El Pájaro Canzani fue de los primeros que grabaron, y Carlos Casacuberta ya tenía su versión de “Shooting Star / Estrella fugaz”. Después, Santiago Tavella hizo una versión increíble de “Simple Twist of Fate / Un simple giro del destino”, que se va un poco lejos de la original, pero es genial. Y lo de Franny Glass, con “Don’t Think Twice, It’s All Right / No lo pienses más”, es un golazo.
La idea es sacar un segundo volumen. Hay varios artistas que todavía están por grabar, entre ellos Jorge Nasser y Mandrake Wolf.
Sale por tu sello Bohemio Records. Supongo que el nombre viene por tu afinidad con el club Wanderers.
Tiene un poco de mi pasión futbolística y tiene un poco de que también en mi vida he terminado siendo un poco bohemio. He vivido en tantos lados y he dado tantas vueltas... Aunque a nivel profesional uno tiene que ser absolutamente serio, digamos.
En paralelo a estos discos, hace tiempo que estás escribiendo un libro sobre Dylan. ¿Ya lo terminaste?
Ahí tenés un ejemplo de la bohemia. Agrego cosas, reviso y borro otras y las reescribo. Pienso que este año lo voy a terminar. Aparte, no sé cuánto más me queda de vida. O sea, nadie lo sabe nunca, pero yo ya estoy ahí, no sé si en la cola, como decía el Pepe, pero cerca de la cola.
Lo que yo quiero es que el libro sea real. No quiero atacar a nadie. Es decir, no quiero que nadie se sienta atacado, pero tampoco puedo mentir. Mi deber es decir las cosas como realmente fueron, no como cuentan las leyendas, a veces. Porque no todo fue lindo.
Con todo lo que se ha estudiado su vida y obra, el tipo sigue siendo un misterio.
Dylan viene de dos pueblitos del norte de Minnesota [Duluth y Hibbin], que no sabés lo que son. Agarrás una bicicleta y en tres cuadras los recorriste. Yo los conocí, y ahí te das cuenta de algo que también nos pasa a nosotros en Uruguay: al ser tan pequeños, empezamos a mirar hacia afuera y eso te obliga a abrir la cabeza. El tipo, cuando se fue de ahí, se encontró con un mundo completamente distinto. Pero además era una esponja. Absorbía todo lo que escuchaba, todo lo que leía.
¿Qué te pareció la forma como lo representan en la película Un completo desconocido?
No está mal y tampoco es una versión romántica. Es una visión bastante realista. Pero lo que no sé si termina de transmitir la película es que, en realidad, cuando ese joven Dylan llega a Nueva York, cuenta una vida inventada. Decía que había estado en el sur con los negros, que se había ido con un circo y que sus padres estaban muertos. Es decir, todo el mito que se formó alrededor de Dylan lo inventó él mismo para no quedar como un recién llegado.
Vos pensá que el tipo venía de la nada al lugar donde estaban todos los capos de la música, que lo miraban onda: “¿Y este pendejo quién es?”. Esa parte de la historia no creo que quede tan bien reflejada en la película. Otras cosas del film están bien: el tipo va y le canta a Woody Guthrie la canción “Song to Woody”, que le hizo a los 18 años a su ídolo. Y sí, escuchás algo así y te queda claro que el tipo tiene talento y que no es uno más del montón. Pero también tenía que encontrar a alguien que lo guiara. La competencia no era poca. Había gente muy interesante. Estaba Phil Ochs, que era muy bueno también, y con el que se peleó varias veces.
Durante un buen tiempo se ponía de muy mal humor cuando lo identificaban como un cantante folk.
Lo que pasa es que en un momento él empieza a alejarse de la canción de protesta. Cada vez con mayor frecuencia le preguntaban: “¿Qué va a pasar ahora?”. Y el tipo dijo: “No, pará. Yo no soy un dios ni un profeta. La mitad de las respuestas no las tengo. Digo lo que pienso, lo que siento, pero vos entendés que ‘A Hard Rain’s A-Gonna Fall’ es por una lluvia de misiles; es tu interpretación. Pero yo no tengo la responsabilidad de eso”.
Y empezó a viajar a Londres.
Esos viajes le cambiaron la cabeza. Empezó a conocer gente del mundo del pop y del rock inglés, que tenía otro estilo. Ahí cambia hasta la manera de vestirse. Él toma todo eso y lo transforma a su manera. Y después les marca el camino a todos los rockeros. Y cuando todos los rockeros están esperando la continuación de Blonde on Blonde [196]), aparece con un disco folk, John Wesley Harding [1967], y la gente se queda de cara. Y después, ¿qué hace? Saca un disco de country, Nashville Skyline [1969]. El country siempre fue reaccionario, pero con ese álbum y la canción que canta a dúo con Johnny Cash, “Girl from the North Country”, la gente empezó a darse cuenta de que en el country no eran todos cuadrados y rednecks.
Y ahí el tipo vuelve a cambiar. Siempre fue así. Su último disco, Rough and Rowdy Ways [2020], es uno de los tres o cuatro mejores de toda su carrera.
¿Para tanto?
Es una maravilla. Paul McCartney solista tiene grandes discos, pero mucho relleno, y estamos hablando de otro genio. Si hubiera sacado la mitad, tal vez serían obras maestras. Pensá en Bruce Springsteen: hasta dónde tenés que ir para encontrar un gran disco. Born to Run [1975] y listo. Nebraska [1982], puede ser.
Que un tipo de la edad de Dylan [84] grabe un disco así es para sacarse el sombrero. La primera vez que lo escuché me quedé de cara. ¿Cómo se puede componer algo tan bueno a esa altura de la vida?