Hace 26 años, durante aquel revival del cine de terror encabezado por sagas como Scream o Sé lo que hicieron el verano pasado, una película llegó con la intención de parodiar el género, además del subgénero del slasher. Scary Movie, con varios hermanos Wayans detrás del proyecto, era la heredera de otro género, el de chiste tras chiste, y llegaba para llenar el vacío que habían dejado varias pistolas desnudas e innumerables locademias de oficios varios.
La trama, o la excusa para encadenar los chistes, tenía que ver con las mencionadas historias de terror: el accidente de tránsito que motivaba una venganza sangrienta y el asesino enmascarado que jugaba con los clichés de las películas de terror. Todo eso, salpimentado con “humor fumón” y referencias a otras películas, celebridades y hasta publicidades de cerveza.
Si bien desde la primera entrega la crítica estuvo dividida, las siguientes se ajustaron a la ley de rendimientos decrecientes. Para la tercera entrega los Wayans habían quedado fuera del proyecto, las excusas se fueron afinando y se apelaba a figuras como un Charlie Sheen caído en desgracia o un Leslie Nielsen con la vara bajísima en materia de guiones.
Al mismo tiempo, las películas de los directores Jason Friedberg y Aaron Seltzer, a su vez coguionistas de la primera Scary Movie, sepultaban el género de chiste tras chiste al convertirlo en una sucesión de escenas que parodiaban escenas puntuales de obras conocidas, como si fueran sketches mediocres de Saturday Night Live, en el mejor de los casos, o sketches pensados para circular en redes sociales, en el peor.
El regreso en 2025 de La pistola desnuda, con la traducción latina original de ¿Y dónde está el policía?, recordó a las audiencias que había otra manera de hacer comedia, más allá del humor sutil y el humor inteligente, que nadie niega que estén muy bien. Un año más tarde se estrenó Scary Movie: terroríficamente incorrecta, y lo que digo no me provoca el mínimo orgullo, pero es un hecho: no se me escapó una risa en los 96 minutos de película.
Llegué a la sala con expectativas bajas después de que el tráiler se centrara en un chiste sobre pronombres e identidad de género, sumado a un chiste sobre los votantes republicanos que por alguna razón se mantuvo para la promoción internacional de la película. Sin embargo, la idea de una especie de “comedia anti woke” (la expresión me da agruras) hubiera sido más interesante que la sucesión de chistes de golpe y porrazo (volveré sobre esto) o vueltas humorísticas sobre películas conocidas que podrían haber sido mejor resueltas por un tuitero. Uno cualquiera.
Todo comienza con Teyana Taylor, la actriz de Una batalla tras otra, en una versión exagerada de su personaje y de sí misma. Hay chistes sobre sus abdominales, sobre su empoderamiento femenino y también sobre el empoderamiento afroestadounidense que los Wayans suelen abrazar, pero que se pierde cuando nos recuerdan que todo transcurre en un restaurante llamado “Fuego del culo” (así, en español).
De todos los comentarios meta que tiene el guion, que incluyen una mirada a cámara y el pedido lamentablemente ignorado de “necesito mejores guionistas”, lo más interesante parece estar en el choque entre las nuevas generaciones que heredan franquicias de terror y los veteranos que regresan. Jóvenes actores y actrices que hacen de hijos del cuarteto original conviven con estos (Anna Faris, Regina Hall, Marlon Wayans y Sean Wayans), que aparecen sin importar el destino que sufrieron en películas anteriores.
Esto también se pierde, entre otras cosas, porque Shorty (Marlon) parece haber sido descongelado desde su última aparición en 2001 y remite exactamente al mismo humor fumón, más allá de una mención a la legalización de la marihuana. Lo de Ray (Shawn) es peor, ya que más allá de avances conservadores no es lo mismo ser homosexual el siglo pasado que en la actualidad... más allá de que los chistes del “tapado” ya atrasaban en las dos primeras entregas.
Lo que completa la hora y media son parodias a películas como Pecadores, La noche de la desaparición, La sustancia, ¡Huye! o Candyman, pero también a la biopic de Michael Jackson, Las Guerreras K-Pop y algo de John Wick. Mezclado con menciones a Chat GPT, el saludo nazi de Elon Musk, el asalto al Capitolio y los agentes de ICE. Referencias, guiños y otras alusiones llegan de la mano del mínimo común del humor, que funciona cuando la combinación sorprende. También sorprende cuando alguien arroja un objeto y le da a otro personaje en la cabeza, pero uno espera un poco más.
También esperaba más del trabajo de los subtítulos, que en ocasiones precisaban un poquito más de esfuerzo y en otras un poco menos: que Merlina (Wednesday) fuera rebautizada Martina (Tuesday) volvía innecesario que un chiste sobre “Taco Tuesday” se transformara en “el Día de San Martín”. Literalmente funcionaba con “martes de tacos”. Pero estoy hilando demasiado fino para una película que muestra en primer plano micropenes y una vulva que se parece a un porro.
El final coquetea con el absurdo, con lo meta, pero no es suficiente para rescatar a esta nueva Scary Movie del abismo. Quizás funcione si uno la mira drogado, pero yo estaba más careta que Ghostface.
Scary Movie: terroríficamente incorrecta. 96 minutos. En cines.
