Me despierta el estruendo. La explosión hace temblar las puertas y los vidrios de las ventanas. Después otra más, y otra, cada vez más lejos. Luego, silencio. Ni el rumor más leve, ni un solo sonido viene del pasillo ni desde la calle, ni un perro que ladre, nada. Me quedo paralizada en la cama. Todo es oscuridad. Miro la hora: 2.45. Es posible que me durmiera o quedara en duermevela cuando me despierta la alarma antiaérea. Después, silencio. Agudizo el oído, escucho algo como un siseo largo, luego otro, y de inmediato las explosiones.

Mientras busco a tientas unas medias gruesas y una chaqueta para ir al refugio que está al final del pasillo, me llega un mensaje de Daryna:

–¿Estás bien? Cuidado, es balística hipersónica desde Crimea.

–Estoy bien, solo escuchando las explosiones. ¿Ustedes?

–Nosotros en el “búnker” debajo de la manta.

Daryna y su esposo, Javier, me contaron esta tarde que cuando escuchan el siseo de las defensas antiaéreas se quedan tranquilos porque confían en que están protegidos. Entonces solo se tapan con la “manta antibalas”, que es su acolchado de plumas, y siguen durmiendo.

–Voy a ir al búnker –les respondo.

–Hacelo. La alarma sigue en curso y además hay drones. Recordá: ropa interior con actitud y pintarse los labios.

No puedo reírme porque estoy bajando en medio de la oscuridad a lo que antes era la sala de conferencias del hotel y ahora se utiliza como refugio antiaéreo.

Daryna me contó que luego de los primeros meses de pánico, de no dormir, de esconderse como zombis, cambió su actitud. Cuando se levanta por la alarma, se arregla y se pinta los labios. Varias compañeras suyas de trabajo hacen lo mismo, incluso se han comprado ropa interior bonita, para no andar “así nomás, toda desarreglada, mirá si la vienen a rescatar a una y está con un pijama de franela”.

Son cuatro años escuchando las alarmas antiaéreas, las explosiones y el ruido como de una “moto de repartidor” que hacen los drones. Daryna y Javier ya no van al refugio, salvo que el peligro sea muy serio. Ya el estrés es bastante alto como para ir con los chicos y los dos perros a un lugar helado, con niños llorando y perros ladrando histéricos. Prefieren quedarse en una habitación segura de su casa, y a veces, ni eso. Solo la “manta antibalas”.

Hace algunos días su hijo menor estaba con 40 grados de fiebre. En medio de la noche, Javier escuchó claramente el motor del dron que se acercaba por encima del edificio. Lo único que atinó a hacer fue correr a la habitación de Max y cubrirlo con su cuerpo. Pasaron segundos eternos hasta que el ruido del dron se alejó. “Esta vez nos salvamos”, pensó. Eso es todo. Esta vez no. Será cuando sea.

El sistema de mensajes de alarma indica con íconos qué tipo de ataque están recibiendo, dónde y cuánto tiempo tienen para llegar a cubierto. Desde el búnker, donde estoy sola en la oscuridad solo tapada con una manta, recibo las actualizaciones de Daryna. Como a las 5.00 parece que ha vuelto la calma. Subo a la habitación. Sigo escuchando algunos estruendos a lo lejos. Me duermo tal vez a las 6.00 o a las 7.00, completamente agotada.

El escape hacia la locura

En una caja de dron Olga guarda balas, proyectiles de distintos tamaños y fragmentos de misiles que le envió su amigo Serguei del frente, para que hiciera piezas de arte con ellos. Diseñó dos corazones; al primero lo llamó “One second before the break” (“Un segundo antes de la ruptura”), y en él una bala apunta directo al corazón. El segundo, “One second after the break” (“Un segundo después de la ruptura”), el corazón ya partido, lo terminó justo una semana antes de que mataran a su amigo en el frente de batalla.

Saca las piezas de un armario en el estudio que ha improvisado dentro de su apartamento, en un bloque de viviendas en las afueras de Kiev. En un pequeño balcón tiene su horno, donde cocina las piezas que ha enviado a exposiciones en toda Europa.

“A veces no puedo ni mirar las piezas que he hecho. Siento un dolor inmenso”. El arte ha sido su forma de sobrevivir en la guerra. Durante los días más duros de corte de energía, en enero de este año, se envolvía en tres capas de ropa gruesa, se metía dentro de un saco de dormir, ponía a Sim, su gato, en la falda, y llorando pintaba y esculpía sus obras: colgantes, anillos y pequeñas piezas que moldea a mano. Era una forma de meditación, de resistir las noches heladas en la oscuridad. “El balcón estaba lleno de nieve. Dentro de casa hacía unos cinco grados de máxima”. Resistió la primera semana y luego se fue a casa de su padre en Vinnytsia, hasta que hubo electricidad en Kiev, al menos de a ratos.

No todas las personas podemos atravesar la guerra sin quebrarnos. En los primeros meses tuvo lo que se llama “desrealización”, un estado completamente disociado de la realidad. Estaba constantemente en pánico. No podía dormir, ni caminar sola, salir a la calle, hacer las cosas más sencillas como tomar un taxi. Durante días lloraba compulsivamente, no podía parar, y luego dormía 16 horas seguidas. Desde el exterior recibió invitaciones para instalarse en Praga, Berlín, o Reino Unido, donde pasó una temporada, pero luego regresó a Ucrania.

“Entendí que en el exterior nadie podía ayudarme. Podía aspirar a limpiar casas y dormir tranquila, pero no quería hacer eso. Yo quería seguir con mi arte y también para estar con mi madre. Pude compartir con ella tres años más de su vida antes de que muriera, el verano pasado. Solo por eso sé que fue una buena decisión”.

Olga batalla por mantener su salud mental, con medicación antidepresiva desde hace año y medio. Tiene días mejores y otros peores, en los que apenas puede levantarse de la cama. El ruido de las bombas sigue causándole estrés y un miedo inexplicable.

Un veterano del ejército ucraniano en una estación de metro frente a vagones vacíos durante los apagones masivos en Kiev, el 31 de enero.

Un veterano del ejército ucraniano en una estación de metro frente a vagones vacíos durante los apagones masivos en Kiev, el 31 de enero.

Foto: Serhii Okunev / AFP

Mercenario

“No me molesta que me llamen mercenario. Somos mercenarios. Combatimos por dinero. Pero no es solo eso. La causa es justa”. Edinson hace las cuentas, suma los pagos que corresponden en cada circunstancia y finalmente cierra la cifra de unos 5.000 dólares al mes.

Llegó de Colombia y fue directo al campo de entrenamiento. “Estábamos locos de testosterona, todos hombres, encerrados, armados, estresados, fumando todo el día. La salida a la primera misión fue una locura, me ofrecí primero. En el vehículo veníamos en alerta máxima, mirando por las ventanillas. Al saltar del vehículo vimos el dron, estaba encima de nosotros. Y el impacto del misil, descomunal, en ese instante. Volé como una marioneta. Durante unos segundos fue como si me vaciara por dentro, como si no estuviera en mi cuerpo. Luego, el estruendo, la caída, el impacto, los gritos, el olor a quemado. Yo fumaba tres cajas por día y como premio por la primera misión me habían regalado muchas cajas de cigarrillos que llevaba conmigo. Vi volar cigarrillos por todas partes. En ese momento me dije: si quiero vivir, no vuelvo a fumar nunca más”.

De ese primer ataque se salvó.

“Corrimos a escondernos en el sótano de una casa abandonada que estaba cerca, guiados por los ucranianos que estaban en el terreno. Los rusos bombardearon durante tal vez una hora toda la zona: morteros, drones, misiles, todo lo que tenían. Escuchábamos el estruendo desde el sótano y yo pensaba: ¿qué infierno es este? Nunca había estado en un infierno así. Los ucranianos, en cambio, reían, ponían música, bailaban y nos mostraban porno. Llevan demasiado tiempo así. Están desquiciados por completo”.

Edinson perdió un pie al regresar de una misión en territorio ruso. Pisó una mina “mariposa” –de apenas unos 20 centímetros, pero de una potencia descomunal– que un dron ruso había “sembrado” la noche anterior.

“Lo primero que sentí fue la sangre pulverizada y la pólvora que me golpeó en la cara. Di dos pasos, me caí y recién ahí vi que ya no tenía el pie. Grité por ayuda, pero el compañero que venía detrás había perdido una pierna entera y el otro había recibido esquirlas en el abdomen y la cabeza, un fragmento le había cercenado una oreja y estaba bañado en sangre. No sentí dolor. La adrenalina anestesia el cuerpo. Actué de forma mecánica: me hice el torniquete, busqué refugio debajo de un árbol –luego de una explosión, de inmediato llegan los drones a reconocer el terreno y rematar a los que están vivos– y llamé por radio. La ayuda llegó unas dos horas más tarde. Un ucraniano me cargó en su espalda, arrastrándose a través de todo el campo, tal vez 600, 800 metros, bajo fuego ruso. Yo me desmayaba, y él volvía a cargarme sobre su espalda y seguía avanzando. La fuerza y el coraje de ese ucraniano no la he visto en mi vida. No sé su nombre. Solo sé que se quedó con la bandera de Colombia de recuerdo”.

El punto de extracción quedaba a través de un campo de soja. En medio de la guerra, los ucranianos siguen plantando y cosechando cereales.

“En el campo los cuerpos se acumulan en filas, el olor a putrefacción es insoportable. Ahora, en invierno, deben estar regados por todas partes, cubiertos de nieve. No se puede arriesgar un hombre para levantar un muerto. Quedan allí”.

Sentado en la cama del hospital, donde espera una prótesis de pie, me muestra las fotos con sus camaradas en el campo de entrenamiento. Señala uno por uno, “este perdió una pierna cuando pisé la mina, este está muerto, este también, a este otro lo dejó morir su compañero en el campo de batalla”. Del grupo de ocho que posan con las AK 45 al hombro, sonrientes, con lentes de sol, solo dos quedan vivos, y a ambos les han amputado una pierna. La foto es del verano pasado.

La corrupción también es impresionante. “Nosotros descubrimos que nuestro jefe, el colombiano que nos había reclutado, trabajaba para los rusos. Las bajas en nuestra unidad eran demasiadas. Mucho más que la media. Un día mi compañero le pasó la ubicación al jefe y de inmediato llegó el dron. Entonces hizo otra prueba, le pasó otra ubicación, y llegó un dron otra vez. Descubrimos que les pasaba la ubicación a los rusos y que le pagaban 1.000 dólares por cada colombiano que mandaba a la muerte. Se quedaba además con las tarjetas de pago y los pines de los que mandaba a morir, y les vaciaba las cuentas. Y muchas cosas más. Se hizo millonario vendiendo a los colombianos”. Ahora está prófugo, pero, según Edinson, él no era el cargo más alto, había otro jefe que organizaba las operaciones.

La tristeza de Kiev

Una mujer envuelta en un abrigo blanco camina aferrando de la mano a una niña de unos diez años, de pelo rubio largo. La mañana está helada, nevó toda la noche y a los lados de la vereda se acumula tal vez un metro de nieve. La niña lleva en la mano el retrato de un hombre joven en uniforme militar. En el muro del monasterio de San Miguel hay un memorial. Buscan un espacio vacío donde pegar la foto, en la pared repleta de retratos. Hay uno de un muchacho con un gato en brazos. Otro que apunta con una AK 45 directo a la cámara. Casi todos son hombres jóvenes. Finalmente, la niña encuentra un lugar y pega allí la foto. La mujer se arrodilla en el piso, saca una pequeña vela a pilas, un ramo de flores azules y amarillas, y reza con la niña.

Todos los ucranianos han perdido un familiar o un amigo en la guerra. Toda Kiev es un enorme memorial de los muertos. En los jardines de la plaza Maidán hay otro memorial: cientos de fotos, banderas, velas y flores en recuerdo de los que murieron en la guerra. Una mujer se inclina sobre un portarretrato cubierto de nieve y lo limpia, dejando al descubierto la imagen de un hombre de unos 50 años, con una boina de lado y varias medallas en el pecho. Otra camina despacio entre los montículos de nieve y deja un ramo de claveles rojos frente al chico que parece ser su hijo.

Un hombre se prepara para cubrir sus coches en una zona gravemente dañada tras ataques aéreos rusos en las afueras de Kiev, el 28 de setiembre de 2025.

Un hombre se prepara para cubrir sus coches en una zona gravemente dañada tras ataques aéreos rusos en las afueras de Kiev, el 28 de setiembre de 2025.

Foto: Roman Pilipey, AFP

Un poco más atrás, Vasili cava un hueco en la nieve con las manos hasta llegar a la tierra. Intenta seguir cavando, pero la tierra está congelada. Anton, de pie a su lado, le pasa un cuchillo. Vasili lo despliega y lo clava en la tierra, pero el cuchillo no entra. Es puro hielo duro negro, sólido como una loza. Vasili hinca la rodilla y un puño en el suelo, y con el brazo golpea una y otra vez la tierra. Golpea como una bestia. La cara se le pone roja, insiste en cavar un hueco lo bastante profundo donde clavar el retrato de su amigo.

–Está bien –dice Anton.

–Ok –dice Vasili.

Desenvuelven con torpeza un retrato, cubierto por un papel de estraza y nailon.

Muy despacio clavan la base en la tierra y con las manos arman una montaña de nieve para que quede bien firme. Dudan un poco, lo enderezan, para que quede bien recto. Vasili agrega dos banderines de Ucrania a los lados. Se quedan un momento en silencio mirando su obra: el retrato, las banderas, un ramo de flores blancas que su esposa les pidió que pusieran. Pregunto cómo se llamaba.

–Tarik –responde Vasili–, Friend.

Lo mataron en Zaporiyia en enero. Encienden un cigarro. Miran el altar en silencio, y después se van sin decir nada.

El Tatapka, Igor y Petrov

Me siento cada día a cenar temprano y escribir en el Tatapka, el bar cerca del monasterio de San Miguel. Petrov se sienta cada día frente al televisor a ver hockey. Es hincha del equipo de Estados Unidos. Pero la luz se corta a cada rato, y la televisión se reinicia una y otra vez. Como no tiene nada más que hacer, se queda mirando fijo la pantalla negra. Tiene el pelo completamente blanco, muy prolijo, peinado al costado. Sonríe y señala mi laptop. Estoy a punto de quedarme sin batería. Intenta preguntarme algo, o contarme algo, pero no consigo entender una palabra de ucraniano. Como no hay internet, no podemos usar el traductor automático con el que se comunican casi todos los extranjeros que encontré por aquí.

El anciano hace una pausa, parece rebuscar muy en el fondo de su memoria, y dice:

–Me, Petrov.

–Me Yugivnia, le respondo, pronunciando Eugenia como escucho que lo pronuncian en ucraniano.

Entonces se suma Igor, el mozo, para hacer de traductor. Petrov está escribiendo un libro sobre las guerras que ha peleado Ucrania desde hace 350 años. Igor es investigador de ciencias sociales. O lo era, antes de la guerra. Ahora trabaja de mozo para pagar las cuentas y se prepara para alistarse en el ejército. Tiene 24 años, y el reclutamiento obligatorio es a los 25. Su hermano está ya en el ejército, en Kramatorsk.

Igor es alto, de rasgos delicados, de ojos verdes muy pálidos. Desde que empezó la guerra todos los planes que tenía quedaron en suspenso. Todos los proyectos que pensó que realizaría desaparecieron. El reclutamiento es obligatorio a los 25, pero los hombres de entre 18 y 60 años no pueden abandonar el país. No tiene ningún plan en absoluto. Solo sobrevivir. De 67 hombres que fueron reclutados en su pueblo, 65 murieron. “Supongo que me matarán a mí también”.

El Kiev Express

El Kiev Express sale con retraso de Varsovia Centralina. Recorre todos los días los 800 kilómetros que separan la capital polaca de la capital ucraniana, y va repleto. Dieciséis horas separan un país en paz de un país en guerra. ¿Que irán a hacer las personas a un país en guerra?

Comparto el estrecho camarote con Tatiana y Paulina, ambas ucranianas. Tatiana juega al solitario en su celular. Vive en Varsovia, donde trabaja como peluquera. Es de Odessa, a donde viaja para ir a un casamiento. Lleva varias cajas con tortas que acomoda en el pasillo diminuto. No habla ni una palabra de inglés, pero nos comunicamos con el traductor de Chat GPT. Le pregunto si visitará a su familia en Odessa.

–Ya no hay más familia –leo en su pantalla.

En el camarote de al lado viajan un chico ucraniano que estudia en Ámsterdam, un californiano, Steve, y un brasileño, João. El brasileño es piloto y viaja a unirse a la aviación ucraniana. Pilotea aviones y helicópteros, pero no sabe aún qué tarea desempeñará. Tiene que presentarse al día siguiente en la oficina de reclutamiento.

–¿Cómo es que venís a Ucrania?

–Mis compañeros están ya aquí peleando hace algún tiempo, y me han tentado a venir. Ellos están en Zaporiyia, y hace falta gente.

El dinero también es bueno, dice, pero no aclara cuánto.

El motivo de Steve permanece en el misterio. Conversamos largo rato sobre su familia, sobre la vida en California, sobre Donald Trump, pero nunca especifica qué clase de negocios lo traen a Ucrania desde hace 20 años. Siempre va a Kiev, no conoce otras ciudades, pero viene regularmente dos veces al año.

Al poco rato de cruzar la frontera, después del control de pasaporte, el tren se detiene. Hay que cambiar las ruedas: las vías ucranianas son más antiguas que las polacas y utilizan otra medida de ruedas. Durante más de una hora escuchamos el golpeteo en la oscuridad. El camarote empieza a enfriarse. Afuera debe hacer menos 15 grados. La azafata nos ofrece té por dos zlotys que sirven en tazas con asas de metal labrado.

En algún momento de la madrugada la máquina vuelve a ponerse en movimiento. Cuando amanece, hasta donde alcanza la vista, se ven campos blancos de nieve.