El aumento de aranceles estadounidenses, anunciado esta semana por Donald Trump, sacude la economía internacional y requiere –aquí como en el resto del mundo– respuestas en el corto plazo, pero se ubica en un contexto que abarca mucho más que el comercio y que urge comprender en forma integral para definir un rumbo estratégico.
Las medidas arancelarias de Trump son parte de una orientación reaccionaria en el sentido estricto de la palabra, que pregona la discutible posibilidad de “hacer a Estados Unidos grande de nuevo”. En lo económico, busca revertir o por lo menos acotar parte de los procesos de globalización, cuyo avance fue acompañado por un debilitamiento del orden mundial unipolar que, tras el derrumbe del “bloque socialista”, se presentó como el comienzo de un imperio planetario con capital en Washington.
Sin embargo, parece claro que la restauración plena es imposible. El desarrollo de cadenas productivas y de valor en escala transnacional tiene una lógica histórica profunda y no va a ser desmantelado por la sola voluntad del gobierno estadounidense. La potencia de China y el aumento de su influencia internacional, que fortalece una configuración multipolar, también se deben a procesos prolongados. Revertirlos no está al alcance de Trump, pese a los enormes recursos con que cuenta (incluyendo los militares).
En realidad, las políticas impulsadas por el presidente de Estados Unidos implican, pese a los relatos grandilocuentes, una ambición menor que la de gobernar el mundo, que se parece más a la de ser el actor más fuerte entre varios, y quizá sólo alcance a lograr una posición de gran poder regional. Temible, sin duda, pero en retroceso.
A nadie se le escapa la importancia de exportar al mercado estadounidense, pero el proteccionismo arancelario de Trump no afectará todas las ventas en el resto del planeta. A su vez, es absurdo pensar que los productos cuya fabricación se relocalice en Estados Unidos, con mayores costos, serán competitivos en el mundo y aumentarán la riqueza estadounidense al ser exportados.
Desde Uruguay, en el corto plazo, hay que considerar el balance de efectos directos e indirectos del aumento de aranceles. Las exportaciones al mercado estadounidense de algunos países perderán ventajas de acceso con relación a productos uruguayos, y esto puede implicar oportunidades de negocios. En el mediano y el largo plazo, la cuestión es muy distinta.
Nuestro país tendrá que ubicarse en la perspectiva de los cambios globales y articular con inteligencia sus alianzas. La coordinación con Brasil apunta en la dirección correcta, pero la viabilidad de una posición común del Mercosur puede ser escasa, porque Javier Milei ya anunció su voluntad de “readecuar” las normas argentinas para cumplir con los requerimientos de Trump y sigue hablando de un improbable acuerdo de libre comercio con Estados Unidos.
La hoja de ruta uruguaya debería tener en cuenta un cuidadoso equilibrio de las relaciones con la Unión Europea, con China y en la dimensión Sur-Sur. Ojalá seamos capaces de diseñarla como política de Estado.