El presidente Yamandú Orsi partió el jueves hacia China para firmar acuerdos de cooperación. La presencia en su comitiva de docenas de empresarios, que pagan por completo sus gastos, indica el interés del sector privado en aumentar sus relaciones con la potencia asiática, que es el principal comprador de exportaciones uruguayas.

El viaje se alinea con los propósitos de acelerar el crecimiento económico de Uruguay, pero parte de la dirigencia opositora lo cuestiona, alegando que puede irritar al gobierno estadounidense presidido por Donald Trump, poniendo a nuestro país en riesgo de sufrir represalias económicas o políticas. Estas críticas pasan por alto notorias complejidades de la actual situación internacional.

El ministro de Economía, Gabriel Oddone, señaló esta semana que la caída de la cotización del dólar, muy perjudicial para nuestro sector exportador, no se debió sólo a factores locales, sino que es un fenómeno global, debido a “un nivel de incertidumbre muy elevado”. Mencionó tres causas de esa incertidumbre, todas vinculadas con factores políticos: la intervención militar de Estados Unidos en Venezuela; la tensión con sus aliados en la OTAN por el tema de Groenlandia; y la situación en Minneapolis, donde dos homicidios cometidos por agentes federales de inmigración causan fuertes críticas y protestas.

A esto se suma que Trump maneja los aranceles como una herramienta de presión política, en violación de acuerdos previos y convirtiendo a Estados Unidos en un socio poco confiable. La inestabilidad que crea nos afecta con independencia de lo que hagamos o dejemos de hacer.

En este marco, una notable paradoja es que China, que ingresó a la ONU en 1971 y a la Organización Mundial del Comercio en 2001, invoque hoy la defensa del derecho internacional, el multilateralismo y la cooperación. Por eso, ante las arremetidas imperialistas de Trump, se producen reordenamientos muy significativos, como los que implican los recientes acuerdos entre Canadá y China.

Esto no debería hacernos olvidar que el gigante asiático es una sociedad con fundamentos ideológicos profundamente distintos de los uruguayos, y que conceptos básicos de nuestro sentido común democrático no tienen cabida en ella. Las diferencias no han impedido, ni tenían por qué impedir, que todos los gobiernos de Uruguay posteriores a la dictadura hayan intensificado las relaciones bilaterales con China, pero plantean incertidumbres acerca de un sistema internacional en el que ese país sea hegemónico. No sólo sobre el modo en que influirá sobre el resto del mundo, sino también sobre la influencia de este en la sociedad china. No depende de Uruguay que ese futuro llegue, pero tampoco debemos ignorar su factibilidad.

Nuestro país no está en condiciones de adoptar hoy, por su cuenta, decisiones muy riesgosas como la de ingresar a un sistema de intercambios comerciales que prescinda del dólar, o emprender con inversión china grandes proyectos logísticos, pero se ve obligado a defender cuanto pueda sus intereses en un período de zozobra. Bueno sería que todo el sistema partidario lo asumiera.