“Las vaquitas son ajenas”, cantaba Atahualpa Yupanqui. En Uruguay, no sólo las vaquitas, también la soja, los frigoríficos, parte del comercio supermercadista y, más recientemente, los medios de comunicación, entre otros sectores. El libro Uruguay for export. Capital extranjero y declive del empresariado nacional, compilado por el economista Rodrigo Alonso, el doctor en Historia Económica Juan Geymonat y el ingeniero agrónomo Gabriel Oyhantçabal, hace una radiografía de la presencia de capital extranjero en distintos sectores de la producción, al tiempo que estudia el contexto mundial y nacional en el que se produjo este proceso. La obra, que reúne el trabajo de académicos destacados en diversas áreas, se presentó el sábado 14 de octubre en la Feria del Libro.

En el prólogo, el profesor titular del Programa de Historia Económica y Social de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República, Luis Bértola, destaca a modo de resumen el proceso de “debilitamiento de lo que en alguna época se llamaba la burguesía nacional”. “En parte, porque una creciente proporción del capital invertido en nuestro país es de origen extranjero. En parte, porque una creciente proporción de capitales nacionales circula en la esfera internacional, ya sea en colocaciones financieras o invertidos en empresas que tienen su lógica de acumulación en circuitos internacionales, con casas matrices fuera de fronteras. Esto impacta especialmente en los llamados grupos económicos nacionales”, advierte Bértola. Recuerda que estos grupos tuvieron en su momento un fuerte poder económico, social y político, ya que controlaban una parte importante de la producción y comercialización de productos primarios, eran propietarios de empresas industriales y controlaban el sistema financiero local. Su lógica de acumulación de capital estaba centrada en el espacio nacional.

Hoy estos grupos aparecen “muy debilitados”. Bértola aclara que esto no significa que estén empobrecidos, sino que están “subordinados a lógicas de acumulación que tienen otros centros de decisión”.

A dónde llegan los capitales extranjeros

El trabajo comienza caracterizando la inversión extranjera directa en el país. En los últimos años, esta tuvo como principales destinos la compra de empresas nacionales como frigoríficos y supermercados; la formación de capital nuevo, como la construcción de tres plantas de celulosa; y la inversión inmobiliaria en viviendas y tierras como una estrategia de reserva de valor de personas no residentes en el país. “En este sentido, se puede hipotetizar que desde la década del 2000 los ahorristas extranjeros, en especial los argentinos, modificaron su estrategia de ahorro en Uruguay, pasando de los depósitos bancarios, en un escenario de bajas tasas de interés pasivas desde 2006, a la compra de inmuebles urbanos y rurales que operan como una suerte de ‘banco al aire libre’”, señalan los tres autores mencionados en uno de los capítulos del libro.

El trabajo muestra cómo, si bien los terratenientes se han enriquecido, fundamentalmente en las dos últimas décadas, han perdido peso relativo frente a otros actores. A comienzos del siglo XXI, la renta agraria capturada por los dueños del suelo se quintuplicó de 2000-2002 a 2011-2019. Sin embargo, en términos relativos, se redujo la participación de los ingresos de los terratenientes como proporción del PIB, que pasó de superar el 20% a comienzos del siglo XX, a representar menos de 4% un siglo después. “Se trata de dos tendencias que, a simple vista, parecen paradojales, pues mientras los terratenientes nunca fueron tan ricos en términos absolutos como a inicios del siglo XXI, al mismo tiempo se han empobrecido en términos relativos” por la expansión de otros sectores de la economía uruguaya, que a comienzos del siglo XXI es más compleja y diversificada que a inicios del siglo XX, se advierte en el libro.

La obra muestra también que la renta de la tierra agraria representa el 13,9% de la plusvalía total, “lo que habla de la existencia de una fuente extraordinaria de ingresos que potencia la rentabilidad del capital”.

Los dueños del capital

En la obra se compara la procedencia del capital de las 200 principales empresas en 1987 y 2015. Allí se muestra que, mientras que en 1987 el 45,8% de las ventas de las 200 empresas principales era de origen nacional, ese porcentaje bajó a 26% en 2015 (ver cuadro).

200 principales empresas en 1987 y 2015, según origen del capital

% ventas de las 200 empresas principales
1987 2015
Nacionales privadas 45,8 26
Extranjeras 12,6 34,8
Asociadas (extranjera y
nacional)
8 8
Estatales 28 29,1
Sin datos 5,5 2,1

Fuente: Uruguay for export (2023), con base en Los de arriba. Estudios sobre la riqueza en Uruguay (2021), coordinado por Juan Geymonat.

Por otra parte, los dueños de la tierra también han cambiado a lo largo de las décadas. Mientras que en 1957 esta pertenecía a familias locales como Martinicorena, Gallinal Heber y Mailhos, entre otras, en 2020 entre los diez mayores propietarios figuraban Montes del Plata, UPM, el brasileño Ernesto Correa, fondos de inversión extranjeros y fideicomisos financieros, y como empresa familiar nacional sólo el grupo Otegui.

“La nueva cúpula empresarial muestra concentraciones mayores a las del siglo XX, así como la mayor presencia de capitales extranjeros y vinculados a una lógica de valorización financiera. Los capitales familiares nacionales que sobresalían como propietarios de la tierra, vinculados en general a la actividad ganadera, han sido desplazados a un segundo plano”, se señala en el libro. Y acota que “el fenómeno no deja de ser importante, en la medida en que aquella fracción de clase ha tenido una relevancia fundamental en el acontecer político nacional, tanto a través de la expresión de sus intereses a partir de la vida gremial, como mediante su incidencia en la conformación de un ‘sentir nacional’ vinculado al ‘campo’ como aglutinador de diversos, y a menudo contradictorios, grupos sociales”.

No obstante, también se aclara que el agro no es de los sectores más extranjerizados en materia de propiedad, ya que “siguen siendo predominantes los propietarios nacionales”, mientras que en la banca y en la industria frigorífica, por ejemplo, “prima un pequeño grupo de empresas extranjeras”.

El libro explora otros sectores de poder no tan tradicionales en los análisis académicos, como el de las comunicaciones. Muestra el auge de los grupos extranjeros de televisión para abonados, Cablevisión y DTV, que desde 2008 a 2020 incrementaron sus ingresos en casi 100 millones de dólares. En ese mismo período, los grupos nacionales de comunicación pasaron de representar 67% a 44% del mercado, mientras que los operadores extranjeros de televisión para abonados incrementaron su participación en el mercado de 14% a 41%.

En la obra no se demoniza la inversión extranjera; por el contrario, se muestra cómo en algunas áreas de la producción, como en la industria frigorífica, ha sido un motor de innovación. De todos modos, afirma Bértola en el prólogo, este nuevo escenario exige, por un lado, una presencia regulatoria más fuerte del Estado y, por el otro, hace necesario contar con “un núcleo de empresas públicas perennes en sectores estratégicos, que aseguren la permanencia de la producción de bienes y servicios, que permitan la construcción de una estrategia de país, y que se constituyan en centros de dinámica y apalancamiento del desarrollo empresarial”.