La idea de escribir esta nota surgió luego de leer el artículo “Evaluación del efecto del pastoreo con bovinos como herramienta de control de ligustro (Ligustrum lucidum) en bosque parque” publicado en la revista Ecosistemas de la Asociación Española de Ecología Terrestre por investigadores del Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria (INIA) y del Departamento de Sistemas Ambientales de Facultad de Agronomía de la Universidad de la República. Y por más que uno haya leído sobre el tema, sobre cómo este árbol asiático se propaga rápidamente por varios países, eso no mitiga la mezcla de asombro y desazón que uno siente al recorrer con Oscar Blumetto, investigador de la Estación Experimental Las Brujas, el bosque parque donde se llevó a cabo el experimento con pastoreo de ganado.

Tras andar por el campo por pastizales salpicados con algunas coronillas, talas, espinillos y molles –nuestros majestuosos árboles nativos– en un ambiente que se conoce como bosque parque, de pronto nos damos con un muro denso de árboles. El cambio en el paisaje es drástico. La maraña de troncos, de diverso tamaño, es impenetrable: donde no hay vigorosos ligustros de más de diez centímetros de diámetro –árboles jóvenes–, el lugar está tupido de millares de delgados troncos de ligustros aún más jóvenes. En su búsqueda por la luz solar, se alzan varios metros por encima de nuestras cabezas, tanto que en aquel bosque la luz apenas llega al suelo. Pero este árbol exótico es un invasor taimado: aún cuando esté condenado a morir por falta de luz, formando una alfombra en el piso se acumulan miles y miles de pequeñas plántulas de ligustro a la espera de que alguno de sus parientes mayores caiga para crecer y ocupar su lugar. Caminar por este denso “ligustral” –no sé si existe tal palabra, pero a juzgar por la rápida propagación de esta especie exótica invasora tal vez no tengamos más remedio que empezar a usarla– es casi imposible, por lo que lo observamos desde afuera, desde el borde que el bosque forma contra el pastizal. Blumetto señala un punto dentro de aquella pared de vegetales foráneos. Mustia, seca, vencida e impotente como un carpincho rodeado por violentos perros de caza, una coronilla espera paciente su muerte. Ya no tiene hojas y sin ellas hace tiempo que no puede convertir la luz en alimento con la fotosíntesis. Reseca, sólo le resta morir y despedirse de un paisaje que antes dominaba con otros árboles nativos.

“El ligustro es una especie de follaje perenne, entonces, como crece más alto, termina matando y ahogando todo lo que hay abajo”, dice Blumetto entre susurros, como respetando la agonía de la coronilla. “Al final lo que queda es sólo una forestación de ligustros”, agrega y entonces uno en el terreno evoca lo que leyó en el artículo, y la gravedad de la situación aumenta: los ligustros en esa zona del bosque parque del INIA Las Brujas se detectaron en 2004, por lo que en apenas 15 años estos árboles invasores lograron imponerse al resto de nuestra vegetación autóctona. La escena no sólo es triste, también es trágica, ya que se está repitiendo en muchas zonas de Uruguay, amenazando no sólo a los bosques parques y bosques ribereños, sino también a los bosques serranos, lugares que albergan la gran parte de nuestra biodiversidad.

“La exclusión total de ganado en la cuenca del Santa Lucía, si no hay otra intervención, podría ser dramática, porque estaríamos promoviendo la extinción del monte nativo como lo conocemos”

Sin embargo, bajar los brazos no es una opción, y así como en el tupido ligustral algún rayo de sol logra colarse, la esperanza también lo hace a escasos metros. Frente al muro verde que ahoga a la coronilla, hay otro muro, también de ligustros, pero en este caso lucen grises y opacos. Están desnudos, sin hojas. La luz penetra con más fuerza. Oscar señala unas pequeñas perforaciones en la base del tronco de uno de los árboles: “En estos orificios es donde les inyectamos herbicidas. Estos ligustros están todos secos, están muriendo”. Pese a esta victoria, Blumetto no tiene la sonrisa de quien ganó la batalla. Señala el suelo. La alfombra de plantines verdes de ligustro es más densa que un borracho cantando mal en la puerta de la casa de uno a las cuatro de la mañana. “Al perder las hojas los árboles grandes, estos plantines reciben luz y se vienen con todo”, señala. ¿Qué hacer entonces? Recurrir a ayuda de unos seres que hace siglos vienen comiendo vegetales: los herbívoros. Ese fue el punto de partida para la investigación que hoy nos convoca.

Oscar Brumetto en una zona de ligustros en la localidad de Las Brujas. Foto: Mariana Greif
Oscar Brumetto en una zona de ligustros en la localidad de Las Brujas. Foto: Mariana Greif

La invasión

“El ligustro es la especie exótica invasora leñosa más problemática que tenemos en Uruguay. Si bien hay otras que en regiones del país también pueden ser importantes, como la Gleditsia triacanthos o acacia negra o espina de cristo, el ligustro es en el país la exótica invasora leñosa número uno por lejos, y acá en el sur es la más problemática de todas por goleada”, dice el investigador, ahora en su oficina de la Estación Experimental Las Brujas. “Está en muchas de nuestras areas protegidas, como aquí, en los humedales del Santa Lucía. Si bien en varias de ellas no tenemos un grado de invasión como para decir que estamos al borde del abismo, sí se ha constatado el comienzo de la invasión”, afirma. Como él vivió en primera persona la invasión del bosque parque de Las Brujas, sabe que lo que viene no es nada bueno: “Al comienzo parece que no pasa nada, pero a los pocos años, menos de diez, los efectos son drásticos”, sentencia.

En el trabajo Blumetto relata que en el predio donde hicieron este trabajo experimental y que recorrimos, los primeros ligustros aparecieron en 2004. En 2018, cuando hicieron su trabajo de campo, ya 50% de los árboles que se podía ver por Google Earth eran ligustros. “Si ves los números que se manejan en el artículo de cantidad de plantas por metro cuadrado, te vas a dar cuenta de que ni siquiera el perejil tiene esa densidad de plantas. Estamos hablando de varias decenas de miles de plantas por hectárea de todas las edades, entre las cuales muchas son plantines”. Blumetto señala que el ligustro no es la única planta exótica invasora que hay en el bosque parque de la zona, pero es tajante: “Hay más de diez especies exóticas invasoras en esta zona, pero el ligustro, por la velocidad y la virulencia que tiene, es la más preocupante”.

“Otro de los problemas que tiene este tema es que, dado que el ligustro es una especie que invade bosques, no es identificada como un problema para los sistemas productivos”

No todas las especies que vienen de otra parte son consideradas invasoras. Para ello, deben darse algunos factores. El transporte de especies que llegan a lugares que no alcanzarían por medios propios se ha incrementado en los últimos siglos dados los cambios en el transporte, el comercio y el turismo internacional. “Algunos de estos organismos, al ser liberados intencional o accidentalmente fuera de su área de distribución geográfica, superan barreras bióticas y abióticas, se propagan sin control, son capaces de persistir en diferentes hábitats y llegan a ocasionar grandes impactos en los sistemas naturales, en la salud humana, en la economía y en la sociedad”, dice el artículo y son justamente esos impactos los que convierten a una especie exótica en invasora. La coronilla no habla, pero alcanza con verla toda seca y rodeada de ligustros para comprender que este árbol de origen asiático es un invasor con todas las letras. “Las especies exóticas invasoras pueden transformar la estructura de los ecosistemas y afectar a las especies nativas que los componen, restringiendo su distribución o incluso excluyéndolas, sustituyendo sistemas diversos por poblaciones alóctonas, muchas veces mono-específicas”, se expresa en el artículo de forma técnica, para lo que Blumetto resume con su expresión “una forestación de ligustros”. Como en muchos casos de especies exóticas invasoras vegetales, el ligustro ingresó a nuestro país en el siglo XIX como especie ornamental y para cercos vivos. El Comité de Especies Exóticas Invasoras de Uruguay, que funciona en el ámbito del Ministerio de Vivienda, Ordenamiento Territorial y Medio Ambiente, definió al ligustro, en 2018, como “una de las especies leñosas prioritarias para su control”.

La resistencia

Blumetto y otros investigadores vienen trabajando desde hace años estudiando estrategias para controlar la invasión del ligustro. Como vimos en el predio, la inyección química de los adultos da resultados, pero no elimina el problema de los juveniles que están dispuestos a ocupar el nicho vacío. “Con control químico, para eliminar a esos juveniles tendrías que pulverizar todo”, sostiene el investigador, y el asunto es que pulverizar todo con herbicida no es lo mejor cuando lo que se quiere es preservar el monte nativo. También probaron un método mecánico que consiste en raspar una parte de la corteza hasta llegar a la madera, rompiendo así la circulación del floema, que transporta la sabia elaborada. “Eso funciona muy bien con un montón de árboles”, comenta, pero no fue el caso del ligustro: “Restableció todo el sistema de floema, sin corteza, en cuestión de días, y no se secó ni uno”.

Hojas de ligustro. Foto: Mariana Greif
Hojas de ligustro. Foto: Mariana Greif

Y entonces vino la inspiración. “Empezamos a observar que en campos en los que había acceso de ganado, la regeneración del ligustro era bastante menor. No es que no existan, están, pero donde había ganado habían muchísimos menos ligustros”, explica Blumetto. A eso se sumaba que había leído algunos artículos que decían que el ligustro era tóxico para el ganado, algo que no le cerraba. De esta manera decidieron hacer una investigación basados en observaciones de lo que pasaba en terrenos con pastoreo y en el hecho ecológico de que sin herbívoros hay algo importante que falta en un sistema, ya que como dicen en el artículo, “la herbivoría suele ser uno de los mecanismos de regulación natural de poblaciones de plantas leñosas en etapas juveniles”.

Así, con el objetivo de ofrecer “un método alternativo de control del crecimiento de ligustro mediante la herbivoría con ganado vacuno” –algo de lo que no había antecedentes en la región– se propusieron “cuantificar el efecto de diferentes intensidades de pastoreo con vacunos en ecosistemas de bosque parque sobre el número de plantas jóvenes de Ligustrum lucidum” y “analizar el efecto de diferentes intensidades de pastoreo sobre las partes aéreas de las plantas (hojas, yemas y tallos) en los estadios juveniles de dicha especie”. Para ello realizaron un experimento en la Estación Experimental Las Brujas del INIA en “4 potreros asignados a dos tratamientos de diferentes intensidades de pastoreo con vacas” entre el invierno de 2016 y el verano de 2017. Esos potreros estaban ubicados en un ecosistema dominante de “bosque parque o espinal, comunidad constituida por árboles aislados o en pequeños grupos (5-20 individuos)” de talas, molles, coronillas y espinillos “en una matriz de pastizal natural”. Cada uno de los dos predios fue sometido a un área de pastoreo intensivo y otro bajo –determinada por la cantidad en kilos de masa seca, es decir de pasto y vegetación por cada kilo de peso vivo (o sea, de vacunos)– y se contó en seis parcelas de 1 m2 “el número total de plantas, la altura, número de hojas, presencia de yema apical y presencia de otras yemas”.

“Cuando empezamos el trabajo, a principios del invierno, había un pastizal bastante alto pero endurecido. Lo que vimos fue que a pesar de tener una gran disponibilidad de pasto, el ganado iba a ramonear las ramas de los ligustros que estaban a su alcance. No sabemos si es algo que les gusta, si tiene que ver con la palatabilidad, pero seguro tenga que ver con los altos niveles de proteína que tiene la hoja de ligustro, que era prácticamente el doble de la que le ofrecían los pastos”, sostiene Blumetto, confirmando así que lo que había leído estaba mal y que lejos de ser tóxico, el ligustro era consumido por el ganado vacuno. “Vimos que todo lo que estaba a su alcance lo ramoneaban y, por supuesto, comían todo los plantines bajos. Después de que empezó la primavera, y con los rebrotes, tuvieron pasto de mejor calidad, dejaron de alimentarse del ligustro”, comenta. Las vacas comieron del ligustro tanto en los predios con baja intensidad de pastoreo como en los de alta, lo que demostró que no lo hacían porque no había otra cosa que comer. “Vimos que lo seleccionaron, que fueron deliberadamente a comer el ligustro. También vimos que había concurrencia. No es que pasaban una vez, sino que volvían”, amplía Blumetto.

La exclusión de ganado y el futuro de nuestros bosques

Blumetto nos cuenta que en el campito de un vecino, que se encuentra entre los dos predios con reserva de bosque parque natural del INIA Las Brujas, en el marco de un proyecto de producción responsable, se restringió el acceso del ganado a la zona de la costa del arroyo Las Brujas con la intención de que el bosque nativo se regenerara. El resultado fue otro: “Si vas a ese lugar vas a ver que la regeneración natural del ligustro le ganó por goleada a la regeneración natural de las especies nativas y que allí va a haber terrible problema, porque el predio está cerrado y si vos mirás para abajo hay una gran alfombra de ligustros que tapiza todo el suelo del monte”.

Esto debería hacernos reflexionar en lo complejo que es resolver los desbarajustes que causamos en le medio ambiente. “En ecología nada es sencillo”, asiente Blumetto. “Las cosas que son solución para una cosa pueden generar problemas en otras. Ahora hay una normativa que en la cuenca del Santa Lucía evita el acceso del ganado a determinadas zonas riparias y hay zonas buffer. Eso, desde el punto de vista de la llegada de nutrientes al agua es favorable, pero desde el punto de vista de las invasiones biológicas va a generar una zona con mucha presión de, entre otras, ligustros”. Lo miro con atención. “La exclusión total de ganado en la cuenca del Santa Lucía, si no hay otra intervención, podría ser dramática, porque estaríamos promoviendo la extinción del monte nativo como lo conocemos”.

Evitar que el ganado se acerque a nuestros cursos de agua para que no aporten nutrientes que contribuyan a la eutrofización podría favorecer a algunas especies exóticas invasoras. “La moraleja de todo esto es que las exclusiones probablemente haya que manejarlas, pero combinadas con otras intervenciones, que no sean permanentes y que en determinados momentos se pueda acceder. Ese momento hoy no sé cuál es, pero hay que estudiarlo, porque si cerramos los predios y dejamos que las cosas sigan su curso, vamos camino a tener un precioso bosque de ligustros en toda la margen del Santa Lucía sin que haya árboles de ninguna otra especie. De hecho ya está pasando. El Santa Lucía Chico o el río San José ya prácticamente son montes puros de ligustros”.

Sin embargo, las conclusiones del trabajo no permiten que uno se quede tranquilo pensando que los ligustros en nuestros bosques nativos tienen los días contados: “Aunque se constató el consumo de ligustro, esto no afectó la sobrevivencia de plantas, siendo evidente que existe rebrote una vez pastoreadas y las plantas no murieron”. También se señala que “en las condiciones planteadas el pastoreo con bovinos no resultó en una herramienta efectiva para el control, aunque puede haber retrasado el crecimiento”. Blumetto igual es optimista y, si bien reconoce que el ganado bovino “no estaría siendo una medida de control del número de plantas, plantea que sí tiene un efecto positivo, que es el retraso del crecimiento, lo que da más tiempo para intervenir en otros niveles”. Es que las plantas que son pastoreadas deben dedicar recursos y energía a regenerar sus ramas y hojas, hecho que implica que crezcan más lentamente.

Blumetto igual ya piensa en una segunda fase para el experimento: recurrir a las ovejas, que devoran todo lo que encuentran a su paso y lograrían ser más efectivas para controlar los plantines pequeños, dado que las vacas, por su mordida, no podían comer las plantas de menos de cinco centímetros de alto. “Tenemos la hipótesis de que si las ovejas pastorean esas plántulas chiquitas, que todavía están con las hojas cotiledonales o con muy pocas hojas verdaderas, ahí sí los ligustros tienen tan pocas reservas que las plantas morirían. El ganado vacuno pasta en plantas más grandes que ya llegaron a acumular más reservas, por lo que el impacto es menor. Probablemente el pastoreo continuo también las termine debilitando y matando a algunas, pero en estas plantas chiquitas ese efecto sería mucho más directo”, dice expectante. Pero aún plantea más cosas: “La fase 3 es ver cómo combinar esas dos cosas, el pastoreo vacuno y el ovino, en qué momentos, porque el ganado se come eso que queremos que se coma pero se come también lo que no queremos que coma”. Y ese no es un tema menor: queremos sacar a los ligustros de nuestros bosques nativos, pero no al precio de que las vacas y las ovejas que los erradiquen acaben también con el bosque que queremos preservar.

“En los montes nativos con pastoreo hay una regeneración natural empobrecida, es decir, reducida por el efecto del pastoreo, pero además desbalanceada en especies. Lo que ha sucedido con los siglos de ganadería es que hay especies que se han reproducido menos que otras”, afirma, y explica que algunas especies nativas, gracias a espinas y sustancias tóxicas, han logrado sobrevivir. “Es altamente probable que los más de 300 años de pastoreo ya hayan generado extinciones locales de especies nativas”, señala. “Pero también estamos convencidos de que existe posibilidad de manejar el pastoreo, y esa sería la tercera etapa de nuestra investigación”.

Oscar Blumetto.
Oscar Blumetto.

Crucemos los dedos por que encuentren la forma de alternar el control químico con el pastoreo de vacas y ovinos y por que otros investigadores se sumen a producir conocimiento que permita erradicar al ligustro. Volvamos a cruzarlos por que además, desde los lugares que se toman decisiones se haga lo imposible por pasar de la información a medidas de gestión. De lo contrario, vayámonos preparando para ver los márgenes de nuestros ríos y nuestros otrora bosques parques llenos de muros verdes asiáticos. Los ligustrales cuentan con que sigamos pensando que tenemos tiempo de sobra.

Un problema económico

Las formas de combatir los ligustros, ya sea mediante el control con el método de la inyección con herbicida o con el talado y aplicación de herbicida en los tocones, implica ciertos costos de los productos a emplear y un gran costo en cuanto a mano de obra. De hecho, en ocasión de concurrir a un seminario de bosque nativo en el que se habló del tema, varios dueños de predios se quejaron de los altos costos y del tiempo que llevaría tratar de erradicar el ligustro. Recordemos además que el ligustro no es un invasor solitario: “En ligustros adultos podría haber fácilmente unas mil plantas por hectárea, y si tomamos en cuenta los ligustros jóvenes y pequeños, podría haber hasta unos 200.000”, dice Blumetto. “Inyectar más de mil plantas por hectárea es un trabajo enorme y de hormiga. La alternativa es cortar con la motosierra, y toconear”, observa, pero ello trae otro problema: “Tiene la ventaja de que se puede utilizar la leña que cortaste. Pero desde el punto de vista del trabajo, se entra a armar una masa tal de ramas que lleva muchísimas horas más . Lo más caro de todo esto es el tiempo de la gente, las horas de trabajo, y cortar implica más tiempo que inyectar”, argumenta.

Hablando de costos, el ligustro tiene otro problema: es una especie exótica invasora que afecta al bosque nativo, pero que no produce impactos directos en emprendimientos productivos agrícolas o ganaderos. Por tanto, los propietarios de los predios no se sienten en la necesidad de destinar recursos y tiempo en su erradicación. Distinto sería el caso si el ligustro fuera tóxico para el ganado, o si arruinara los cultivos. “Ese es otro de los problemas que tiene este tema. Como es una especie que invade bosques, no es identificada como un problema para los sistemas productivos, entonces no es identificada como un problema para los productores”.

Blumetto reflexiona: “Cualquier cosa que se haga al respecto requiere intervención de especialistas. Y para que sea medianamente efectivo, es necesario que haya cierta obligatoriedad de hacer eso y que los costos de hacerlo no salgan del bolsillo del productor. De lo contrario, sólo lo harán los pocos que se embanderen con la conservación de nuestras especies nativas y que tengan los recursos para hacerlo”.

Artículo: “Evaluación del efecto del pastoreo con bovinos como herramienta de control de ligustro (Ligustrum lucidum) en bosque parque”

Publicación: Ecosistemas 28 (2019)

Autores: F de Santiago, D Bresciano, L del Pino, A Castagna, O Blumetto.