» Los días previos a que la pandemia de covid-19 recluyera a los más cautos en casa, salieron de imprenta un par de volúmenes que ameritan tomarse un tiempo para comprender lo que la tierra nos da. Por un lado, la cocinera Laura Rosano lanzó una segunda edición independiente y ampliada de su Recetario de frutos nativos del Uruguay. Con este trabajo de años, llevado adelante no sólo desde su chacra Ibirá Pitá sino en escuela rurales y de distintos puntos del país, Rosano busca poner en valor sabores, usos y costumbres en algunos casos arraigados, pero que en otros han sido ignorados o tratados como rarezas. El libro, que incluye prólogos de Carlo Petrini y Francisco Neves, agrega recetas, un fruto antes no abordado, el ubajai, y un capítulo que resume la divulgación y práctica llevada adelante con los niños de la Escuela Sustentable. Mantiene como apéndices útiles un listado de productores de dichos frutos (entre los que figuran el guayabo, la pitanga y el arazá), así como de restaurantes que los utilizan, sin dejar de lado los contactos con otro tipo de suministros de calidad, como pesca artesanal y agroecología. Para conseguir el libro hay dos vías: escribir directamente a la autora, [email protected], o en libreriadelmercado.uy

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» El incansable Alejandro Sequeira, que conjuga el orden, la estética y la libertad creativa del diseñador gráfico con una pasión enciclopédica por los secretos de la biología, acaba de reeditar su más que vistoso, exquisito, Hongos silvestres comestibles en Uruguay. Además de constituir un recetario que supera las 120 opciones, pasando por preparaciones básicas, escabeches y salsas, el libro ilustra sobre el valor nutritivo y las aplicaciones medicinales de estos seres vivos que parecen salidos de un planeta desconocido. Aunque el título anuncia otro foco, tampoco quedan fuera de su órbita los hongos de cultivo: champiñones, gírgolas y shitakes. En la misma tanda, el artífice del estudio de diseño Trocadero dio a conocer Como hongos después de la lluvia, en coautoría con la docente y escritora Cecilia Ratti. La factura de este libro “para dibujar, escribir, imaginar y aprender jugando” es impecable: en 240 páginas maneja planos, máscaras y superposiciones en blanco y negro y tonos de dorado y ocre, decisión cromática que, junto a los datos y retratos históricos, capturan ese fanatismo del pequeño científico que quisieron cultivar proyectos de otras épocas, como podía ser El tesoro de la juventud, con un linkeo interminable a curiosidades, desafíos y propuestas lúdicas de diverso tenor. Con las fichas del popular amanita matamoscas de los cuentos de hadas y del oreja de judas (que podemos ver en racimos negros tirados por los parques, pero que los asiáticos comen en sopas) conviven levaduras, mohos, trufas, recetas de paté y de salsa Caruso, casilleros para marcar coincidencias como “observar una maceta y encontrar setas amarillas”, un ranking que va desde “el hongo más oloroso” hasta “el más curativo”, setas como mandalas para colorear, comportamiento de insectos y esporas, laberintos, leyendas, cómo sería el reino fungi pintado por Seurat, por ejemplo, con temas soporte como el funcionamiento de un microscopio e información comparativa con otras especies. Desde el inicio se alerta, al ingreso a ese extraño mundo debajo del mundo, de seres que no son ni animales ni plantas, con una muestra del encare educativo y descontracturado que se abrirá al lector: “La mayoría de los hongos se alimentan de la celulosa con la cual se hace el papel. ¡Ojo! Este hongo puede comerse tu página”.