Como un hiato en la cuadra, una ventana de lógica inversa (que el de afuera sea el fisgón), el espacio expositivo 8 y ½, en Pablo de María 1018, se entiende con los transeúntes de Parque Rodó. El arquitecto Pedro Livni administra esa caja blanca de nombre felliniano –consecuencia natural de sus medidas–, un proyecto personal de disfrute, “para que pasen cosas”.

Mes a mes cambia el montaje y un juicioso alboroto se da cita con motivo de la apertura y el cierre de cada instalación. Pero ese público preparado interesa menos al curador a cargo. Un trasiego de curiosos de todos los pelos compone pequeños episodios urbanos, espontáneos, a diario, prescindiendo de vernissage o brindis, en medio de la rutina. Sin necesidad de tomarse la temperatura, se detienen azarosamente a mirar arte contemporáneo, a la intemperie, a cualquier hora, porque pasaban por ahí.

La edificación en la que se inscribe este singular espacio –una construcción que data de aproximadamente un siglo, provista de patio con claraboya y habitaciones con pisos y molduras de cuidado– va a ser reciclada para un local gastronómico.

“Hace unos tres meses, unos clientes con los que trabajo compraron la casa y tenía ese garaje, que estaba tapiado; adentro era como un tiradero, básicamente. El garaje tenía la particularidad de tener unas dimensiones muy pequeñas: poco más de dos metros de ancho, dos de alto, cuatro metros y algo de profundidad, lo que hacía que para meter un auto casi ni sirviera, a no ser que fuera un auto muy pequeño, un Fitito o algo por el estilo. Y tampoco para otra actividad, porque no tiene conexión con la casa. A lo sumo podía ser un depósito. Yo hace tiempo que venía con la idea de crear un espacio de exhibición. Había tratado de hacerlo en otras ocasiones; tenía que ser muy pequeñito para poder manejarlo, y les planteé a los propietarios un arreglo: si me lo cedían por dos años, yo me encargaba de las obras”, cuenta Livni.

Foto del artículo 'Arte para desprevenidos: nuevo espacio expositivo 8 y ½'

Foto: Ernesto Ryan

Pintó, iluminó, cableó, cambió la puerta y, al mismo tiempo, fue apalabrando a artistas que admira. Inventó esta vitrina urbana sin fines de lucro –nada está a la venta, no es una galería– que maneja con autonomía. Es cierto que los metros cuadrados son caros, pero este formato de difícil aprovechamiento generó la ocasión. Además, lleva a pensar en chico, lo que reduce complejidades: “Creo que la ventaja del tamaño, en el sentido de lo que propone 8 y 1/2, es que invito a un artista a que suceda algo ahí y va a tener un presupuesto acotado, se va a poder implementar de una manera más o menos sencilla”.

La ñata contra el vidrio

Empezó en julio con Pablo Uribe, quien en Museo Nacional “remezcló” series cromáticas tomadas del canon pictórico uruguayo, y hace un par de semanas Cecilia Gervaso inauguró Devenir, una escena que remite a los bodegones holandeses del siglo XVII, compuesta por una foto retroiluminada, una mesa y un banquete que se va degradando. Si la primera muestra hablaba de apropiaciones y desplazamientos, la actual vuelve sobre el problema del objeto y su representación.

En setiembre será el turno de Gerardo Goldwasser. Livni no descarta que más adelante sucedan expresiones vinculadas a las artes escénicas y lo performático. Un director de cine argentino, cuyo nombre de momento prefiere no revelar, forma parte de esa agenda provisoria. Una de sus motivaciones, explica el arquitecto y docente, es usar 8 y 1/2 como un pretexto personal para entablar conversaciones con gente que lo acerca a disciplinas que se escapan a lo que hace cotidianamente. El material expositivo debe poder responder, de algún modo, por qué es pertinente que sea montado allí, qué relación tiene con la ciudad y las condiciones en que se verá.

Desde escribir el texto curatorial hasta convocar y manejar las redes sociales, Livni encara todo, pero durante el lapso que el creador invitado ocupa 8 y 1/2 hace un traspaso de llaves, y el resto sucede. “Es un gran vidrio, se ve desde afuera, lo que hace posible que el lugar exista; no sería el objetivo tener alguna persona que reciba. Es un espacio que funciona con la vía pública”, dice, y no tiene mayores consideraciones sobre ese asunto. “Está ahí, podría estar en otra parte y si mañana se rompe el vidrio o pasa alguna otra cosa, hay que tomárselo con humor, como parte de la obra, y seguir adelante”.

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Foto: Ernesto Ryan

Livni fue curador del envío uruguayo a la Bienal de Arquitectura de Venecia en 2012, trabajó además junto a Gonzalo Carrasco (socio en la plataforma Vostokproject) para un proyecto presentado en la Bienal de Arquitectura en Valparaíso (Chile); aquí y ahora, con menos formalidades implicadas, se siente más como un facilitador de procesos. “Sobre todo, lo que cambia con respecto a esas situaciones es que uno responde a un marco exterior, mientras que en este caso las reglas las defino yo”, aclara. “Me interesa que lo que pase en 8 y ½ tenga un carácter inédito, que sean obras específicas para el lugar”.

Corresponde indicar, a quien haga zoom en la manzana de 8 y ½, que Livni es responsable del menos modesto complejo Magnolio, justo enfrente, que alberga estudios de radio, sala de espectáculos y el restaurante Misión Comedor, y que actualmente trabaja en una ampliación con dos edificios linderos que se conectan. Tampoco es el último compromiso laboral que tiene en esa calle, lo que da cuenta de la buena recepción que tuvieron sus decisiones arquitectónicas, a tal punto que lo devuelven, de manera recurrente, a “la escena del crimen”.