Con una triple jornada de talleres, venta de obras y exposiciones, la fotógrafa Manuela Aldabe repasa una carrera enfocada tanto en el activismo feminista como en la investigación de diversas técnicas y el registro periodístico. Además, celebra una década de su retorno al país.

¿Cuál fue el evento o la escena que disparó el proyecto Toco tu piel, en el que fotografiaste prendas de mujeres asesinadas?

Como reportaje, comenzó en 2015, cuando durante una alerta feminista sentí que necesitaba poner nombre a la víctima por la que se manifestaba. Hacía ya un año de Ni Una Menos y sentí que era necesario proponer al movimiento social una reflexión sobre la identidad de las víctimas. Por otro lado, hace tiempo venía trabajando el concepto de ausencia, cómo los familiares viven las ausencias de quienes se van. Yo fui una ausencia durante 15 años y ese “ser fantasma” me ayudó a llegar a las casas y sentarme al lado de madres y hermanas que buscan esas ausencias. Aunque es incomparable el dolor, la búsqueda del recuerdo, la conservación del objeto que hace memoria, es una investigación que, sumada a la violencia de género, fue para mí un desafío al que me tenía que enfrentar. Y llegar hasta el final. Como periodista tuve la necesidad de preguntarme quiénes eran las víctimas, qué pasaba con los hijos, los niños que quedaban sin madre. Las abuelas que de la noche a la mañana volvían a ser mamás, pero madres cuyas hijas fueron asesinadas, algo tan atroz que nos cuesta mirar pero es necesario verlo, hacernos cargo de ayudar y contener. Así como preguntarme qué seguimiento se les da a las familias que reciben pensiones, si fueron visitadas por asistentes sociales o por movimientos sociales. Todo esto estuvo detrás de la producción de cada fotografía de una prenda, un accesorio de cada víctima. Una por cada departamento del país.

Asimismo, en la revista Lento, donde publicamos el reportaje, conversamos sobre la necesidad de proponer un modo de trato del tema distinto al que se venía dando; era esencial tratar la noticia con respeto, llegar a tocar las puertas de esas casas, preguntarles como están. Eso es también ser periodista, y aunque la cámara fotográfica no parezca muy amable, lo puede ser, y en este caso, lo fue.

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Cuando decís que fuiste una ausencia, ¿te referís a que te fuiste del país?

Sí, viví desde 1996 a 2010 afuera, yo no estaba y mi familia guardaba mis cosas, es duro ser migrante. Estuve en Roma y en Turín. Estudié en una escuela de la municipalidad de Roma, principalmente reportaje y laboratorio. También estuve aprendiendo laboratorio en Rotterdam, en el Archivo Nacional de Fotografía de Holanda. Italia es reportaje, es neorrealismo, es representación de la belleza aún en lo tremendo, y creo que eso me ha esculpido, como dice [Andréi] Tarkovski. En Roma trabajé en Associated Press, comencé con un stage de estudiante de Facultad de Letras y luego seguí como colaboradora. Esa experiencia me hizo darme cuenta que si bien es hermoso ser fotógrafo de agencia, porque nos da oficio, es muy técnico, y es poco lo que se desarrolla a nivel de investigación. En el mismo día te tocaba ir a hacer una foto al papa y luego a una fábrica de chocolate, o a una manifestación por Palestina. Prefiero el periodismo más investigativo, el tiempo de sentarme al lado de quien es retratado o retratada, sentir su aroma, que luego intento que esté presente en la imagen. Siempre prefiero la vivencia; me acuerdo de que en 1998, como no entendía bien la cuestión de los desembarcos en el sur, me tomé un tren al taco de la bota y me fui a la puerta de un centro de detención de inmigrantes. Logré entrar como voluntaria, al segundo día me colgué la cámara, viví casi una semana con quienes llegaban escapando de la guerra; sólo cuando todos mis rollos estaban llenos tomé el tren de vuelta a Roma

¿Y cómo empezó a tomar forma lo de capturar las prendas de las víctimas de femicidios?

Buscando la huella. La búsqueda del gesto rebelde que absorbe la energía que su cuerpo dejó en la prenda, otra vez... El aroma, pero no el aroma de muerte, sino la energía linda de ella; por eso no pedía las prendas del asesinato, sino las prendas que ellas querían y que la familia eligió preservar. Estuve estudiando muchos referentes, en especial japoneses que han trabajado en arte y fotografía. Fueron meses reflexionando sobre el fondo, si debía ser neutro o si tenía que ser la pared de cada casa, hasta que definí que cada pared, cada textura era parte del relato. En esto me ayudó mucho Beatriz Cabot, ex profesora de la Escuela de Fotografía de Avellaneda, en Buenos Aires.

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El proyecto terminó siendo fue mucho más que un reportaje.

Comencé el reportaje, el trabajo de campo, en 2015, con el objetivo de una primera publicación en Lento. Allí con Sandro Pereyra comenzamos a trabajar en la investigación, pues ya tenía claro que quería hacer un reportaje. No pusimos tiempo de comienzo, sino que el objetivo fue llegar a un mínimo de casos, siempre pensando en departamentos del país y queriendo llegar a casas alejadas de Montevideo. El reportaje salió en noviembre de 2015. En 2016 fue seleccionado para el Salón Nacional de Artes Visuales y estuvo expuesto en el Museo Nacional de Artes Visuales, luego en la Ex Esma (Centro Cultural Conti), en Buenos Aires, y también gané el Fondo Concursable para la Cultura, que me permitió hacer la investigación nacional, recorriendo todo el país.

¿Qué lugar tiene ese reportaje dentro de tu carrera?

Fue un proyecto largo que une, que es puente entre mis investigaciones periodísticas y artísticas. Entrar al Salón Nacional con un reportaje fue un salto en mi carrera, y al mismo tiempo hacer arte en periodismo es un objetivo de vida, creo que esas uniones son espacios de desarrollo profesional. También pienso que fue el máximo de mi fotografía digital, a partir de entonces no quiero saber nada con el digital color. Necesito piel, necesito presencias.

Por eso desde entonces trabajás con otras técnicas.

Mientras realizaba el reportaje sobre femicidios, un día encontré en la Biblioteca Nacional el vestido de novia de Delmira Agustini. La energía del cuerpo que había quedado en las prendas de las mujeres asesinadas fue primordial para mí, y tener ese vestido tan simbólico para nuestra cultura era perfecto. Entonces hice un rayograma: armé una carpa en el archivo de la Biblioteca, puse un papel fotográfico grande en el piso, puse el vestido y le di luz... así quedo el vestido en una fotografía sin cámara. Esa obra mide 1,20 metros. Comenzaba a sentir que necesitaba hacer fotografías más y más grandes, pero los precios y las máquinas no llegaban a responder a mis necesidades artísticas, incluso cuando tapé la fachada del Hospital de la Mujer con dos fotografías con líquidos. Hasta que, el año pasado, tuve la hermosa posibilidad de investigar y aprender la reina de las técnicas alternativas: el platino paladio. Dicen que es la técnica eterna, que el tiempo deshace antes el papel que la emulsión fotográfica. Fue la obra que hice para la Galleria Cervantes: un retrato de Ida Vitale, que es una obra adquisición de la Biblioteca Nacional de España. Aproveché entonces la posibilidad y estuve nueve meses estudiando esta técnica, aquí, en Buenos Aires y en contacto con profesores en California. Se trata de técnicas sensibles a la luz del sol, a los rayos UV. Trabajo sin cámara, buscando la huella que deja el objeto. Y principalmente busco las huellas de las plantas autóctonas uruguayas, que es una forma de contar nuestros campos, nuestra flora, nuestra belleza. Trabajo sobre lienzo y sobre papel, esto me permite generar superficies enormes y tan pequeñas como una flor del campo, pues respeto el tamaño real de cada objeto. Luego pinto, bordo, tejo la superficie, si es que la belleza de la técnica y la naturaleza me dejan espacio, pues ellas muchas veces lo dicen todo y yo soy una simple técnica obsesiva que hace su trabajo.

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Mucho de eso se va a poder ver en tu taller. ¿Qué va a pasar el fin de semana?

Esta pandemia nos ha movilizado a todos, y también nos ha dado tiempo de mirarnos un poco y reflexionar sobre lo que estamos haciendo. En mi caso se cumplen diez años de mi vuelta al Uruguay y es un buen momento de ver las obras que he realizado, las investigaciones, lo que llamo “canteros de arte”, porque mi trabajo es como el que se realiza en una huerta: cada obra es un cantero donde planto semillas que son las preguntas, los cuestionamientos, las respuestas, etcétera. Todo eso va creciendo y a veces llego a frutos que se ven en museos o espacios de arte. El fin de semana voy a abrir esa huerta urbana y mostrar lo que hay detrás de las obras, y compartir esos saberes que fui adquiriendo en mi cultivo. El viernes 14 a las 19.00 realizaré una clase de fotografía donde explicaré los pasos básicos para imprimir una fotografía digital en lienzo o papel, con técnicas como cianotipia. Partiremos de una fotografía de una marcha de los estudiantes y veremos cómo se puede trabajar con técnicas antiguas para realizar una imagen contemporánea. Es importante destacar que retomar estas técnicas es una forma de independencia del colonialismo ingles de Ilford y de las marcas que producen para fotografía en blanco y negro; estas técnicas nos permiten realizar nuestros propios químicos. Esto no quiere decir que cualquiera pueda producir químicos, pero hay aquí en Uruguay y en la región profesionales que lo saben hacer y se está desarrollando mucho. A nivel cultural es importante este desarrollo, y creo que este gesto se toca conceptualmente con la lucha de los mártires estudiantiles, en lo que se refiere a buscar nuestras herramientas creativas y cortar dependencias capitalistas.

El sábado haremos un conversatorio sobre arte y pandemia, con amigos artistas que comenzarán lo que espero sea una ronda de charla y encuentro. Comenzaremos la ronda con Carlos Musso, Federico Lagomarsino, Ana Aristimuño y Valeria Cabrera. Me interesa la interacción entre un pintor como Musso, un artista joven como Federico Lagomarsino, que es muy contemporáneo en su lenguaje, una artista performer y una trabajadora del EAC que se desarrolla en el área educativa. La propuesta es conversar sobre los cambios en los museos y pensar las formas de resistencia que venimos desarrollando frente a esta crisis que nos ha tocado desde sus orígenes ‒porque los artistas somos informales en su mayoría‒, y al mismo tiempo busco compartir nuestras lecturas de estos tiempos de covid, en donde tengo más preguntas que respuestas. El domingo la invitación es a realizar una obra/muestra colectiva para el Hospital de la Mujer en el Pereira Rossell. A partir de dos gigantografías de prendas de vestir de dos mujeres víctimas de violencia de género, invito a mujeres artistas a recibir un retazo de la lona, el trozo que ellas elijan, y realizar una obra a partir de eso para el Hospital de la Mujer. Cada artista llevará su obra a la comisión de género del hospital, que la encuadrará, y haremos una muestra colectiva permanente en las policlínicas. El domingo esperaré a quienes quieran acercarse a buscar su retazo: estaré bordando el mío con la frase de Delmira Agustini “Es tan divino quererse mucho, mucho, mucho y por toda la vida”. Además, estarán expuestas obras que participaron en los dos últimos Salones Nacionales, así como los dos últimos Salones Municipales; se podrá ver todo el reportaje de Toco tu piel y sus consecuencias artísticas, y una sala grande estará llena de fotografía experimental: cuadros y telas de flora nativa en tamaños extremos.

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A pesar de la diversidad formal, hay una conexión entre toda tu obra.

Hay una frase de Pascal que siempre me resuena y que es puente en mis trabajos, en la búsqueda de la belleza aunque trate los temas más terribles: “En los momentos difíciles, siempre deberíamos tener algo hermoso en la mente”, y mi búsqueda tiene que ver con eso: gracias a la belleza de nuestras flores puedo sumergirme en las realidades más trágicas de nuestra sociedad.

Pensión Cultural Milán (Juan Carlos Gómez 1531), del viernes 14 al domingo 16 de 16.00 a 21.00.