“Fue como crecer acá. Iba y venía, conocía todos los recovecos”. De esta manera Maxi recuerda cuando, a los cinco años, le soltaba la mano a su padre, Arturo Cacho de La Cruz, y jugaba eludiendo cables, corriendo por los pasillos, decorados y escaleras de butacas amarillas en la platea de canal 12.

Eran tiempos de grandes producciones, como las “Telecachadas” de El show del mediodía y del clásico infantil Cacho Bochinche. Los sábados en la pantalla chica de los hogares uruguayos se llenaban de burbujas de Fanta Naranja, de paquetes coloridos de los juguetes con su garantía, de golosinas, del temible Ultratón, Pelusita, Laura Martínez y otros personajes que hicieron furor entre grandes y chicos, como PHOF. “¡Sí! Pequeño Hombrecito Fastidioso. Yo actuaba ahí”, recuerda Maxi. “Era como un Alf del subdesarrollo, de esas cosas que se le metían en la cabeza a papá y te las hacía”.

No mucho después, todavía adolescente, Maxi condujo en Teledoce El club de las tortugas ninja. Luego, con Paola Bianco continuó su carrera con Maxianimados y ya no se detuvo. Iba y venía de Buenos Aires, y sumaba programas de humor (Plop!, Telemental, Los comediantes), ficción (La oveja negra, Sos mi hombre, Quiero vivir a tu lado), entretenimientos (El teléfono, Dale la tarde, Trato hecho), y hasta un late night (Sinvergüenza), además de obras de teatro en todas las salas de Uruguay, en la calle Corrientes, en Carlos Paz y en Mar del Plata.

Maximiliano de la Cruz (44) es el mismo con los focos prendidos o con luz natural. Parece no conocer otro idioma que el del humor. Se crio viendo y escuchando bromas inocentes, casuales, pesadas, infantiles y adultas; en la tevé, el cine, su living, en un estudio o sobre las tablas; dentro de un disfraz o junto con personas disfrazadas de goma espuma pintada; entre humoristas de raza, añosos, fumadores, que no sabían otra cosa que hacer reír a la gente. Maxi lleva el legado con orgullo y sin esfuerzo. En este mismo momento hace un programa que simplemente funciona.

Cuando llega al canal para grabar la “edición hombres” de La culpa es de Colón (versión uruguaya de un formato de Comedy Central Latinoamérica) se toma la temperatura y da comienzo su función. Esta es su casa, y él, uno de los funcionarios con mayor antigüedad. Se lo nota contento y entusiasmado. Como en una comedia musical, nos recibe con un saludo amable y familiar.

Lo acompañamos a la cantina para charlar. Improvisa su primer chiste entre la encargada del lugar y nuestro fotógrafo, a quien le ofrece una leche chocolatada. Luego le hará otro a su vestuarista, que lo viene a buscar para que se apure. Se nota que lo tienen consentido.

Rumbo al estudio probará otros más breves entre técnicos y productores. Ya cambiado (sólo su camiseta), le da la bienvenida a un grupo de mujeres en chancletas (y un hombre muy alto) que se encargan de las risas. Les cuenta de qué va su monólogo y lo practican juntos. Después intercambia pautas de funcionamiento con los humoristas que lo acompañan y se pone una peluca rubia con la que en el estudio probará un montón de material para elegir lo que mejor funciona entre su público de seis camarógrafos, productores y guionistas: “Soy Colón, soy He-Man, ¡y tengo el poder!”.

Vi el programa desde el comienzo del ciclo, y en las últimas dos semanas los noté más sueltos. En tu caso me dio la sensación de que estabas disfrutando de tu trabajo y lo demostrabas con unas caras que hacía tiempo que no te veía.

Sí, totalmente. Yo vengo copado a hacerlo. Si bien ya había laburado con Diego [Delgrossi] y con Marcel [Keoroglian] hace un tiempo, todos nosotros juntos nunca habíamos compartido un proyecto, y la verdad es que lo disfrutamos mucho. El formato se ha hecho en varias partes, en algunos lugares funcionó y en otros no. No tiene ningún secreto, pero para que funcione tiene que aparecer algo muy especial. La gran diferencia se logra cuando el grupo conecta, y la verdad es que nosotros nos matamos de la risa y lo gozamos. De hecho, yo no sé nada del material que traen mis compañeros para cada programa, y entre ellos tampoco se cuentan. A mí me dan marcados los temas generales del día y una guía para abrir el juego. Todo lo que surge, en medio de interrupciones, son improvisaciones nuestras. Así, a veces nos quemamos chistes entre nosotros; capaz que no está bien, pero prefiero eso a reírme de un chiste que ya sé que va a venir. La clave es que todos estamos al servicio del otro durante el programa. Por ejemplo, si tenemos que rematar un bloque, y Marcel o Diego, ponele, dicen: “Yo tengo algo bueno”, el resto se suma a ese remate.

¿Qué dirías del estilo de cada uno de tus compañeros?

Creo que está muy marcado el humor de cada uno, y son bien diferentes. Eso está bueno porque podés llegar a mucho público, de todas las edades. A mí me saludan por el programa desde parejas de personas muy mayores hasta pibes. Diego tiene un humor muy clásico, sumale el profesor de Historia y todo su porte. Está buenísimo, y creo que ese contraste le suma al grupo. Si Diego hubiera dicho “voy de remera”, primero no sería él, porque es así en la vida real. Yo pienso que si alguien de afuera ve el programa dice: “¿Y ese quién es? ¿El conductor?”. Incluso cuando rompe con su humor, está bárbaro también. A nosotros mismos nos sorprende. Germón [Medina] nunca había hecho tele. Tiene un humor más popular, de barrio. Dentro de ese personaje de “terraja” dice cosas muy divertidas e interesantes y nos permite jugar con eso de que es diferente a nosotros, por menos conocido, o cuando me jode por Cacho o por mi supuesta “banca”. Marcel viene con toda su carrera en el carnaval y le metió mucho de lo musical al programa. Ahora en cada episodio hacemos una canción.

Y quedó como el que “se va al carajo”.

Sí, con ese personaje que dice las barbaridades más grandes pero en un tono muy normal. A mí me hace reír mucho. Y Pacella está loco. Es el más colgado. Capaz que está un rato callado y de repente te tira dos bombas que no te esperás. Un crack. A nosotros nos pasó algo re loco con esto: el día que hicimos el piloto, allá por marzo, ya fue el programa cero. Después no salió al aire, pero fluyó todo. Decíamos: “¿Qué onda? Salió buenísimo, grabemos más”. Aparte, en el piso se genera una cosa que hace tiempo que no pasaba: los cámaras, los asistentes, están todos esperando para grabar porque es como un show; todos nos divertimos.

Me gusta cuando alguno parece que deja un chiste un poco inconcluso y otro salva la situación.

Es que a veces, como no sabemos exactamente el remate del otro o si el chiste es más largo, nos hacemos una seña entre nosotros y nos avisamos: “Dale, vas vos” o “esperame que me queda algo más”. Creo que si el programa sale bien, pasa por ahí. Más allá de que el material sea bueno y de que quienes lo traigan lo interpreten bien, estamos como en un asado, matándonos de risa de nosotros mismos. Y todas las cosas que fueron quedando y que funcionaron nacieron en el momento. Lo de Marcel yéndose al carajo, por ejemplo, no estaba pautado. Estábamos cerrando un programa, se le ocurrió una barbaridad, y dijimos: “Ya está, nos vamos”.

Siendo la televisión uruguaya tan tradicional y conservadora, llaman un poco la atención esos momentos de cruzar cierto límite, digamos.

Sí. Nosotros al principio nos cuidábamos bastante, pero después entendimos que podíamos probar otras cosas. Además, cada uno tiene su estilo. Hay algunos que se sienten cómodos con algo más fuerte, otros que no, otros quizás, si no es necesario, no usan ese tipo de humor, pero tampoco es que estamos todo el tiempo rematando con una puteada, porque no da. Si así fuera, nosotros mismos nos pondríamos un freno. También nos damos cuenta de que la gente nos permite que nos liberemos un poco más. Si vas a ver un show de humor en un teatro, probablemente sea mucho más fuerte lo que se diga.

Hasta no hace mucho en Uruguay, cuando un humorista en televisión probaba con algo de humor subido de tono, siempre se decía que empezaban a sonar los teléfonos del canal, con reclamos o enojos. ¿Habrá cambiado eso?

Sigue pasando, pero creo que menos. Yo le presto atención a eso, porque tampoco me gusta hacer humor burdo y chabacano, sin razón. Lo que sentimos es que la mayoría de la gente ya aceptó que se puede hacer ese tipo de humor en nuestra televisión.

Muchos de los personajes que más disfrutás hacer tienen algo de lo border. Por ejemplo, Asdrúbal, en Maxianimados.

Eso salió a partir de lo que pasa en los castings. Cuando hacía el personaje imaginaba a esas personas que nada les da vergüenza. Al tipo le decían en la cara “no queremos verte nunca más” y él decía: “Bueno, vuelvo mañana”. En este medio eso lo ves mucho. Gente que quizás no sirve para lo que están buscando en ese momento, pero igual insiste. También viene de aquel sketch de los comerciales que hacía Benny Hill. Además, era una época en la que yo estaba muy influenciado por Cha Cha Cha [programa argentino de Alfredo Casero]. Todavía no se veía acá, pero me mandaban videos de Buenos Aires. Esos tipos rompieron todos los esquemas. Estaban muy locos.

Maximiliano de la Cruz

Maximiliano de la Cruz

Foto: Ernesto Ryan

Y vos, con Gaspar Valverde, también te animaste a ir hacia lugares parecidos.

Claro, él se sumó después. Hacíamos un humor muy absurdo y bizarro. Teníamos “La hinchada del 2000, “Los hermanos Garcarof”, que eran tres gimnastas rusos, “El reventado”...

Y había un cura, ¿no?

El cura estaba inspirado en Peperino Pómoro [de Cha Cha Cha]. Robado total. Después conocí a Fabio Alberti. Hice radio en Punta del Este con él, y es posible que volvamos a trabajar juntos. Admiración total. Un tipo muy gracioso.

Hace muchos años que trabajás en Argentina. ¿Con quiénes dirías que has aprendido mucho de la escena porteña?

De todos. Con Antonio Gasalla trabajé el año pasado, pero había laburado con él hace mucho. Hicimos gira juntos. Fue mi primer contacto con alguien grosso, a quien admirás y no lo podés creer. Son esos tipos que son los últimos que están quedando de la vieja escuela. Me hace acordar a mi viejo. La escenografía de sus espectáculos la diseña él, ¿entendés? Sabe de arquitectura, las hace con una maqueta. Con las luces lo mismo: estaba en todo. Te sentás a charlar con él y te cuenta de cuando comenzó, que era todo una locura a nivel artístico y de producción. Después tuve la suerte de trabajar con Aníbal Pachano, de sumarme a espectáculos que manejaban un nivel muy alto de calidad. Es muy difícil que puedas ver algo así acá, porque no hay superproducciones. Por ejemplo, además de hacerte pruebas de vestuario y un montón de otras cosas, te mandaban a hacer un curso de maquillaje para que aprendieras a delinearte los ojos. Ahí aprendés que así se te agrandan y de esa forma podés mejorar tus posibilidades de expresión para quien viene a verte. Con Flavio Mendoza aprendí la locura de armar espectáculos muy grandes, de mucha exigencia, y esa capacidad de laburo de poder estar en todo. A veces en los ensayos de Stravaganza había mucha tensión, porque no podía fallar nada.

Sos de los que trabajan muchísimo y sin pausa, igual que tu padre. ¿Lo disfrutás, lo sufrís un poco?

No lo sufro para nada. Te acostumbrás. Además, me gusta. De hecho, el otro día grabamos tres programas seguidos acá, y claro, hay muchos de mis compañeros que no están entrenados. Les decía: “Che, ¿vamos a comer algo después?”, y me decían: “No, estoy muerto, no puedo hacer nada”. Yo les contaba que en Carlos Paz hacíamos dos funciones todos los días, menos los lunes. Estaba al palo todos los días de verano, y después hacía de miércoles a domingo una función, y viernes, sábado, domingo dos funciones.

Y te dormís tarde.

Claro. Es como decía Alberto Olmedo: “Lo lindo de hacer teatro es salir a comer después con el elenco”. Vos pensá que cuando empecé a trabajar en Argentina estaba como en Disneylandia. Y ahora medio que también. Soy consciente de que si estás haciendo algo allá es como un sueño, es muy loco. Y al principio, claro, yo quería salir todas las noches y hacer ese ritual que hacían todos. Si alguno decía “vamos a Edelweiss” [mítico restaurante porteño], yo enseguida contestaba: “¡Sí, vamos!”. Y llegábamos y los más veteranos te contaban: “Mirá, allá se sentaba Fulano, acá Mengano...”.

¿Conociste a Emilio Disi?

Sí, fue muy amigo de papá. Me acuerdo de que yo era chico y si él venía a hacer teatro acá iba para casa y me iban a buscar a la escuela con papá. Siempre estábamos hablando. De hecho, cuando yo fui para allá a trabajar lo llamé para que me contactara con alguien y enseguida lo hizo. También participé en un programa con Mario Sapag, que él dirigió. Se llamaba Imitaciones peligrosas.

Cuentan que Emilio, fuera del escenario, también era muy bromista.

Todo el tiempo. La última vez que lo vi fue en una comida. Normalmente, había un grupo de comediantes que se juntaban a comer con él. Y esa vez era especial porque ya se sabía que estaba mal de salud, entonces habían ido muchos de los que alguna vez trabajaron con él. Cuando llego ya estaban todos instalados. “Hola, muchachos, ¿cómo andan? Hola Emilio, ¿cómo estás?”, saludo, y Emilio me mira y me dice: “¿Y vos qué hacés acá?”. “Nada, te vine a saludar”. “¿Y yo cuándo trabajé contigo?”, me contesta con cara seria. Tenía un humor muy particular. Un crack. Y en esa comida, hablando de la gente que conocí, había actores, comediantes de distintas generaciones, gente muy talentosa. Ya entrada la noche, de a poco ya éramos menos, quedamos cuatro o cinco, y entre los que nos quedamos estaba Luis Brandoni, sentado ahí charlando y contando sus historias. Eso fue un viaje. Me acuerdo del momento y de pensar “estoy acá con Brandoni, en una sobremesa, como lo más normal del mundo”. No lo podía creer.

El otro día te vi en Instagram con tu viejo haciendo la maqueta de un estadio de fútbol.

Sí, de la cancha de Boca Juniors.

Tiene ese hobby.

A él siempre le gustó todo lo que tenga que ver con la manualidad y tiene facilidad, te hace lo que quieras. Ahora con la pandemia me decía: “Bo, no sé más que hacer. Los rompecabezas ya los hice todos”. Y cuando volví para acá en julio [estuvo 131 encerrado en su casa de Buenos Aires] lo fui a visitar y me dijo: “Mirá, tengo esto, pero es imposible armarlo”. Porque claro, te viene todo troquelado para recortar cada pieza, están numeradas, pero es un laburo chino. Le dije: “Dale, vamos a hacerla juntos”. Estuvimos un rato, y yo también me colgué en terminarla. Cuando estaba casi pronta, estaba casi igual pero no exactamente igual, entonces me dijo “yo ahora pego todas las piezas y no se mueve más, y queda como La Bombonera. Y ahí la tiene. También fue un lindo momento para compartir con él en estos días tan locos.

¿Quiénes son los humoristas que más admiraste?

Mi viejo, posta, de una. Después, toda la camada de Telecataplum: [Enrique] Almada, [Ricardo] Espalter. Todos ellos me enseñaron un montón y fueron los que abrieron el camino para los que vinimos después. Además, eran artistas completos. Olmedo también está ahí, entre los mejores, por cómo rompía las reglas y cómo se divertía trabajando. Otro muy amigo de papá. Lo único que me faltó fue ir a verlo grabar. Soy muy amigo de sus hijos y charlamos siempre que estoy allá.

Me nombraste a Benny Hill.

Sí, con él me muero. Ya no lo miro más porque me lo sé todo. Papá de pibe me hizo ver mucho Jerry Lewis y el Rat Pack, con Dean Martin, Frank Sinatra, Sammy Davis Jr. Hacían muchos programas de tele en vivo, y es muy loco porque papá me decía: “Nosotros estábamos haciendo acá [con los Hot Blowers] lo mismo que ellos pero sin saberlo”. No había tanta comunicación. Una banda; en el medio monologaban, hacían chistes, jodían con la trompeta. Dos por tres me cuelgo con eso y lo vuelvo a ver.

¿Qué es lo próximo que te gustaría hacer?

Me encanta el entretenimiento, tipo preguntas y respuestas, con participantes e invitados. Tengo un proyecto, pero tengo que seguir hablando con el canal. Y después hay una idea de un programa de humor con sketches, pero todavía no puedo contar nada.

Siempre me hiciste acordar al comediante Rodney Dangerfield. Su gran frase era “no tengo ningún respeto”. Con toda tu trayectoria, ¿te sentís respetado y valorado por el público uruguayo?

Sí, totalmente. En realidad, me siento querido, y eso simplifica todo lo demás. Cuando alguien te quiere es porque te respeta. Muchas veces, gente que no me conoce me dice, o me escribe: “Gracias, estoy pasando muy mal y hoy me hiciste reír mucho”. Y vos decís: “Pará, no será para tanto”. Me llama la atención pero para bien. Que me agradezcan es mucho, pero al mismo tiempo es lindo recibir esos mensajes.

La culpa es de Colón va de domingo a jueves a las 22.30 por Teledoce y se intercalan los elencos de su “Edición mujeres” y su “Edición hombres”.